La razón de mi mamá

Por El pibe de los pasegol.

Mi mamá me dijo muchas veces que me iba a morir en una cancha si seguía sufriendo así. La primera vez que la escuché me causó gracia; la segunda, me dio un lamentable –visto ahora, con el tiempo a mi favor- orgullo ser un fanático del fútbol; y la tercera, consideré como una más que interesante opción transformarme en un viejo Casale de carne y hueso -el que no leyó el fenomenal cuento del Negro Fontanarrosa, hágalo ahora mismo-. Hoy ya no pienso nada de todo eso que pensaba cuando era un pendejo al que se le cagaba el fin de semana cada vez que su equipo perdía. Hoy siento, incluso, vergüenza de esa actitud pseudo-irracional que, a diferencia de lo explicado por Jorge Valdano, ponía a este juego en el lugar de lo más importante dentro de las cosas muy importantes de la vida. Y otro detalle más, nada menor en esta circunstancia: hoy soy el entrenador de una banda de entusiastas perdedores que no pierden el ánimo ni siquiera después de devastadores papelones deportivos y tengo que mostrarme delante de mis jugadores como un ejemplo ideológico, moral y psicológico a seguir. ¿O no?

Saqué todas estas conclusiones berretas después de un sábado de otoño en el que, por supuesto, nos fuimos con la cabeza gacha. Ocurrió lo que suele ocurrir: imaginé un partido, di las indicaciones necesarias para que se desarrollara lo que había trazado en mi cabeza y sucedió exactamente todo lo contrario. Sinceramente, y no lo enuncio para quedar bien con nadie, la culpa no es de los muchachos. Creo que la causa central de tanto fracaso consecutivo es, por sobre todas las cosas, que mis planificaciones están fuera de contexto y que responden mucho más a mis deseos de parecerme a Pep Guardiola que a la pobre realidad de un tipo que pretende reemplazar al saber con las ganas. Es verdad que tampoco ayudó que el cuatro viniera medio borracho y que el diez estuviera sumergido en una depresión profunda porque la novia lo engañó por sexta vez en seis meses. Pero la responsabilidad, como debe ser, es mía y solamente mía.

Sin embargo, lo fundamental en esta historia es que, antes de que empezara ese partido, vi a dos hermanitos de no más de 10 años que jugaban en un costado con una pelota un poco desinflada y un poco descolorida. Y ahí, mientras pensaba cómo hacerle entender al tres que tenía que tocar e ir a buscar al espacio vacío, advertí que no podía seguir dirigiendo con una actitud histérica que bordeara el descontrol. En apenas un par de segundos, hice un breve repaso de lo bochornoso de mis actuaciones anteriores y me decidí a cambiar. Seguir así hubiera implicado una incoherencia absoluta con los principios que quiero transmitirle a mi equipo. Es claro: si se sostiene que el fútbol es un juego, y nada más que un juego, no se puede vivirlo como si se estuviera en la guerra, como si perder fuera una tragedia. Convencido de que había llegado el momento para madurar, me dispuse a realizar mi trabajo repleto de paz interior. 

No voy a mentir. No me fue nada fácil en los primeros minutos. Dos veces seguidas quisimos salir jugando y nos mandamos unas cagadas infernales. La puteada para uno de los centrales me recorrió la garganta, se me abalanzó hasta la lengua y apenas si pude contenerla. Lo sentí como un gran triunfo. Igual, el instante más complicado fue cuando nos hicieron el gol. Fue una jugada tonta, todo mérito nuestro. Ni bien vi que la volada del arquero era estéril, cerré los ojos con toda la fuerza, conté mil ovejitas y mil vaquitas y mil terneritos y mil cabritas y respiré profundo. Muy profundo. Enseguida, por suerte, el más chiquito de los hermanitos de no más de 10 años dio un pase largo y la pelota terminó en mis pies. Cuando se la alcancé, ratifiqué que estaba tomando el camino correcto en la vida.

El tramo final del partido fue a puro nervios. Que mi cara no transmitiera intranquilidad no significa que estuviera paseando por una playa paradisíaca de la Polinesia. Sin nada de claridad, tirábamos centros de un lado y del otro. No era ni ilógico ni injusto que empatáramos. Lo teníamos ahí, para explicarlo mal y pronto. Se iba la última. El cuatro, algo más sobrio que en el arranque, desbordó con una dosis de técnica que no figura en su repertorio. Para mi sorpresa, buscó bien el segundo poste, con algo de chanfle como para que el arquero no llegara a cortar. El nueve leyó bien la jugada, esperó a que la pelota bajara y la agarró de volea antes de que lo cerraran. Y el palo, sí, el palo, el puto palo, el palo de mierda y la reconcha de su madre, la devolvió. Y ahí mismo pasó lo que había tratado todo el tiempo de que no pasara: me saqué: me importaron un huevo los dos hermanitos de no más de 10 años y todos los pares de hermanitos de este país; me importaron un huevo todos los modales que deben acompañar a la moral en el fútbol; y me importó todo tanto un huevo que le pegué una piña al asiento del banco de suplentes y me fracturé dos dedos. Ya está, ya pasó, ya estoy haciendo kinesiología. Voy a tener que volver a empezar de cero. Todo sea para que mi mamá no termine teniendo razón.

Una obsesión llamada gol

Por El pibe de los pasegol.


Me obsesioné con el gol el día en el que pateamos 43 veces al arco sin poder embocar la pelota en la red. Me acuerdo a la perfección de cada detalle de ese mediodía de otoño: no hacía frío pero corría una brisa molesta, el césped estaba en condiciones espantosas y mis jugadores venían de una noche larga en la que había abundado el alcohol. Lo único novedoso en la escena era la brisa molesta porque todo lo demás formaba parte del panorama habitual. Para mi sorpresa, a contramano de la lógica, jugamos un buen partido. No sé si habrá sido por los despliegues de la madrugada pero lo cierto es que los muchachos parecían inspirados. Hacían cosas que casi nunca les salían: se la pasaban entre ellos, se la sacaban a los rivales y gambeteaban cada tanto a los que se les paraban enfrente. No voy a decir que estaba emocionado porque ya sería una exageración pero tampoco miento: una pequeña dosis de esperanza se había filtrado en mi cabeza. No era para menos. Después de semanas de equivocarse a cada paso, después de una serie dolorosa de derrotas, el equipo amagaba con acercarse  al triunfo. El tema es que había que meterla y eso era una dificultad mayúscula para nosotros.

El nueve fue el primero que intentó. Tenaz como es, probó tres veces en diez minutos pero la pelota ni siquiera se arrimó a los palos. Pensé que era cuestión de no resignarse. Supuse, en un argumento más científico que futbolístico, que la mejor manera de que la falta de eficacia no se volviera una barrera que nos impidiera el triunfo era insistir e insistir hasta que la regla de la probabilidad cayera por fuerza de la perseverancia. Así que esperé mientras los muchachos no se detenían en su embestida hacia el arco de enfrente. Calculé que la explosión iba a llegar antes de lo esperado. Un bombazo del puntero izquierdo reventó el travesaño algo después del cuarto de hora y el rebote le cayó mansito al ocho, que entró al área atacando el espacio. Mi garganta ya se arremangaba. Pero no. Un pozo, un pozo de mierda, complicó las cosas y tuvimos que empezar de nuevo. Habíamos practicado definición en la semana y, como suele ocurrir, en el entrenamiento se metían todas. No ocurría lo mismo en el partido. De derecha y de zurda, por arriba y por abajo, todas se iban afuera. Terminó el primer tiempo y mi asistente me dijo que habíamos pateado 19 veces. Lo peor de todo es que el arquero de ellos había sacado la misma cuenta: ni siquiera la había tocado.

“¿Y qué mierda les digo ahora?”, me pregunté cuando caminaba para el vestuario. Mi intranquilidad era evidente y nuestra falta de precisión, también. Podía alentarlos e invitarlos a seguir igual. Aunque la verdad es que, si seguíamos así, íbamos a terminar 0 a 0. Podía también tomar un atajo más agresivo, reputearlos por dejar escapar las chances y que sintieran el rigor del técnico en la espalda. Tampoco me pareció productivo hacerlo porque hubiera sido cometer una injusticia: estaban jugando realmente bien. De pronto, desfiló delante mío un rubio y se me vino a la memoria Guti, el talentoso del Real Madrid, que en una tarde de boca suelta dijo: “Cristiano está obsesionado con el gol y debería relajarse”. De alguna forma, yo, que no era ni portugués ni goleador, me sentía como Ronaldo porque mi cabeza estaba empezando a no poder pensar en otra cosa. El esfuerzo por encontrar una fórmula para convertir me desgastaba lo sesos y lo peor es que no lograba construir ninguna receta que dejara afuera de la escena al azar. Dicen que cuando uno no sabe lo mejor es callarse y eso hice. Me limité a afirmar con grandilocuencia una verdad tan cierta como inútil: “Vamos, chicos, si seguimos haciendo las cosas bien, vamos a tener muchas posibilidades de ganar”.

Sí, por supuesto que había suplentes. Los fui metiendo con la esperanza de que no estuvieran contagiados de los que ya estaban en cancha. Sin embargo, la secuencia –tocábamos, pateábamos, errábamos- se repetía una y otra vez, generando un fastidio como el del tránsito de Corrientes un lunes por la mañana. Arranqué a caminar para calmar los nervios. De un lado al otro, siempre pegado a la raya. “No te hagas el Bielsa”, me decían los que miraban desde atrás del alambrado. Yo no me hacía una mierda. Amagué con putearlos para liberar algo de tensión pero me pareció al pedo. Me iban a tomar más de punto todavía. Agarré una ramita del suelo y la usé para dirigir las indicaciones. Duró poco: fue tal la calentura porque el nueve se movió tarde a buscar un buscapié al primer palo que la rompí contra una piedra que me oficiaba de asiento. Quedaba cada vez menos para el final y nosotros no abandonábamos. A veces a los empujones y otras veces con algo de claridad, íbamos para adelante. El único miedo era que el reloj cantara basta.

