Los indeseados

Cientos de trabajadores callejeros de la Ciudad están siendo desplazados y criminalizados. Entre ellos, la comunidad senegalesa denuncia el atropello de la Metropolitana y pregunta: “Si nos sacan de la calle, ¿dónde vamos a ir?”

En el angosto pasillo de entrada del conventillo ubicado en Sarmiento 2835, a tan sólo cuatro cuadras de la Plaza Miserere de Once, todavía quedan recuerdos del brutal allanamiento de la Policía Metropolitana, pese a que ocurrió hace un mes. Vidrios rotos, una puerta forzada y un cartel rojo con letras blancas con la palabra “clausurado” le dan la bienvenida al hogar que todavía comparten Nar, Thierno y Macoeou, tres senegaleses que llegaron al país hace más de cinco años con la ilusión de mejorar su calidad de vida y dejarle un mejor pasar económico a sus familias, que aún los esperan en África. En la madrugada del 28 de enero, en vez de tener la esperanza de progresar, temieron por sus vidas y por sus sueños: oficiales de la fuerza que responde a Maurico Macri ingresaron a su hogar y, a punta de pistola, los obligaron a firmar documentos que no entendían porque no hablan español.

senegalDesde hace más de un año, el PRO intenta desalojar constantemente a los manteros y puesteros de la Ciudad y sobre todo a los que ocupan la Avenida Pueyrredon en el barrio porteño de Once. Entre los perjudicados están los más de 3.500 senegaleses que, en su gran mayoría, trabajan de la venta callejera de relojes, bijouterie, billeteras, cinturones y anteojos de sol. Casi todos no hablan español y se comunican en wolof, una de las lenguas oficiales de Senegal. Otros, en francés o en inglés; unos pocos manejan el castellano a la perfección. En este último grupo está Abdoulay Gothe, representante de la comunidad africana en Buenos Aires, quien vive y trabaja en Córdoba, pero continúa en Buenos Aires a la espera de alguna respuesta por lo que están padeciendo sus compatriotas. Él, mientras mostraba parte por parte los lugares del conventillo, recibía los saludos de todos sus compañeros que llegaban hasta la puerta y le preguntaban cuál iba a ser el próximo paso a seguir. “Nos tratan como si fuéramos delincuentes y sólo somos gente trabajadora. Nos discriminan por ser inmigrantes, por ser negros. Yo me pregunto: ¿de dónde venían los primeros inmigrantes que llegaron a la Ciudad? Extranjeros somos y seremos todos”, se lamenta el hombre que, en el marco de uno de los reclamos, le planteó en la cara a Macri todas las problemáticas y no recibió ni siquiera una palabra de devolución por parte del Jefe de Gobierno; ni siquiera se animó a mirarlo a los ojos.

Además de ingresar a la fuerza con una orden judicial firmada por el Juzgado Penal, Contravencional y de Faltas Nº 4, que está comandado por Graciela Dalmas, los efectivos policiales se llevaron parte de la mercancía que tenía la pequeña habitación del conventillo. Ingresaron, a las 5 de la mañana, encapuchados, armados y con una pequeña cámara de video que filmó todo el operativo. Todo, salvo cuando los obligaron – a punta de pistola – a firmar el documento que corroboraba que no había existido ninguna disconformidad en el allanamiento, según contaron los propios protagonistas que vieron cómo corrían la filmadora para que no tomara la imagen que los apuntaba para que firmaran. Nar dormía en un colchón del dormitorio y Thierno en el entrepiso en  el momento del ingreso de los oficiales que los apuntaron, mientras que Macoeou se estaba bañando. A él ni siquiera lo dejaron terminar de ducharse ni cambiarse: rompieron vidrios del baño y en toda la inspección se mantuvo desnudo.

“Es una injusticia más allá del color de piel que tengamos. Yo por cualquiera de ellos daría mi propia vida, pero lo que no entiendo es cómo la gente en este país ha votado a un Gobierno que hace este tipo de cosas y por qué no reaccionan para defendernos”, se pregunta, con indignación, Abdoulay. Lo cierto es que ellos mismos sienten la discriminación en las marchas que realizan y en los propios medios de comunicación, que o los vuelven invisibles o los responsabilizan. “Hace poco otro grupo de gente que protestaba por diferentes razones a las nuestras quemó un patrullero y el diario Clarín, el mismo que festeja que nos quieran desalojar, nos culpó cuando no tuvimos nada que ver”, agrega.

A los tres, la policía les robó – porque en el acta no figuran como incautados – dinero y los teléfonos celulares en los que guardaban, entre otras cosas, las fotos familiares y recuerdos de su Senegal natal. Mustafá, presidente de la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina, fue quien los acompañó desde el primer momento para denunciar estos hechos. Él es otro de los que habla español a la perfección y se contactó con organismos de Derechos Humanos del país para denunciar los hechos violentos que sufrieron. “Es una vergüenza que nos hagan esto. Los humillaron y los hicieron temer por sus vidas con un nivel muy grande de agresión. Por suerte muchas entidades ya nos dieron su apoyo en esta lucha constante”, dice y agrega que tanto el CELS como la Defensoría del Pueblo de la Ciudad les brindaron solidaridad y quedaron a su disposición.

En la oscuridad del diminuto espacio que separa al pasillo de la habitación del conventillo, todavía quedan marcas del ingreso de la Policía. Puertas rajadas, bolsos abiertos, ropa tirada, mantas por todo el dormitorio y un fuerte olor a humedad encierran el pequeño espacio en el que viven tres personas que todavía no pueden creer lo que les tocó vivir en el país en el que soñaban tener un futuro mejor.  Ellos son sólo un pequeño grupo dentro del macro objetivo macrista de desalojar a todos los puesteros callejeros. Ellos prácticamente no hablan español, pero entienden a la perfección la ideología y la mecánica de la Metropolitana. Ellos, que intentan trabajar de algún otro oficio y no reciben ofertas por la discriminación que sufren día a día por su color de piel, se levantan a las siete de la mañana para ganar el dinero que necesitan para pagar sus alquileres y mandar dinero a su país, pero el Gobierno de la Ciudad intenta desalojarlos e impedirles trabajar. “Si nos sacan de nuestros trabajos: ¿A dónde vamos a ir? ¿Qué vamos a hacer de nuestras vidas en el país? Lo único seguro es que si nos dejan sin trabajo se les vendrá un problema muy grande”, asegura Abdoulay.

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“El trabajador gestiona mejor que el empresario”

Don Battaglia, Mangiata y AléAlé son tres restaurantes tradicionales, pero con una particularidad: fueron recuperados por sus trabajadores luego de un vaciamiento empresarial que los llevaba a la quiebra. Desde la autogestión, mejoraron la calidad de los productos y hasta ampliaron las fuentes de trabajo.

La historia de tres restaurantes porteños parecen seguir los pasos comunes de casi toda fábrica recuperada argentina: vaciamiento, caída de la calidad de los servicios, sobreprecios, rumores de quiebra, desaparición de los patrones. El relato empieza cuando la sociedad de los empresarios Jorge Andino y Sergio Lipovich empezó a atrasarse con el pago de los sueldos para fines del 2012, al tiempo que el abastecimiento empezaba a ser cada más precario: los platos de la carta apenas podían hacerse. “Nosotros sabíamos que dábamos un mal servicio cuando la gente pedía algo y no se lo podíamos traer”,dice Christian Fuentes, trabajador de Don Battaglia. El cierre de uno de los seis restaurantes de la cadena, La Zaranda,que dejó a 40 trabajadores en la calle, fue la última señal: había que moverse y rápido para evitar quedar en la calle. Así, Don Battaglia, Mangiata y AléAlé, junto con La Soleada y Los Chanchitos, amanecieron en el 2013 con un nuevo proyecto de trabajo: la autogestión.

