Bolaíer

Por El tipo que escribe almanaques.

Toda la vida, sus padres, sus hermanos, las cinco psicopedagogas que lo trataron, sus tres psicólogos, sus doce maestras y su profesor de fútbol de la escuelita del barrio habían esperado que Bolaíer tuviera un segundo de lucidez terrestre. Hasta él mismo, resignado, había querido entender y responder a las formas clásicas del mundo occidental judeocristiano adaptado a Lationamérica para que no le hincharan más las pelotas. Dicen que las cosas pasan por el destino, pero a destino nunca lo vieron bancando la parada después de que pasaran las cosas y nadie va a poder explicar por qué razón justo en ese momento de la existencia le apareció, por primera vez, esa vocecita que, de repente, corea “aaaah”.

Bolaíer naufragaba por la vida en el punto exacto donde se cruzan dos personalidades: el genio y el colgado. Bolaíer había sido Juan Manuel pero era Bolaíer porque una tarde de las vacaciones de invierno, cuando estaba en quinto grado, fue al cine con su papá a ver Toy Story y salió convencido de que, en el mundo, todos eran o debían ser juguetes. Cuando retomaron las clases, un maestro le pidió a cada nene que anotara, en una hoja, cómo quería que le dijeran sus amigos. Él, que todavía no manejaba el inglés ni sabía las reglas del hiato, anotó, en cursiva y con un lápiz naranja, Bolaier.

– ¿Bolaier? – le preguntó el profesor.
– No, Bolaíer, fuerte la i.
– Ah, Bolaíer.
– Claro, Bolaíer, como el del comando intergaláctico que va al infinito y más allá.
– Ah, Buzz Lightyear.
– Eso. Lo que yo decía.
– Bueno, ¿y por qué él?
– Porque todos piensan que es el que viene en la cajita, pero es otro.

En esa línea imaginaria y extraterrestre por la que Bolaíer deambulaba, se le cumplió una de las leyes más de asfalto jamás conocida: la mina más linda del colegio se enamoró de él. Cuando estaban en cuarto año del secundario, ella lo encaró y le dijo que se tenía que tomar el mismo colectivo y lo convenció de que se tenía que bajar en la misma parada y le aseguró que todo era una casualidad y que iba a la casa de al lado de su casa y él le dijo que al lado había un descampado y ella le dijo que no, que ahora había una casa, y él pensó que qué colgado que no se había dado cuenta de la construcción y cuando llegaron, abrió los ojos, vio el descampado y cuando giró a pedir explicaciones ella lo besó y le dijo que desde siempre estuvo enamorada de él y él no supo qué decir y ella se dio cuenta y le dijo ahora invitame a merendar y esa misma tarde los dos perdieron la virginidad y desde ese momento estuvieron juntos.

A lo largo de los 51 meses que fueron novios, Bolaíer solamente se acordó del día en que cumplieron dos años y 21 veces llegó con flores diciendo feliz mes cuando realmente no era la fecha, pero un amor solamente es un amor verdadero cuando lo justifica más de una ternura y la ternura se siente cuando dos personas se abrazan y sus cuerpos encajan perfectamente y ella y él, a la distancia o bien cerca, parecían uno solo con cuatro brazos.

Ese miércoles al mediodía, cuando ella lo llamó y le dijo que se encontraran en el parque y él le preguntó si lo podían posponer porque andaba estudiando y ella le dijo que no, que quería verlo, él tardó dos segundos, tiró todo el aire que tenía dentro, puteó y se dio cuenta de todo: ella lo iba a dejar.

Por una simple razón: lo invitó a un parque al mediodía en otoño y hacía frío y lloviznaba. Lo del otoño y el frío y la lluvia podía ser secundario porque en esas condiciones también pueden pasar cosas lindas. Lo del parque era decisivo.

Si ella pasaba por su casa, todo sería difícil, porque él sería local y ella, indefectiblemente, tendría que irse de ahí llevándose camisones y cepillo de dientes y regalos y fotos y la escena sería demasiado dura.