“43”, gritó mi asistente cuando el árbitro adicionó tres minutos. “¿43 qué?”, le contesté, al borde de la locura. “43 veces ya pateamos al arco”, respondió sin perder la compostura. “¿Por qué no se van vos y los 43 tiros a la reconcha de la lora?”, repliqué en un estado de delirio absoluto. Me resigné a esperar el pitazo. Tiramos un centro más, por las dudas. A la marchanta, sin ningún destino. Fue llovido, casi a la altura del punto del penal. Ninguno de los nuestro alcanzó a saltar. Uno de ellos, sí. Se perfiló para rechazar y todo. Pero el boludo calculó mal, la peinó y la pelota se le metió al arquero contra un rincón. No me acuerdo de nada más. Cuentan los testigos que me zambullí contra el pasto, que lloré desconsoladamente durante un buen rato y que me abracé con la piedra en la que estaba sentado. Y dicen, además, que repetía como un maniático “por fin, bendito gol, por fin”.

Nac & Pop eran los de antes

El espíritu revolucionario de Mayo nos invade. ¿Y si el tiempo no fuera lineal? Si los grandes hombres de Mayo de 1810 opinaran sobre la economía de hoy, ¿qué dirán? ¿Cómo sería una entrevista con Moreno y Belgrano sobre el futuro de la economía de 2015?

Por Los economistas con los cordones desatados

 

Los economistas con los cordones desatados (en adelante ECD) nos encontramos en un café sobre la calle Hipólito Yrigoyen, a pasitos del Cabildo con el Dr. Mariano Moreno, Secretario de la Primera Junta de Gobierno, ilustrado con las doctrinas liberales británicas de principio de siglo XIX.

ECD: Doctor. ¿Cuáles cree usted que deben ser los objetivos de la política económica?

MM: Es fundamental el rol del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, entre otras actividades, producirá en pocos años un país laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse principalmente porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan.

Puestas las cosas a la práctica con la eficacia y energía que requiere la causa, hallándose con fondos el Estado, debe procurar todos los recursos que sea menester introducir, como semillas, fabricantes e instrumentos, y comenzando a poner en movimiento la gran máquina de los establecimientos para que progresen sus adelantamientos…

ECD: Doctor, ¿Cuál es su opinión acerca del reclamo que hacen algunos analistas de “abrirse al mundo”?

MM: A la conveniencia de introducir efectos extranjeros acompaña en igual grado la que recibirá el país por la exportación de sus frutos. Por fortuna, los que produce este país son todos estimables, de segura extracción, y los más de ellos en el día de absoluta necesidad. ¡Con qué rapidez no se fomentaría nuestra agricultura, si abiertas las puertas a todos los frutos exportables, contase el labrador con la seguridad de una venta lucrativa! Los que ahora emprenden tímidamente una labranza por la incertidumbre de las ventas, trabajarán entonces con el tesón que inspira la certeza de la ganancia, y conservada siempre la estimación del fruto por el vacío que deja su exportación, se afirmarían sobre cálculos fundados labranzas costosas, que a un mismo tiempo produjesen la riqueza de los cultivadores y cuantiosos ingresos al real erario.

Los gobiernos en las providencias dirigidas al bien general, deben limitarse a remover los obstáculos: rómpase las cadenas de nuestro giro, y póngase franca la carrera, que entonces el interés que sabe más que el celo, producirá una circulación que haga florecer la agricultura, de que únicamente debe esperarse nuestra prosperidad.

Admítanse todas las obras y muebles delicados que se quiera introducir: si son inferiores a los del país, no causarán perjuicio; si son superiores excitarán la emulación, y precisarán a nuestros artistas a mejorar sus obras para sostener la competencia; y en todo caso, fijado el equilibrio bajo el nuevo aspecto que introducirá la baratura de aquellos renglones, cuyo excesivo valor ha hecho subir a igual grado a todos los demás, no tendrán reparo los artesanos en bajar de precio unas obras cuyo menor valor debe serles más ventajoso que el antiguo.

ECD: ¿Le parece bien lo que está haciendo este gobierno, al igual que otros gobiernos de Latinoamérica, recurrir al financiamiento externo para salir de esta crisis mundial?

MM: Se dice generalmente que un empréstito bajo las seguridades que están a disposición del Gobierno, sería capaz de remediar los presentes apuros; pero Usted puede estar seguro de que jamás encontrará esos socorros que se figuran tan asequibles y que a su consecución se seguirían consecuencias tan perniciosas, que quedaría arrepentido de haberlos encontrado. Todas las naciones en el apuro de sus rentas han probado el arbitrio de los empréstitos, y todas han conocido a su propia costa que es un recurso miserable con que se consuman los males que se intentaban remediar.

ECD: Muchas Gracias, Doctor. Ha sido un placer haber conversado con Usted.

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Llegamos al segundo encuentro en plena Avenida de Mayo, en el bar de la esquina a la salida de la estación Lima del subte A. Nos aguarda el General Manuel Belgrano, vocal de la Primera Junta, General del Ejército del Norte.

ECD: General ¿Cuáles cree usted que deben ser los objetivos de la política económica nacional? 

MB: Fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio son los tres importantes objetos que deben ocupar la atención y cuidado del Gobierno. Nadie duda que un Estado que posea con la mayor perfección el verdadero cultivo de su terreno, en el que las artes se hallan en manos de hombres industriosos con principios, y en el que el comercio se haga con frutos y géneros suyos, es el verdadero país de la felicidad pues en él se encontrará la verdadera riqueza, será bien poblado y tendrá los medios de subsistencia y aún otros que la servirán de pura comodidad.

ECD: Doctor, ¿Cuál es su opinión acerca del reclamo que hacen algunos analistas de “abrirse al mundo”?

MB: Las restricciones que el interés político trae al comercio no pueden llamarse dañinas. Esta libertad tan continuamente citada, y tan raramente entendida, consiste sólo en hacer fácil el comercio que permite el interés general de la sociedad bien entendida. Lo demás es una licencia destructiva del mismo comercio.

El modo más ventajoso de exportar las producciones superfluas de la tierra es ponerlas antes a obra o manufacturarlas. La importación de mercancías que impide el consumo de las del país, o que perjudican al progreso de sus manufacturas y de su cultivo lleva tras sí necesariamente la ruina de una nación.

ECD: Entonces, ¿Usted propone controlar las importaciones?

MB: La importación de las mercaderías extranjeras de puro lujo en cambio de divisas es una verdadera pérdida para el Estado.

Las naciones inteligentes franquean la entrada de las materias primas extranjeras cuando se puede esperar recogerlas con su propio fondo en cantidad suficiente, y que ellas no necesiten un poco de favor en el precio para animar la agricultura; la proporción del derecho debe entonces reglarse sobre la necesidad de las manufacturas, y sobre el valor que falta al cultivo. Cuando una materia prima entra con alguna forma, que también podría habérsele dado por la nación que la compra, no es justo que entre tan franca como si no tuviese nada de obra.

Aunque el día de hoy no sea desconocido el trabajo industrioso en ninguna nación política, no es menos evidente que los efectos reales y relativos de la hipótesis propuesta se harán sentir. El pueblo deudor de la balanza ha vendido sus mercaderías menos caro y ha comprado más caro las del pueblo acreedor, de donde resulta que en el uno la industria es desalentada, en tanto que está animada en el otro.

El arte de dar formas a las producciones naturales será entre los hombres que componen esta nación un aumento de ocupaciones o modo de subsistir cómodamente. Pues como el arte da un valor de más a las producciones naturales, se sigue que el pueblo industrioso recibirá naturalmente más de lo que dé. Las manufacturas deben dar a las tierras de un Estado el mayor valor posible, y a sus hombres la mayor abundancia de trabajo.

ECD: ¿Le parece bien lo que está haciendo este gobierno, al igual que otros gobiernos de Latinoamérica, recurrir al financiamiento externo para salir de esta crisis mundial?

El grueso interés del dinero convida a los extranjeros a hacer pasar el suyo para venir a ser acreedores del Estado. No nos detengamos sobre la preocupación pueril, que mira la arribada de este dinero como una ventaja: ya se ha referido algo tratando de la circulación del dinero. Los rivales de un pueblo no tienen medio más cierto de arruinar su comercio, que el tomar interés en sus deudas públicas.

ECD: Muchas gracias, General, ha sido un placer.

 

Las líneas precedentes no fueron producto de una sesión de espiritismo ni de la ingestión de sustancias alucinógenas, tan sólo es un ejercicio, a modo de ficción histórica, un gran anacronismo que pretende rescatar algunas de las ideas de Mariano Moreno y Manuel Belgrano. Las respuestas reflejan textualmente lo escrito por Belgrano en sus “Escritos económicos y políticos” y por Mariano Moreno en su “Representación de los Hacendados” (1809) y en el “Plan Revolucionario de Operaciones” (1810).

En economía nos la pasamos estudiando y citando intelectuales de los siglos XVIII y XIX, nacidos en Europa como Smith, Ricardo y Marx. ¿Y Belgrano y Moreno? Belgrano es el tipo de la bandera celeste y blanca, y Moreno es uno más de la Primera Junta que sale en Billiken. Bueno, eran más que eso. Estos hombres pensaron el país, idearon como debía ser la inserción en el mundo y escribieron sobre la economía de su tiempo. Fueron hombres apasionados, humanos pasibles de errores, grandes estrategas políticos e intelectuales brillantes.