Don Battaglia

restosEn un año los empleados del restaurant pasaron de la más absoluta desesperación a no solo mantener el trabajo, sino duplicar el personal y abrir nuevos servicios, como el delivery y la cena para fin de año. Christian recuerda cómo eran esos momentos cuando se acercaba fin de año y no había nada que festejar. “Yo me acuerdo que para esta misma fecha el año pasado, estábamos preocupados preguntándonos si íbamos a poder llevar un pan dulce y una sidra a nuestras casas, si íbamos a poder pasar una Navidad tranquilos sabiendo que este lugar podía cerrar. No, no podíamos ni pedir plata a la patronal para que nos pagasen y a mí y a otros compañeros nos dieron nada más 300 pesos para pasar fin de mes. Fue horrible. Nadie puede pasar fin de año con 300 pesos. Me acuerdo que teníamos que hacer una colecta entre los mozos para el que necesitaba; vivíamos de préstamos…era muy feo. ¿Cómo le decís a tu familia: “no, no te puedo comprar eso porque no tengo plata”? Hoy sabemos que nuestra familia va a tener todo para año nuevo y navidad, van a tener lo que se merecen, sin preocupación ni nada”.

Los trabajadores tomaron el lugar, lograron mediante la cooperativa firmar el contrato de locación y hasta cancelaron las deudas que les dejaron el dúo Lipovich-Andino. Todo bajo un aprendizaje constante ya que, como reconocen, siempre fueron trabajadores ajenos a esos conocimientos que parecen – sólo parecen- quedarse solo en manos de contadores y administradores. “Siempre hay algo nuevo que aprender. Estando del otro lado a veces no le da importancia: buscar precios, materias primas. Hoy en día hay inflación y nosotros en vez de llevarle eso al cliente, lo absorbemos. Uno nunca termina de aprender las cosas como gestión, pero obviamente hay decisiones que hay que tomarlas entre todos los compañeros en asamblea; pensamos nuevas formas de crear servicios, de mejorar”, remata Christian.

¿Ustedes desde el primer momento tomaron noción de que podían hacerse cargo del restaurant o pasó un tiempo hasta que vieron esto?

Christian: Siempre supimos que éramos nosotros los que llevábamos esto adelante, porque no venía ninguno de la patronal a cocinar o a atender a las personas, y más en ese momento de vaciamiento por parte de Lipovich y Andino, donde nosotros sabíamos que dábamos un mal servicio cuando la gente pedía algo y no se lo podíamos traer. Sin embargo, todos los días veníamos con la mejor onda a trabajar, muchos clientes sabían de nuestra situación, entonces nos apoyaban mucho. Nosotros hacíamos todo y el jefe venía y se llevaba la plata, y a veces ni el sueldo se nos pagaba. Y esto fue una prueba, si esto se mantenía por nuestro trabajo, ahora que ya se fue el patrón y nosotros nos encargamos de todo, va a tener que salir mejor.

¿Qué significa para ustedes trabajar sin patrón?

Es una satisfacción, venir acá y decir “tenemos que sacar el trabajo bien” nos satisface. Todavía nos seguimos alimentando gracias a esto y es un orgullo seguir trabajando más allá de una vez cuando éramos 33 y nos preguntamos: “¿podemos hacer esto?”. Teníamos dudas, miedos. Ahora, el miedo se fue y venimos con alegría, con entusiasmo, con ideas nuevas. Ahora, por ejemplo, trabajamos el 31 de diciembre. Es satisfactorio venir a trabajar con aquellos compañeros con quienes estuvimos en la lona. Hoy los clientes confían en nosotros, en los trabajadores: porque sí, se puede. Los trabajadores llevan igual o mejor las cosas que un empresario. Porque los trabajadores no somos empresarios: pensamos en el cliente, en que tiene que volver, y a un empresario eso no le importa. Para nosotros cada cliente que viene es súper importante y no queremos que se vaya; estamos de su lado, que venga, que pase un momento agradable, que sienta como un rey. Pensamos como trabajadores que podemos llevar una empresa adelante, igual o mejor que un empresario.

Mangiata

En Mangiata el presente también es alentador: les otorgaron la matrícula que los conforma como cooperativa. Eso les permitió firmar el contrato de alquiler por 3 años. Hasta que decidieron tomar las instalaciones, venían de dos meses con falta de pago tanto de sueldos como de aguinaldo, para descubrir más tarde que durante cuatro años tampoco les estaban haciendo los aportes jubilatorios en AFIP. Pero como para los de Don Battaglia, empezar a encargarse de lo administrativo fue uno de los problemas más importantes al principio, como señala el presidente de la Cooperativa, Roberto Montero: “Lo que pasa es que son todas cosas nuevas para nosotros, porque los de acá, los que estamos administrando somos mozos, cocineros y parrilleros de toda la vida. Tenemos estudios comunes, laburantes de toda la vida, y ahora te encontrás con esto, que tenés que llevar papeles de acá para allá, que te tenés que hacer cargo de los costos, que no se te vayan a cualquier lado; cosas que antes no hacíamos ni teníamos idea. Ahora estamos mejor organizados que antes porque tenemos contador y abogados”. El rol de la Fe¬de¬ra¬ción Ar¬gen¬ti¬na de Coo¬pe¬ra¬ti¬vas de Tra¬ba¬ja¬do¬res Au-to¬ges¬tio¬na¬dos (FACTA) fue, clave para Mangiata. Cuando el sindicato no aparecía, cuando la imagen de La Zaranda era cada vez más cercana, la Federación propuso el camino a seguir: “Si pudimos hacer lo que hicimos fue gracias a la gente de FACTA. Si te soy sincero, si ellos no intervenían, nosotros estábamos en la calle, porque no se nos habría ocurrido hacernos cargo de esto. Lo que iba a pasar era que íbamos a venir y nos íbamos a encontrar con las puertas cerradas… Pero nos asesoraron, nos contaron lo que estaba pasando”.

¿Qué significa para ustedes hacerse cargo?

-Roberto: Es una responsabilidad. Porque acá somos 31 trabajando, que nos conocemos hace mucho y vos mirás a todos y a mí, y decís: “Si no hago esto, tengo que salir a buscar un laburo”.Pero hay mucha gente grande y, ¿a dónde vamos? Además, este restaurant estaba funcionando operativamente gracias a nosotros y financieramente por nuestro patrón, que lo manejaba para su bolsillo, y ahora lo hacemos funcionar para el nuestro. Pero la forma de funcionar es la misma: los mozos son los mismos, los cocineros los mismos. Incluso ahora salen mejor las cosas, porque le ponés más empeño, porque sabés que sitratás bien al cliente, vuelve”.

 

AléAlé

battagliaAléAlé estuvo convulsionada estos últimos días por el intento de desalojo más importante que sufrió a lo largo del año, luego de tres anteriores que no fueron más que meras amenazas. ¿El conflicto? A diferencia de los anteriores restoranes, todavía no lograron cerrar un acuerdo con los dueños del inmueble. Así, el domingo 1 de este mes, la policía se encargó de vallar la cuadra, disponer de un operativo de seguridad y atacar cuando mejor lo hace: por la madrugada. Pero los trabajadores, alertados de este nuevo movimiento de la Justicia, pudo accionar ese mecanismo de supervivencia que tejieron a lo largo del tiempo con los vecinos del barrio, organizaciones sociales, legisladores, diputados. Para el momento en que la orden de sacarlos estaba dispuesta, las calles llenas de gente lo impidieron. Otro triunfo más del trabajo.

¿Cuál es la diferencia que sienten entre el trabajo que tenían antes con el de ahora?

-Sergio Cano, secretario de la Cooperativa: Estamos todos gracias a Dios y seguimos todos para adelante. El negocio da muy buenas ganancias así que estamos en orden con los salarios y con todo lo que significa llevar a cabo este lugar. Nosotros nos encargamos de comprar las materias primas, de ir al Mercado Central, de hablar con los proveedores. De todo.

¿Qué significa para ustedes no tener un patrón?

Desde el primer día en que la patronal no apareció, nos sentimos presionados por llevar esto adelante, pero con el tiempo nos íbamos asesorando y por suerte hoy en día ya no estamos más bajo presión y estamos tranquilos de que todos queremos seguir esto adelante, tanto los que forman parte de la comisión directiva de la cooperativa como los que no, todos trabajamos por igual. Yo por ejemplo, soy el secretario ytrabajo en la cocina.