Si él pasaba por su casa, todo sería más cruel porque ella, en definitiva, en un momento, le tendría que pedir que se retirara.

Si ella lo hubiera invitado a un bar, sería demasiado arriesgado porque estaba la chance de que él reaccionara mal y todo se volviera un escándalo o, peor, podría él lanzarse en llantos y no hay nada más feo que ver a alguien mezclando lágrimas y mocos y el café que quedó en el labio.

Si iban al cine, no hubieran podido hablar o, si hablaban, iban a terminar en el papelón de pelearse con un boletero que los echara y el tipo no merecía tener que ver ese desamor.

Si se encontraban por la calle, no iban a tener dónde sentarse.

Si se lo mandaba por mensaje, ella se hubiera ganado muy rápido la condición de forra descorazonada.

Era el parque: era obvio.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

El parque tiene cuatro características claves para dejar a alguien: una persona puede gritarle a otra sin que nadie se dé cuenta; se puede llorar y, de lejos, nadie va a saber las razones; se puede huir para cuatro lugares diferentes; y al salir, uno puede agarrársela con el ser más despreciable de este mundo y eliminar bronca y tensiones diciendo: “Qué mierda que son las palomas”.

Aún así, el tema no estaba ahí. El problema, ahora que sabía cuál era el problema, era pensar cómo responder frente a esa situación. Ya estaba, ya se sabía soltero, pero el quilombo seguía ahí. Muchos, a lo largo de los siglos, incluso en la época de Atila el Huno, habían deseado estar en su lugar: antes de que lo cagaran, tenía la posibilidad de cagar al otro. Entonces comenzó a pensar variantes.

1- Antes de que ella comenzara a hablar, decirle que tenía que confesarle que la noche anterior se había cogido a su mejor amiga. Qué importa si era verdad: en el instante, rendiría.
2- Llegar, darle un beso en la mejilla y decirle: “Hagámosla corta, yo tampoco te quiero”.
3- Escuchar todo el discurso de ella como si nada y, en el momento en que ella comenzara a llorar, -porque sí, la gente que deja a otra gente, de repente, llora, como si esperara que el dejado le dijera: “Quedate tranquila, estás tomando la decisión correcta, no llores”- llorar mucho más fuerte, haciendo un escándalo que contagie a las multitudes que pasan y todos empiecen a llorar y a ella le duela la responsabilidad de hacer un mundo más triste.
4- Llegar borracho y empezar a mirarle el culo a todas las minas que pasan para que piense que le chupas un huevo.
5- Faltar, simulando un cólico que no permitiera moverse del inodoro y ella tuviera que pasar algunos días más padeciendo la angustia de tener que cargarlo todo.

Todas gansadas. Fue igual. En el trayecto, en ningún momento se preguntó si, capaz, se estaba equivocando. Apareció en el parque diez minutos antes que ella y la saludó como si todo fuera casual y cuando ella le pidió que se sentaran en el pasto se sentó. No pronunció ni una sola palabra: ni siquiera cuando ella le dijo que necesitaba que hablaran. Hasta puso cara de asombro. Escuchó atentamente casi diez minutos de descargos, tres razones fraudulentas, veintidós frases hechas, una sospecha de infidelidad, tres toses y una frase terrible.

Cuando ella terminó, se dio cuenta que, de las cinco variantes que había pensado, ya ninguna le servía. No tenía tiempo, algo había que decir. Empezó a dudar y en la duda empezó a sentirse un pelotudo porque no podía creer que no había planeado una respuesta que no tuviera que ver con hacerle daño. O más, o lo peor. No había pensado que ella, entre las razones que le daría, podía decirle ese comentario tan duro que tanto tenía que ver con él:

“Juan Manuel, no siento que haya futuro con vos, no sé, no me veo siendo grande con vos, con un proyecto en serio, viviendo juntos, es difícil, es como si me cansó que estés en el aire”, le dijo y le robó cualquier reacción. Era más fácil un no me gustás o un no te quiero o ya no me excitás, pero no: proyecto, serio y futuro. Cuando a lo lejos se escucharon el grito de una madre a una nena y las ofertas de un vendedor de panchos, el silencio lo obligó a tomar una decisión y fue sentencioso: “Por favor, andate”. Ella no lo entendía, pero él se lo repitió: “Por favor, andate”.