En materia de economía, ambos próceres, tenían un pensamiento divergente en cuanto a la inserción del país en el mundo. Mariano Moreno era un ferviente opositor al monopolio comercial al que España sometía a la colonia y abogaba por una liberalización del comercio exterior, que era una evidente mejora con respecto a comerciar sólo con una metrópoli en decadencia. En cambio, Manuel Belgrano tenía una postura firme en cuanto a la necesidad de aplicar industria a la agricultura y agregar a las exportaciones el mayor trabajo local posible. Asimismo, ambos coincidían en el rol central del Estado en la economía. Nada nos garantiza que pensarían lo mismo en el contexto de la Argentina del siglo XXI, todos tenemos derecho a cambiar de opinión cuando las circunstancias cambian, incluso los próceres. Pero lo mismo sucede con los intelectuales europeos de siglos XVIII y XIX, que tanto se leen en la universidad.

Nos pareció de gran importancia rescatar las ideas de estos patriotas, para darlas a conocer, que motiven una lectura más profunda de los textos citados, y que puedan ser rechazadas por antiguas o aceptadas como válidas para analizar el presente y para pensar rumbos futuros. Esa será tarea de quien lea estas líneas.

 

¡Feliz día de la Patria!

 

“Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.” Eduardo Galeano (escritor sentipensante nacido en Uruguay,1940-siempre).

Si he de morir cruzando, que no sea en vano

Por Los de Arriba las manos.

La agenda marca los temas, ¿pero quién marca la agenda? Tendemos a medir todo. Ponerle un número basta para pensar que eso nos permite dimensionar algo hasta agotarlo. Lo que sea que nos permita pensar que comprendemos algo sobre algo, sentirnos tocados por ello, nos desafía cada día desde que en alguna parte del mundo pasa algo. Y necesariamente dar cuenta de la noticia, de lo que nos llegó por intermediarios, de que sabemos, de que oímos, de que opinamos, de que somos, a veces nos pone a destajo.

La deuda externa, las reservas de un Central, la transgénesis, los commodities, las pateras, bolsas de valores y los climas: todo va de la mano. Si como dicen somos piezas mecánicas de un engranaje cuyo resorte en general ignoramos, todas las semanas eso se engrana en el Mediterráneo. El numero de la que pasó fue 900, el número oficial. Vaya a saberse cual fue el real, cuál fue el de la anterior o el de la que está por llegar. Cada tanto, esta noticia reaparece, cobra tapa y contratapa, cita voces de expertos en toda trama, y vaya catarsis social -aunque la repitencia sea indicador de que nada cambió y difícilmente vaya a cambiar.

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Listados innumerables de responsables y cómplices quedan a la vista, pero pocas veces se profundiza sobre los verdaderos causantes. ¿Cómo pensar qué es lo que motiva y maltrata procesos migratorios que terminan tan mal? Difícil intentar reunir aquí los infinitos procesos sociales, políticos, humanos, que terminan impactando sobre la decisión personal de migrar bajo estas condiciones, poniendo en juego la vida y todos los elementos que lo impulsan. Escribir sabiendo como terminó esta historia ya nos hace responsables, al menos, de pensarlo.

Una cosa va atada a la otra y hay dinámicas que los que mencionan al sistema financiero, a la falta de regulaciones, a las fronteras selectivas, a los demonios de esta era –los internos, a los de la propia felicidad surgida del poder de compra frente a la desinversión en educación y salud en general y mucho de lo que hace a la falta de oportunidad, hace tiempo ya empezaron a cuestionar. Fueron ellos quienes nos pasaron el siguiente consejo: que no volvamos a leer sobre las desgracias ajenas sin derecho a exigir algo.

Exigir información con algún trasfondo para no convencernos que con un aumento de presupuesto en los organismos que ya provocan todo va a haber genoma de cambio. Porque si se habla de migrantes africanos y de costas europeas, casi seguro conversamos de naufragios. Ya que cuando encima llegan enteros, a unos los contratan rápido para el trabajo sucio, y a los que sobran, a los chanchos.

Porque son dinámicas de migración fomentadas por países envejecidos que ya ni procrean y por tanto claman infancia ajena, que combinadas con realidades expulsantes sólo se explican si le prestamos atención a determinantes que alarman. Uno de ellos es el control de los recursos naturales, no tanto por parte de los Estados extranjeros sino por empresas multinacionales que con base en aquellos no dejan ni una miga en los países expoliados. Entonces no hablemos de tragedia sin nombrar la letra chica del rol de la Organización Mundial de Comercio, de las lógicas de patentamiento y de los tribunales internacionales donde luego se juzgan los reclamos. Es allí donde aprieta el nudo para entender estas lógicas causales.

Expectativas de futuro también falsas se postulan desde medios que omnipresentes, nos vienen colonizando con valores extranjerizantes. Cable a tierra/tierra a tele y publicidades hasta en el plato, instalan modelos y seducen permanentemente a cruzar el Mediterráneo. Eso porque no están reguladas, ni los medios ni las proclamas, que apelando a una falsa libertad de expresión y de mercado, cuando se intenta equilibrar la balanza, como se dice, golpe blando.

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Y la falta de trabajo, las guerras tan mentadas, los conflictos civiles que desde lejos dos o tres fotos ya consagran, en realidad, excepto la primera, suelen ser exageradas. Que existen, existen, pero no para agasajarlas tanto. Es que si a un medio continente se le define la política económica desde un banco central en je sui Francia, y se le devalúa la moneda cada vez que algún despierto por la deuda externa reclama, si se la ata a un tipo de cambio redituable solo para los acreedores de la banca y no prestamos atención a los índices de los países atados al franco CFA y su eterna colocación entre los Países que Menos Avanzan (ONU) en realidad… ¿qué esperábamos que pasara?

Que si de los acuerdos y las bases militares, del posicionamiento estratégico armado norteamericano, de los 12 millones anuales para el ACRI, el AACOT y otras transas nunca escuchamos nada; de que financiados bajo el lema del terrorismo y la trata, metales, óleos y agua se negociaron, no es que justo se olvidaron de contarlo, es que son intereses locales y extranjeros los que se la están jugando. Y no es caerle sólo a la prensa, es que se arrogan el sentido de informarnos, cuando si analizamos sus componentes accionarios vemos que son los mensajeros de todo ese conglomerado.

La prensa hegemónica matiza y las instituciones fronterizas ejecutan lo que otros cargan en contenedores. Es que, si como dicen, hay que poner un límite, que eso quede lejos de todo lo que genere conciencia de masas. Pero como el mar no calla ni traga, si los que televisaron a los muertos nada de esto nos mencionaron, entonces será tarea nuestra ver qué verdaderamente pasa y por qué de las orillas no pasaron. Porque si tras esas 900 no se habla de los Acuerdos de Tampere, de la Cumbre de Sevilla, del espacio Schengen, de FRONTEX y de sus trampas, entonces nos perdimos entender cuál es la verdadera trama.

Pretendíamos saber de todo, y eso nos llevo a saber de nada. Pero quedó algo que aún recordamos, y vaya carga. Que si los cuerpos sobre el agua normalmente flotan, que 900 se hundan es que de algo van cargadas. Que si los muertos traficaban, simplemente era sus almas. Almas que se hundieron por el peso del antinomio, del flúor y el germanio que cargaban, por el uranio francés que hay en Níger, por el manganeso, el oro y el cobalto del Sahara.

Que si el fósforo del Occidente tras el muro o el vanadio alemán de Burkina Faso hablaran, lo mismo el gas hoy de Bolivia o el petróleo yankee de la Guayra, nos contarían que a las aleaciones industriales y a la aeronáutica le viene faltando lo que los gringos tanto arañan. Y que si se les caen los negociados, se les viene abajo la industria pesada. Porque se les acaban los recursos sobre los que consolidaron una industria sumamente calva, y que para esto se armaron durante tantos años: para cuando les escaseara.

No queda otra que sacudir el polvo de las tapas para buscar quiénes son los dueños de las minas de donde todo aquello se extrae; no es más que indagar cómo consiguieron esos papeles o cómo se negociaron leyes hasta parirlas constitucionales, para entender que a los trabajadores no los amparen derechos o que desde lo impositivo no se recupere nada de lo que sale.

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¿Qué vamos a decir que usted no sepa, excepto un dato ineludible? Sobre cómo se vulnera el derecho al refugio, sobre como se deslocalizan los controles, de eso mucho no se esgrime. De cómo en medio del desierto pagás o no sos nada. De cómo en algunos países, hasta intentar emigrar es considerado falta. Y no olvidemos que en Ezeiza, sin sellito o pasaje de vuelta no subís ni aunque lo valgas.

¿Y el artículo 13 de la declaración universal? ¿Y el derecho a salir de cualquier país, incluso del propio?

“Yo solo cumplo mi trabajo” – dijeron los de la seguridad privada.

Y todo para decir nomás que si nos la vuelven a contar sin citar los PEAS de ajuste estructural o que al 73% de las fronteras las dibujaron los mismos europeos repartiéndose la riqueza por la que ahora no los dejan entrar, lo que están buscando, en el perpetuo ninguneo de los propios protagonistas -a los que no se los escucha, sino que se los indaga-, quizás sea distraernos de lo que pasa en realidad.

Es que si esperamos que nos la cuenten sin matices, es el autoengaño el que nos habla. Y si solo culpamos al otro por no enterarnos de nada, a los medios o a los canales de la pavada, también somos funcionales a todo lo que nos empaña. Por eso no vamos a decir que todo esto en realidad no sirve de nada, porque lo que está pasando lejos, nos deja ver qué tal por casa. Porque acá también flotaron cuerpos, y de acuerdo a algunos, no pasaba nada.

Cerramos con lo que nos dijo un amigo no hace tanto, antes de emprender su viaje por el Sahara. Que si nunca mas de él se supiera, que no sea en vano, que se hablara. Por suerte en el sur del sur del mundo todos nos pusimos de acuerdo en algo, y es en lo que la Ley de Migraciones dice: que migrar, como debe ser, es derecho humano. Y que si al dar vuelta la página, las injusticias no se arreglaron, que del otro lado no se silencie lo que le pasó en el taller clandestino de Flores a los hermanitos bolivianos.

