TODAS LAS VIOLENCIAS

El 30 de noviembre, en la cancha de Rosario Central, periodistas que cubrían el partido entre los locales y Racing fueron agredidos. El caso es uno más de tantos. Cada vez que sucede uno, se pregunta quién es el responsable. Este análisis propone abordar las distintas violencias del mismo acontecimiento.

Pará en esa foto de ahí. Dejala ahí, no pases más. Dejala ahí que la idea no es contar una historia ni ahondar en perfiles criminales de barrabravas apodados con nombres de superhéroes del tercer mundo. Dejala ahí que esto no es una novela ni tampoco un caso que nadie contó.

Dejala ahí porque la idea es hacer una radiografía de todas las violencias que aparecieron en el entretiempo del partido entre Rosario Central y Racing, en el Gigante de Arroyito, el 30 de noviembre de 2014, cuando desde tres sectores distintos de la cancha se agredió el palco de prensa.

Dejala ahí que esto es para ampliar la discusión. Porque, cuando aparece alguno de estos casos de violencia en el fútbol, el mundo se pone el traje de Sherlock Holmes y quiere culpables.

“El problema son los violentos de siempre”, se dijo alguna vez para culpar a las mafias organizadas a las que se denomina “barra brava”.

“El problema son los que los bancan”, se dijo para referenciar a los dirigentes que apañaban a esas barras.

“El problema es el negocio de la Policía”, se dijo para responsabilizar a los encargados de dar seguridad al espectáculo.

“El problema lo tiene que solucionar el Estado”, dijeron Daniel Angelici y Rodolfo D’onofrio, presidentes de Boca y de River, en el programa Línea de Tiempo de la TV Pública.

“El problema es la intolerancia”, se dijo para culpabilizar a la rivalidad.

“Tenemos que lograr que un referí cobre bien”, llegó a decir Cristina Kirchner en un acto donde trató el tema de la violencia en el fútbol.

¿Entonces quién?

¿Nadie? ¿Algunos? ¿Todos?

Dejala ahí la foto, entonces, que vamos a buscar quién fue.

Incidentes 2

Violencia de la barra

Una hora y media antes de que arrancara el partido. El palco de prensa se separaba del resto de la platea por medio de un acrílico. “Acá se va a pudrir todo”, les dijo un muchacho vestido enteramente con ropa de Central –pantalón largo y camperita del club, todo oficial- a un periodista rosarino y a uno porteño, que había viajado para ver el partido. El muchacho andaba con otro muchacho vestido igual.

Dejá ahí la foto: ¿cuál era el sentido de anunciar lo que iba a ocurrir?

Media hora antes de que arrancara el partido, se pararon de espaldas al césped, mirando hacia el palco de prensa y, cada uno con un celular en la mano, clavándole los ojos a los periodistas, actuaba de Gestapo, tratando de divisar “hinchas de Racing”, con toda una pose que iba de la mano del primer aviso que uno de ellos hizo.

Dejá ahí la foto: ¿Cuál era el sentido de demostrar públicamente, con esa pose, que había una cacería de hinchas de Racing y que, además, eso se le estaba avisando a alguien? ¿A quién se le avisaba? ¿A los tipos que encabezan la popular, que se hacen llamar Los Guerreros, que dentro del estadio se les permite tener pintadas que los reivindican, aunque alguno de ellos hayan tenido acusaciones penales?

Hora del partido. Sale Rosario Central a la cancha y empiezan a sonar bombas de estruendo, prohibidas, con historial de sanciones, por ejemplo, a Vélez, al que le suspendieron la cancha por esto. Arriba del palco de prensa, en un pasillo separado por rejas, aparece el mismo muchacho. Un minuto después, explota una bomba de estruendo arriba del palco.

Entretiempo del partido. El mismo muchacho aparece tirando botellas llenas y piedras hacia el palco de periodistas. Otras 200 personas hacen lo mismo. No todos parecen identificados como barras. Muchos sí. Les pegan a los periodistas, se roban mochilas, micrófonos y tablets, elementos de trabajo.

Dejá la foto ahí, ¿los plateístas de Central decidieron robar, de repente?

Dejá la foto ahí, ¿fueron los plateístas?

Dejá ahí, ¿fue la barra? ¿quién sabe cómo sus miembros llegaron a la platea baja en el entretiempo?

Algo se sabe: estaba anunciado, organizado.

Violencia de la Policía

En el mismo momento en que el muchacho anunció que se iba a pudrir todo, se puso en aviso a los periodistas de esta situación y los periodistas hablaron con miembros del Departamento de Prensa de Rosario Central. Se informó que esto podía pasar y, desde el club, aseguraron tomar cartas en el asunto. De hecho, algunos miembros de ese Departamento –no todos- se acercaron a hablar con los periodistas para solucionar la situación para que todos pudieran trabajar tranquilos. Se desconoce cómo decidieron construir el operativo, pero se acercaron cinco policías a “cuidar” la zona.

En el entretiempo, los pupitres de prensa fueron rodeados: por delante del acrílico, se agredía; desde la platea alta, donde se tiró la bomba de estruendo, se agredía; desde la popular ubicada a la derecha del palco, se agredía.

Cinco policías. Uno, incluso, luego de que, desde la platea alta, se tirara pis hacia los periodistas, se rió. Nunca se pararon delante del acrílico, ni arriba.  Apenas al costado. 400 policías tenía en total el operativo. Uno de ellos declaró frente al reclamo de un periodista que pedía seguridad: “Estamos desbordados”.

Los periodistas decidieron abandonar el sector, dejar sus trabajos, abandonar sus transmisiones. No tenían hacia dónde ir. Un oficial preguntó:

– ¿Quieren quedarse o quieren irse?
– Queremos tener seguridad.

La Policía no supo – o no quiso- resolverlo y la decisión la tomó un miembro de seguridad de Racing: “Lleven a la gente al vestuario visitante”. La gente, unas 30 personas: integrantes del Departamento de Prensa de Racing, dirigentes menores de Racing, periodistas de medios nacionales, periodistas partidarios, periodistas que hasta querían que Racing perdiera, hinchas de Racing que habían conseguido su entrada.

En la puerta del vestuario visitante, recibió al grupo alguien que se autoidentificó como uno de los responsables de seguridad del espectáculo. “No pueden estar acá”, afirmó.

– Queremos ver al presidente de Central, ¿dónde está?
– Está con el presidente de ustedes.

¿De ustedes? ¿Qué ustedes? ¿Con Cristina Kirchner? ¿Los periodistas por qué debieran tener presidente? Si Víctor Blanco es el presidente de Racing, ¿por qué sería el presidente de los periodistas?

A los periodistas se los mandó a la calle sin que nadie los custodiara. No pudieron terminar con su trabajo. La Policía no los cuidó de lesiones y no mostró soluciones. Pese a haber estado notificada, nunca actuó. “Estamos desbordados”, argumentaban.

En otro sector, minutos después. Uno de los policías, en la huida, apuntó a otro periodista. A ese periodista los hinchas de Central lo corrieron hasta el estacionamiento.

En la jerga se diría, “parece que los entregó”.

Los entregó una fuerza que no depende de la barra, ni de Central: depende del Estado. Es decir: violencia institucional.

Violencia cultural

Aunque los propios periodistas fueron los agredidos, las crónicas del acontecimiento se narraron diciendo que los agredidos fueron “periodistas partidarios”. Partidarios se le dice a los que toman partido: periodistas que cubren la información de un club. Pertenencen, de alguna forma. En este caso, serían Racing.

Serían de Racing era el argumento para agredir a esos periodistas. Que, además, vale aclararlo, no todos eran partidarios, si es posible hacer esa diferenciación.

La violencia, anunciada, entregada, en la cancha de Rosario Central hacia el palco de prensa se fundamentó en la misma razón por la que no van hinchas visitantes a las canchas: hay un problema con el distinto. En el medio de las agresiones verbales y físicas, también se deducía por los gritos que la intolerancia no era por ser de otro equipo sino también de otra ciudad. En este caso, por ser porteño. En otra geografía, podría ser por no serlo.

Porque a lo organizado por la barra, a lo entregado por la Policía, a la falta de asunción de responsabilidad política por parte de los  dirigentes que fueron avisados de algo que no quisieron resolver, se le suma la agresión natural de hinchas que consideraban una ofensa tener allí hinchas de Racing.

Algunos plateístas, de la alta y de la baja, reaccionaron agrediendo, también. “¿Por qué no dicen que fue offside el gol?”, gritaban, en referencia al 1-0 de Racing que marcó Gastón Díaz, en posición inhabilitada. Eso se volvió proyectiles. De la platea de enfrente tampoco toleraron que el equipo visitante hiciera un gol y sus jugadores lo festejen: Luciano Aued fue a abrazar a Diego Milito después de que el capitán convirtiera su primer gol en Arroyito. Aued terminó de festejar mientras el médico de Racing le vendaba la cabeza, que se le había abierto por un piedrazo que le tiraron desde la platea baja de Central. Tres días después, a Aued todavía le dura la herida y la bronca. De la popular alta tampoco se bancaron ir abajo en el resultado y que el equipo visitante tuviera arquero: a Sebastián Saja, el 1 de Racing, le tiraron una botella de Fernet Branca vacía, que el arquero agarró desde el césped con incredulidad. Todo parece cotidiano. Pero es una botella de vidrio, de una bebida alcohólica que está prohibida en los estadios y  que vuela desde una tribuna.

Ser de otro club supone ser objeto de agresiones. Es, claro, una forma de discriminación: una no-aceptación de las características del otro.

Dejá la foto ahí, ese tipo que tira el proyectil, además de accionar porque la policía lo deja, además de que organizadamente la barra armó la agresión, tiene un problema con el otro: es hinchífobo.

Ser feliz era esto

En la sede de Villa del Parque de Racing, Eduardo Sacheri, hincha de Independiente, y Ariel Scher, de la Academia, se juntaron para hablar de literatura y deporte. Contra la violencia, por la aceptación del rival, armaron un café literario que parecía de otra época. “¿Por qué no me va a gustar el 5 de otro equipo?”, lanzó el guionista de El secreto de sus ojos.

Aunque la charla sea de Eduardo Sacheri y de Ariel Scher, los únicos prescindibles de la charla son Eduardo Sacheri y Ariel Scher.

Pero ellos no tienen la culpa de eso.

Para escucharlos, hay que pasar por un piso con baldosas de granito negras y blancas, por un techo que termina en forma de arco románico, por un metegol donde unos nenes se clavan de puntitas de pie para ver los muñecos y entrar a un buffet de esos que huelen a buffet –nada de esos con aparatito que tira cada veinte minutos aroma a limón dulce o del olor frígido del desinfectante -.

Eduardo Sacheri, Ariel  Scher.
Eduardo Sacheri, Ariel Scher.

Para escucharlos, hay que levantarse el sábado bien temprano, interrumpir la modorra del día nublado, por un rato apagar el celular, dejar de mirar el twitter, echar el facebook al descanso, ignorar por un rato al Whatts App y estar a las 10 de la mañana en la sede de Villa del Parque de Racing.

Todo eso para escuchar una charla de Eduardo Sacheri y de Ariel Scher, donde los únicos prescindibles de la charla son Eduardo Sacheri y Ariel Scher.

El que lee esto, el que no fue a la charla y ahora intenta leer de qué se trata, se preguntará: ¿y entonces para qué carajo se hizo, y ahora se escribe, sobre una charla de dos tipos que no eran, sin embargo, lo más importante de la charla?

Los que fueron saben la respuesta.