Y ella se fue.

Dos horas se pasó mirando al horizonte tratando de entender qué le había pasado. Lloró y se gastó dos paquetes de pañuelitos que había llevado para la ocasión. Pensaba en esa frase constantemente. No entendía qué le dolía. Hasta que, una vez más, la segunda en su vida, cayó y se dio cuenta. Le dijo Juan Manuel. No Bolaier. No Bolaíer, con tilde. Ni siquiera Buzz Lightyear. Le dijo Juan Manuel porque, claro, Juan Manuel era ser grande, era dejar de ser lo que él era y era ser lo que ella quería: Juan Manuel, un supuesto futuro.

Y lo recordó. Lo recordó porque esa era su filosofía, aunque no la tuviera tan en claro y aunque nunca se la había podido explicar a ninguno de esos psicoespecialistas. Lo recordó bien adentro y recordó que parte de su historia era la de El Principito. Lo recordó y en el recuerdo no se dejó marear y, porque así era su forma de pensar, pensó en dos opciones para el futuro.

1- Pararse ahí mismo en la plaza y gritar bien fuerte: “Bolaíer, al infinito y más allá”.

2- Sacar su celular y, uno por uno, llamar a sus padres, a sus hermanos, a las cinco psicopedagogas que lo trataron, a sus tres psicólogos, a sus doce maestras y a su profesor de fútbol de la escuelita del barrio, para decirles: “Vení al parque, tengo que hablar con vos”.

3- La tercera no existe, por eso aclaró que las opciones para el futuro eran dos, así que no se ilusionen: ser Juan Manuel no está en sus planes.

¿Coger o jugar a la pelota?

Por El tipo que escribe almanaques.

 

Primera entrega. 

Nos mintieron.

No sólo el expresidente Carlos Saúl Menem cuando dijo que tenía en su biblioteca todos los libros que Sócrates nunca escribió. Nos mintieron todos esos gorditos de lentes con olor a pata que además –caso aparte- te dicen que sos un ignorante porque no sabés apreciar en el cine esos cuarenta y cinco minutos de un corto no tan corto de un tipo que tiene el dedo metido adentro de la nariz y que mira, atentamente, a una paloma –o palomo- que fecunda a otra.

Mentir no significa la inexactitud o la falsedad de un dato. Eso es un facilismo de maestra de jardín de cuarenta años que piensa que sabe todo en la vida y que ya no disfruta de la imaginación de los nenes. Mentir, mentir en serio, significa la organización matemática y social de la mentira.

Mentir es la mentira como abrupta manera de construir poder y hacer daño sin tener que pasar, en el medio, por la disputa de ideas.

De eso, estamos hablando.

En el año 370 antes de Cristo y antes de Maradona, en la Antigua Grecia, es que se cocinó esta gran derrota de la humanidad. Sócrates y Platón, esa dupla de ataque que parece haber caminado siempre por la primavera, tienen mucho más que ver con Juan Román Riquelme y con Martín Palermo de lo que uno cree. Está todo en el libro el Fedro, penúltima fase de la obra de Platón, y un poco aparece en la Séptima Carta.

No sólo por las repercusiones de los dichos de Menem sino por grandes discusiones a lo largo de la historia es que nos hemos convencido de la versión de que Sócrates jamás escribió un libro y que sus pensamientos se encuentran en los textos de Platón. Aunque las versiones de por qué no escribió son muchas, en el Fedro aparece lo que algunos teóricos han querido instalar como “la posta”: “La escritura es inhumana al pretender establecer fuera del pensamiento lo que en realidad sólo puede existir dentro de él”.

Supuestamente, esa es la razón por la cual Sócrates nunca escribió: consideraba que la oralidad era, en definitiva, el único medio válido para expresar ideas. Algunos fanáticos, en esa misma línea, ahora piensan qué pensaría Sócrates del twitter. Zaraza: pura zaraza.