Vende o Alquila

Por Los economistas con los cordones desatados

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En la Ciudad de Buenos Aires la ecuación no cierra: somos una población que ha mantenido un número estable de habitantes en los últimos 50 años, se construyen 12.000 potenciales viviendas por año y cada vez es más difícil acceder a una vivienda digna. ¿Qué pasa en el mercado inmobiliario? ¿Por qué hay gente sin casas y casas sin gente casi en la misma proporción? ¿Qué hace el Gobierno de la Ciudad al respecto?

Las PASO del pasado fin de semana, muestran una alta aprobación a la gestión del PRO en la Ciudad de Buenos Aires. De confirmarse este resultado en las elecciones generales, implicará la continuidad de un modelo de ciudad que deja afuera cada vez a más personas en lo que hace a vivienda.

 

GENTE SIN CASA

En 2013, 56,8% de los hogares era propietario de la vivienda y el terreno, la población inquilina superaba el millón de personas, 32%, y el 8,5% ocupaba su vivienda de manera irregular (2013, Dirección Nacional de Estadísticas y Censos, GCBA).

De acuerdo al último diagnóstico socio-habitacional elaborado en 2013 por el equipo dirigido por Carla Rodriguez, del Área de Estudios Urbanos del Instituto de Investigaciones Gino Germani, 1 de cada 10 hogares porteños sufre hacinamiento (más de 2 personas por cuarto), que es un indicador de NBI (Necesidades básicas insatisfechas). Debido a sus condiciones de pobreza estructural, cada vez más familias deben recurrir al mercado informal de alquiler de piezas en inquilinatos y hoteles en villas, asentamientos, o barrios del centro y sur de la Ciudad, que aunque informal no representan menores precios.

En el 2013, 140.000 personas (4,6%) vivían en hoteles en condiciones de precariedad, y actualmente las Comunas 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, San Telmo, Montserrat y Constitución), 3 (Balvanera, San Cristóbal) y 4 (Barracas, La Boca, Nueva Pompeya, Parque Patricios) amontonan los mayores porcentajes de alquiler de piezas en inquilinato, hoteles, pensiones, o en villas y asentamientos.

Entre 2001 y 2010, la población residente en villas creció un 58% según el censo nacional, registrando una población de 170.054 habitantes, para 2013 fuentes oficiales de la Ciudad estimaban más de 275.000 habitantes. El crecimiento de la cohabitación complejiza el cuadro de vulnerabilidad, es decir más de una familia habitando una misma vivienda, que según el citado informe incluye a 1 de cada 10 hogares.

A esta lista hay añadir el siguiente escalón que es la situación de calle. Hacia fines de 2011, el último relevamiento oficial realizado arrojó un conteo de 876 personas viviendo en la calle, concentrada en las Comunas 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, San Telmo, Montserrat y Constitución) y 3 (Balvanera, San Cristóbal) y 4 (Barracas, La Boca, Nueva Pompeya, Parque Patricios).

El total de personas con vulnerabilidad habitacional, si sumamos la población en villas y asentamientos, las formas precarias de alquiler y en situación de calle, supera las 400.000 personas.

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CASAS SIN GENTE

La Ciudad cuenta con más de un millón de viviendas, un elevado número que se corresponde con la fuerte concentración de la población que se da en ella, un 7% de los argentinos (2.891.082, según el Censo 2010) habitan una porción ínfima del territorio. Escapa a toda lógica matemática la existencia de más de 170 mil familias porteñas con necesidad de acceder a una vivienda, mientras que 1 de cada 4 viviendas de la Ciudad está vacía. Algo no encaja.

Las comunas con mayor cantidad de viviendas vacías son la 1 (Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, San Telmo, Montserrat y Constitución), 14 (Palermo) y 2 (Recoleta), zonas de alta valorización inmobiliaria y que presentan los costos de alquiler más elevados de la Ciudad. Esta situación da cuenta de la existencia de un alto porcentaje de inmuebles que no son adquiridos por sus propietarios para habitarlos o ponerlos en alquiler, sino tan sólo para mantenerlos deshabitados como un instrumento de conservación de sus ahorros. La utilización de la propiedad como un instrumento de ahorro provoca un comportamiento disfuncional del mercado de viviendas en cuanto a solución del problema habitacional de los porteños. Incorpora una demanda adicional de viviendas por parte de sectores de elevados ingresos, que la adquieren como un instrumento de ahorro, pero que las retira del mercado en cuanto oferta de vivienda para habitar y solo las mantienen ociosas.

Como resultado de esta especulación mediante la cual sectores de alto poder adquisitivo en todo el país “ahorran en ladrillos” ha habido un boom de construcción en la Ciudad, tantas construcciones que sirven sólo como reserva de valor. Entre 2001 y 2013, en la Ciudad se construyeron 167.870 viviendas nuevas (más de 12.000 por año) por más de 17 millones de metros cuadrados, que incorporando las ampliaciones y construcciones para otros destinos se registran más de 24,5 millones de metros cuadrados nuevos totales.

Este auge de construcción produjo un aumento del valor del suelo en la Ciudad. Según la Secretaría de Planeamiento, del GCBA, entre diciembre de 2001 hasta diciembre de 2013, el alza promedio de los terrenos de la CABA, alcanzó al 218% en dólares (de US$555 el metro cuadrado pasó a los US$1.780 en promedio de la Ciudad). Luego de la exclusiva zona de Puerto Madero, el barrio más caro por metro cuadrado es Palermo (Comuna 14), alcanzando los US$3.962.

Si tomamos un sueldo de $11953, que es el salario medio imponible de los trabajadores en blanco de la Ciudad para diciembre del año pasado, obtenemos que un alquiler se lleva como mínimo un 27% de ese sueldo. Eso sí, si queremos alquilar en barrios más top, o sea en la Comuna 14 (Palermo), el alquiler promedio se lleva el 43% de ese sueldo. Este problema parece agravarse por la disminución de la oferta de alquileres en la Ciudad. En ZonaProp y ArgenProp, los dos portales de servicios inmobiliarios más difundidos, la cantidad actual de viviendas disponibles para alquilar disminuyó 11% y 9% respectivamente, en relación a abril del 2014. Y la disminución de la oferta es de más de 20% con respecto a abril 2013.

Al dificultarse el alquiler o la compra de vivienda en el mercado formal, la especulación se traslada al mercado informal elevando los precios: un alquiler de una casa con una pieza y una sala en la Villa 31 o en Rodrigo Bueno (ambos barrios en la Comuna 1), ronda entre los 2 y 3 mil pesos, mientras que la compra de una casa de iguales condiciones ubica su valor por encima de los 100 mil pesos, cuyo pago por tratarse de una tenencia irregular se debe hacer en efectivo y sin crédito alguno que financie la compra. El alquiler de una pieza puede costar desde 500 pesos, con baño compartido y sin cocina, pero dada la informalidad, la variación de precios se vuelve muy grande.

¿Y el Gobierno qué hace?

En este contexto, nos encontramos que la voluntad del Gobierno de la Ciudad por resolver el problema de vivienda es nula. El lugar donde se ven las prioridades de una gestión es el presupuesto. En materia de vivienda parece que el problema no necesita mayor atención, ya que el presupuesto asignado a urbanización y vivienda social en la Ciudad decrece año a año: para el año 2015 es de 780 millones, mientras que para el año pasado fue de 958 millones de pesos. La Secretaría de Hábitat e Inclusión (SECHI) -se encarga de las obras en villas y asentamientos- tiene para este año un presupuesto de 262 millones, es decir, sólo un 14% más que en 2014, cuando el PRO estima una inflación del doble. La desinversión de los programas del IVC (Instituto de Vivienda de la Ciudad) apunta a los más vulnerables: el programa “Hotelados” por medio del cual el la Ciudad les pagaba a hoteles y pensiones para hospedar alrededor de 100 familias hasta el momento en que el gobierno les diera una solución habitacional definitiva, presenta una excesiva rebaja del 78%, mientras que el «Programa de Radicación, Integración y Transformación de Villas y Núcleos Habitacionales Transitorios (PRIT)», también del IVC, sufrió un recorte fulminante del 98% respecto al año pasado, recibiendo menos de un millón de pesos, lo cual implica prácticamente el retiro del IVC de las villas y asentamientos.

Las iniciativas del Gobierno de la Ciudad, por la magnitud de su impacto están muy lejos de representar una solución al problema de vivienda. El plan «Primera Casa», la principal apuesta en materia de vivienda y único programa que aumenta considerablemente su presupuesto, en 34 meses otorgó 2500 créditos, una cifra ridícula en relación al tercio de la población porteña que es inquilina. Resignando ya la posibilidad de generar un acceso permanente a la vivienda ahora el gobierno del PRO quiere ayudar a alquilar con el «Alquilar se puede». El programa consiste en que el Banco Ciudad te presta el dinero del depósito a 24 meses y de ser necesario te subsidia parte del alquiler. Es decir que en lugar de intervenir en el mercado para controlar los valores de los alquileres y reducir las condiciones de entrada (depósito, comisiones, etc.), el Gobierno de la Ciudad subsidia el negocio abusivo de las inmobiliarias y propietarios.

El presupuesto de vivienda es una muestra de la idea de Ciudad que presenta el PRO: así como en el resto los ámbitos de la Ciudad, en el presupuesto de vivienda los vulnerables quedan relegados y los recursos se destinan a consolidar la posición de los sectores pudientes.

Por fuera de lo presupuestario, el PRO, y con gran impronta de su reluciente candidato a jefe de gobierno, tiene la decisión de reformular las normas urbanísticas (es decir, el código de planeamiento urbano cual establece las principales disposiciones del tejido urbano, como lo son los 8 metros de frente, uso del suelo, etc.) en pos de poder entregar títulos de propiedad a los vecinos de las villas; revirtiendo los hechos, empezando por el final, que son los títulos de propiedad. De esta manera, no sólo que se libera de toda obligación de urbanizar los barrios de la manera correcta, incorporando cloacas, calles, el no hacinamiento; si no que además genera posibles pujas entre vecinos y libera las tierras a las fuerzas del mercado. Final asegurado: una ciudad sin villas y sin soluciones. Esta novela ya comenzó el año pasado, y se plasmó en la aprobación del «Plan Maestro» de la Comuna 8.