Sobre todo, porque fueron.

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Sacheri es un escritor argentino que publicó, entre otros, los libros de cuentos Esperándolo a Tito y Te conozco Mendizabal, las novelas Papeles en el viento y La pregunta de sus ojos, el guion de El secreto de sus ojos –dirigida por Juan José Campanella y ganadora del Óscar-, y Ser feliz era esto, su última obra. Pero eso no importa. Lo que importa es que es hincha de Independiente.

A sala llena.
A sala llena.

Scher es un periodista argentino que publicó los libros de cuentos Wing izquierdo el enamorado y Fútbol en el Bar de los sábados, la investigación La Patria Deportista, y Contar el juego, su última obra, sobre las biografías deportivas de nueve escritores argentinos. Pero eso no importa. Lo que importa es que es hincha de Racing.

 

***

 

Los dos están en la sede de Capital Federal de Racing, en Villa del Parque, un sábado a la mañana de poco movimiento, en un edificio que en cada pared hacer honor a la película Luna de Avellaneda, que narra el ocaso de los clubes de barrio.

Y Racing, que es uno de los cinco grandes del fútbol argentino, que tiene un centrodelantero como Diego Milito que ganó la Champions League haciendo dos goles en la final, que salió Campeón del Mundo, en esta dimensión, parece un club de barrio.

Pero bien vale decirlo: este texto, considera que un club de barrio es una grandísima cosa en la humanidad.

Los que se acercaron a la charla, claro, saben –lo sienten- que eso es lo que vale en esta charla, que se anuncia como de literatura y deporte, pero que es sobre mucho más.

Es, en definitiva, sobre la vida.

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Porque Sacheri, hincha de Independiente entra al buffet de Racing y, en tiempos de intolerancia, bajo los techos de la misma institución que celebró hasta simulando un velorio el descenso de su equipo, se sienta delante de un auditorio que lo escucha atentamente. “Habrá muchos que se quejarán porque acá dejaron entrar a un hincha de Independiente y muchos de Independiente que se quejarán porque viene a Racing, pero en el fútbol, como en la vida, es necesaria la existencia del otro. Por eso, yo lo acepto”, dice, como aclarando algo, que, de fondo, en ese auditorio, no hace falta aclarar porque todos los que están delante entienden.

Porque escucharlo es exactamente eso: aceptarlo.

Porque acercarse a la charla es eso: aceptar al otro.

Porque despertarse un sábado a la mañana para ver a gente hablar es eso: aceptar la existencia del otro.

Porque hablar de literatura o de deporte o de tejido o de obras de teatro rusas o de natación es eso: aceptar al otro.

Porque, de hecho, la charla, que arranca con detalles de la filmación que ganó el Óscar –desde el por qué el asesino de El Secreto de sus ojos es hincha de Racing hasta una escena mal filmada de Guillermo Francella-, que pasa por los gustos de Adolfo Bioy Casares por el tenis, que cuenta goles heroicos, que recuerda a Osvaldo Soriano y a Roberto Fontanarrosa, termina preguntándose sobre la violencia y el rol de los medios de comunicación en la violencia, sobre la sinrazón de rivalidades violentas entre Independiente y Racing.

Se discute, con orden y con desorden. Se habla, con prolijidad y con desprolijidad. Se charla, con precisión y con imprecisión. Se piensa.

Se piensa en conjunto y eso, en esta actividad que organizan el Departamento de Prensa, el Departamento de Deportes Amateurs y Racing TV, es lo realmente imprescindible de esta historia.

Desde Racing, Villa del Parque.
Desde Racing, Villa del Parque.

Pensar en conjunto, sobre lo que sea. Sacar el culo pesado de la casa, por lo que sea. Destinar un sábado a la mañana para ver otra gente, como sea. Tener pensamientos y dudas para poder decirlo, como suene. Ver a Sacheri y a Scher, que podrían ser Serrat y Sabina o Jagger y Richards o Juan y Pedro o Mariana y Carolina, pero que, fueran los que fueran, son Alguien y Alguien que nunca, en ese lugar, podrían ser Nadie y Nadie

 

***

Eso es lo central, entonces, que debería contar esta nota: Un sábado a la mañana, en la sede de un club, en Villa del Parque, un montón de gente que se niega a ser nadie se juntó a aceptarse.

Acaso, los clubes, en realidad, no sean lugares donde se gritan goles sino lugares donde gente se acepta con gente.

Acá estamos, y somos el futuro

Los centros culturales proponen una nueva ley para dejar de funcionar con parches y que sea reconocida la nueva movida cultural de Capital. Los riesgos legales actuales y lecciones post-Cromañón.

¿Cuál es la diferencia entre “invitados” y “clientes”? ¿Cuál es la diferencia entre una casa y un local? ¿Cuál entre la rentabilidad y la autogestión?

Estar hablando de esto post-Cromañón es un avance que le debemos a un movimiento cultural emergente, que encarna las respuestas a esas preguntas: los centros culturales.

No es sólo tomar una birra

En la Ciudad de Buenos Aires han ido surgiendo espacios que dan lugar a artistas y movidas independientes, que están ligados al barrio, a público amigo y conocido que con el boca a boca han ido haciendo crecer estos lugares, y multiplicarlos.

El fenómeno es tan conocido que ni hace falta explicarlo ni historizarlo. Pero sí apoyarlo: detrás de cada centro cultural autogestionado hay un sinfín de problemas burocráticos que ponen en peligro la existencia misma de los espacios.

La complejidad de la cuestión puede empezar a tocarse por una arista sencilla: no existe una figura legal que habilite los “centros culturales” tal como funcionan hoy. Este vacío legal se origina con la derogación por parte de la Legislatura del Régimen de Clubes de Cultura que regulaba a espacios no convencionales, experimentales y polifuncionales, y su emparchamiento por nomás tres figuras: salas de teatro independiente, club de música en vivo y salón de peña y milonga.

Antes, después y durante de este ejemplo, lo que corren los centros culturales son nada menos que riesgos legales: cómo ajustar la vida y el funcionamiento de un espacio a una ley que no tiene en cuenta los nuevos paradigmas culturales. Entonces: “Hoy por hoy ves centros habilitados como teatros, clubes o cafés, bares… todos tienen que dibujar un poco lo que hacen. Y el problema es que la ley está pensada para locales comerciales; no piensa que un espacio de arte pueda funcionar en una casa, por ejemplo”, dice el abogado Claudio Gorenman, fundador del grupo Abogados Culturales que patrocina a muchos centros culturales, y parte del staff del Matienzo.

Pablo Vergani, como parte del San Nicolás centro social y cultural, se acopla a la idea: “Los nuevos paradigmas de gestión cultural no están reconocidos desde la legislación actual. Los espacios se habilitan como pueden, con figuras que no corresponden, con todas las complicaciones que trae eso”.

Propuestas post-Cromañón

En esa línea delgada, lo que reclaman los centros culturales es no seguir jugando a la viveza criolla, sino ser reconocidos por una ley que hoy los obliga a ser esquivos. Tanto es así, que nucleados en el Movimiento de Centros Culturales y Artísticos (MECA) redactaron hace 4 años una ley que empezaba a saldar estas viejas deudas: http://www.nosdigital.com.ar/2010/11/hacia-la-ley-de-centros-culturales/

Ese primer paso fue finalmente obstaculizado en la Legislatura, que no le dio prioridad. Pero con la urgencia de cada fin de semana, en los que el gobierno porteño sí se entusiasma en aparecer a través de sus inspectores, volvieron a la carga este 2014 con una propuesta renovada: una ley “distinta”, señala Gorenman, y que busca 40 mil firmas para ser presentada como “iniciativa popular”.

“Estuvimos dos años trabajando y se presentó ahora; fue una construcción permanente conociendo los distintos modelos de centros culturales y viendo donde estaban las tramas mayores desde los más chicos y más sociales hasta los más grandes dentro de lo considerado cultura independiente”, dice el abogado, que fue uno de los redactores del nuevo proyecto, que es hijo del viejo. “Fue un trabajo arduo de construcción ideológica”, sigue, y nos quedamos acá: si las leyes – eso que se nos presenta como objetivo, de mármol- son ideológicas, es porque benefician a unos y perjudican a otros. En el caso de las habilitaciones y los requerimientos legales de locales, la ley actual sigue términos comerciales y lucrativos que no son molde para los nuevos centros culturales. La idea de este nuevo proyecto no es modificar los marcos legales de ningún otro espacio, sino agregar nuevas figuras y otorgar prioridades y beneficios a los espacios autogestivos. Dice Gorenman al respecto: “Fuimos construyendo un proyecto de ley abarcativo en función de lo que se hace hoy en un cultura y en lo que creemos que se viene. Eso hace que se pueda trabajar sin trabas burocráticas, o que se diferencien los centros gratuitos, sin fines de lucro. La ley empieza a reconocer que existen modelos de gestión no comerciales y deben ser tratados. Y que es una cultura descentralizada, que no tienda a los centros comerciales, que vuelva a los barrios, las esquinas, las casas”.

El proyecto redobla la discusión de la movida cultural post-cromañón en el sentido en que hereda su aprendizaje para formular la propuesta más concreta desde entonces. “Somos herederos de Cromañón y nuestra responsabilidad es genera r emprendimientos culturales y no cerrarlos. Y reconocemos que no existen normas para estos proyectos. Ahora, que nos reconozcan que hubo un cambio importante en los medios tecnológicos y de comunicaciones que generaron una forma de intercambiar cultura mucho más dinámica, con artistas, contenidos, y una diversidad de espacios y escenarios, que nacen de manera dinámica y son un pequeño gran estallido en esta ciudad. Se genera un cambio de reglas con Cromañón, una política cultural que acentúa esas limitaciones en la ley, y un contra estallido de emprendimientos culturales”.

La única legalidad es la realidad

Los artículos de la ley no fueron pensados desde una oficina de abogados, sino que parten de las experiencias concretas y las anécdotas más particulares que obstaculizan el funcionamiento de los centros culturales. Pablo Vergani – que forma parte del San Nicolás centro social y cultural y también se sumó al equipo de redacción de la ley- hace carne esos problemas: “Ahora mismo estamos clausurados, de vuelta, por varios meses. Desde el principio fuimos notando la problemática de la habilitación… Y fuimos hablando con otros gestores, nos fuimos enterando cómo venía la mano y lo complicada que estaba la situación legal para los espacios independientes”.

Pablo y los del San Nicolás representan muchas de las inocencias e informalidades de proyectos que nacen desde las ganas y la necesidad de crear algo nuevo, y que van madurando sobre la marcha en contacto con otras experiencias con los mismos problemas, y terminan redactando leyes. Entonces es cuando la legislación se adapta a la realidad, no la crea, aunque puede reproducirla: “No puede frenarse y no debe frenarse, mas allá de la legislación, esto existe y sigue existiendo y cada vez crece más. El reconocimiento le da la posibilidad concreta de estar regulado: hoy las medidas de seguridad pasan por cuenta de los propios gestores. Con la ley aparece una responsabilidad del estado sobre estos espacios, no es solo quedarse con las voluntades de quienes los gestionan”, dice Vergani.