Pero ha llegado la hora. Amparándome en el gran acierto político y teórico que estableció Rafael Bielsa, abuelo de Rafael, primer canciller del kirchnerismo, y de Marcelo, gran entrenador de la vida, cuando presentó, en 1929, el proyecto para que la Constitución Nacional incorporara en sus artículos el Derecho a Rectificación o Respuesta, diré sin filtros lo que tengo que decir.

Es mentira que Sócrates nunca escribió por la razón que plantea Platón en el Fedro. Sócrates, quien supuestamente murió en el 399 A.C. y A.M., no escribió porque en el 407 A.C. y A.M. fue asesinado de un cuchillazo al terminar un asado por una discusión violenta que mantuvo con el señor Platón.

Platón dijo: “Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte”. Es ahí donde la humanidad empezó a irse bien a la mierda cuando, en el medio del debate sobre qué era mejor en la vida si coger o jugar a la pelota, ganó Platón, asesinando vilmente a su rival, imponiendo el paradigma de que la penetración es más importante que un gol.

Sócrates fue silenciado vilmente, y hasta se le armó toda una opereta para escribir su destino, pero la injusticia no dura, claro, para siempre. Un informe publicado este último 3 de octubre por la Universidad Tecnológica de Albina, del distrito Marowijne, en Surinam, descubrió una cantidad de huellas que Platón dejó, en sus textos, denostando a jugar a la pelota, favoreciendo el acto de coger. Aunque antes de presentarlos, reproduciremos un mensaje que pidió el rector de la UTA, quien abrió la chance de publicar esta información a cambio de esta aclaración:

“Estos documentos son un punto bisagra en nuestra historia: la historia de las almas sensibles. Es un acto de justicia, claro. Es un acto de reconciliación moral, claro. Es un acto de paz, claro. Pero no es definitivo. Porque Platón no es el único traidor de la historia. De esta historia. Porque esta discusión entre coger y jugar a la pelota la han derivado ciertos grupos machistas en una conversación que quiere instalarse como la decisión de preferir al hombre por sobre la mujer. A esos culpables, los encontraremos para hacerles decir lo que creemos firmemente desde el Observatorio de Toque y de Gambeta sobre Coitos de Surinam (OTGCS): si este mundo fuera realmente justo, el fútbol tendría que haber sido socializado de otra manera y las mujeres no dudarían, ni un segundo, en que la discusión entre coger y jugar a la pelota no es de género. Ellas, en un futuro, definitivamente, romperán las cadenas y también van a preferir jugar a la pelota”.

A continuación, en unos archivos que, me atrevo a decir, superan en importancia a Wikileaks, daremos un pequeño adelanto de una temática que desarrollaremos en el marco del próximo.

~ “Los amigos se convierten con frecuencia en ladrones de nuestro tiempo”.

Análisis: Sin dudas, en este caso, Platón realiza una afirmación compleja a la hora de decidir ir a jugar a la pelota, por ejemplo, un martes a las 11 de la noche. La pareja del jugador, sea hombre o sea mujer, lanza la compleja frase de: “¿Te parece ir a jugar a esta hora?” Y es ahí donde entra este nefasto paradigma que se ha instalado en la moral judeocristiana de este tiempo, con eje en la cultura occidental, que terminar haciendo que el jugador o jugadora deje con uno menos a sus compañeros o a sus compañeras pensando en que está perdiendo el tiempo.

~ “No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad”.

Análisis: La Revolución Industrial y los movimientos migratorios del campo a la ciudad y, por lo tanto, de la creación de canchitas con pasto sintético o con cemento, no estaban en los planes de Platón. Para su época, los botines no tenían colores, eran negros de punta a punta y olían a cuero. Siempre se jugaba con tapones altos por una razón clara: el fútbol era sobre pasto. Claro está en esta frase lo que quiere transmitir, a través de una metáfora, Platón: no le metas fútbol a la amistad.