Como parte de los rasgos neoliberales explícitos que muestra el PRO, trabajan en una descentralización de la gestión pública sobre los barrios. Si bien el órgano encargado de adecuar la Constitución de la Ciudad es el IVC, actualmente realizar un reclamo, es un buen paseo por toda la ciudad, ya que las tareas son subdivididas entre el mismo IVC y la Secretaría de Hábitat e Inclusión (SECHI), la Unidad de Gestión de Intervención Social (UGIS), y la Corporación Buenos Aires Sur S.E. (CBAS). Para explicar sus funciones, es necesario una nota de por lo menos la misma extensión que la actual, o más, para cada una.

 

¿Qué hacer?

Para solucionar el problema habitacional hay que atacar las causas, crear incentivos para que no haya casas sin gente (como un impuesto a la vivienda ociosa o aumento de ABL, por ejemplo), y por otro lado, intervenir regulando los precios de los inmuebles y las barreras de entrada. Además, debe haber una iniciativa estatal en la construcción de vivienda social y en la urbanización de villas y asentamientos, algo que no se logra reduciendo el presupuesto y desfinanciando al IVC. También se debe invertir en mejorar la calidad de las soluciones transitorias como son hoteles y paradores. Y que sean eso: transitorias.

En la Buenos Aires de hoy, vivienda no es un derecho sino que se ha vuelto sinónimo de negocio. Mientras que los inmuebles sean considerados como plazos fijos y no destinados a que la gente los habite, la emergencia habitacional va a continuar y seguiremos teniendo una ciudad para pocos, cada vez menos.

En tus manos

Por El pibe de los pasegol.

Quiero que queden claras las cosas de entrada. Por ahí sea muy dura la forma pero prefiero no faltar a la verdad: el hijo de puta no tenía manos. O, si las tenía, se ocupaba de esconderlas bien escondidas debajo de los tres palos. Le pateaban al cuerpo y la pelota se le escabullía como si tuviera jabón en los guantes; le tiraban un centro y era incapaz de poner los puños para mandarla a la concha de su madre; los rivales ponían un pelotazo profundo y él se quedaba petrificado en la línea como implorando que apareciera alguna divinidad a sacarlo del apuro. Y eso no es todo. La historia es peor de lo que pinta. Habíamos decidido tratar de salir jugando siempre, con los centrales bien abiertos, con el cinco retrasado y con los laterales casi en la mitad de la cancha. La indicación para todos era que, cuando los presionaran, tenían que tocar con el arquero. Pero dársela al arquero era exactamente lo mismo que tirarse desde un precipicio. Sí, no exagero: en el primer partido del torneo, el dos nuestro se la dio redondita y el muy hijo de puta demostró que, además de faltarle las manos, le habían desaparecido los pies: quiso controlar para pasar, la pelota se le fue larga y sacamos del medio. Traté de tomármelo con calma pero, en ese momento, si hubiera tenido un espantapájaros, lo habría puesto en su lugar. Y como ese hay decenas de ejemplos que justifican la descripción. Cualquiera podría decirme “sacalo y punto” pero las cosas no siempre son tan fáciles como puede parecer en la teoría.

Hay un tema fundamental que no aclaré: esto era un equipo de amigos y, como buen equipo de amigos, el criterio principal de evaluación no era el rendimiento deportivo sino la perseverancia para soportar derrotas sin claudicar. Y en este aspecto –para nada menor en nuestra realidad- el hijo de puta era irreprochable. Cuando había entrenamiento, era el primero que llegaba y el último que se iba. No faltaba nunca. O casi nunca. Una vuelta, tenía a la abuela internada con un problema cardíaco y nos pidió perdón una decena de veces por no haber podido ir a practicar. A mí me daba vergüenza aclararle que por más que se esforzara iba a seguir siendo un desastre pero, al mismo tiempo, me conmovía su compromiso hacia la causa sin arreglo de unos cuantos muchachos entusiastas. La situación era complicada porque echarlo era una inmoralidad que jamás me perdonaría pero dejarlo como titular era una usina de pesadillas que me arruinaban el sueño no menos de un par de días por semana. El dilema andaba entonces sin solución y el correr de las fechas empujaba la coyuntura al límite porque la chance del descenso se volvía cada vez más real. Ahora entenderán un poco mejor por qué no era tan sencillo eso de “sacalo y punto”.

Ese sábado nos enfrentábamos al partido clave, al que iba a señalar un antes y un después. Un adversario digno de respeto, sobre todo porque contaba con dos delanteros rapiditos para el contragolpe. Nos juntamos como siempre en la semana. Por supuesto, ahí estuvo él para entregarnos hasta la última gota de sudor. A esa altura, yo ya no sabía ni qué pensar ni qué hacer. Por un lado, hubiera pagado para que le agarrara angina y no pudiera ir el sábado; y, por el otro, creía injusto que no estuviera en la cita más esperada después de haber dado el máximo de su capacidad. Se apareció en la canchita con el pantaloncito naranja que solía usar. Elongó como si fuera una bailarina clásica, se vendó los dedos como si después fuera a tapar alguna pelota y escupió la parte interna de los guantes al mejor estilo Mono Burgos. Antes de arrancar, tomé el coraje que no había tenido a lo largo del torneo y le pedí que habláramos a solas.

Mirá –le dije-, estamos en confianza así que te voy a decir todo lo que se me cruza por la cabeza. Jamás en mi puta vida vi a una persona atajar tan mal. Saqué la cuenta y perdimos por tu culpa el 74 por ciento de los puntos. Además, no nos salvaste ni una sola vez. Si yo me guiara por tu rendimiento, te tendría que echar a la mierda. Pero la verdad es que, también jamás en mi puta vida, vi a un tipo que le pusiera tanto empeño a este juego. Y eso, en una sociedad egoísta y repleta de oportunistas, es algo que merece todos mis respetos. Así que el sábado vas a ser titular. Pero, por favor, por lo que más quieras, usá las manos. Aunque sea esta vez. Terminé de hablar y estaba al borde de un ataque de nervios. Levanté los ojos. Me miró serio, como sin acabar de comprender por qué le había dicho todo lo que le había dicho. Está bien, señor –respondió-. Le agradezco la sinceridad. Sé que no vengo bien pero desde chiquito me enseñaron a no abandonar cuando las cosas no me salen. Me tengo fe para este fin de semana. No les voy a fallar ni a usted ni a los pibes.

Ni bien se interrumpió la charla, volvió lleno de confianza a deslomarse en un ejercicio que le exigía una reacción con la que no contaba. Voy a ser franco con ustedes porque ya les avisé que no quiero faltar a la verdad: no me sobraban esperanzas y su confianza en sí mismo solamente hacía crecer todavía más mis pesadillas. Por un instante, me sentí Pancho Villegas en su diálogo con un flojísimo arquero colombiano. “Pibe, las que van cerca del palo está bien, las que entran arriba en el ángulo también, las de rebote puede ser, pero las pelotas que van afuera no me las meta en el arco”, fue lo que le dijo aquel técnico argentino a ese muchacho que le sacaba canas verdes. Aunque me ganaba la resignación, en el fondo aguardaba que sucediera un milagro que lo volviera figura por un rato. Él era, sin lugar a dudas, el que más se merecía terminar el campeonato como ídolo. Pero no era nada sencillo: estábamos en manos de un tipo sin manos. Y eso nunca es la mejor opción.

Y finalmente llegó el sábado. Y definitivamente llegó la hora de la verdad. No venía mal la cosa. El hijo de puta atajó dos o tres tiros seguidos y eso nos mejoró la autoestima. Más de uno creímos que capaz era nuestro día. De hecho, hasta la media hora del segundo tiempo, era empate clavado. Ninguno de los dos equipos había hecho nada para justificar un destino de sonrisas. Pero el árbitro inventó una falta a 32 metros de nuestro arco y el panorama se nubló de repente. El capitán de ellos se paró como si fuera Cristiano Ronaldo pero no estuvo ni cerca de parecerse al portugués. Le dio bombeado y sin mucha fuerza. Apenas un cachito contra el palo izquierdo. Cuando la pelota salió disparada desde su botín derecho, temí lo peor. Y lo peor es que lo peor ocurrió. El hijo de puta voló con todas las ganas y con toda la convicción. Voló tanto y tan bien que se pasó de largo. Sí, insólito: se pasó y su intento de rechazar con el talón fue inútil. Tan inútil como los bochazos que tiramos después tratando de evitar la tristeza. Me agarré la cabeza y me mordí los labios y le pegué a la tierra e insulté en mil idiomas. Me pregunté también por qué la realidad no se parecía a Hollywood. Y supliqué mirando al cielo que alguien me respondiera por qué la suerte no me recompensaba por el gesto noble que había tenido en el último entrenamiento. No llegué a ninguna conclusión. Eso sí, de algo estoy seguro: la próxima vez voy a pensar mejor a la hora de elegir entre combatir el egoísmo y poner a un tipo que la agarre cuando le patean.

Bolaíer

Por El tipo que escribe almanaques.

Toda la vida, sus padres, sus hermanos, las cinco psicopedagogas que lo trataron, sus tres psicólogos, sus doce maestras y su profesor de fútbol de la escuelita del barrio habían esperado que Bolaíer tuviera un segundo de lucidez terrestre. Hasta él mismo, resignado, había querido entender y responder a las formas clásicas del mundo occidental judeocristiano adaptado a Lationamérica para que no le hincharan más las pelotas. Dicen que las cosas pasan por el destino, pero a destino nunca lo vieron bancando la parada después de que pasaran las cosas y nadie va a poder explicar por qué razón justo en ese momento de la existencia le apareció, por primera vez, esa vocecita que, de repente, corea “aaaah”.