Fotos: NosDigital.

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“Trabajar sin patrón es lo más lindo para el obrero”

Una gráfica vaciada por su dueño fue recuperada por sus trabajadores. Los intentaron desalojar y resistieron, pero se mantuvo un patrullero en la puerta. Los agentes les pedían agua para el mate y pasar al baño: les estaban haciendo inteligencia. Y un día los desalojaron. Hoy hacen una vigilia en la vereda y hasta siguen trabajando por encargo. Las mujeres, el sostén de la lucha.

En la calle Mom al 2800, por Pompeya, hay una fábrica cerrada, hay un patrullero y hay una vivienda improvisada con chapas, lonas y maderas que sostienen algo más que una estructura precaria: ahí se materializa la resistencia de los trabajadores de la ex empresa gráfica Lanci Impresiones, ahora constituidos como Cooperativa 28 de mayo, quienes supieron gestionar la producción mientras estuvieron puertas adentro hasta que la Metropolitana los desalojó. Hoy, desde la calle, siguen produciendo.

En la puerta de la fábrica se puede leer un cartel grande que dice “Lenci Impresiones”. Pero sólo aquellos que conocen la historia de esta empresa de cuatro décadas saben que ya no está más, que se la vació, que le quisieron cerrar las puertas. Pero no pudieron porque 16 trabajadores se negaron a perder su salario, su trabajo, sus años entregados.

Lunes, tres de la tarde, sobre la vereda, tres trabajadores de la Cooperativa están trabajando: “Justo hoy nos dieron un laburo para que hiciéramos acá en el acampe. Esto es autogestión”, dicen mientras arman unas cajas que contendrán dentro de poco un set de 10 piezas de ropa interior masculina. Waldemar, Feliciano, Francisco y más tarde Mario, cuentan su historia mientras, sin parar, hacen su trabajo.

-¿Cómo surgió la necesidad de tomar la fábrica?

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Mom al 2800, Pompeya.

El 28 de mayo del 2012 nos quedamos en permanencia las 24 horas de la fábrica, estuvimos 351 días adentro turnándonos entre los 16 compañeros, para que quedaran como mínimo 5 trabajadores adentro y así nunca quedara vacía. El tema es que el dueño nos denunció penalmente por usurpación, hecho que nosotros negamos porque fue parte de una huelga que estábamos haciendo con proyección de que si la empresa quebraba pudiéramos hacernos cargo formando una cooperativa. La idea nuestra siempre fue la cooperativa.

-¿De dónde sacaron la idea de organizarse como cooperativa?

De la necesidad. aun en relación de dependencia, hicimos todo para sacar la matrícula de cooperativa con el INAES. En Porque nos empezaron a deber sueldos a partir de septiembre del 2008 y nosotros en el 2010, los inicios nosotros quisimos hacer una cooperativa mixta que también incluyera al patrón, porque la empresa venía en decadencia. Era un tobogán terrible: de 50 operarios que éramos, sólo quedamos 16. Muchos compañeros se fueron y con ellos también los de la administración. El patrón es el heredero del anterior que murió el 8 de marzo del 2008. A partir de ahí le quedó la empresa a su hijo, Christian Langenhem. Su objetivo desde el principio fue vaciarla. Muy de la década del 90 y muy de los patrones: se endeudan, se endeudan, se endeudan, no le pagan a nadie, cae la SRL –la empresa- sin hacerse cargo personal de la deuda. Mientras, dicen: “yo era el administrador nomás”. Él, sin embargo, se encontró con 16 trabajadores que decidimos hacer permanencia en la planta para la recuperar la empresa.

El método no es nuevo y el vaciamiento es el paso anterior a la autogestión: de pronto el negocio no es tan rentable, o no hay interés de mantenerlo como en este caso, y se empieza a limpiar la fábrica. De a poco van llevándose las maquinarias, se pagan menos sueldos, se castiga con más severidad las críticas de los trabajadores, se baja la calidad de las materias primas: todo para hacer insolvente a la empresa y tener que cerrar la puertas. Obvio, con los trabajadores sin un peso.

Los tiempos de la Justicia. El cierre y la toma de Lenci Impresiones recorrió tres juzgados diferentes: el comercial, por los acreedores que le deben plata; el penal, con los trabajadores denunciados por tomar las instalaciones; y el laboral, por la deuda que tiene la empresa con los operarios. O sea: un quilombo inagotable, lento y que todavía espera conclusiones. “Estamos en un vacío legal. Ojo, esto te lo puedo decir pasado un tiempo, porque estás hablando con un trabajador con estudios primarios terminados; tal vez me escucha un abogado y se me caga de risa. Nuestros reclamos al no estar en el concurso no entraron en el juzgado comercial, y todo lo que se va a juzgar ahora va a ser hecho por el comercial, por intermedio de los síndicos, para administrar después la quiebra. Toda nuestra deuda hay que juntarla para presentarla al juez comercial después de la quiebra”, dice Waldemar.

Pero si Langenhem vino con sus escribanos y abogados para llevárselo todo y los operarios de la Cooperativa echaron mano a su condición de obreros: buscaron ayuda en el Sindicato Gráfico Argentino, que les dio la asistencia jurídica sin que necesitaban para mantenerse.

-¿Cómo fue el rol del Sindicato?

Con nosotros estuvieron bien. En el transcurso de un año y medio hemos encontrado algunos errores, algunos problemas, pero no nos podemos quejar del Sindicato Gráfico. El sindicato está formado por trabajadores como nosotros y estos problemas que tuvimos tienen mucha rosca de abogados, que no son menores. Pero no hemos encontrado mala intención. El problema es que los del sindicato son como nosotros, trabajadores. Ninguno pasó por la universidad: tienen que contratar un estudio jurídico y los estudios jurídicos que se acercan a los sindicatos no siempre son los mejores. No estoy capacitado yo para valorar, pero por ejemplo nos dijeron que la empresa iba a quebrar hace un tiempo y no quebró todavía. Porque desde aquel 28 de mayo parecía que la empresa iba a quebrar en unos meses y ahí entrábamos en la Ley de Quiebras. Pero hoy estamos a octubre del 2013 y parece que recién esta semana la empresa quiebra…

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Imágenes: NosDigital

 

-¿Y qué piensan hacer?

Hay que convencer al juez, al síndico, presentar un proyecto de viabilidad, sabiendo que también la empresa le debe no sólo a nosotros sino también a otros acreedores y empresas. Esto sería muy simple si la deuda fuese sólo con nosotros. ¡Sería facilísimo! Pero no, está el Banco Provincia, hay cooperativas financieras, hay muchísimos acreedores antes de que nos hiciéramos cargo.

Entre el 2008 y el 2012 la situación de los más de 50 operarios de Lenci Impresiones empeoraba. Los sueldos fueron disminuyendo: “El dueño nos dio durante 10 meses seguidos 100 pesos por semana, porque era bicho. Todos los viernes el dueño nos daba 100 pesos. Lo mínimo, para que no nos fuéramos; después te daba 200, después 300… Nos llegó a dar mil por semana, pero siempre nos estaba debiendo. Así fue acumulando deuda hasta el cansancio”.

Los mates traicionados. Primero, un intento fallido el 7 de mayo de este año, justo en el Día del Trabajador Gráfico. Cómo resistieron: cuando la Metropolitana y los gendarmes les comentaron que ya no iban a poder estar más ahí, llamaron al sindicato, a sus abogados, a otras cooperativas. En unos minutos la calle estaba repleta y los uniformados tuvieron que quedarse en el molde. “Y entonces, ¿qué hicieron ellos? Nos dejaron una patrulla, siempre un móvil en la puerta. Desde el 7 de mayo estudiaron nuestros movimientos y una semana más tarde nos desalojaron. Pero mirá: venían de la Metropolitana, nos tocaban timbre y nos pedían agua para el mate, y las chicas permiso para ir al baño. Y nosotros las dejábamos ir al baño. ¿Entendés la diferencia que hay entre un trabajador y un policía? Incluso, uno de nosotros agarró lavandina y preparó un baño que no usábamos para que ellos pudieran utilizarlo”.