Volvemos a Cromañón: “Si en algún momento era simpático atiborrado de gente, ya no lo es más”, sintetiza Pablo como gestor de un centro cultural que aprendió de aquella masacre la importancia de cuidar a la gente que pasa. Pero el panorama completo no sólo involucra a los responsables del lugar y los artistas, como nos hace creer la pena a Chabán y Callejeros. A cada ley, más presencia y regulación del estado: “La legislación marcha un techo considerable del hecho de que al no estar regulados nos quita visibilidad, diversidad, la posibilidad de ser reconocidos como parte del patrimonio cultural de la ciudad. Nosotros también tenemos una lógica abierta, participativa, pero por otro lado nos obligan muchas veces a hablar en voz baja, a pasar direcciones por privado, a no difundir mucho por miedo a que nos caigan. Lo cual atenta contra nuestra propia identidad. Ahora necesitamos también que se pueda hacer cargo el estado de controlar esto, que muchas veces no lo puede hacer porque no nos reconoce”.

Concretamente, la ley de Centros Culturales empujada por MECA:

-Reconoce la existencia de Casas de artistas, Centros barriales y sociales, centros culturales y clubes de cultura

-Flexibiliza los trámites y acelera los tiempos de habilitación para los nuevos espacios culturales

-Facilita la subsistencia de emprendimientos no lucrativos mediante trámites gratuitos

-Protege emprendimientos culturales mediante la inscripción en un Registro de Usos Culturales

-Mantiene las exigencias de seguridad e higiene previstas en otras leyes vigentes.

¿Cómo pueden cambiarle la vida a un centro cultural estas propuestas, a las personas que lo sostienen y a las que van? “La ley podría habilitar el espacio de San Nicolás como centro cultural, y nos permitiría empezar a funcionar legalmente con el trámite iniciado y no tener que esperar a la burocracia, que es ajena a los tiempos de la autogestión. Eso, en adelante, lo que motoriza son espacios de arte y fuentes de trabajo genuino”.

El proyecto completo, aquí: http://leymeca.com.ar/docs/ley.pdf

Si no te alcanzó la nota, los fundamentos, aquí: http://leymeca.com.ar/docs/fundamentos.pdf

Y podés acercarte a firmar la Ley para que sea tratada obligatoriamente por la Legislatura, aquí:

  • Casa Presa

Valdenegro 2636, Villa Urquiza

  • La Casa de Árbol
    Fitz Roy 2483, Palermo
  • El Quetzal
    Guatemala 4516, Palermo
  • Rincón Casa Cultural
    Rincón 1330, San Cristóbal
  • Señor Duncan
    Av Rivadavia 3832, Almagro
  • Club Cultural Matienzo
    Pringles 1249, Villa Crespo
  • Archibrazo
    Mario Bravo 441, Almagro
  • Multiespacio Pasco
    Pasco 689, Balvanera
  • Vuela el Pez
    Av Córdoba 4379, Villa Crespo
  • La Vieja Guarida
    Guardia Vieja 3777, Almagro
  • El Emergente
    Gallo 333, Almagro
  • Teatro Mandril
    Humberto Primo 2758, San Cristóbal
  • El Surco
    Av Boedo 830, Boeado
  • La Brecha
    Juan de Garay 2900, Parque Patricios
  • La Senda
    Thorne 493, Parque Chacabuco
  • La Bisagra
    Av San Juan 1826, San Cristóbal
  • San Nicolás Social y Cultural
    San Nicolás 162, Floresta
  • Mu. Punto de Encuentro
  • Hipólito Yrigoyen 1440, Congreso

 

Cuando la Legislatura es cómplice de la muerte

La barra de Talleres fue premiada en mayo en la Legislatura cordobesa por su lucha contra la violencia. En 2006 había matado a Matías Cuesta, y hace una semana volvió a asesinar a un joven: Jonathan Villegas.

En la Legislatura de Córdoba no sólo se avaló un asesinato sino que los propios diputados que aprobaron la distinción que recibió la barrabrava de Talleres fueron cómplices de una nueva víctima. Jonathan Villegas tenía 21 años y un hijo de seis y recibió el domingo 24 de noviembre una puñalada en el corazón en el balneario Diquecito, que queda en la ciudad de Villa Carlos Paz. Los culpables – hay ocho detenidos- pertenecen todos a La Fiel, nombre con el que se conoce a la barra del equipo cordobés, la misma que en 2006 mató a Matías Cuesta, un joven de 18 años hincha de Atlanta que volvía en el tren a su casa: http://www.nosdigital.com.ar/2013/07/que-asesinato/

El 22 de mayo de este año Carlos Alessandri, legislador del partido Justicialista, presentó un proyecto polémico: distinguir a La Fiel por “su aporte en la lucha contra la violencia en el fútbol”. En una jornada insólita en el recinto se podía ver cómo los líderes de la barra eran arengados por los demás integrantes que habían colmado la Legislatura cordobesa, mientras una bandera con los colores del equipo decoraba todo el salón. Ellos saludaban como si fueran próceres, alzaban sus manos y recibían los aplausos y las risas cómplices de los diputados; Carlos Pacheco, el cabecilla, salía al balcón y levantaba las manos como un ídolo en una cancha de fútbol.

“Son un condimento indispensable para darle color y calor a este deporte. Eso es el fútbol, la misa dominguera, el preanuncio de los clásicos, eso de trabajar por los demás. Esa es la tarea que debemos hacer los que tenemos un sentido social responsabilidad. Felicitaciones, sigan así”, decía, eufórico, Alessandri. Pacheco y compañía hicieron caso a sus palabras sobre continuar de la misma manera y siete años después de la muerte de Matías Cuesta, volvieron a asesinar.

Organismos de Derechos Humanos y familiares de víctimas en el fútbol repudiaron este reconocimiento desde el primer momento, pero nunca recibieron una respuesta. Seis meses después, con el asesinato de Jonathan Villegas consumado, los mismos impulsores de la distinción dijeron en voz del titular de la bancada legislativa oficialista de Unión por Córdoba, Sergio Busso – quien responde al gobernador José Manuel De La Sota – que “podría haber sido un error” lo que realizaron. Más tarde le quitaron la distinción. “Es muy tarde para eso, a mi hermano ya lo mataron”, dijo Matías, hermano de Jonathan, quién confirmó que no recibieron ni siquiera un perdón de los legisladores.

Jonathan recibió una puñalada luego de que se produjera una emboscada en un sector del Balneario apropiado por la barrabrava, denominado “Parador de la T”, el pasado domingo 24 de noviembre. Por el asesinato detuvieron a siete integrantes de la barra y luego se entregó Carlos Pacheco, al enterarse que su madre, Andrea Pacheco, y su hermano, Adrián Pacheco, habían sido también arrestados, al igual que Darío Cáceres, presidente de la ONG que mantiene la barrabrava, y Marcos Castillo, quien es el principal acusado de ser el que lo apuñaló. Los otros cuatro detenidos, integrantes de La Fiel: Romina Gómez, Mauricio Páez, Ariel Iriarte y Rodrigo Brizuela.

Los hermanos Pacheco habían ido al Mundial de Sudáfrica 2010 con “Hinchadas Unidas Argentinas”, pero fueron deportados por las autoridades del país africano por mal comportamiento. Pese a eso, estaban armando su viaje hacia Brasil del año que viene.

La investigación está a cargo del fiscal Mario Mazzuchi y están buscando a más culpables. Está caratulada como homicidio calificado por alevosía y uso de arma de fuego, que podría darles una pena de hasta 25 años de cárcel. “Me mataron a mi hijo porque se creen Dios, porque los dejan tener poder y porque son muy amigos de los dirigentes y los políticos, que los custodian permanentemente”, contó Julio, padre de Jonathan, quién organizó una marcha que se realizará todos los domingos hasta que se condenen a los culpables.

Lo que votó la Legislatura podría marcar un antes y un después. Ricardo Rizzi, médico clínico cordobés, recibió en diciembre de 2007 una distinción por parte de los mismos que premiaron a La Fiel. Al día siguiente del asesinato, devolvió la plaqueta que le habían entregado en repudio al asesinato de Villegas, pero no pudo deshacerse legalmente de la distinción. “Le pido perdón a Jonathan y a su familia, que fueron víctimas de la barbarie de esos que dicen ser hinchas de fútbol y sólo son unos asesinos. Espero que su pequeño hijo de seis años y sus seres queridos encuentren alguna vez consuelo y paz. Yo no fui capaz de reivindicarlo”, dijo el docente de la Universidad Nacional de Córdoba, que intentará realizar una campaña masiva para que se devuelvan las distinciones que realizó la legislatura cordobesa.

En 2006, tras el asesinato de su hijo, Norma Roldán, madre de Matías Cuesta, intentó que se decretara el derecho de admisión a La Fiel y lo único que consiguió fue recibir amenazas de muerte. En 2013, al enterarse que iban a distinguir al grupo de violentos que asesinó a Matías, trató de concientizar a los diputados sobre lo que estaban a punto de hacer. Pero no hubo caso. Tal es la prueba del delito que compromete al legislativo cordobés.

Imagen: NosDigital.

Noventa años de Maravillas

El Almagro Boxing Club cumple nueve décadas. Por allí pasaron desde Bob Dylan y Pascual Pérez, hasta pibes y pibas que todos los días se entrenan. Detrás del fin de semana donde a los argentinos los emocionaron los guantes, una fiesta de las más porteñas.

Los sonidos que se escuchan en este gimnasio podrían ser la envidia de cualquier director musical. Los ruidos de los 18 guantes que chocan contra las bolsas son algo así como las bases de la banda, acompañados por la estridente respiración de los nueve muchachos que durante tres minutos seguidos se entrenan tirándole piñas sin parar a un saco que pesa casi 30 kilos. Los frena la chicharra, que suena cada tres minutos simulando un round y les da 60 segundos de descanso a las veinte personas que transpiran en este galpón caluroso, en apenas unos 200 metros cuadrados. Ese timbre también aporta lo suyo en este grupo. Las tres sogas que golpean seco contra el piso –tac, tac- marcan el ritmo mientras los saltarines se miran al espejo para atender su destreza. Los bajos son los sonidos que llegan desde el ring, donde los pasos y las trompadas de los dos boxeadores que simulan una pelea resuenan como si estuvieran amplificados. La voz de la banda es la de Fernando Albelo, el Profe, que canta al grito de ‘así se boxea’, secundado por una veintena de coristas que entonan en forma de exhalación atronadora. Es la orquesta del Almagro Boxing Club, el club de boxeo más antiguo, que este martes 30 de abril cumple 90 años de trompadas.

A ninguno de todos los que sudan durante tres horas todas las mañanas, en pleno horario laboral, le llaman la atención todos estos sonidos. Están más atentos a seguir perfeccionando su técnica y a escuchar las indicaciones del Profe. Cada tanto, entre descansos y tragos de agua, paran la oreja para escuchar las cumbias que salen de un grabador noventoso. ¿Por qué boxean? Algunos porque sueñan ser campeón del mundo, otros porque es un buen entrenamiento físico y muchos dicen que es simplemente porque les gusta. Sí: les gusta pelear. Fuera de este pasillo largo y este tinglado acalorado que es el Almagro Boxing Club lo que pega es el sol y el gentío camina apurado para llegar a laburar. Pero acá adentro, en este gimnasio de Díaz Vélez y Yatay, la mañana se pasa así: entre piñas, saltos, espejos, sonidos y cumbias.

Fotos: Nos Digital
Fotos: Nos Digital

Aunque el grabador no lo demuestre, el boxeo en Argentina tiene un origen ligado al tango. Surgió, como el fútbol, a mediados del 1800 en los parajes cercanos al puerto de Buenos Aires, donde portuarios y marineros se agarraban a piñas entre apuestas y el ritmo del dos por cuatro de fondo. Carlos Gardel, incluso, grabó Nocaut de amor, una letra que Augusto Martini le dedicó al deporte de las orejas arrepolladas: “Frente a frente, en el ring nos pusimos / cada cual abrigaba una ilusión / vos querías entrar con desprecio / y dormirme, nena, el corazón”. También le contó Gardel, con letra de Martini: Almagro, barrio de tango, luna y misterio. Y además de boxeo.