Bolaíer naufragaba por la vida en el punto exacto donde se cruzan dos personalidades: el genio y el colgado. Bolaíer había sido Juan Manuel pero era Bolaíer porque una tarde de las vacaciones de invierno, cuando estaba en quinto grado, fue al cine con su papá a ver Toy Story y salió convencido de que, en el mundo, todos eran o debían ser juguetes. Cuando retomaron las clases, un maestro le pidió a cada nene que anotara, en una hoja, cómo quería que le dijeran sus amigos. Él, que todavía no manejaba el inglés ni sabía las reglas del hiato, anotó, en cursiva y con un lápiz naranja, Bolaier.

– ¿Bolaier? – le preguntó el profesor.
– No, Bolaíer, fuerte la i.
– Ah, Bolaíer.
– Claro, Bolaíer, como el del comando intergaláctico que va al infinito y más allá.
– Ah, Buzz Lightyear.
– Eso. Lo que yo decía.
– Bueno, ¿y por qué él?
– Porque todos piensan que es el que viene en la cajita, pero es otro.

En esa línea imaginaria y extraterrestre por la que Bolaíer deambulaba, se le cumplió una de las leyes más de asfalto jamás conocida: la mina más linda del colegio se enamoró de él. Cuando estaban en cuarto año del secundario, ella lo encaró y le dijo que se tenía que tomar el mismo colectivo y lo convenció de que se tenía que bajar en la misma parada y le aseguró que todo era una casualidad y que iba a la casa de al lado de su casa y él le dijo que al lado había un descampado y ella le dijo que no, que ahora había una casa, y él pensó que qué colgado que no se había dado cuenta de la construcción y cuando llegaron, abrió los ojos, vio el descampado y cuando giró a pedir explicaciones ella lo besó y le dijo que desde siempre estuvo enamorada de él y él no supo qué decir y ella se dio cuenta y le dijo ahora invitame a merendar y esa misma tarde los dos perdieron la virginidad y desde ese momento estuvieron juntos.

A lo largo de los 51 meses que fueron novios, Bolaíer solamente se acordó del día en que cumplieron dos años y 21 veces llegó con flores diciendo feliz mes cuando realmente no era la fecha, pero un amor solamente es un amor verdadero cuando lo justifica más de una ternura y la ternura se siente cuando dos personas se abrazan y sus cuerpos encajan perfectamente y ella y él, a la distancia o bien cerca, parecían uno solo con cuatro brazos.

Ese miércoles al mediodía, cuando ella lo llamó y le dijo que se encontraran en el parque y él le preguntó si lo podían posponer porque andaba estudiando y ella le dijo que no, que quería verlo, él tardó dos segundos, tiró todo el aire que tenía dentro, puteó y se dio cuenta de todo: ella lo iba a dejar.

Por una simple razón: lo invitó a un parque al mediodía en otoño y hacía frío y lloviznaba. Lo del otoño y el frío y la lluvia podía ser secundario porque en esas condiciones también pueden pasar cosas lindas. Lo del parque era decisivo.

Si ella pasaba por su casa, todo sería difícil, porque él sería local y ella, indefectiblemente, tendría que irse de ahí llevándose camisones y cepillo de dientes y regalos y fotos y la escena sería demasiado dura.

Si él pasaba por su casa, todo sería más cruel porque ella, en definitiva, en un momento, le tendría que pedir que se retirara.

Si ella lo hubiera invitado a un bar, sería demasiado arriesgado porque estaba la chance de que él reaccionara mal y todo se volviera un escándalo o, peor, podría él lanzarse en llantos y no hay nada más feo que ver a alguien mezclando lágrimas y mocos y el café que quedó en el labio.

Si iban al cine, no hubieran podido hablar o, si hablaban, iban a terminar en el papelón de pelearse con un boletero que los echara y el tipo no merecía tener que ver ese desamor.

Si se encontraban por la calle, no iban a tener dónde sentarse.

Si se lo mandaba por mensaje, ella se hubiera ganado muy rápido la condición de forra descorazonada.

Era el parque: era obvio.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

El parque tiene cuatro características claves para dejar a alguien: una persona puede gritarle a otra sin que nadie se dé cuenta; se puede llorar y, de lejos, nadie va a saber las razones; se puede huir para cuatro lugares diferentes; y al salir, uno puede agarrársela con el ser más despreciable de este mundo y eliminar bronca y tensiones diciendo: “Qué mierda que son las palomas”.

Aún así, el tema no estaba ahí. El problema, ahora que sabía cuál era el problema, era pensar cómo responder frente a esa situación. Ya estaba, ya se sabía soltero, pero el quilombo seguía ahí. Muchos, a lo largo de los siglos, incluso en la época de Atila el Huno, habían deseado estar en su lugar: antes de que lo cagaran, tenía la posibilidad de cagar al otro. Entonces comenzó a pensar variantes.

1- Antes de que ella comenzara a hablar, decirle que tenía que confesarle que la noche anterior se había cogido a su mejor amiga. Qué importa si era verdad: en el instante, rendiría.
2- Llegar, darle un beso en la mejilla y decirle: “Hagámosla corta, yo tampoco te quiero”.
3- Escuchar todo el discurso de ella como si nada y, en el momento en que ella comenzara a llorar, -porque sí, la gente que deja a otra gente, de repente, llora, como si esperara que el dejado le dijera: “Quedate tranquila, estás tomando la decisión correcta, no llores”- llorar mucho más fuerte, haciendo un escándalo que contagie a las multitudes que pasan y todos empiecen a llorar y a ella le duela la responsabilidad de hacer un mundo más triste.
4- Llegar borracho y empezar a mirarle el culo a todas las minas que pasan para que piense que le chupas un huevo.
5- Faltar, simulando un cólico que no permitiera moverse del inodoro y ella tuviera que pasar algunos días más padeciendo la angustia de tener que cargarlo todo.

Todas gansadas. Fue igual. En el trayecto, en ningún momento se preguntó si, capaz, se estaba equivocando. Apareció en el parque diez minutos antes que ella y la saludó como si todo fuera casual y cuando ella le pidió que se sentaran en el pasto se sentó. No pronunció ni una sola palabra: ni siquiera cuando ella le dijo que necesitaba que hablaran. Hasta puso cara de asombro. Escuchó atentamente casi diez minutos de descargos, tres razones fraudulentas, veintidós frases hechas, una sospecha de infidelidad, tres toses y una frase terrible.

Cuando ella terminó, se dio cuenta que, de las cinco variantes que había pensado, ya ninguna le servía. No tenía tiempo, algo había que decir. Empezó a dudar y en la duda empezó a sentirse un pelotudo porque no podía creer que no había planeado una respuesta que no tuviera que ver con hacerle daño. O más, o lo peor. No había pensado que ella, entre las razones que le daría, podía decirle ese comentario tan duro que tanto tenía que ver con él:

“Juan Manuel, no siento que haya futuro con vos, no sé, no me veo siendo grande con vos, con un proyecto en serio, viviendo juntos, es difícil, es como si me cansó que estés en el aire”, le dijo y le robó cualquier reacción. Era más fácil un no me gustás o un no te quiero o ya no me excitás, pero no: proyecto, serio y futuro. Cuando a lo lejos se escucharon el grito de una madre a una nena y las ofertas de un vendedor de panchos, el silencio lo obligó a tomar una decisión y fue sentencioso: “Por favor, andate”. Ella no lo entendía, pero él se lo repitió: “Por favor, andate”.

Y ella se fue.

Dos horas se pasó mirando al horizonte tratando de entender qué le había pasado. Lloró y se gastó dos paquetes de pañuelitos que había llevado para la ocasión. Pensaba en esa frase constantemente. No entendía qué le dolía. Hasta que, una vez más, la segunda en su vida, cayó y se dio cuenta. Le dijo Juan Manuel. No Bolaier. No Bolaíer, con tilde. Ni siquiera Buzz Lightyear. Le dijo Juan Manuel porque, claro, Juan Manuel era ser grande, era dejar de ser lo que él era y era ser lo que ella quería: Juan Manuel, un supuesto futuro.

Y lo recordó. Lo recordó porque esa era su filosofía, aunque no la tuviera tan en claro y aunque nunca se la había podido explicar a ninguno de esos psicoespecialistas. Lo recordó bien adentro y recordó que parte de su historia era la de El Principito. Lo recordó y en el recuerdo no se dejó marear y, porque así era su forma de pensar, pensó en dos opciones para el futuro.

1- Pararse ahí mismo en la plaza y gritar bien fuerte: “Bolaíer, al infinito y más allá”.

2- Sacar su celular y, uno por uno, llamar a sus padres, a sus hermanos, a las cinco psicopedagogas que lo trataron, a sus tres psicólogos, a sus doce maestras y a su profesor de fútbol de la escuelita del barrio, para decirles: “Vení al parque, tengo que hablar con vos”.

3- La tercera no existe, por eso aclaró que las opciones para el futuro eran dos, así que no se ilusionen: ser Juan Manuel no está en sus planes.

Democracia o deudocracia

Por Los economistas con los cordones desatados

¿Hacer lo que exigen los acreedores o gobernar para el pueblo que lo eligió? Ese es el dilema que enfrenta el gobierno griego. Alex Tsipras, el flamante Primer Ministro de Grecia, ganó las elecciones prometiendo terminar con los recortes salariales y las políticas de austeridad. El 20 de febrero debió acordar con la Unión Europea (UE) una ampliación del rescate. La semana pasada, Tsipras viajó a Bruselas donde recibió una fuerte presión de la UE, sobre todo de Francia y Alemania, para que profundice las reformas fiscales. Al volver a Grecia, el gobierno respondió con un paquete de “leyes antipobreza”. El jueves 9 de abril es un día clave para Grecia y para toda Europa.