El desalojo. “El 14 de mayo a la mañana, mientras amanecía, tocaron timbre y ya estaba todo preparado: cortaron la calle, tenían un helicóptero dando vueltas. Me tocó a mí atenderlos y me dijeron que estaba la orden; les pedí unos minutos para llamar a los abogados y al Sindicato Gráfico Argentino pero no me dejaron. Vinieron con ese fierro largo y tiraron abajo la puerta, nos tiraron gases y tuvimos que salir. Sacamos todo lo que pudimos y desde entonces acampamos en la puerta”.

Después de soportar durante cuatro años la caída de su poder adquisitivo, ahora les toca bancar un sueño en la calle. La pregunta surge sola: ¿Cómo se banca? “Las mujeres”, responden. Ellas son el sostén. “Porque la familia es la primera que tiene que decidir si está de acuerdo o no con seguir con la lucha. Y muchas no pudieron decir que sí y por eso se fueron compañeros”. Hoy son un tercio de los que estaban en la fábrica.

Entre tantas historias, idas, venidas, traiciones, errores y aciertos, casi que pasó por alto un momento trascendental en la vida de estos cooperativos: ese año que estuvieron a cargo de todo, donde el patrón había desaparecido y ellos mismos se hicieron cargo de aquello que desde lo alto se nos dice que solo está reservado para los capacitados.

-¿Cómo fue hacerse cargo de la producción sin patrón?

– Es lo más lindo que le puede pasar al obrero. Trabajar sin que te controlen es lo más lindo que te puede pasar. Querés tomar un mate, tomás un mate; te querés apurar para terminar e irte más rápido, te apurás. Mañana arreglás para llegar más tarde porque no hay laburo a la mañana, vas más tarde. La autogestión es lo más lindo que le puede pasar al trabajador. Aparte, treinta años en el oficio, ¿qué le iban a decir acá al que estaba hace treinta años? Antes que le dijeran ya sabía lo que tenía que hacer. ¿Sabés qué es estar treinta años en una empresa? Caminás solo. Eso es lo que no se dio cuenta el dueño, que la fábrica podía funcionar sin él.

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Metropolitana y Gendarmeria resguardando la S.R.L.

 

“Estamos vendidos”

Tienen fecha de desalojo para el 11 de noviembre. Son 32 familias a las que no se les permite pagar por su habitación y se las obliga a irse sin dónde ir. En pleno Almagro, la Ciudad no escucha. Su Gobierno la quiere hacer sorda.

Dos chicas llegan a su casa. Llevan guardapolvo y una mochila cada una. “¿Entran?” Invitan a pasar con cordialidad natural. Adentro habrá alguien que cuente cómo es que ese caserón del Abasto no les pertenece. Que ese gesto tranquilo es en verdad desesperado. Entren: adentro habrá alguien que cuente el miedo a quedar afuera.

casatomadagallo-1435Lucrecia, abuela joven, saluda en el zaguán interrumpido por una moto de delivery. Prende una luz que deja ver el cuarto: cuidadísimo. Paredes recién pintadas. Los marcos de madera, brillantes. “Esto lo cuidamos entre todos”. Lucrecia se enorgullece, y al instante se avergüenza. Su vida y la de su familia, y la de la familia de su familia, lleva la contradicción de la incertidumbre. “¿Sabés lo que es no saber dónde vas a vivir mañana?”. La familia de su familia: los bebés.

Hace 2 años, 32 familias alquilaban una pieza en este hotel familiar, desde hace más de 10 años todas, algunas hasta 20. Hace 2 años, a sólo dos días de haber pagado el mes, los sentenciaron: se tienen que ir.

No se saben las razones, qué se hará con este edificio, ni tampoco el por qué de la desaparición de la dueña poco antes de la noticia del desalojo. Desde entonces, desde diciembre del 2011, las familias dialogan con una “intermediadora”. Esta figura híbrida, incolora, es una abogada que dice responder a un solo mandato: desalojar la vivienda. Las familias siguen proponiendo pagar mes a mes el alquiler de las piezas, como lo hicieron siempre, pero no hay caso. “Quieren a toda costa dejarnos afuera”.

 

El 6 de julio tuvieron el primer intento de desalojo, y lo evitaron. Lograron junto a organizaciones, partidos políticos y otras familias que habitan en casas también amenazadas de desalojo resistir a las guardias de infantería y los grupos de choque. Los desalojos, muchas veces, son cuestión de número: quienes son más, se quedan.

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Imagen: NosDigital

La casa se mete hacia adentro y cada pasillo va dando entrada a las piezas. “Acá vive una familia con 5 nenes. Acá vive un señor con un nene. Acá el abuelo. Acá viven dos chicos. Acá vivo yo con mis dos nenas”.

Desde que les dijeron que tenían que dejar la casa, de un día al otro, sin alternativa, de las 32 familias quedaron 22. “El resto, por la cuestión del desalojo se fueron yendo para asegurarse otro lugar”.

 

¿Dónde? El Gobierno de la Ciudad parece salirse con la suya: “En Provincia”.

 

Los hoteles familiares – que albergan familias con niños, personas mayores y discapacitadas- parecen ser una especie en extinción en capital. Esos grandes caserones de principio de siglo, de techos altos, puertas de chapa, persianas de madera, pasillos chorizo y cuartos grandes, van cambiando su funcionalidad al ritmo del termómetro inmobiliario. Y son tiradas abajo para construir coquetos edificios, o son compradas para hacer hoteles pero boutique, o simplemente vendidas a precios módicos, con familias adentro.

El desalojo concretado el 25 de agosto en Independencia 2969 es un espejo de esta historia: otro hotel familiar vendido por los dueños, de un día al otro, y las familias sin alternativas más que su propio rebusque.

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Lucrecia: “Nosotros salimos a buscar en Capital pero con el tema de que tenemos chicos en ningún lado te reciben, no quieren saber nada”. Su vida y su rutina, que transcurre desde hace 20 años en Capital, deberá trasladarse varios kilómetros. “Mis nenas van desde jardín al colegio de Mario Bravo, y ahora van al mismo colegio a la secundaria”.

En la casa se respira tranquilidad. “Están todos trabajando”. Alguna puteada por el partido de Arsenal, no más. “Yo porque no puedo trabajar, estoy con licencia porque me operaron de la columna”. Lucrecia siente que tiene que excusarse. “Me siento muy mal, porque el único sostén de la familia es mi hija de 29”. Su hija tiene dos hijas, sus nietas. Entre las dos familias son 10. “¿Quién nos va a tomar para que vivamos?”.

La nueva prórroga de desalojo les da hasta el 11 de noviembre. “La oficial de justicia nos dijo que nos iba a sacar aunque seamos 500 personas”. Así los trata el poder judicial.

Así el poder ejecutivo: “Lo único que nos ofrecen es un subsidio por seis meses. La idea es juntarnos entre todos para pagarle a los propietarios por seis meses más”. ¿Y después?

Lucrecia no responde, pero sintetiza en una frase la impotencia, la incertidumbre y la negociación de la vida que significa esta historia:

“Estamos vendidos”.

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Independencia tomada

Los acaban de desalojar, piensan pelear por lo que les corresponde. Se trata de sus hogares, pagaban los alquileres hasta que se vendió la propiedad, y ahora solo les ofrecen la calle para vivir como opción. Se nos ocurre que este centenar de familias merecen una respuesta digna del Ministerio de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad. 

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100 familias.

Hoy,22 de agosto, 100 familias, más de 350 personas, acaban de quedar en la calle.

Leés esta nota y ellos ya están en la calle.

¿Qué se siente?

Digo, ¿qué se siente estar en la calle?

Ariel cierra los ojos. Juan arquea las cejas hacia arriba. Beatriz tapa su labio superior con el inferior y levanta el mentón.

Cuatro años y algunos hijos después, ni se lo imaginan.

¿Tendrán viviendas los encargados de dar soluciones?

¿Podrán elegir dónde vivir?

¿Tendrán agua caliente?