“Yo vivo a diez cuadras de acá. Al principio venía con unas amigas del colegio. Me gustaba, tenía ganas de empezar pero me daba vergüenza. Arranqué a los 16, porque el Profe me daba confianza y me motivaba para que viniera”, cuenta Karen Carabajal, una de las tres chicas que se pasan seis mañanas por semana entrenando acá, intercambiando sopapos pero sin descuidar nunca su estética, entre maquillaje, guantes y cabezales. El Profe es Albelo, que nació en La Boca pero hace 17 años encontró acá su segunda casa, cuando lo trajo a boxear el medallista olímpico Eladio Herrera. Albelo confiesa que vive para el boxeo. Se puede deducir que aunque tenga más de dos mil videos de peleas, ahora, para él el boxeo son dos cosas: sus pupilos y este club. Bruno Sarmiento tiene 18 años y pesa 48, 100. Llegó hasta acá porque Julio Domínguez, ex campeón sudamericano, vive a un par de casas de distancia de la suya, en Almagro. Albelo no sólo se tiene que ocupar de la técnica de Bruno. “Hay pocos boxeadores de mi peso, -dice el chico- por eso tengo que subir de peso. Estoy metiéndole a una dieta que me dio El Profe”. “Un amigo me trajo acá hace cinco años. Me gustó el Profe y el gimnasio. Y me quedé. Fernando me ayuda en la vida misma, con consejos, todas esas cosas para el boxeador también suman. Algún día todo va a terminar, pero la gente que conocí acá va a seguir. Eso me lo inculcó él”, explica Juan Velasco, el pichón del club, que ya se entrena con la Selección Nacional y vive del boxeo, después de haber trabajado varios años “de lo que venga”. Velasco viene todos los días a entrenar detrás de un sueño: “Todos los boxeadores tienen un sueño. Cada uno tendrá el suyo: el mío es ser campeón mundial. No es muy lejano, trato de vivir el día a día y ser el mejor ya”. Todas las mañanas comparte las ansias de ser campeón mundial con colegas y con aficionados que llegan sólo para entrenarse.

00-095Todos acá adentro hablan bien del Profe, que también está dentro de la Comisión Directiva del club. Él es uno de los engranajes que lograron que un club como este llegue a cumplir 90 años, justo en la época de moda de pilates y del Gym y del Megatlón. Por eso al Almagro Boxing Club se lo considera mítico. El mito, según la RAE, es una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Y eso es el ABC. Quizá por eso Bob Dylan decidió pasar la mañana del 15 de marzo de 2008 en este tinglado, aunque a la noche tocara para casi 30 mil personas en la cancha de Vélez. Dylan, cuentan, no quiso entrenarse en el gimnasio del Four Season y pidió a su mánager que lo llevara a un verdadero gimnasio de boxeo. En el Almagro hizo tres round de bolsa y saltó la soga. Sus oídos entrenados sí deben haber sentido esos compases únicos que se escuchan en este galpón, imposibles de imitar hasta para un músico como él. Además del artista yanqui a estas bolsas también le pegaron Alfredo Prada, el histórico rival del Mono Gatica, el olímpico Alberto Barenghi, medallistas dorados como Carmelo Robledo y Oscar Casanovas y Pascual Pérez, el primer campeón mundial del país. El Almagro Boxing Club también es cuna de campeones. El Profe dice: “No se si hay una explicación para que hayamos podido llegar a los 90 años. Debe tener que ver con la pertenencia. Con la identidad. Con todo lo que ves acá. Ahora remodelamos el gimnasio. Algunos habían dicho que hiciéramos el frente vidriado para que se vea el club desde afuera. Pero optamos por mantener el mural, que es lo que le da la identidad al club. Además, lo que importa es cómo nos vemos acá, no lo que vean desde la calle”. El ABC se financia sólo con los aportes de las cuotas de sus socios, aunque cada tanto llega algún subsidio del Estado que se invierte en material. “Creo que un club así llega a los 90 años por la gente que forma parte del club. Por los profes, los directivos y porque estos últimos años los socios se pusieron el club al hombro. Lo sacamos adelante: lo pintamos y ayudamos con la remodelación”, dice Karen Carabajal, que también es miembro de la Comisión Directiva y vive de lo que gana en cada pelea –tiene 50, sólo nueve derrotas- además de cobrar unos pesos por darle una mano al Profe con la planificación y los entrenamientos. Unos 200 hombres y mujeres que practican boxeo –o boxean- pasan por acá cada día. La cuota es de 120 pesos. Y este es el momento de mayor concurrencia. “Se dice que es por Maravilla y el boom del boxeo, pero –analiza Albelo- la verdad es que acá viene más gente porque hay más población. Nada más. Es como con la Bombonera: dicen que está quedando chica y no es porque haya más hinchas de Boca. Hay más de todo en todos lados.”

00-114El boxeo se volvió popular en Argentina en 1923, gracias al furor después de que Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas, animara la llamada Pelea del Siglo con Jack Dempsey, en Nueva York. Aquello fue unos meses después de que se fundara el Almagro Boxing Club en uno de los tantos potreros del barrio, en la calle Yatay entre Bogado y Sarmiento. Un grupo de chicos que les gustaba tirar al box –como se decía en esa época- fundaron allí un club de boxeo, considerándose los dueños del terreno por derecho de frecuencia. Pero en sus inicios criollos el arte de la defensa propia fue un deporte aristocrático. A principios de siglo pasado, cuando el deporte estaba prohibido por las apuestas, los combates clandestinos se armaban en las casonas de Belgrano ante un público privilegiado, con apellidos pesados: Roca, Sáenz Peña, Rodríguez Larreta, Newbery. Después del éxito de Firpo, el boxeo se volvió masivo. Y popular: la mayoría de los campeones argentinos llegaron desde los márgenes de la sociedad. En la época de Jorge Newbery nadie peleaba por guita. En 1908, luego de una pelea en la Sociedad Sportiva de Palermo, el diario La Nación escribió: “Si un extranjero hubiese asistido al match esperando ver un público de baja estofa como el que asiste a los grandes matches en San Francisco, Nevada o Los Angeles se habría equivocado de medio a medio. Lo que había allí eran maestros de armas que encuentran que el boxeo es brutal pero no se pierden un sólo encuentro”. En ese mismo diario se pudo leer: “Si un psicólogo analizara los diversos deportes, acaso hallaría que quienes gustan del espectáculo del boxeo son espíritus sportivamente anormales”. Después de 105 años, entre tanto sonido y transpiración y trompadas, la sensación para cualquier que venga de afuera. Pero acá adentro, entre tanta bolsa y soga y piñas, hay una psicóloga. Es Karen Carabajal, que además de vivir de los guantes estudia psicología en la UBA. A fin de año se recibe, cuenta, aunque no cree que ejerza porque esto –el boxeo- le gusta más. Pero igual, con la experiencia de haber pasado sus mañanas durante ocho años en este gimnasio, incluso a escondidas de su familia, analiza como una profesional: “Siempre hubo prejuicios, aunque ahora se está entendiendo un poco más. Se asocia al boxeador con el hombre pegador. O algunos lo relacionan con eso. Pero no creo que tenga nada que ver. Tampoco tiene que haber tenido una vida difícil, como se piensa, para que le guste pelear arriba de un ring. Yo no tuve problemas y acá estoy”.

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Garrafa, ojalá estuvieras acá

Carta abierta al máximo ídolo de los hinchas y vecinos de Banfield: José Luis “Garrafa” Sánchez. La historia de amor de un club con un barrio. Y la de una dirigencia que no tuvo complejos para quebrar ese vínculo de identidad y pasión.

Querido Garrafa:

Cómo y dónde estarás, José Luis. Ahí arriba, suponemos, tirando caño y contracaño a todos los santos, engañando a Dios en los penales y metiéndole sombreritos al cielo. Se te imagina feliz, Garrafa, como siempre, como se te veía por el barrio: sencillo, con la gente, auténtico. Y no es la intención entristecerte, para nada, sino poder contarte que las cosas que hacías vos en la cancha se están volviendo nostalgia por las forradas que se mandan los de saco y corbata en los escritorios. Nunca te gustó meterte en esa parte, ya sabemos: mucho número, documentos, firmas y eso que no tiene nada que ver con la pelota. Pero, vos sabés, cuando los dirigentes hacen mal las cosas a propósito terminan lastimando al fútbol también. Y a la gente, claro, que solo quiere que tipos como vos les vayan robando sonrisas. Y, sobre todo, se daña al club, o sea, al barrio. Por eso, con el cariño que se hace cada vez más grande, y con el lagrimón que implica recordarte entre nosotros, desde acá abajo te tiramos esta carta, hecha un avioncito de papel, para que puedas leer qué le hicieron al club que te vio brillar y que tanto quisiste: Club Atlético Banfield.

“Ser ídolo es jugar e intentar jugar siempre bien al fulbo”, eso lo dijiste vos, ¿te acordás?, cuando recién empezabas a asomar en las primeras divisiones. Qué manera de jugar, Garrafa. Y qué manera de entender los que otros no: para que la gente te quiera hay hacer bien las cosas, o por lo menos intentarlo siempre. Lo tuyo era en la cancha y cumpliste. Lo de otros fue en la gestión de un club de barrio como el Taladro y la cagaron entera.

Si caminaras hoy por el barrio… Es un monumento al club. Y vos aparecés en cada manzana, pintado y presente, con alas, con la pelota en los pies, con la sonrisa pegada en la cara ¡Con una aureola! Y ahí nomás lo entendés, Garrafa. Banfield, el barrio, es Banfield, el club ¡Son lo mismo! Se respira así, y la gente lo siente así: pintan sus propias casas, los cordones de las calles, las plazas, los negocios ¡Todo!  ¡No sabés lo lindo que está! Cuánto te quiere la gente, Garrafita. Cuánto quieren al club. La identidad se palpa en la calle, en los vecinos, en los socios y en los hinchas: todo es verde y blanco.

Pero Banfield sangra, Garrafa. Volvió a la B Nacional, de donde vos lo rescataste en el campeonatazo del 2000/2001, cuando volvió a Primera. Pero eso no es lo peor. El resultado deportivo va y viene. De hecho, se consiguió el primer título de la historia en el 2009. Hace poquito. Y se festejó como loco, obvio. Pero qué tendrá eso que ver con la idea de club, con el concepto comunitario de una gestión deportiva. Nada. El título llegó como también llegó el descenso: jugando bien o mal, teniendo culo o no teniéndolo. El problema real es que Banfield tiene un pasivo de 120 millones de pesos. Y que en los últimos 15 años se quiso cubrir todo con el fútbol profesional. Y vos sabés que el barrio es más que eso. Pero, viste cómo es, si ganás lo tapás con los resultados, si perdés te quebrás para adentro.Portell

Banfield tuvo el mismo presidente 14 años, Garrafa ¡14 años! Del 98 al 2012. En ese entonces, cuando asumió Carlos Portell, el club estaba en la B. Había fracasado el proyecto deportivo de Atilio Pettinati (presidente del 96 al 98), que consistió en conformar un equipo para ascender, con altos salarios que no se pudieron ni pagar. Pura ambición. Quisieron ascender rápido y corto, y les salió mal, porque no se ascendió y el club quedó hasta las tetas. Ahí nomás gana Portell y empieza su reinado. Apenas asumió dijo que Banfield no tenía agua, luz ni teléfono. Se llegó a pensar en vender la sede social, donde ahora se impone tu estatua. Bajísimos ingresos y mucha deuda. La consecuencia era cantada: concurso de acreedores. Y se llamó nomás a concurso. Banfield quedó al borde de la quiebra.