~ “La conquista propia es la más grande de las victorias”.

Análisis: El fútbol se juega, necesariamente, con otros y en equipo. La construcción del hombre y de la mujer individualista no generó más que el pensamiento propio y la pérdida de disfrute de compartir el tiempo con otros u otras de nueve a veintún personas –en caso de futsal, papifútbol, fútbol 7, fútbol 9 o fútbol 11-. El orgasmo, una actividad por demás egoísta, empezó a primar por encima del juego, generando este sistema omnipotente que reina hoy en día.

Estos serán los tres análisis que adelantaremos a la publicación general del informe. Esperamos en los próximos días poder seguir brindando este tipo verdades y de construcciones de la justicia. Aún así, como desde Surinam se entiende que resulta poco como para terminar de descifrar esta historia, se ha cedido una última frase, una que Platón le adjudica a Sócrates y que, según estudios, se habría elaborado antes de la pelea final. Tómese como un regalo y una gran enseñanza.

~ “Para decir la verdad, poca elocuencia basta”.

Análisis: Pelota al piso, fútbol a lo Barcelona y juego a un toque.

 

 

Asociación de Trabajadores del Primer Beso

Por El tipo que escribe almanaques.

Los folletos turísticos de Buenos Aires dicen que el Palacio Barolo es el edificio más lindo de la ciudad y, cuando lo leo, me siento dos clases de pelotudo: el pelotudo que vive en una ciudad y no conoce el edificio más lindo, y el pelotudo que se siente un pelotudo por sentirse así sólo por algo que dice un puto folleto turístico.

Está ahí, enfrente de donde hacen la cola los hinchas de San Lorenzo para comprar entradas. Creo que es en la salida de la estación Saenz Peña de la línea A. Creo, no estoy seguro y no lo voy a buscar porque no viene al caso. Está medio en reforma así que quizás no se ve tanto la entrada, pero apréndanse Avenida de Mayo 1370 –repítanlo: avenida de mayo 1370- y abran la puerta, y cierren los ojos, y fírmense un autocontrato para ser un rato un personaje de un gran cuento, y expandan las pupilas, y siéntanse parte de otra Buenos Aires, de una que ya no se construye, de otra arquitectura, no un monoambiente de durlock, con marcos bonitos de madera y con un techo que hace honores a la Divina comedia de Dante Aligheri.

Perdón.

Perdón si desordené mi discurso y me fui, sobre todo con lo de la clasificación de pelotudos. Entiéndanme, son los nervios que genera el asunto. Ahí, donde les cuento, señores, sucedió lo que hoy me trae acá.

Que se siente como un desgarro en el estómago. Un ardor: un tsunami de gastritis. Pero pasó y acá estoy. Nunca pensé que iba a venir al vestíbulo de la Casa Central de la Asociación de Trabajadores del Primer Beso, frente a todos ustedes, para confesar que debo renunciar a mi cargo de vicepresidente porque violé el Artículo 33 de nuestra gloriosa Constitución Fundacional.

Dícese: “Art. 33: cuando se encontrare un lugar perfecto para un primer beso, sea como sea, se debe besar antes de que transcurran diez segundos”.

Diez segundos es un montón y, en la era del twitter, es el tiempo que se demora en tocar los labios, tener una erección y subirla al vomitero de los inseguros. Una era: así, aceptémoslo. Una era que no hubiera tolerado el gol de Diego a los ingleses: sacale algunos jugadores, ponelo en video, que el relato se hace muy largo y la gente se aburre y entretenimiento, entretenimiento y entretenimiento.

Perdón, otra vez, pero es que el dolor interno no me saca la indignación ideológica.