¿Y calefacción?

Porque Beatriz, Juan y Ariel no.

Pensá que vos te enojás cuando lavan los platos mientras te estás bañando porque te sale un poco más fría…

¿Cuánta gente vivirá en los departamentos de Puerto Madero?

¿Habrá unos cien libres?

¿Tiene que ocuparse una nota de preguntarse esto?

Una escalera, perros, otra escalera, ropa tendida, una escalera más y la terraza del edificio desde donde se ve toda Balvanera.

“Nosotros no usurpamos este lugar, fuimos personas estafadas por las personas que regenteaban el hotel”.

Se nota que fue un hotel, los pasillos alargados y los cuartitos numerados, la cocina común, cuatro baños para todos, lo grande del lugar.

“No es que es estamos acá por gusto y por placer, solo lo hacemos por una cuestion de necesidad, y si nos dan una solución nos vamos a ir tranquilamente”.

Desde la terraza se ve que el edificio va de lado a lado de la cuadra.

Ariel señala a la izquierda: los vecinos coreanos del supermercado son los que compraron esta propiedad. Esta. La de esta terraza.

¿Vendrá algún tilingo energúmeno a decir, ahora, en esta situación, que “los extranjeros nos sacan las cosas a los argentinos”?

“No queremos quedarnos con una propiedad, lo que buscamos es una solución a nuestro problema”.

El problema empezó en noviembre de 2008, cuando las familias que vivían en este hotel familiar pagaron el alquiler del mes y, a los diez días, los gerentes avisaron que la propiedad había sido vendida y que las familias se tenían que ir.

El 20 de diciembre, los gerentes desaparecieron.

“Hemos quedado solos”.

Aparece Bruno entre las sábanas. Tiene 2 años, mocos. Cómo subió las tres empinadas escaleras es un peligro y un misterio.

El sentido común, la necesidad, la injusticia, la desesperación, los hijos, el futuro hicieron que 100 familias que se conocían lo necesario de la convivencia empezaran a organizarse para salir. Juntos.

“Hicimos reuniones, nos contactamos con abogados de movimientos que luchaban contra los desalojos, fuimos a la Defensoría, al Ministerio de Desarrollo Social”.

Pero la causa que estudiaba el desalojo, presionada por los nuevos propietarios coreanos, avanzaba.

“La única respuesta de Desarrollo Social fue que primero van a desalojar y después, afuera, se verá que van a hacer”.

Leyó bien: ésa fue la respuesta de Desarrollo Social de la Ciudad, y no de la policía.

Todo esto en 4 años.

Ése fue el tiempo que lograron estirar la causa judicial, hasta el 18 de julio de este año.

“Infantería, carros hidrantes”, enumera el recuerdo del desalojo Beatriz Agüero.

“Cerramos la puerta y dijimos que de acá no nos íbamos”.

Betty siente que tiene que dar una razón: “Porque toda la gente que vivimos acá ibamos a salir a la calle con una mano atrás y otra adelante, porque ningún organismo nos dio una solución”.

Pidieron entonces una prórroga al juez.

“Por lo menos hasta fin de año, porque los chicos van al colegio en la zona. Además que entendemos que hace mucho frio para sacar a los chicos a la calle”.

Pero la justicia es insensible.

El ultimatum sería el 2 de agosto.

El gobierno porteño ha tomado casi como un deporte el desalojo de familias de viviendas tomadas por la necesidad, al tiempo que no ha construido una sola casa en los últimos tres años: Más casas tomadas.

Betty tiene una teoría: “Desalojar gente lo toman como una administracion, un tramite administrativo. Nosotros somos número para ellos. No somos personas, gente enferma, niños: somos número”.

¿Qué son?

Juan:

-Tengo un recibo de sueldo de 1070 pesos, no es un recibo bueno, cobro el mínimo de todo, pero bueno, tengo un trabajo fijo.

-Yo ya estoy viendo un alquiler por Moreno, 1500 pesos.

-Pero de Merlo a Olivos, donde trabajo, tengo 3 horas y media.

-Y mi señora está haciendo la escuela acá en la calle Jujuy.

-Mi nena tiene 7 meses.

-Estoy pensando continuamente que me pueden desalojar, llegar y que mi familia no esté.

-Está dificil.

Lucio, que mide medio metro, se acerca con una bolsa enorme de pochoclos y dice: “¡Cojan todos los que quieran!”.

Es domingo, la mayoría de las familias está porque no se trabaja, hay asamblea.

Beatriz la lleva adelante. Levanta la voz y dirige el temario, pero todo el tiempo incita a los otros a que hablen y participen.

Su éxito no es total, pero alguno por allá, y otra por acá, se van animando.

Se discute cómo hacer pública la situación de esta casa, la única forma de estirar el inminente desalojo.

Se nombran a diputados, movimientos sociales, al periodismo.

Se da el alerta sobre una abogada particular que quiere aprovechar la situación y pide plata a las familias.

Se acuerda no dejarla entrar más.

Se planea un festival solidario.

Un corte de la avenida.

Se pregunta quién irá “mañana” a la Defensoría de la Ciudad.

Betty insiste: cualquiera puede ir, todos los que puedan.

Una mano allá, otra por acá, dos, tres, cuatro, cinco.

Un joven de no más de 15 años dice: yo también.

En Independencia 2969 los chicos se apuran para ser grandes, los más niños miran atentos y serios la ceremonia de la asamblea, y los grandes que discuten, en realidad, están pensando en esos hijos.

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La casa de los sueños

La casa tomada de Paseo Colón al 1000 se abre como centro cultural a todos. La gente que allí vive te cuenta cómo es de mierda vivir en la calle, y qué nunca dejar para superarlo.

Midiendo muy pocas consecuencias, continuamente la sociedad se reproduce en su conjunto. Hablamos de los nacimientos y del mantener la propia vida. En ese movimiento ciclico, la reposición de sujetos implica su reposicionamiento. Pero, como todo proceso productivo, genera siempre desechos residuales. Y tratandose de un 24/7, la creación de desperdicios es incesante.

Hasta el menos avispado verá que acá estamos hablando de personas. ¿Cómo referirse así a otros ciudadanos?. La indignación y el repudio lo dominarán todo.

Es que es más sencillo mantener un discurso con palabras sutiles y cordiales, que entender qué hace la gente que al sistema no le sirve.

Entonces: la gente en situación de calle, ¿quién se ocupa de ellos?, ¿dónde quedan sus derechos?

En la toma social de viviendas, ¿cuál es el mandamiento que dice que el derecho constitucional a la propiedad privada está por encima del de la vivienda digna?

Paseo Colón 1068

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Nos reciben dos de los vecinos que habitan este galpón largo y alto que se transforma en vivienda desde hace ocho años, con su toma. Hoy viven con dignidad doce familias, pero no solo en la idea de proveer un techo queda su horizonte: funcionan talleres, un comedor popular para gente en situación de calle, ese ingrato lugar desde donde todos vienen, y el sábado 29 de junio se inaugurará el “Centro Cultural De Abajo” abierto a toda la sociedad.

José, grandote de algo más de cinco décadas, y María, bien bajita, morocha de pelo corto, son miembros de la Asamblea del Pueblo, la organización que encauza los procesos de recuperación de viviendas junto a las familias que sufren situación de calle. Nos reciben en la planta baja que pronto será centro cultural. El objetivo de la Asamblea es la gestión de espacios como estrategias de contención de toda esa gente para la que la calle es su realidad: personas sin vivienda, obreros, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas y de los más disimiles personajes. “Se trata de generar en el grupo una idea de familiaridad -habla firme José-, que nos sintamos todos como una gran familia”. Mientras conversamos, otros vecinos se mueven mucho: pintando, colocando cortinas y limpiando el lugar.

“La idea de hacer el centro cultural –cuenta María-, es hacernos conocer un poco más, por la gente del barrio y que sea un centro de difusión cultural. Que los artistas vengan acá y puedan trabajar. Para la gente aún en situación de calle, para los de la Asamblea y también para la sociedad en general. Nos quedó un poco chico el otro centro cultural, el “Rosa Luxemburgo”, en Carlos Calvo 546”.