Pero, de repente, un tipo pelado y desfachatado llegó al club, sin mucho bombo y platillo, se calzó la 10 y le hizo ganar el título de la B Nacional al club. Vos ascendiste a Banfield, Garrafa. En una cancha de fútbol. Que nadie se confunda: el éxito deportivo no es éxito institucional. Llegó de casualidad, porque vos no eras un tipo de renombre. Se había armado un plante tranqui. Pero la rompiste toda, viejo, qué querés que te diga. Con tus gambetas quemaste todos los esquemas. Y el logro deportivo llegó casi sin querer. Pasó al revés que en la gestión del 96. Y ahí nomás la pelota anduvo derecha y los éxitos se sucedieron. Se logró, es cierto, estabilidad futbolística. Que conllevó estabilidad económica: se vendieron muchísimos jugadores del club. El circuito virtuoso empezó a funcionar. Pero, ojo, no hubo crecimiento social, los socios no aumentaron. El estilo de conducción de Portell no fue incluyente con el barrio y la familia, es decir, con Banfield. Pero el fútbol escaló y eso copó todo. La gente lo eligió en cuatro oportunidades. Aunque la última fue con un fraude escandaloso. La pelota escondió incluso lo que era obvio: un esquema político que no se sustentaba en la idea de club original, sino en vender jugadores al exterior por millones y millones. Y si de eso depende un club entero estás al horno. Porque en algún momento dejás de vender: no es una variable regular. Frenan los ingresos, pero vos seguís pagando. Y te quebrás. Se vendió apresuradamente, los jugadores no completaban ni un torneo en el club. El único que jugó más de una temporada como titular fue Darío Cvitanich, que terminó siendo la venta más abultada de la historia: 11 millones de dólares. De los cuales solo quedaron 6 para el club. El resto lo mordieron los impuestos y mediadores innecesarios (ñoquis, amigos de Carlitos).

Las cifras son contundentes, Garrafa. Hubo ingresos por 200 millones de pesos en la era Portell y se registraron gastos de solo 15 millones de pesos (entre la platea nueva, el colegio, el predio de Luis Guillón y el gimnasio techado). Nadie entiende cómo, entonces, el pasivo de hoy es de 120 millones. Se esfumaron 185, que no aparecen, y no hay con qué pagar los 120 de la deuda.

Portell quiso cambiar la esencia del club, Garrafa. Eso es lo nefasto. Con un modelo personalista y de superficialidad deportiva. Amigo de Duhalde, se manejó con las reglas de la política vacía: cuando los resultados son buenos todo es un viva la pepa, cuando son malos la gente reacciona, pero suele ser tarde. Tipo el menemismo, Garrafa. Tal cual. Años de lujos futbolísticos fundados en ninguna estructura real. En nada sólido. Con contrataciones infladísimas que el club no podía pagar. Con planteles que no se correspondían a la capacidad del club. En ese tole tole llegó el título. Alegre, pero manchado de irresponsabilidad política. Y después, cuando el agua baja y la euforia también, todo vuelve a su lugar: la realidad. Banfield estalló en su propia crisis, se partió en mil pedazos y siguió optando por presupuestos inflados e irreales. Pero los resultados no acompañaron y todo se evidenció. Hay un dato que es muy gráfico, Garrafa, como para entender el título y el posterior descenso en tiempo récord: en la campaña que Banfield se termina yendo a la B todavía contaba el torneo de campeón en el promedio. Increíble. Incluso con el puntaje de campeón la verdad lo atropelló.

El club es de los sociosBanfield es el barrio desde siempre. A la sede iba la gente después del trabajo, había bailes, actividades de vecinos, de interés social. Eso cuentan los viejos. En la década del 60 había 16 mil socios. Hoy hay menos de 10 mil, cuando la estructura podría sostener a 25 mil si se quisiera. Pero hace años que la perspectiva social y comunitaria del club se desprecia desde la gestión. Por suerte el sentimiento de la gente siempre fue el mismo. Aunque los resultados a veces marean la esencia no cambia: Banfield siempre se recupera a partir de la base, de los socios. Y esta vez no fue la excepción, porque cuando Portell y los suyos renunciaron en masa ante el estrepitoso descenso, porque al parecer si el fútbol no va bien las ratas huyen del barco, el club quedó acéfalo. Y la cabeza la pusieron los socios. Bancaron la parada más difícil en el peor momento. Con la tristeza del descenso y con la contundencia de los números rojos. Se llamó a elecciones y ganó el histórico rival de Portell: Eduardo Spinosa, de la agrupación Unión Banfileña. Quien rápidamente reestableció el lema del club: “El club es de los socios”. Desde la nueva gestión, que no lleva más de un año, se está haciendo una auditoría. Cuando termine Portell va a tener que dar muchas explicaciones acerca de los billetes que desaparecieron. Hubiera sido bueno, Garrafa, que la AFA hubiese actuado como un organismo de control serio. Ya que en el club oposición no había. Grondona pone muy pocas reglas. Y poco claras. No hay castigo ni control para los planteles profesionales sobrevaluados. Se planifican presupuestos fantasiosos, se gasta más de lo que se tiene y la AFA hace vista gorda. Así sale campeón cualquiera, pero después el club queda en coma. Dicen que van a castigar, que los clubes con deuda van a tener sanciones, pero después se aplica el siga siga. Si la AFA no controla, las gestiones empresariales de los clubes se descontrolan. Y si dejamos librada la identidad de un barrio a la honestidad de los dirigentes del fútbol, que son casi todos empresarios, olvidate Garrafa. Estamos jodidos.

Hoy Banfield se está reconstruyendo. La quiebra, por suerte, no es un peligro, porque el concurso de acreedores ya venció y hay que esperar un largo plazo para volver a convocar. Pero el socio tiene que meterse de cabeza, debatir, hacer de Banfield un club plural. La esencia que nunca van a poder matar los dirigentes tiene que ser el alma del club también. Desde la gestión, desde la tribuna, desde la calle: un mismo sentir.

Sería bueno que estuvieras acá y pudieras explicarle a la gente de la oficina qué significan los colores para su gente. Porque no lo entienden. No les importa.

Acá todavía vemos tus videos por youtube. Incluso te hicieron un monumento. Y un documental. Y un montón de pintadas. Y la estatua de la que ya hablamos. Para poder cuidar la sonrisa, viste.

Un fuerte abrazo, Garrafa.
Siempre gracias.

 

 

El tren al que dejaron sin vías

Esta carta es la historia presente del Club Ferro Carril Oeste. Dedicada a quien supo construir un pedazo de su gloria: Don Carlos Timoteo Griguol; y para todos los que entienden que un club es de sus socios y de nadie más.   

Querido Timoteo:

Cómo contarle ésto que está pasando. Algunos pensarán que es una locura, que no tiene sentido, que de nada vale entristecerlo con este presente quebrado. Esos insultarán esta carta dirigida a usted, Maestro, que enseñó a los corazones verdolagas lo que era la gloria y la alegría de gritar campeón en los tablones de Caballito. Y que, encima, lo hizo dos veces, las únicas dos veces en la historia del club: en el Nacional del 82 y en el del 84 !Qué años aquellos! ¿Recuerda? Decían que Ferro era la institución modelo del país. Y lo era Timoteo, usted lo sabe. Los vecinos se morían por ser socios. El club era más que el fútbol vistoso que usted supo crear y cuidar. Era el vóley y el básquet y todos los deportes. Era, sobre todo, la vida de club de todos esos chicos, chicas, hombres y mujeres que inflaban el pecho cuando hablaban de Ferro Carril Oeste. De sus canchas, de su pileta, de la confitería, del equipo, de sus deportistas, de usted. Todo era color verde. Qué linda década, Viejo.

Ferro

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Y sí, los que se acuerdan de usted cuando recuerdan esos tiempos dirán, quizás con razón, “pobre viejo, mirá si lo vamos a andar amargando con toda esta mierda”; “Déjenlo tranquilo a Don Timoteo que no tiene nada que ver, no se lo merece”. Y puede que sí, que esto sea un error. Seguro que usted no merece esta realidad. Pero sí merece saberla. Y esos otros que digan “cuéntenle quiénes son los responsables de haber quemado todo lo que él en parte logró” apoyarán esta triste carta.

Ferro quebró, Viejo. Lo fundieron. Hace un tiempo ya. En diciembre del 2002. Se preguntará cómo pudo pasar después de esos ’80 brillantes. Y, bueno, vinieron unos ’90 destructivos. Y eso estalló en los tempranos 2000. Sí, claro, Timoteo, como sucedió en todo el país. Nadie que haya seguido la corriente se iba a salvar, Maestro. Y Ferro no fue la excepción.  A partir de ahí se le aplicó la ley de fideicomiso. Como a Racing, como a Comunicaciones, como a cada entidad deportiva que se le rompen los números de los balances. La quiebra la decretó el juez Antonio Herrera.  Un sorete, Viejo. Quizás el que más haya lastimado a Ferro en toda su historia. Pero, alguien le abrió la puerta del club, eh. No es que entró así nomás y empezó a robar todo. No, claro. ¿Te acordás de Marcelo Corso, del presidente de Ferro del ’96 al ’99? Otra basura, Timoteo. Llamó a concurso de acreedores al toque que asumió, porque dijo que el club estaba por darse vuelta. La cosa no estaba bien, es verdad. Los números que había dejado Felipe Evangelista, presidente del ’93 al ’96, eran tenebrosos. Pero lo único que logró Corso llamando a concurso fue hacer entrar en el juego al macabro juez Herrera. Acelerar toda la miseria. Obvio que Corso tenía sus intereses. Jugaron codo a codo con el juez y desmantelaron el club.

Cuando hubo elecciones en el ’99 tuvo que volver Carlos Leyden, vio. Usted lo conoce mejor que nadie. El presidente de la etapa de oro. Desde el 63 al 92. Bocha de tiempo, y en el medio lo mejor de la historia: usted y su Ferro campeón. El club era una joyita, ya lo hablamos. Si bien cuando Leyden se fue en el ’92 no dejó todo 0km, porque la crisis de la híper inflación había hecho bosta al club, dejó las cosas dignas. Después Evangelista y Corso tuvieron las más nefastas y paupérrimas gestiones. Con robo e impunidad. Nada de lo que pasó fue un error dirigencial, eh. No fueron malas administraciones como se dice. Todo a propósito, Timoteo. Por la guita. Ferro les chupaba un huevo. Eso no es equivocarse, es hacer las cosas muy bien, pero con intereses exclusivos y privados. De la idea de club que se mamó en sus épocas no quedaba ni el recuerdo.