El partido Syriza ganó las elecciones el 25 de enero de 2015, y para Alex Tsipras, que asumió como Primer Ministro, fue como subirse al barco de Odiseo. El 20 de febrero debió reunirse con la llamada Troika (el FMI, el Banco Central Europeo y la UE), para acordar un nuevo rescate financiero para afrontar los vencimientos de este año. A cambio, las exigencias de siempre: recortes salariales y reforma fiscal. A esto se le suma que en el primer mes de gobierno hubo una fuga de capitales y de depósitos por un 9% del PBI.

El mes de marzo ha sido complicado para el nuevo gobierno encabezado por Tsipras. A mediados de mes, debió presentar un plan de reformas específicas luego de haber acordado una ampliación del rescate en febrero. La amenaza de entrar en default, pende sobre la cabeza de Tsipras como la espada de Damocles. Son 4432 millones de euros los que debió depositar Grecia en el último mes. Este jueves con el riesgo de quedarse sin liquidez, debe pagar 450 millones de euros al FMI. Algunos auguran la inminente salida de Grecia del euro y la vuelta al histórico dragma, la antigua moneda nacional.

Un regreso a una moneda propia permitiría a Grecia tomar decisiones autónomas en lo que respecta a política monetaria y cambiaria, es decir que podría emitir dinero para que haya liquidez en su economía sin depender de nueva deuda externa en euros. Grecia, como todos los países que adoptaron el euro, no emite la moneda que circula en su economía ni fijan las tasas de interés, sino que dependen de la política monetaria que adopta el Banco Central Europeo. En caso de escasez de circulante, los bancos griegos deben acudir a este Banco Central supranacional. Salir del euro, le permitirá fijar el tipo de cambio a niveles que promuevan sus exportaciones. Por otro lado, Grecia debería soportar el castigo de “los mercados” que pueden intentar fugar euros masivamente, cosa que ya viene ocurriendo.

Son Alemania y Francia los que lideran la presión a Grecia desde la UE para que cumpla con sus pagos y aplique reformas fiscales porque son los bancos alemanes y franceses los principales acreedores y los que vienen lucrando con el endeudamiento griego y del resto de la periferia europea. Además aparece en escena al frente de los reclamos a Grecia, el gobierno conservador español liderado por Rajoy. Los españoles del PP parecen más “acreedoristas” que los propios acreedores, si se nos permite el neologismo. ¿Por qué? Porque España optó otro camino para salir de su crisis y continúa con una deuda pública cercana al 90% del PBI. Entonces si Grecia no puede afrontar sus pagos, la desconfianza va a crecer sobre las deudas de la periferia europea y va a ser mucho más difícil para España seguir financiándose tomando más deuda.

En los últimos días desde Atenas se anunciaron leyes de bienestar social, un paquete de “leyes antipobreza”. Se transformará la agencia de privatización del Estado en un fondo de inversión para financiar políticas de bienestar social en vez del pago de la deuda pública. También prevé restablecer la corriente eléctrica a las familias que no pueden pagarla y proporcionarles hasta 300 kw/h gratis hasta fin de año. Además, habrá un subsidio a la vivienda por el cual hasta 30.000 familias van a recibir una ayuda de 70 a 220 euros para el pago de alquileres e hipotecas y una ayuda alimentaria para 300.000 personas. El gobierno griego además advirtió a la Troika que no se dará ni un paso atrás en materia de derechos laborales y sociales.

El flamante gobierno de Tsipras, en medio de este tira y afloje, puso una carta más sobre la mesa: la reparación histórica que se le debe a Grecia por la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Otros países europeos han cobrado esa reparación, Grecia no. Durante la ocupación alemana, Grecia adquirió préstamos forzosos por 10.300 millones de euros, monto al cual habría que sumarle casi 70 años de intereses.

Desde 2010, Grecia ha venido recibiendo créditos para recuperar su economía que ascienden a 240 mil millones de euros. Los créditos han sido provistos por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europea (CE). Pero nada es gratis. A Grecia le han impuesto recortes presupuestarios que incluyeron recortes salariales, de pensiones y otros. Estas medidas de austeridad han deprimido aún más a la alicaída economía griega que exhibe de acuerdo al Banco Mundial un 27% de desempleo (hace 5 años era menor al 8%), más de un 22% de pobres y una deuda externa de 315 mil millones de euros que representa un 176% del PBI.

Desde la UE amenazan retrasando el giro del rescate financiero acordado en febrero para ver si logran en estas horas algún avance mayor que apunte a la austeridad, palabra que el pueblo griego asocia con mayor sufrimiento. Desde el gobierno de Tsipras dejan latente la amenaza de abandonar el euro con las implicancias que tendría para el sistema financiero europeo y en medio de las negociaciones y a horas de un vencimiento clave publican desde Atenas la cifra de lo que reclamarían a Alemania: ¡278.000 millones de euros! Es decir, más que lo que han recibido en los dos rescates financieros desde que comenzó la crisis.

En dos meses, el nuevo gobierno griego ha encontrado un panorama muy difícil donde los vencimientos de deuda y la presión de la Troika son acuciantes, y por otro lado, el pueblo griego viene sufriendo 5 años de deterioro de las condiciones de vida con niveles de pobreza y desempleo crecientes. El gobierno, por un lado, declara su voluntad de cumplir con los pagos de deuda ad infinitum, y por otro, sostiene que no habrá más retrocesos en materia social. El pueblo griego ha depositado en Tsipras y Syriza la confianza para que el gobierno gobierne para el pueblo y no para los acreedores como han hecho sus antecesores. Democracia o Deudocracia, esa es la cuestión.

Saliendo del freezer

Por Los economistas con los cordones desatados

Dejar que los bancos quiebren, acusar judicialmente al ex Primer Ministro, funcionarios y empresarios por su responsabilidad en la debacle, interrumpir temporalmente los pagos de la deuda externa y apostar a la producción y el trabajo en lugar de la timba financiera, esa la fórmula de Islandia para salir de la crisis… ¡y funciona!

Poca información se recibe en general de Islandia. Poca además de los documentales en la televisión que muestran las espectaculares explosiones de volcanes y géiseres que cubren gran parte de la isla. Llamada “La Roca” por los residentes, esta isla es un accidente geológico que se encuentra entre las placas tectónicas del Atlántico y de Eurasia que existe hace 18 millones de años y es habitada hace 1100 años. La población que habita esta pila de lava alcanza actualmente un total de 325.000 personas y tradicionalmente se han dedicado a la agricultura y la pesca. Momento… ¿y la columna de economía? ¿Por qué Islandia?

Este pequeño país con un número de habitantes similar al de la provincia de La Pampa ocupó un lugar importante en las noticias alrededor del mundo durante Octubre de 2008, cuando luego de la crisis desatada en Estados Unidos por la caída de Lehmman Brothers, la economía de Islandia sufriera un colapso financiero de proporciones inéditas. Tan particular es el paisaje en la isla, como fue su salida a la crisis. Es por eso que consideramos interesante describir el camino que hizo que la economía islandesa salga del freezer mientras que Europa sigue aún atrapada en la recesión. Una salida fuera de los manuales de economía, que mostró ser efectiva y que poca repercusión ha tenido en los medios internacionales.

Y mientras estas páginas son escritas, Islandia da la nota de nuevo: ¿entrar en la Unión Europea? Ni locos. Islandia, que había solicitado entrar en la UE en 2009 en plena crisis, decidió en estos días retirar la solicitud. Se debe a que desde la UE le pedían reformas en los sectores pesquero y agrícola que han sido los motores de su recuperación.

 

El camino hacia la crisis: del “milagro vikingo” a la explosión del sistema financiero.

En la década de 1990, el discurso de la globalización y las bondades de “liberar la economía” llegaron también a este pequeño pedazo de tierra en medio del Atlántico Norte. Fue el entonces Primer Ministro Oddson que comenzó con las reformas de manual neoliberal: baja de los impuestos a las empresas y privatización de empresas de propiedad estatal y de recursos naturales. La disminución de impuestos a las ganancias corporativas bajó de una tasa de 50% a una de 30%, y luego al 18%. La liberalización de la economía no estaba completa sin la privatización del sector bancario, proceso que comenzó a fines de la década de 1990 hasta 2003. Así, esta pequeña isla fue un intenso experimento de liberalización económica.

La primera privatización del sistema financiero, fue la de un pequeño banco, adquirido por un flamante grupo empresario llamado Orcas, que lo convirtió pronto en uno de los 3 bancos más grandes de Islandia: el Banco Glitnir.

Luego, el turno de los dos grandes bancos estatales: Landsbanki y Buradarbanki (que mutó en el Kaupthing Bank). El proceso de privatizaciones del sector financiero terminó en 2003, y este sector en manos de propietarios privados crecería a partir de entonces de una manera inusitada liderando el crecimiento de la economía islandesa, dando pruebas del éxito de la política de liberalización financiera.

Todo parecía ir bien para Islandia, el PBI creció entre 2004 y 2007 a una tasa promedio en torno al 6,5%, el desempleo era menor al 2% y en 2005 era el tercer país con mayor PBI per cápita en el mundo. Sin embargo, en Octubre de 2008 el sistema financiero islandés explotó como uno de los famosos volcanes de la isla.

El “Milagro Vikingo” se caía a pedazos. La crisis financiera en Estados Unidos, generó desconfianza en el sistema financiero islandés, y los tres grandes bancos, el Glitnir, el Landsbanki y el Kaupthing, entraron en crisis. Con ellos cayó la bolsa de comercio de Islandia, atada en gran medida a las operaciones realizadas por estos tres bancos. Comenzó el contagio al resto de la economía generando en cuestión de semanas una inflación de 18% por la amenaza de desabastecimiento, ante la imposibilidad de importar, y un desempleo que se disparó al 11%.

 

¿Qué había atrás de este “milagro” liderado por los grandes bancos privados?