En un hotel de mil estrellas

-¿Qué es lo que te pasa por la cabeza cuando estás por la calle? ¿Cuál es tu experiencia y ahora verlo todos los días con la gente en el comedor?

galpon tomado-José: Estuve en situación de calle casi un año, durmiendo siempre en paradores públicos acá en Capital. En el parador vos tenés horarios para entrar, para salir, para comer, para bañarte, para todo. Después pasé a alquilar una vivienda con un grupo de gente que nos hicimos amigos en el parador; pero tuvimos problemas con el alquiler de la casa, no porque no pagásemos. Así que tuvimos que abandonarla, pero vinimos rápido acá, ya que los conocíamos por venir al comedor y participar de algunas de las movidas que se armaban. Mientras tanto, yo seguía sin tener laburo. Vinimos a hablar y ellos evaluaron que nosotros éramos gente cumplidora, comprometida y nos ofrecieron ir a vivir a una de las viviendas. Nos recibieron de maravilla, todo perfecto y a los dos meses de vivir acá, estando conviviendo y participando de las actividades, finalmente conseguimos laburo en la organización. Siendo paciente, respetuoso y participando podés conseguir tu trabajo. Hace un año y tres meses que estoy laburando y viviendo acá. Me cambió totalmente la vida.

-¿Cómo cambió la realidad en tu cabeza?

-Lo bueno que tuve en esos momentos de estar en la calle, es que estaba fuerte de la cabeza. Siempre supe que era una cuestión de tiempo, conseguir algo. Ya que me considero un tipo capaz. Por eso nunca caí en la bebida, en alguna adicción, ni en la desesperación, porque si caía, si me volvía más loco, iba a ser para peor. Había que esperar, de un momento a otro se me iba a tener que dar vuelta. No es que ahora nade en la felicidad, no porque no esté contento con lo que tengo, sino porque uno siempre quiere progresar.

-¿Qué situaciones son las que te debilitan en la vida en la calle?

galpon tomado-Por ejemplo sentía algo fuerte cuando iba a hacer la cola para entrar a algún lado a dormir o al tener que respetar tiempos para irme a duchar. Yo quiero llegar a mi casa después de laburar y bañarme, o bañarme a las cinco de la mañana, sin tener que ir respetando tiempos estrictos. Ese tipo de situaciones te desgastan, te hacen bajar la guardia; pero, repito, siempre tuve fe y esperanza que iba a salir de esa situación. Yo siento que el cambio estuvo, y ahora por suerte estoy feliz de lo que hago, poder estar y dar una mano por alguien que lo necesita.

-¿Cómo es el día a día en situación de calle?

-Ya la persona que está en calle y que está un poco mal de ánimo cae en la rutina de la calle. Esa persona se levanta, tiene que ir a desayunar a tal lado a las 8am y cuando termina se va a otro lado a desayunar a las 9am. Después se va al primer comedor para almorzar y cuando termina busca otro lugar. Entonces cuando llega la tarde ya está pensando qué hacer el día siguiente: a dónde ir lunes a sábados, a dónde ir sábados y domingos. Cómo cuidarse, ya que a algunos el parador no les va porque no quieren que nadie les imponga un horario o un modo de conducta, entonces ya están en la calle total. Tienen que cuidarse de que no les roben sus mochilas, sus zapatillas mientras duermen, que son cosas que suelen pasar. Todos los días te encontrás con esas cosas; mismo por robarles les dan golpes… Es una vida durísima, horrible.

-¿Cómo es la vida en los paradores?…al menos cuando lográs ingresar…

-Tenés que hacer una fila, llegar temprano porque si entraron muchas personas y se cubrieron las camas, quedaste afuera, no tenés otra alternativa ahí que irte a la calle. Otra cosa también es el maltrato que puede haber. A veces algunos coordinadores ponen de punto a alguno y se la tienen que bancar o no entran. También tiene su lado bueno: la gente, en mi caso encontré un grupo de amigos, con los que seguimos juntos acá. Pero también las actividades que se arman, como talleres de literatura y radio a los que iba. Esas cosas son las que te hacen bien, te ayudan a salir de la desesperación y te fortalecen.

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Tomala vos

Manual para entender las razones de la toma social de inmuebles. Cómo debe comportarse para ser parte y qué debe hacerse para sostenerse en el tiempo como una forma viable de hacerse con el derecho constitucional de vivienda digna.

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Según estadísticas que publica la propia Dirección de Estadística y Censos de la Ciudad, el Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) no construyó una sola casa en los últimos tres años.

En ese mismo período, según los resultados del último censo de la ONG Médicos del Mundo se habría duplicado la cantidad de personas que duerme en la calle: pasó de 674 durante la temporada otoño-invierno de 2009 a 1283 en el mismo período de 2012. La Fundación Sí calcula que ya son cerca de 1400 personas.

Hace un año, Mauricio Macri brindó una conferencia para ofrecer datos propios. Sostuvo que según un operativo que compara el período 2009-2011 hubo una disminución del 35% de las personas en situación de calle: de 1356 a (nada más) 867 personas en 2011. Ésa fue la cifra que redondeó el gobierno porteño por última vez.

Paco Urondo sentenció: la única verdad es la realidad.

La Asamblea del Pueblo de San Telmo cumple 11 años participando en procesos de recuperación de viviendas junto a familias en situación de calle. Gestiona dos comedores gratuitos, dos restaurantes populares, un centro cultural y el mercado de San Telmo como estrategias de contención. En esos espacios circulan no sólo personas sin vivienda sino obreros de la construcción, vendedores ambulantes, motoqueros, empleados precarizados, prostitutas, personajes variados que tienen un factor común: la calle. Con ese termómetro de la realidad, el referente Rubén Saboulard dice: “Las dos cifras me parecen equivocadas”.

Hace cuentas:

-Tenemos un promedio de 250 a 300 personas que comen en la Asamblea todos los días.

-No creo que ahora sea peor que hace un par de años, yo creo que se estabilizó. Me da la impresión que el pico fue hace un año y medio-dos, la época en que el parador estaba repleto.

-El año pasado el Gobierno de la Ciudad otorgó 12400 subsidios habitacionales.

-Lo que sí he visto es un aumento importante en la ocupación de viviendas. Y eso que se sacó gente de la calle. En la Justicia de la Ciudad están ingresando un promedio de dos denuncias de usurpación por día, lo cual te da en 200 días hábiles un total de 400 usurpaciones anuales. Siendo pesimista, si cada ocupación involucra 8 familias, son casi 4 mil personas que ocupan viviendas.

La calculadora mental de Rubén determina: “Hay un promedio de 5 mil a 6 personas en situación de calle”.

La anécdota de los números revela las diferentes formas de encuadrar y leer la realidad. Las cifras vuelven impersonales a las personas y enfrían sus historias, que es de lo que, al fin, sabe Rubén: “El 90% de la gente que vive en la calle se nuclea en siete u ocho barrios de la Ciudad: Constitución, La Boca, San Telmo, Congreso, Monserrat, Retiro, Balvanera-Once y algo de Barrio Norte. Entonces depende de cómo hagas la medición, dónde y hasta en qué momento del año, vas a tener una imagen distorsionada”.

Los subsidios habitacionales también aportan a esa distorsión: que no estén en la calle no significa que tengan resuelto el problema de la vivienda. Esta política encarna una contradicción constitucional: el Estado, que debe garantizar el acceso a una vivienda digna, reconoce su falta y la emparcha. La cifra máxima del subsidio es de $1200; el tiempo, durante seis meses, renovable otros cuatro.

¿Y después?

Comedores, iglesias, baños públicos forman parte del circuito cotidiano de quienes no tienen techo y necesitan comer y bañarse. “Es como las palomas: si vos tirás maíz acá, dentro de un mes tenes 500 palomas. En la calle, ¿dónde vas a estar? Cerca de los comedores, de las iglesias que permiten bañarte, donde la cana no te puede golpear… Y de día en los lugares donde se saca una moneda: limpio parabrisas en los semáforos, cuido autos, limpio vidrios en los negocios, mendigo, malabares… Si hago eso en Mataderos o Floresta, me muero de hambre”.