_MG_9372Cuando se presentó Leyden en el ’99 algunos dicen que fue para lavar culpas, porque él había recomendado a Corso en el ’96, y después se quiso matar. La realidad es que usó su figura para que Corso no gane de nuevo. Y claro, Leyden ganó y Corso se fue (con toda la guita).  Pero cuando agarró el club dijo que no podía administrar miseria. Así  nomás. El club estaba en las últimas. Renunció y asumió Arnoldo Bondar, su vice. Que renunció también, porque dijo que la Comisión Directiva no existía, que había una mesa directiva, de tres o cuatro, que no representaba el espíritu democrático del club ¿Se da cuenta? Y asumió el vice segundo, Guillermo Socino. Cumplió el mandato y se llamó a elecciones en el 2002. Ganó un tal Walter Porta, que venía de un grupo independiente. A todo esto Herrera seguía chupándole la sangre al club. El juez tenía un plan. Perdone que le hable así, Viejo, pero fíjese que forrada: quería gerenciar el fútbol y el resto de los deportes profesionales a empresas privadas; además quería mudar el estadio de Ferro a Agronomía ¿Sabe para qué? Para armar un parque como el Rosedal en el medio de Caballito. Tenía todo un negocio planificado. Todo estaba armado. Y fue por ello, paso a paso. Empezó a presionar a Porta para que gerencie el fútbol. Y Porta dijo no. El juez lo empezó a arrinconar. Pero Porta resistió.

¿Qué hizo Herrera? Firmó nuestra quiebra y nos mandó al muere. Decretó que Ferro estaba fundido y que entraba en la Ley N° 25284, la del fideicomiso. Lo que resultaba un obstáculo para su plan lo iba eliminando. Y si el club tenía que quebrar… qué le importaba. Para que se fije qué impunidad, le paso un par de datos: Ferro, formalmente, termina quebrando por dos pedidos de quiebra que ascendían a 53 lucas. Usted piensa que una institución como Ferro puede quebrar por esos numeritos. Sé que no, Viejo. Que entiende que el tipo vio que Porta era un hueso duro de roer y liquidó al club por chiquitaje. Para poder controlar todo. Más fácil. Ojo, el club tenía un déficit de aquellos. Casi 27 millones. Pero podía seguir funcionando de la misma manera que hasta entonces. Como lo hizo durante todos los ’90. Porta se tuvo que ir, claro. Y este mismo juez designó al órgano fiduciario que ahora iba a controlar el club para levantar la quiebra. Porque, supuestamente, según la ley, el órgano tiene como objetivo devolver el club a sus socios sin deudas. Salvar la institución. Pero, del papel a la realidad… y si encima está Herrera en el medio, olvídese. Osvaldo Valera, Jorge Oliva y Eduardo Andrada. Esos fueron los tres que conformaron el primer órgano. Varela, un buen tipo, lo pusieron para rellenar. Oliva era un contador que cayó por designación. Y Andrada… ¡Ay Andrada! Un amigo de Herrera. Trabajaron juntos para el negocio. Con Herrera como juez de la causa y con Andrada como el tipo de peso en el manejo del club hicieron lo que quisieron. Al toque gerenciaron el fútbol. Contrataron a Gerenciar SA. La empresa de Gustavo Mascardi, el representante de jugadores. Lo que quiso hacer con Porta y no pudo. Después empezó a preparar todo para darle el resto de los deportes a Swiss Medical, otra empresa. Venía todo como lo pensó. Pero, usted lo habrá visto, a Herrera le hicieron una cámara oculta en la televisión. Y cayó. Habló de todo mientras lo filmaban. De su negocio, de que Ferro no le importaba, de que quería armar un shopping. Increíble. Lo destituyeron a los tres meses. Y asignaron una nueva jueza: Margarita Braga. Sigue hasta hoy como jueza de la quiebra. El órgano fiduciario cambió mil veces. No lo quiero marear con nombres. Renunciaban cada dos por tres y entraban reemplazantes. Hoy están Silvio Favale, como contador; Julio Marzano como responsable de la situación deportiva; y Marcos Brusa como abogado. Si bien no está el serpentario que destruía a Ferro desde adentro, las cosas no han cambiado mucho, Timoteo. El déficit sigue. Corso, Herrera y compañía dejaron al club en la ruina, y de ahí se hace difícil salir.

_MG_9447En el 2011, cuando se cumplieron los nueve años de fideicomiso, Ferro todavía no había levantado el pasivo. Según la ley, debían rematarse sus bienes para pagar la deuda y, bueno, el club dejaba de existir. Pero no pasó, tranquilo Viejo. Dieron una prórroga de tres años más. Ahora la fecha límite es diciembre del 2014. Queda tiempo, pero la cosa no levanta. La gente confía, igual. Dice que Ferro es Ferro, que es imposible que desaparezca. Pero los papeles están prendidos fuegos. Los socios se organizan, eh. Crearon una cuenta en el banco y van depositando ahí. Donaciones, vio. Sin nada a cambio. Y ya juntaron más de un palo, con todo el esfuerzo de la gente. Pero no alcanza, los números son altos. La verdad es que esa ley no sirve para un carajo. Te llenan de abogados, contadores y jueces que no entienden nada de clubes. Piensan que son una empresa donde tienen que cerrar los numeritos y listo. Y no es así, un club es otra cosa. Es un barrio entero. Ferro es Caballito, si usted lo sabe. Pero un fideicomiso no lo entiende. Un órgano fiduciario, menos. Y, para colmo, ¡los burócratas que ponen, roban! No solo no cazan una del valor social y cultural que significa, sino que lo funden más todavía, para hacer sus negocios. De no creer. Nadie se salvó con esa ley. Simplemente no lo entienden, Timoteo.

Se preguntará dónde quedaron todos esos buitres. En la cárcel no hay ninguno, pero existen dos causas penales por los escándalos de Corso y Herrera. La primera estaba bien encaminada: Corso y tres dirigentes más de su riñón corrupto, Raúl Tauz, Héctor Hermida e Isidro Cabral, habían quedado procesados por tres hechos bajo el mismo cargo: administración fraudulenta. En el 2001 la comisión directiva del club hizo la denuncia. En primer lugar, se constató que se quedaron con varios cheques de 40 lucas en conceptos de “a rendir” y de “devolución de préstamos”. La plata nunca apareció. Después, giraron un millón y medio de dólares a una empresa financiera uruguaya sin justificación alguna. Era una guita que había quedado de la venta de unos terrenos. La plata nunca apareció. Y, por último, se chuparon el pase del jugador Martín Herrera al Alavés de España. La plata nunca apareció. Pero, estos tipos tienen poder, Timoteo. Dilataron el juicio oral todo lo que pudieron. Y eso que la etapa de instrucción ya estaba cerrada, ¡y habían quedado firmes los procesamientos!  Pero con todo tipo de artilugio legal, que el juez dejó pasar, la estiraron y la estiraron. Y sobre la fecha de prescripción, que iba a ser en Junio de este año, los criterios del proceso judicial cambiaron. Fue súbito.  Esos nuevos criterios decían que como estaban siendo juzgados desde hace más de seis años y la pena máxima para esos delitos era de tan solo seis años, la causa prescribía. Encima, los jueces habían desestimado ese mismo argumento anteriormente. Pero, se dieron vuelta. Y prescribió nomás. A tres días de empezar el juicio oral la causa prescribió. Los tipos zafaron. Como verá la Justicia y los jueces no le tiran un centro a Ferro. Más bien juegan para la contra. Ahora habría que esperar que se revoque esa decisión y que se dicte sentencia todo antes de junio. Imposible, Timoteo, así nomás. Quedará impune.

La segunda a causa va detrás del pez monstruo más gordo: Herrera. Que ya está procesado. También cayó Andrada, su amigo del órgano fiduciario. Y los Mascardi, Emilio y Gustavo, padre e hijo, dueños de la empresa Gerenciar SA. En esa causa, en total, hay doce procesados, entre los cuales están los integrantes del órgano fiduciario que se encontraban en acciones al momento de licitar el fútbol a la empresa. Todos por fraude. Se encontraron muchas irregularidades en la licitación. Y ya sea por ser partícipes o cómplices, todos quedaron procesados. La causa avanza bien, pero hay que tener cuidado. Ya vio lo que pasó con Corso y los demás. Estos tipos tienen amigos ahí adentro. Herrera está complicado. Tiene muchas chances de ir en cana. Ojala, Timoteo, ojalá.

Como verá el presente está enmarañado. A Ferro lo arruinaron, le quitaron las vías. Se comió las mil y un maniobras: legales, económicas, judiciales, políticas. Todas. Digitaron la quiebra y después la mantuvieron. Lo comprobó la Justicia, que eligió no hacer honor a su nombre. El pasivo verificado en la causa está en los 16 millones. Y no se sabe muy bien qué va a pasar.

No hay más que decir, Timoteo. Solo luchar para que Ferro siga siendo de sus socios.

Que ande bien.

Un fuerte abrazo, Viejo.

La vida privada

Por el predio Martina Céspedes, en San Telmo, pasan los alumnos de siete escuelas para hacer deporte y esparcimiento cultural. El Pro hizo un proyecto de ley para transformarlo en un emprendimiento privado como un “centro cultural, comercial, gastronómico y turístico”. El 5 de mayo más de 300 personas se plantaron para decirle que no. Ya llevan más de 50 marchas y el próximo jueves 29 harán un nuevo festival. Aun dan pelea porque desconfían del macrismo. “Sabemos que a fin de año puede volver a presentarse la ley y que no les va a importar nada de lo firmado”, dicen desde la Comisión que se creó para la defensa del poli.

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Hace un año emprendieron el solitario camino de la restitución y con su empuje como herramienta fundamental lograron hacer caer el proyecto que intentaba legalizar la expropiación
Se trata del Predio Martina Céspedes, ubicado bajo la Autopista 25 de Mayo entre Bolívar y Defensa, al que concurren diariamente los alumnos de siete escuelas.
la construcción de un emprendimiento privado que llevaría el nombre de “Feria del Sur”, un “centro cultural, comercial, gastronómico y turístico”.

Entre artilugios legales poco claros e intereses privados, los vecinos de San Telmo vieron escapar el espacio público por excelencia del barrio: el Predio Martina Céspedes, donde realizan actividad física y cultural más de 2000 pibes por semana. Hace un año emprendieron el solitario camino de la restitución y con su empuje como herramienta fundamental lograron hacer caer el proyecto que intentaba legalizar la expropiación. Pero todavía todavía andan con medio y es, precisamente, por los mismos motivos por los que comenzaron a descreer hace casi un año.

El barrio más antiguo de la Capital vive desvelado ante la posibilidad de perder el espacio de recreación, deporte y expresión cultural que utilizan los chicos de la zona. Se trata del Predio Martina Céspedes, ubicado bajo la Autopista 25 de Mayo entre Bolívar y Defensa, al que concurren diariamente los alumnos de siete escuelas. Allí también se desempeña el Club de Jóvenes (que depende del Ministerio de Educación de la Ciudad) y la Juegoteca Comunitaria Infantil N° 15 a la que asisten pibes de entre 6 y 12 años para cumplir uno de sus derechos fundamentales: jugar.

Todo eso podría pasar a manos privadas si toma sentido de ley un proyecto presentado –aprobado sin discusión y en medio de la madrugada- por el entonces jefe de la bancada del PRO, y actual vicepresidente primero de la Legislatura, Cristian Ritondo.

La historia comenzó el 7 de diciembre del año pasado. Hasta ahí, al igual que en los 2010 años anteriores, era simplemente un día más en el calendario y no un número asociado a una letra. A espaldas de la lógica y a contramano del día, junto a una decena de leyes que se votaron sin debate en medio de las maratónicas jornadas legislativas de fin de año, y en bloque, obtuvo aprobación inicial (55 votos positivos, uno negativo y cuatro abstenciones) el proyecto que autorizaba al Poder Ejecutivo a llamar a licitación para “el diseño, construcción, mantenimiento, administración y explotación en concesión” de los terrenos ubicados bajo la AU1 y las áreas linderas.