Será el último caso que les cuente y ojalá alguno pueda aprender por qué ese lugar era, desde lo teórico, el lugar perfecto. Antes, quiero decirles que me voy porque perdí. Pero, por favor, no piensen mal: yo llevo grabada en la piel la filosofía de esta casa y la seguiré llevando, aunque renuncie. Aunque renuncien todos a esto. Perder no quiere decir que lo intenté y me lo rechazaron. No nos vamos a rebajar a pensar como piensan esos resultadistas del primer beso. Esos que llevan a alguien al cine, sin importar específicamente qué película dan, pero que sea un drama sensible, con buena música final, y aprovechan que la luz se apaga, que la historia tiene melancolía, y se lanzan a besar. Beso fácil. Bilardismo sexual. Conseguir el resultado como sea y yo nunca voy a negociar eso. Eso es utilizar al arte y nosotros no somos utilitaristas de la vida. No, señor. No, yo perdí porque no lo intenté. No lo intenté sabiendo que era el momento para intentarlo.

Fui un cagón y esa razón ya alcanza para que mi renuncia sea aceptada.

Pero tomándome el derecho de explicar algo más, derecho que me gané con mis más de veintiocho años como miembro de esta Asociación, quiero que entiendan por qué era el lugar perfecto. Que eso se vuelva un legado.

Como muchos habrán leído, los papiros para volverme vicepresidente de esta Asociación los conseguí el 25 de julio de 1997, en la Exposición Internacional del Fluido Lingual, en el Auditorio principal de la Casa de Gobierno de Tempere, en la región de Pirkanmaa, en el interior de Finlandia.  Esa noche presenté mi tesis: “Contexto espacial y temporal para el Beso Perfecto”. Gané. Gané todo: prestigio, 27,6 millones de dólares –que se volvieron 23,4 por la cuestión impositiva-, un whisky con el basquetbolista Denis Rodman, el honor de conocer a Macaulay Culkin en su mejor época y todo el sexo que quise, incluido un affaire con una de las actrices fetiches de Martin Scorsese. Pero un día me aburrí de mi propio éxito y dejé atrás la tesis. Empecé a odiarla, se volvió mi héroe y mi antihéroe, me enloqueció y decidí no terminar el café de ninguna mesa donde se la mencionara. Hace trece años que no hablo de esa teoría, pero brevemente, por ser esta vez la última vez, la volveré a explicar.

En pasado.

El beso perfecto tenía que ser en una bocacalle, apenas después de que el semáforo que estaba rojo se volviera verde y permitiera, ahora sí, cruzar. Había que calcular bien la relación entre colores y tiempo, cosa de llegar en el mismísimo momento en que no se pudiera cruzar y hubiera que esperar. La situación tendría que ser que ustedes estuvieran acompañando a alguien a su casa, después de haber hecho algo que implicara hablarse. Hablarse mucho, qué sé yo: ir a cenar. De ese modo, esa espera se convertiría en un silencio nervioso. Tenía que ser que caminaran y tuvieran que frenarse y mirarse y saber que es el momento justo para el beso. Y ahí: no besar. Al menos en ese momento. Esperar diez, veinte, treinta o hasta cuarenta segundos, dependiendo de la esquina, aunque sugería una más bien barrial, con poco movimiento, para que el semáforo se pusiera verde y, apenas ese alguien pisara la bocacalle, agarrarlo del brazo, darlo vuelta y besarlo. Besarlo o besarla aunque pasen alrededor los autos. Besarlo o besarla, en ese momento, para que supiera que es bien importante ese beso porque no importa siquiera el tránsito. Besarlo o besarla para que suponga que la espera te dolió y que esos segundos parados en la esquina se te volvieron tortuosos por la batalla interna de tu cabeza entre las ganas y el cagazo.

Dados los parámetros normales, ese me parecía el beso perfecto. Claro que mejor sería que apareciera Spinetta tocando Seguir viviendo sin tu amor. O Benedetti leyendo un poema. O Julia Roberts diciéndole a Hugh Grant que es sólo una chica pidiéndole a un chico que la quiera. Pero hace años hemos decidido que los buenos besos son los que desafían a la realidad y no los que se dejan vencer por la fantasía. Así que ese de la bocacalle era mi mejor plan.