Los comedores de la Asamblea del Pueblo no son como cualquiera: “Acá comes carne todos los días, 150 gramos de carne o pollo, una sopa que se puede repetir y una fruta”, cuenta Rubén, orgulloso. Los llamados “restaurantes populares” no son en cambio gratuitos pero apuntan a trabajadores de bajos recursos: “Por 20 mangos comés un plato de sopa, un plato de comida con algo de carne, jugo, pan, postre y café”.

La fórmula de la Asamblea del Pueblo no la tiene ni Moreno. Lo que cuenta Rubén no es una propaganda sino la demostración de la gestión de los recursos que el Estado debe darle a los comedores comunitarios por problemas que no soluciona, como sucede en el caso de los subsidios habitacionales. El embudo de responsabilidades que toma la Asamblea va desde la comida de los comedores hasta empleos sostenidos (tareas gastronómicas en los comedores, un puesto en la feria de San Telmo), pasando por las tomas de vivienda para las familias más necesitadas.

“Acá no entra cualquiera, como a ningún lado entra cualquiera. No entrás borracho, no entrás fisura, no entrás gediondo”, enumera los mandamientos Rubén. “Porque una cosa es que no tengas dónde comer y otra es que le cagues la comida a una familia. Y la verdad es que no tenemos casi incidentes. Alguno por mes, cuando vienen a resolver en la puerta del comedor la pelea que tuvieron la noche anterior… Bueno, esos no entran. Los que hacen quilombo pierden: la mejor disciplina es esa, es muy importante lo que podés perder, entonces es mejor hacer buena letra”. Los mejores alumnos terminan vinculados al resto de los movimientos de la Asamblea, laboral, temporal y sentimentalmente.

Otro dato clave en esa construcción: no sólo es necesario mantener cierto orden dentro, sino quedar bien con los de afuera. “El comedor no jode al barrio. Como acá entran 40 a comer por turno, siempre tenés gente esperando. Pero, ¿qué conseguimos? Que no le meen la puerta al vecino, que no se pongan a fumar un porro o escabiar ahí… ¿Qué culpa tiene el vecino de que el tipo está en la miseria? Es más, el vecino nos ayuda a nosotros a sostener el comedor”.

Las relaciones más ásperas que mantiene la asamblea no es con propios ni ajenos, sino con los de más allá: el Estado, en sus variantes. Los puntos críticos de esta relación se cristalizan en los procesos de recuperación de viviendas.

Paso a paso

-Nosotros vamos con un plan que incluye ya tener los volantes diciendo que hay un grupo de familias desesperadas viviendo en la calle… Y le avisamos antes a los abogados, a los organismos, a todos que esa noche va a haber una movida.

-Cuando vamos ya sabemos quiénes van a ir a vivir. Cuando ocupamos la de México 743 tuvimos antes acá a las 15 familias que iban a ir a vivir.

-Una vez que entrás, los vecinos generalmente llaman a la Policía, que pasa ese día. La comisaría 2° es muy especial, es la que tiene el mando político de los principales centros políticos de la Ciudad: la Legislatura, la Jefatura de gobierno y Plaza de Mayo. Por lo tanto el cana que está ahí es un cana muy monitoreado, es un cuadro político de la cana… El que está en la 4°, ése es un carnicero, narco… Yo no digo que haya canas buenos, ¿está claro? Simplemente hay diferencias por el rol que cumplen: los de la 2° son canas que con organizaciones sociales son muy cuidadosos.

-Una vez adentro, organizás la casa: si tenés cuatro pibes, no podes estar en este sucucho. Vos estás solo, vas con aquél… Armás la distribución de tareas, ponés la luz, el gas, la limpieza, fijás un criterio de convivencia, y elegís uno o dos delegados. A partir de ahí hay que resistir la puerta: el dueño va a intentar venir con los matones, con la cana, con quien sea. Pero una vez que entramos a Tribunales ya estamos en otra historia: empezás a pelearla, a discutir los derechos del niño, pedís que venga el asesor tutelar, hay un montón de recursos que te permiten estirarla. El otro dia Garabano decía que el promedio de desalojo es de seis meses, y no es así, el promedio de desalojo está en más de un año.

Sin embargo, hay veces que las estrategias cambian, los planes se desmoronan y es necesario el ingenio: “Una vez, sabíamos que había una casa libre y teníamos a 15 familias en la calle – relata Rubén-. Le pedimos al propietario alquilarla y nos dijo que no. ¿Qué hicimos? Alquilamos un colectivo, cargamos las viejas, los perros, los colchones, los pibes, todo. Murillo al 600, bajamos del colectivo, acampamos en el comercio del tipo en plena temporada navideña, una casa de camperas de cueros que valían como 10 lucas… El tipo salió enardecido a putearnos, llamó a la cana…. Al día siguiente, fuimos otra vez e hicimos una olla popular en frente del negocio. Finalmente nos terminó alquilando la casa por 60 mil pesos por año, pagando anticipado. Hasta el día de hoy estamos en la casa, ahora estamos pagando 90 lucas por año. 90 lucas dividido por 22 habitaciones te da menos de 5 lucas por año”.

México 640

¿Qué métodos son los legítimos para hacer cumplir la ley? ¿Quién tiene la culpa de ello: el comerciante o el Estado? ¿Quiénes son las víctimas: el comerciante o las familias? ¿Quiénes son los victimarios? ¿Dónde carajo terminan las preguntas?

La Asamblea del Pueblo mantiene cinco ocupaciones asentadas, entre ellas los comedores, el centro cultural y un enorme galpón donde planean abrir una sala de teatro con una capacidad de 80 personas.

En algunos casos, como la propiedad del comerciante de las camperas de cuero, negociaron con los propietarios alquileres a muy bajo precio que entienden las situaciones límite de las familias. En otras, las casas están envueltas en litigios legales que permiten la ocupación y apropiación de la vivienda.

…como lo demuestran Luisa y José.

Detrás del comedor, México 640, viven doce familias desde hace seis años: señoras mayores, bebés, matrimonios, niños.

La casa es una estructura antigua de techos altos, patio interno y ambientes espaciosos. Una parra decora el cielo y se mete adentro del baño: acaban de hacer un baño nuevo sobre este árbol – único lugar posible- para agilizar las aseadas mañaneras previas al trabajo.

Luisa, 65 años, en la puerta de su cuartito tiene un cartel: “La casa de la Gata Flora”.

Se levanta a las seis de la mañana para arrancar la comida del mediodía: es la cocinera del comedor de la calle México.

Fue, antes, cocinera de clínicas de salud privadas y delegada: pasó raspando la dictadura.

“Yo tenía mi casa en Burzaco, murió mi marido, quedó una hija, me dejó más deudas… todavía estoy pagando. Viví muchos años en hoteles, en el último tuve problemas y ahí conocí a la asamblea. No me alejé más”.

La casa de la Gata Flora, con todo respeto, es un cuartito de espacio bien resuelto: cama, muebles, cocinita, mesa, espejos y hasta una computadorita. Estampitas, rosarios, fotos de los hijos y de los nietos. “Pieza de vieja”, lo dice ella.

José se ríe. Estaba acompañándonos en la visita. Él vive en otra casa tomada, un galpón que comparte junto a otras 17 familias.

“Viví mucho tiempo en paradores. De ahí conocí a un grupo de gente que ahora también está viviendo conmigo”.

“Caímos en un mal momento de la vida, nos juntamos y salimos”.

“Estuvimos alquilando un tiempo cerca de La Plata, después nos vinimos para acá. Ahí conocí a la asamblea, de venir a comer… Nos dieron una mano grandísima”.

José es el encargado del comedor: de lunes a sábado, del desayuno a la cena.

Pasó el mediodía, José está libre. Nos acompaña en la recorrida.

Rosa está libre, y contenta: las visitas la animan.

Pero no pierde seriedad: “Hablando en lunfardo, el gobierno nos dio una patada en el culo y que nos arreglemos”.

“Nos arreglamos”.