Sin letra chica, sin ruborizarse y mucho menos arrepentirse, el proyecto anunciaba quienes serían los depositarios de ese terreno y homologaba la construcción de un emprendimiento privado que llevaría el nombre de “Feria del Sur”, un “centro cultural, comercial, gastronómico y turístico”. El consorcio Servente-Lanusse-Criba-Crivelli, el mismo que explota la estación de servicio bajo la Autopista Illia, en Retiro, se haría cargo de la concesión por un período de 20 años.

Al ser un espacio público el que estaba a punto de pasar a manos privadas, se necesitaba una segunda lectura en audiencia pública. Pero como le anticipaba Ritondo al sitio www.iProfesional.com por ese entonces: “No nos preocupa, estaremos realizando los primeros movimientos a mediados del año que viene –en referencia a éste-”.

Estaba todo digitado. Pero lo impensable saltó a la acción y gracias a la movilización (y organización) de los vecinos, el Predio Martina Céspedes todavía pertenece al barrio y abre las puertas cada mañana de lunes a sábado. El 5 de mayo, más de 300 personas asistieron a la audiencia pública para avisarle a los legisladores que su postura era firme y que tenían la voluntad irrenunciable de defender el Polideportivo. “Fue un 25 de mayo. La patriada”, nos cuenta Claudia Moyano, integrante de la Cooperadora del Comercial 4 y Presidente de la Comisión por la Defensa del Poli que se creó para tal fin después de la media sanción de la ley. Se abre al diálogo y cuenta: “Sin ser ‘aparateados’, término que utilizan ellos, sin que nos dijeran nada, la gente, los vecinos, nos fuimos reuniendo. Nosotros representamos comunidad educativa, pero el resto se autoconvocó y pudimos frenar el avasallamiento de nuestro derecho que, en última instancia, es el derecho a la propiedad que nos otorga la Constitución Nacional (NdeR: Artículos 14 y 17)”.

A raíz de ese reclamo masivo, al que le procedieron y sucedieron más de 50 marchas (entre festivales, encuentros, abrazos al predio y movilizaciones hasta la legislatura) los legisladores debieron agachar la cabeza y pedir perdón. Aunque, con la sapiencia que les dio la experiencia, desde la Comisión que preside Claudia redactaron un acta de compromiso para que la voluntad quede estampada sobre papel y consiguieron la firma de 29 legisladores. “Hemos recorrido distintas instancias. Ahora tenemos una declaración por escrito en la que el arco opositor se manifiesta en contra de la utilización del predio para la explotación privada. Firmó todo el bloque de Proyecto Sur, de la Coalición Cívica, de la UCR, del MST y del FPV. Hasta las bancadas del PRO nos apoyaron, pero por cuestiones políticas no quisieron firmar”, dice como quien tiene todas a su favor pero una marcada incertidumbre. No es para menos.

“Si bien tenemos un amplio apoyo para que esto no vuelva a suceder, en lo personal, hasta que no me digan ‘esto se terminó’ no voy a dejar de estar al pie del cañón”, confiesa. Una fuente de Creactivar, la asociación civil sin fines de lucro que maneja la juegoteca (la primera del país), da cuenta de que esos miedos son fundados. “Sabemos que a fin de año puede volver a presentarse la ley con un mínimo de reformas y que no les va a importar nada de lo firmado”, remarca.

Rocío Sánchez Andía, legisladora por la Coalición Cívica y una de las cuatro personas que se abstuvo de votar en diciembre, reconoce que la desconfianza tiene fundamentos. “Hoy en la Legislatura hay un pacto entre las tres bancadas del Kirchnerismo en el interbloque con el PRO por algunos negocios en particular. Los vecinos están comprometidos y tienen un conocimiento profundo de cómo se mueve la legislatura. Por eso, pidieron las firmas de los legisladores y obtuvieron casi 30 adhesiones. Sin embargo, justamente por saber cómo se mueven los intereses en el recinto, tienen miedo. Yo también lo tengo”, relata.

Del otro lado, el silencio es premeditado y ni siquiera se altera cuando se denuncian presiones y amenazas. “En la misma audiencia pública nos hicieron saber que no nos saldríamos con la nuestra. Hemos recibido llamadas de todo tipo y hasta ‘advertencias’ de tipo presencial. Entendemos que estamos en el medio de los intereses personales y económicos que priman sobre la educación y los derechos”, acusa la presidente de la Comisión de defensa al predio.
Para obtener respuestas a las preguntas sobre las intenciones, los proyectos y el futuro que trazan los promotores de la expropiación es imprescindible acudir al archivo. Eduardo Servente, el empresario que presentó el proyecto y que se quedaría con el territorio citado, se pronunció en la audiencia pública y, después de describir a la zona de influencia como “la boca del lobo”, expresó: “Se trata de un proyecto urbanístico en el bajo autopista para curar una herida que produjo el paso de la misma. Hoy el desarrollo urbanístico y social ha quedado cortado por la autopista. El aspecto turístico del proyecto trata de unir ambas zonas para que la circulación sea posible”.

Por su parte, el mismo día, Luis Grossman, director general de la Dirección del Casco Histórico de la Subsecretaría de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura, apoyó la cesión de las tierras y manifestó: “Las autopistas urbanas producen heridas que nunca se terminan de cerrar. Pasaron 40 años y distintos gobiernos y el tema no se resolvió. Si bien apoyo el énfasis con que el barrio defiende las actividades, considero que un proyecto como el planteado aquí tiende a resolver lo ocurrido. Allí el vecindario recuperaría la conectividad entre dos zonas, algo hay que hacer y esto puede ser lo indicado”.

Las promesas visitaron todos los matices. El 27 de septiembre, el Jefe de Gabinete porteño y presidente del PRO en la ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, se juntó con los vecinos de la Comuna 1 y derivó el asunto a Cristina Brunet, la Presidente comunal. “En esa reunión ella desconoció que me había dicho que la cuestión no le competía y que no le interesaba. Después, le enviamos cartas, pedimos juntarnos y nunca se expidió al respecto”, esgrime Moyano.

La única solución que propusieron desde el gobierno de la ciudad es trasladar las actividades que se realizan en el predio a las canchas del club Nikkei (pertenece a la comunidad japonesa) que tiene 1000 metros cuadrados menos de superficie. De las 14 escuelas que, según la ordenanza municipal, deben utilizar las instalaciones del Martina Céspedes, por falta de espacio, sólo las utilizan siete. “No entramos”, dicen. Ese recurso, la eventual mudanza, lo único que hizo fue sumar a la comunidad japonesa al reclamo de los vecinos de San Telmo.

Producto de la movilización de todo un barrio, el proyecto cayó a la Comisión de Obras y Servicios y para volver a la Legislatura debe ser reformado en las comisiones, obtener quorum y recién ahí pasar a agenda parlamentaria. En caso de que logren cumplir con esos pasos, deberá ser aprobado por una mayoría especial de 40 votos (sobre 60 legisladores). “Nada de eso debería pasar. Pero sabemos cómo se manejan y los intereses que hay de por medio”, confiesa Moyano. Por eso, siguen repartiendo folletos con las 29 firmas obtenidas “como para que la gente sepa y los legisladores no se olviden de lo que prometieron”, cuenta. Además, el jueves 29 se realizará un festival en el que participarán las bandas musicales de todas las escuelas que utilizan el predio. “No queremos involucrar a los chicos pero ellos nos piden participar y defender lo que les corresponde”, grafica una de las madres del Normal 3.

Los afiches que adornan San Telmo son contundentes: “No necesitamos lo que ustedes quieren que necesitemos. Necesitamos el Predio Martina Céspedes y nada más”. Palabras que se hicieron bandera, reclamo y resistencia de un barrio en defensa de lo que les pertenece. No quieren un hotel boutique, negocios de ropa de alta costura, menos un shopping y mucho menos la revalorización de la propiedad. Saben que es un pedido informal de desalojo, el primer paso a eso. “Se motivará a muchos propietarios para que mejoren los inmuebles del barrio”, dicen (no tan) por lo bajo en los pasillos de la presidencia comunal. Quieren que sus hijos jueguen, que hagan deporte. No quieren campeones, quieren personas. Con eso alcanza.

Dame pelota, pero que sea ovalada

Los mosquitos pican y pican si te quedás quieto. Por eso las chicas no lucen ni una roncha. Corren, chocan, empujan, patean, pasan, arengan y taclean ¿Cómo? Sí, no paran de taclear ¿Pero a qué juegan? Al rugby. ¿En serio? Claro: en una tarde súper soleada se disputa un torneo de rugby femenino en el club Daom de Buenos Aires, en el Bajo Flores porteño, donde cinco clubes (el propio Daom, SITAS, GEI, Alamafuerte y San Miguel) presentan sus planteles de chicas rugbiers para jugar y competir.

Fotos: NosDigital

Las primeras vistas son fuertes y extrañas, como suele pasar y chocar. “¡Uhh!”, grita en tono grave la nutrida platea que mira el torneo. Segundos antes, una morocha de mediana estatura, con los pelos al viento y los dientes apretados empezaba a correr por la banda derecha con la pelota entre su pecho y su brazo en lo que intentó ser un contrataque furioso. Miró una y dos veces para un costado, para ver si llegaba alguien. Lo supo antes de que suceda: al cabo de una corta carrera, una morruda mujer la cruzó en un topetazo que impactó la quietud del silencio. Un golpe neto, seco y atemorizante. En los instantes posteriores al “¡Uhh!” vuelve el silencio. Luego, sin más protocolos ni preámbulos la que demolió el intento de escapada le extiende la mano a la morocha interceptada. Se levantan y, sin más, siguen en lo suyo. Claro, están jugando. No hay más misterios ni dramas.

Con los ojos más tranquilos y entendidos, el ir y venir de los choques se convierte en un atractivo deporte. La destreza de la pegada de unas pocas, la fiereza en la defensa de otras tantas y la pericia en los pases de las organizadoras arman un cuadro verde de pasto y tierra que regala más de una emoción en una tarde donde la pasión taclea a más de un prejuicio.

Xoana Sosa es jugadora del club SITAS y la rompe toda jugando al rugby. Hasta para el menos entendido es fácil de comprender. Agarra la pelota y hace tries. Tan simple como real y vistoso. Juega en la selección. Ella dice que jugar en Las Pumas “es una responsabilidad muy grande para la que se prepara y se entrena mucho todos los días”. Dice, también, que “la vida de una rugbier es muy sacrificada“, pero que eso no es impedimento de nada porque “la mujer argentina es muy apasionada y no le importa que el rugby esté vinculado netamente con los hombres”. “Vivimos en una realidad muy machista y a la sociedad le cuesta mucho adaptarse a que la mujer juegue a lo que le gusta jugar.” “La pregunta para ellos siempre es: ¿Por qué no se puede? Si es un deporte más…”, increpa Xoana a los que las tratan de “machonas, gordas y tortilleras”. Ellas saben que esos fantasmas que las miran de reojo existen, pero también saben como tratarlos: “Uno lidia con lo que quiere lidiar. No nos preocupa lo que digan, por eso tratamos de hacer rugby para evitar entrar en esos prejuicios. No se debaten las cosas que tienen que ver con la vida de uno y que te apasionan con alguien que no conoce y tiene prejuicios al respecto. La subestimación a veces es grande pero a palabras necias, oídos sordos”.