 Mucho humo, hablando en lenguaje futbolero. La opulencia generada principalmente por el sector financiero era una ilusión que se sostenía a través del endeudamiento constante de los bancos privados que obtenían dinero del exterior principalmente de Reino Unido y Holanda. Prometiendo importantes beneficios a través de altas tasas de interés y a una moneda nacional la Korona Islandesa cada vez más sobrevaluada, Islandia atrajo a través de la banca electrónica a ahorristas holandeses y británicos. Los bancos otorgaban en el país hipotecas baratas que desataron un boom inmobiliario y daban créditos ilimitados a las familias más acomodadas de la isla.

 

La receta conservadora: que paguen los trabajadores.

El Gobierno de coalición formado por conservadores y socialdemócratas, nacionalizó los tres bancos y restringió el retiro de fondos. Los días previos a la intervención del Estado los banqueros habían vaciado lo poco que quedaba en las cajas. La deuda de los bancos pasaba a ser deuda pública.

Los acreedores holandeses y británicos comenzaron a reclamar ser indemnizados, y le reclamaban al Estado islandés, a pesar de que no se trataba de depósitos ordinarios respaldados. El gobierno británico, liderado por el laborista Gordon Brown, llegó incluso a hacer uso de la legislación antiterrorista para congelar activos islandeses depositados en instituciones británicas y garantizarse el cobro de las indemnizaciones millonarias. Un año después, el Parlamento isleño aprobó un plan para pagar la deuda a Gran Bretaña y Holanda, sus principales acreedores bancarios. Cada familia islandesa debía pagar 3.500 Koronas mensuales durante 15 años (20 Euros por mes aproximadamente).

 

El pueblo islandés elige su propio camino

En enero de 2009, las movilizaciones ciudadanas provocaron la dimisión del Primer Ministro islandés, el conservador Geir Haarde y la convocatoria de elecciones anticipadas. En las elecciones se impuso una coalición de centro-izquierda. Sin embargo, el nuevo gobierno islandés, cedió a las presiones de los especuladores, planteó indemnizarles con cargo al presupuesto del país, endeudándose en 3.500 millones de euros. Se estableció que cada ciudadano islandés tendría que contribuir con unos 11.000€ para pagarle a los acreedores externos. Además, se iba a solicitar un préstamo adicional de 2.100 millones de dólares al FMI, y los argentinos luego de la debacle económica que llevó a la crisis de 2001, aprendimos que el FMI no te presta si no es a cambio de la aplicación de un programa de ajuste neoliberal.

Al aprobarse dicha ley de indemnización se desató una nueva ola de protestas y en enero de 2010 el presidente del país, el ex comunista Ólafur Ragnar Grímsson, se negó a ratificarla convocando un referéndum para que la ciudadanía se pronunciase al respecto. El referéndum que se celebró el 6 de marzo de 2010, dio como resultado que el 93% de los votantes dijo “NO” al plan gubernamental. Por lo tanto, los ciudadanos islandeses no iban a pagar la deuda bancaria a los especuladores británicos y holandeses por la mala gestión de los banqueros.

Esto se pone mejor. Además se inició un proceso judicial contra los gestores de los bancos citados en los que incluía a 160 imputados, entre ellos al ex Primer Ministro por considerarlo partícipe necesario. Asimismo, se procedió a convocar una asamblea constituyente para reformar la Constitución del país. La Corte Suprema también hizo su aporte declarando ilegales todos los créditos indexados en divisas. De esta manera, todas las deudas de los ciudadanos islandeses se pagarían en Koronas, la moneda oficial, nada de Euros ni Libras.

Bajo el gobierno del presidente Grimsson, la política económica de Islandia cambió rotundamente: se bajó el gasto público sin bajar el presupuesto de salud y educación, sino dejando de aportar dinero para salvar al sistema bancario, se consiguió un período de gracia para empezar a pagar una vez recuperada la economía, no se aplicó el ajuste ortodoxo, la actividad volvió a centrarse en los sectores productivos, es decir pesca, agricultura y servicios (turismo mayormente), en lugar de la timba financiera.

 

¿Y cómo le va a Islandia?

La economía islandesa está creciendo desde 2010 en niveles cercanos al 3% anual, con una recuperación importante de los sectores tradicionales agricultura y pesca y un auge del turismo. También es relevante el crecimiento en la producción de energías limpias. Más importante resulta la recuperación del empleo, que pasó de una tasa de desempleo en torno al 11% a descender actualmente a niveles por debajo del 2%. Para tener una dimensión de este número, Europa actualmente tiene en promedio 11% de desempleados, los más afectados por la crisis son Grecia y España con un 26% y 23% de desempleo respectivamente. Una tasa de desempleo inferior 2% es considerada de pleno empleo.

La recuperación económica le permitió a Islandia pagar anticipadamente 339 millones al FMI, y aunque le queda parte del préstamo por devolver, nunca tuvo que aplicar el temido ajuste y ya comienza a sacárselo de encima.

Así como en el pasado fue un experimento neoliberal que terminó explotando, hoy Islandia muestra otro camino para salir de la crisis. Una pequeña isla que se ha rebelado ante las recetas económicas ortodoxas, ante el FMI y ahora ante la Unión Europea. El caso islandés debe ser tomado en cuenta por los países que siguen hundidos en la crisis, como Portugal, España y Grecia, y también todos los países que en algún momento de la historia se encuentren en la encrucijada de elegir entre salvar a los bancos o salvar a los trabajadores.

Imagen cortesía: Andreas Tille – Own work – see http://fam-tille.de/sparetime.html Image with Information in English Bild mit Informationen auf Deutsch

¿Qué carajo es jugar bien?

Por El pibe de los pasegol.

Por algún lado hay que empezar a contestar, pibe. De menor a mayor, o de mayor a menor. Da igual. El tema es hacerle frente a esa pregunta que desde hace tanto rompe las pelotas. La respuesta podría tener muchos objetivos. Pero no. Tiene uno solo: desparramar a un costado de la cancha a los sofistas que la embarran para sacar jugo de los pedacitos de tierra que saltan hacia la popular. ¿Qué entendemos por jugar bien? Esa es la cuestión ahora. Porque la historia demanda una definición limpita, que abarque todo lo que se pone en juego cuando esos pelotudos quieren hacerse los vivos. La invitación te la hago ahora mismo: si pretendés que lance un concepto de dos líneas, podés mandarte a mudar y dedicarte a ver algún partido de esos en los que abundan los carrileros que terminan la tarde con un kilómetro corrido por cada pase bien dado. Andá y disfrutá –si podés-. Aunque prefiero que te quedes charlando.

Por las dudas, va una advertencia más: no tengo ninguna verdad revelada con la que puedas ir por el barrio evangelizando futboleros. Y, encima, creo que no la tengo yo y que no la tiene nadie. Si la hubiera, estaría convenciendo gente en vez de tratando de compartirte este problema. Ahora sí. Prestame atención. Preguntarse qué es jugar bien es lo mismo que preguntarse qué es ser feliz. No hay una única conclusión porque, por suerte o por desgracia, el planeta está compuesto por más de un punto de vista. Digo por suerte porque la variedad abre la ocasión para que demos batalla por el sentido de la frase “jugar bien”; y digo por desgracia porque, lamentablemente, a veces hay que escuchar tantas barbaridades que uno preferiría que le amputaran las orejas. Pero, además, la discusión no se agota tan sencillamente. Este juego incluye tantas posibilidades por segundo que, al igual que ocurre con la vida, no hay una única cosa que nos acerque a un estado de plenitud.

Ya sé. Querés que te cante la posta para poder rajar a comer un chori con salsa criolla. Primero, para jugar bien nunca hay que olvidarse de lo que uno piensa. Con tres palabras alcanza: generosidad, valentía y lealtad. Te lo aclaro, por cualquier cosa: generosidad con los que te vienen a ver, valentía para mantener las convicciones ante la presión y lealtad con los propios, con los contrarios y, sobre todo, con la pelota. Parece fácil pero son muchos los que arrugan en el camino y se quedan solamente en el palabrerío. Yo vi a más de uno, cuando todavía no habías nacido, sentarse en el banco nuestro, prometer el paraíso y, después, ante la primera de cambio, vendernos al postor de turno. Vos me podrás decir que esto no tiene un pedo que ver con lo que pasa en la cancha. Pero no es así. Tiene mucho que ver. Si no sabés de qué lado del mundo estás parado, no esperes encantar a nadie con la bola en los pies.

Sí, claro que sé lo que me gusta. Porque cada cual puede entenderlo como quiera pero a mí me gusta de una manera en especial. Aprendí así, desde chiquito, viniendo con mi viejo al estadio de madera. Había que respetar ciertas cosas para llevarse los aplausos. La pelota que sea mía. Siempre. O todo el tiempo que se pueda. No debe haber nada más lindo que ver cómo el rival se va deprimiendo porque vos la movés a un toque. Después, lejos de mi arco. Bien lejos. En campo de ellos, cosa de que tengan que correr mil metros para hacerme un gol. Me seduce, además, eso de llamar al riesgo, de poner a los defensores en el círculo central y de dejar detrás de mi espalda una hectárea inutilizada. Lo último es lo primero: atacar. Atacar, atacar y atacar. Con los once mirando la red adversaria, con los laterales juntándose con los interiores, con los wines extendiendo el frente de pelea. Porque no hay excusas para transformar lo lúdico en especulación. Eso, querido, a grandes rasgos, es lo que yo llamo jugar bien.

El hincha de la tribuna cerró su exposición con una sonrisa. No pude menos que devolvérsela. Era domingo a la tarde, hacía un calor de locos y el tipo había dejado el alma en cada palabra. Yo arranqué para el puesto de los choris y, mientras hacía la cola, me crucé con una minita a la que venía mirando desde hacía varios partidos. Como me salió, le solté la teoría que acababa de escuchar. No sé si la convencí de la importancia de los modos. Pero sí sé que tan mal no hice las cosas porque me llevé una promesa de oro: la próxima vez que juguemos bien, me invita a tomar una cerveza.