Hasta que entré al Palacio Barolo. Supongo que le debe pasar a más gente. Yo, cuando tengo que arquear la cabeza para mirar un techo, abro la boca. El mentón se estanca y el labio superior sube solo. Como si quedara eternizado en la vida diciendo oooooo. Cuando entramos, se lo advertí a ella y ella se rió. Ahora que lo pienso, cómo puede ser que no me di cuenta. Se reía de mi boca, era una señal de que quería un beso. Esa señal, la que describió Aristóteles en “Primer beso”, ese glorioso ejemplar de filosofía griega del que hay una sola copia en el mundo y que tenemos nosotros en nuestra biblioteca. Nuestra gloriosa biblioteca. Pero no la vi. Y ahora ustedes ven que les digo que tengo que renunciar. No encontré el momento, la posición, la manera. Ni ahí, ni cuando unos minutos después nos apoyamos sobre un mostrador donde nuestras caras quedaron pegadas y nos hicimos tres chistes sobre las raras oficinas de este edificio.

Pero tamaña derrota no termina ahí. Después ella, que es un ella que es un cuento mucho más cuento que el Barolo, un cuento que cualquiera quisiera abrazar y besar y desayunar, se tomó un colectivo y me escribió un mensaje por el celular que decía: “Me da nostalgia no haberte besado”.

Eso fue el último viernes y les pido perdón porque me tomé todo el fin de semana para esperar a darles la noticia. Encontré la pertenencia a esta gloriosa institución una tarde de hace veintiocho años en la que, caminando por la estación de Haedo, mientras iba a visitar a un tío segundo, en una mítica confitería que queda al lado del tren, vi a un muchacho repartiendo volantes en los que invitaba a una reunión de esta Asociación. Para ese entonces, yo andaba perdido y no me importaba seguir perdiéndome. Vine y desde ese día me sentí más querido imposible. Aprendí todo y dejé todos mis conceptos. Me duele en el alma haber violado la Constitución y tener que dejar mi cargo y abandonar las dos sesiones que hacemos por semana, pero ese viernes pasó algo más que me impide seguir hasta como simple socio. Porque esa noche, la que vino después del mensaje del colectivo, después del error, algo se destrabó y perdí contra todas las teorías que tan bien clasificamos en el Diccionario de Besos en el Debut, recientemente reeditado en Viena, en 2013.

Yo, esa noche, di mi mejor primer beso. No, perdón, di mi mejor beso.

No comenté, además, que el día del Palacio Barolo almorzamos juntos en Guerrín y, aunque fuera un poco más vulgar, en el momento en que terminó su fugazzeta hubiera valido la pena besarla por el propio orgullo de ese relleno de jamón y queso. Tampoco les dije que habíamos visto una muestra de Los Beatles, que habíamos tomado un café en un bar donde pasaron algunas canciones del Álbum Blanco, y que en I Will, cuando dice “who knows how long I’ve loved you” (“quién sabe hace cuánto te amo), hubiera sido un gran beso. Pero, quiero decirles, que el que sí fue, todavía, fue mucho pero mucho mejor.

A la noche, después del Palacio Barolo, del mensaje, del colectivo, de mi temor por haber fallado, de mi dolor por tener que irme de esta gran Asociación, me crucé toda la Capital Federal para verla, tiré a la mierda todo tipo de concepto prefijado de lo estético y me emocioné cursimente al ver una bandera colgada de un balcón con un escudo de All Boys que decía “en las buenas te quiero y en las malas te amo”. Saqué el celular, le escribí diciéndole que estaba a tres cuadras de su casa, a dos, a una, le pedí que me abriera y, cuando apareció, como una princesita, una de barrio a la que seguro espiaron los vecinos desde sus casas, bajó unos escalones y nos besamos en la puerta de su edificio. El que, desde ahora, me parece el más lindo de Buenos Aires, a pesar de todo eso que dicen esos putos folletos turísticos.

Y después de ese beso, señores, ya no quiero estar acá. No por haber violado el artículo 33. Tampoco porque he decidido para con mi vida que, por un tiempo, ya no quiero primeros besos. Ya no quiero estar acá por una simple razón. No hay dos clases de pelotudos. Hay una sola: nosotros, los especuladores del amor.