Yamila Salinas, jugadora de DAOM, abraza a sus compañeras y cierra filas con la idea de un rugby plural y diverso: “Es un poco difícil romper con los prejuicios sociales que dicen que una chica que juega al rugby es rara”. Sin embargo, la actividad crece todos los días y las chicas que quieren disfrutar el deporte cada vez son más. “La idea es que vengan y prueben para que conozcan de qué se trata y no se dejen llevar por lo que se dice de afuera: de a poco tenemos que ir rompiendo barreras.” ¿Y los golpes? “No pasa nada, al principio te da un poquito de miedo, pero después una se entrena para resistir el contacto y el miedo se va”, dice la morocha despampanante de DAOM ¿Y por qué el rugby? “Por esa sensación hermosa de ir siempre para adelante, de ser valiente. Es lo que más me motiva dentro de la cancha y trato de aplicarlo en todos los aspectos de la vida.” Yamila se va con su equipo, están por entrar a jugar y se la ve con una sonrisa que deja contar todos sus dientes. Viene su parte favorita: “La arenga previa a los partidos es lo más lindo que hay, me emociona escuchar a mis compañeras”.

Los equipos entran y salen de la cancha. La tarde es la misma y el deporte también. Las camisetas van y vienen. Compiten y se divierten. El árbitro siempre es el mismo. Error. La árbitra siempre es la misma: Jorgelina Ávalos. “En el 2008 empecé a hacer el curso de referato de rugby porque quería meterme adentro de una cancha. El deporte lo conocía desde lo teórico porque soy periodista deportiva. Con todos mis temores fui por ello.” Vestida completamente de negro y con el pelo atado por una colita corre permanentemente y no se pierde una sola jugada. Pita con fuerza y decisión y marca los tiempos de los partidos. Lejos de un estilo cercano al de Javier Castrilli mantiene diálogo con las jugadoras y les pregunta si se encuentran bien después de los golpes fuertes. Jorgelina recuerda el día que se anotó en el curso de referís: “Cuando hice el curso me miraban medio raro, como diciendo qué hace esta acá. Es más, cuando llamé para inscribirme el muchacho que me atendió me preguntó ‘¿para quién estás averiguando?’ ‘¡Para mí!’, le dije. Fueron segundos de silencio. ‘Perdón, ¿no se puede?’, le pregunté. Y ahí me dijeron que sí, pero les resultaba medio rarito. No estaban preparados”.

Afuera de la cancha quedan los hombres. Los que miran atónitos y los que saben –sabemos- disfrutar. Pero también están los que son parte: los DT´s. Martín Palmieri es el técnico del quipo de chicas del Club Almafuerte, de Ciudad Evita. Recuerda que el rugby femenino arrancó hace 25 años y que durante mucho tiempo los clubes fueron “muy reacios” y que “no les abrieron la puerta al deporte” por “una cuestión cultural, de machismo”. “Las instituciones no lo veían como una posibilidad, entonces, las chicas no se acercaban porque no se generaba el espacio”, explica. Martín dice que “en cuanto se abrió el espacio”, hace unos cinco años, los torneos paralelos se empezaron a copar de chicas. Recién tres años después de esa explosión, en el 2009, la URBA tomó la decisión de generar torneos y campeonatos oficiales. “Ahí sí se desarrolló muchísimo”, dice el DT. “La URBA tardó un poco en aceptarlo, hay una estructura bastante difícil de romper con las cosas que no están previstas como el rugby femenino.” Lo que terminó de definir la decisión, cuentan, es que ante la posibilidad de que el rugby se vuelva deporte olímpico se necesitaba sí o sí equipos de hombres y mujeres. De todas maneras, Martín sabe que “la discriminación y la burla hacia las chicas rugbiers no está superada”, pero sabe que a partir de la continuidad de la actividad está “prácticamente aceptado” por todos. “En nuestro club nos respetan y nos apoyan, pero no puedo decir que en otros clubes sea igual”, asegura. Respecto al elitismo del deporte, Martín dice: “A partir de la explosión de los Pumas los clubes abrieron la cabeza y se decidieron a trabajar con todos los que llegaban. Económicamente apoyan mucho los clubes, antes era muy caro participar. Se popularizó y mucha gente se entusiasmó. Los clubes de elite son cada vez menos.”

El sol cae, pero los mosquitos siguen picando. El juego se termina. Las chicas se saludan y se abrazan. Una vez más dieron una lección más allá de la pelota ovalada. Juego, pasión y diversidad. Eso es el rugby de mujeres.

Se viene la fiesta, se viene el tercer tiempo… ¿Y ahora, dónde están los hombres que se negaban?

“No somos un museo, ni una calle: somos un club con compromiso e ideales”

“Acá la camiseta se transpira con contenido”, explica Monica Nielsen, la fundadora del Deportivo Che Guevara, un club de Jesús María, Córdoba. Un club que no termina en lo deportivo y que no lleva ese nombre por casualidad: “Nosotros creemos en la teoría y en la acción. Con las conductas que adoptamos, la teoría se hace carne sin siquiera mencionar al Che. Yo les hablo del renunciamiento, del trabajo en equipo, de la solidaridad, de que todos tenemos que tener lo mismo y trabajar en consecuencia”.

En una mesa de bar, un grupo de filósofos de la pelota buscan aunar criterios. Algunos dicen que lo que está arruinando la cosa es la falta de identidad. Otros exclaman que lo que sobran son ‘huevos’ pero falta juego en equipo. La mayoría se empecina en contrastar esta época con las anteriores, hablan del 4-4-2, del 4-3-1-2 y demás números telefónicos que son un llamado a la nada. Lo cierto para cada uno de los comensales es que así no va, que todo está perdido.

Mientras tanto, en Colonia Caroya, Jesús María, Provincia de Córdoba, Argentina, el Mundo, un grupo de jugadores levantan el perimetral de la cancha del Club Colón, donde hace las veces de local el Deportivo Che Guevara. Y el nombre no es casualidad. “Acá la camiseta se transpira con contenido”, explica Monica Nielsen, presidente y fundadora del club que transita los pasos del Che.

“Seamos realistas y hagamos lo imposible”. Palabra más, palabra menos, eso se escuchó a comienzos de 2006 en una charla entre “compañeros guevaristas”, según describe Nielsen. Y agrega: “Arrancamos sin un horizonte concreto. Comenzamos a cimentar desde bien profundo de bajar el conocimiento del Che a los jóvenes e incluir a los pibes de zonas vulnerables a la práctica deportiva, que para mí debería ser un derecho del niño”.

Pero mucho antes de que el Deportivo Che Guevara comience a surcar las canchas de Córdoba (lo hace desde la temporada 2007, desde escuelita a Primera), la idea se arremolinó en la cabeza de su fundadora hasta dar con el pensamiento justo. “Los años 90 me decidieron. Veía la remera caminando por la calle hasta que le pregunté a un pibe si sabía a quién tenía en el pecho y me contestó: ‘un rockero’. Esa bronca se combinó con la que tenía Claudio Ibarra, que renegaba de forma itinerante en los clubes locales porque no le daban ni un ‘fulbo’. Entonces le propuse que formáramos un club propio. Con una condición: sólo iba a participar con este nombre y este pensamiento”, rememora en perfecto cordobés.

-¿Cómo le transmite el pensamiento guevarista a los pibes?
-Nosotros creemos en la teoría y en la acción. Con las conductas que adoptamos, la teoría se hace carne sin siquiera mencionar al Che. Yo les hablo del renunciamiento, del trabajo en equipo, de la solidaridad, de que todos tenemos que tener lo mismo y trabajar en consecuencia. Entonces, alquilamos el predio de Deportivo Colón a cambio de trabajo voluntario, por ejemplo. O los padres cocinan para los chicos que no tienen contención de su familia; hacemos eventos para costear los viajes, las fichas de los jugadores, la policía, los árbitros, la ambulancia y demás requisitos que solicitan desde la Liga Local…

-¿Cómo se mantienen?
-En base a la solidaridad guevarista que, indefectiblemente, empieza a aparecer. Hay que revisar un médico, tenemos un médico que nos ayuda porque admira al Che. Si necesitamos un abogado, tenemos un conocido. Si precisamos un contador, lo mismo. Todos de onda, desinteresadamente y de forma gratuita nos prestan sus servicios. Acá nadie cobra un mango y jamás tendremos un sponsor, nunca mancharíamos esta camiseta.

-¿Tienen algún tipo de ayuda externa?
-Ninguna, al menos desde los entes gubernamentales. Nunca vinieron con una colaboración del Estado, todo lo contrario. Tampoco queremos que hagan propaganda con nosotros. Eso sí, músicos, escritores, antropólogos nos dan una mano siempre. Hace un tiempo vino Rally Barrionuevo e hizo una peña de forma gratuita. Eso nos llenó de oxígeno a los pulmones por todo 2011.

-¿Los pibes preguntan por el Che?
-Sí, la mayoría me piden libros o que les cuente historias. Yo les digo que no es un tipo barbudo que está en una remera con un habano y una boina. Fue un tipo muy comprometido en su práctica y sus ideas. El Che no quería este mundo que tenemos, peleaba por otro mundo.

“Hasta la victoria siempre”, reza una de las banderas que acompaña al Deportivo Che Guevara a cada paso. Paradójicamente, el club menos resultadista del planeta. “Nosotros no buscamos salir campeones, ni vender jugadores. El deporte no puede ser una empresa y los futbolistas no son mercancías. El que se quiere ir a otro club, tiene vía libre. Nunca vamos a recibir un peso por eso”, explica Nielsen como declaración de principios. Y, profundiza: “Mi sueño es que, en el futuro, los jugadores del Deportivo sean dirigentes políticos que no se dejen coimear con el sistema burgués. Que de aquí nazca un dirigente revolucionario y del pueblo. Yo veo muchos chiquitos con personalidad de líder”, subraya.

En ese periplo que es sostener una institución sin el más mínimo vicio de lucro, el Deportivo Che Guevara ya cuenta con su primera presencia internacional. “Fue la Copa Hombre Nuevo – abre a la confesión la madre del club-. Se jugó en enero de este año y tuvimos tres equipos de Brasil (NdeR: Autónomos FC, Pelada da Esquerda y Lado B), uno de Lituania (NdeR: FC Vova), un equipo mixto de Inglaterra, de Bolivia (NdeR: Real Tarija) y de distintos lados de Argentina. Todos marxistas, comunistas y, principalmente, guevaristas”, relata Nielsen con el mismo orgullo que contará la vez que desfilaron ante “la Sociedad Rural y todos los grupos de sectores dominantes con la bandera Anarquista y la camiseta del club”.

En el mismo mundo, quizá en otra dimensión, la borra del café marcó las páginas del deportivo matutino. La charla se hizo espesa en el bar. Uno saltó con el 4-4-2, el otro retrucó con el 3-4-1-2 y se armó una de números telefónicos que son un llamado a la nada. En definitivas, no se hablará del Che, ni de cómo la lógica capitalista hizo pata ancha en el mundo de la pelota embarrando los clubes y puliendo a las Sociedades Anónimas del fútbol. No se pondrá en tela de juicio el vaciamiento de los clubes, el futbolista (que es una persona) como propiedad privada y mucho menos los organismos que arman el circo y pagan los monos. No, es una cuestión de la modernidad: “Los pibes no te miran un partido si no es de la Play Station”, dice uno.
Mientras, cuando parece que todas las flores fueron cortadas, un pibe alambra la cancha para jugar el domingo y parece que la primavera todavía existe.

Monica Nielsen también estuvo en el programa Vámonos de Casa. Acá podés escucharlo: http://www.nosdigital.dreamhosters.com//2011/10/el-ascenso-comenta-el-futbol/