Luisa y José se dan un abrazo.

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Techo para todos

La resistencia de cuarenta familias en el edificio ex Padelai. En plena Buenos Aires el derecho a la vivienda digna es justicia por mano propia.

“El Estado otorgará los beneficios de la seguridad social, que tendrá carácter de integral e irrenunciable. En especial, la ley establecerá: el seguro social obligatorio, que estará a cargo de entidades nacionales o provinciales con autonomía financiera y económica, administradas por los interesados con participación del Estado, sin que pueda existir superposición de aportes; jubilaciones y pensiones móviles; la protección integral de la familia; la defensa del bien de familia; la compensación económica familiar y el acceso a una vivienda digna.”

Artículo 14 bis, Constitución Nacional Argentina.

Fotos: NosDigital

El artista Roberto Jacoby fue invitado por el gobierno a hacer una muestra llamada “Peronismo”.

Motivaron la convocatoria una serie de declaraciones de Jacoby en las que manifestaba cierta afinidad por el kirchnerismo. Parecía un buen momento para capitalizar su enorme trayectoria al servicio de una causa política.

Sobre este tema, es decir, sobre arte y política, Jacoby ya había dicho demasiado. Lo había dicho todo. Fue en Brasil cuando lo invitaron a una megaexposición que se llamaba, justamente, “arte y política”. Corría octubre del 2010 y la veda electoral por elecciones presidenciales.

La intervención de Jacoby fue una foto gigante: una foto de Dilma Roussef gigante.

La obra fue tapada con un manto negro por los organizadores, cumpliendo la restricción de la veda.

Jacoby lo había logrado. Su obra estaba terminada.

Con una mediasonrisa, parado al lado de la foto tapada, dijo: “Esto es lo que pasa con el arte y la política”.

Para la muestra “Peronismo” Jacoby pidió usar el Congreso Nacional. Le dijeron que por supuesto. Entonces hizo otra ampliación: una ampliación del artículo 14 bis de la Constitución nacional, incluido por Perón en la reforma del ’57, donde se consagran muchos derechos sociales básicos. Uno de ellos, el acceso a la vivienda digna.

Jacoby empapeló el Congreso con la letra del artículo 14 bis completo.

Duró pocos días. Del gobierno no lo llamaron nunca más.

Otra vez Jacoby, su arte, lo había dicho todo.

00 537La historia del edificio del ex Padelai, actualmente ocupado, es un caso emblemático de cómo se generan las políticas de exclusión en la Ciudad de Buenos Aires.

Desde los ’90, la ocupación del edificio oscila entre vecinos agrupados en una cooperativa, con problemas de vivienda irresueltos, y la concesión del predio por parte de la Ciudad; la diferencia la explica un contrato de propiedad del edificio que cada parte asume a su favor.

La carga social del ex Patronato de la Infancia se remonta a 1892, cuando nace como una institución filantrópica dedicada a dar auxilio a niños desamparados y en situaciones de riesgo y vulnerabilidad. Allí funcionaron un hogar, una escuela, un jardín, un hospital hasta 1970 cuando fue abandonado el lugar.

Ocho años más tarde los edificios fueron cedidos a la Municipalidad de Buenos Aires y, sin dárseles uso, fueron ocupados en la década siguiente por familias del barrio sin vivienda.

Durante la intendencia de Carlos Grosso se inició una gestión con una cooperativa para que las familias que vivían en el Padelai pudieran poseer la propiedad de los edificios.

La versión más pornográfica del tironeo sucedió en 2003 cuando, con la excusa del no cumplimiento del contrato, sesenta familias fueron desalojadas a palazos y gases por el gobierno de Aníbal Ibarra.

Seis años más tarde, durante la gestión del PRO, ocurriría algo no menos violento: la cesión de uso gratuito por treinta años del predio al Centro Cultural de España en Buenos Aires que la Legislatura votó en tiempo récord: seis días. La única condición que establecieron, que presentaran plazos para realizar las obras y la línea de la programación cultural, nunca se cumplió. Al menos fueron consecuentes: la actividad que le dio el CCEBA al centro cultural fue nula. Todavía hoy pueden verse gigantografías del lado de afuera que intentaron barnizar la vacuidad del lugar, nunca remodelado.

A principios del 2012 el CCEBA sinceró que no podrían construir y sostener el centro, argumentando deficiencias presupuestarias, aunque lo que desnudaron fue el sinsentido mismo de la cesión.

00 519“Con los ocupas no podemos”, ampliaba un comunicado emitido desde la embajada, aunque se desconocen los misterios semánticos por los que los españoles nunca fueron signados con el mismo mote por los medios masivos de comunicación.

Para ajusticiar esa interpretación, la Cooperativa de San Telmo aclara que tiene las escrituras y el certificado de dominio, nacidas de ese preacuerdo con la intendencia de Grosso.

En mayo del 2012 las familias volvieron a entrar al edificio, que había sido abandonado otra vez más.

Sus intenciones no son caprichosas: ofrecieron entregar la escritura a cambio de las viviendas necesarias. La burla del gobierno porteño fue proponer diseminarlos por algún lugar de la provincia de Buenos Aires; la cooperativa no aceptó: “Los chicos van a la escuela acá en el barrio, a una cuadra hay un centro de salud integral, no nos pueden sacar del lugar de donde somos”, explica Teresa, vecina. También aclara que su historia no le enseñó a confiar su fe a las promesas de los gobiernos de turno.

Hoy se mantiene latente una orden de desalojo que busca sacarlos del edificio.

Pero ninguna propuesta atiende las necesidades de las familias, que van proyectando su vida ahí adentro. Hasta van arreglando al edificio del tiempo y proyectan una feria cultural a cargo de organizaciones sociales del barrio.

Hoy viven más de cuarenta personas agrupadas en una cooperativa, y veintitrés chicos.

Pablito o el chico que quería salir

Pablito tiene once años y una fantasía: salir; atravesar la puerta y salir a la calle.

Si Pablito anda dando vueltas cerca, hay que estar atentos. La salida no se puede descuidar. Si no lo sigue la madre, el que está por ahí nomás le tira del brazo. Pablito, no.

Pablito agacha la cabeza y vuelve (hace que vuelve), y apenas puede gira y corre hacia la puerta de nuevo. Pero todos conocen el número.

Pablito no puede andar solo afuera. Tiene un retraso madurativo.

Y si bien nunca salió solo, no se sabe qué misterio lo atrae.

Quizá sea el reflejo de las corridas del día de la represión, la imagen de la violencia, cuando todavía era un nene.

Quizá sea un trastorno provocado por la vigilancia permanente en la puerta, a cargo de la Policía Metropolitana, que de noche duerme en el zaguán del edificio.

O por ahí es que Pablito, simplemente, todavía, no se siente en casa.

00 531El sueño de Verenice o la niña que contaba amaneceres

Verenice, nueve años, duerme sólo de día. De noche no pega un ojo.

Verenice va al colegio sin dormir, vuelve a almorzar, hace una tarea, juguetea y a la hora nomás le agarra sueño; se duerme a la tarde y se levanta a eso de las diez, once de la noche. Y así.

Son las seis de la tarde y tiene cara de cansada. Su madre se asombra que no esté durmiendo, pero dice “mejor, así duerme un rato a la noche”.

Le pregunto cómo hace ella para dormir y vivir. “Trabajo a la noche, entonces intento dejarle la puerta cerrada si se queda sola, pero ella sale igual, no sé cómo”. Verenice nos lanza una mirada desobediente.

Ríe. Tararea una canción y se pone a bailar bajo la sombra que aporta la galería.

“Le encanta estar acá y en el jardín”, cuenta su madre. Cuenta que Verenice, cuando se escapa del cuarto, viene al jardín. Se queda bajo la luna sola. “Le gusta ver el amanecer”. Y se va al colegio.

Psiquiatras, médicos y psicólogos no han podido corregir su sueño. Según los especialistas, Verenice sufre una extraña patología. “Todo un tema” prefiere definir su madre.

Este cuento dice que Verenice cuenta amaneceres. Un, dos, nueve años de amaneceres. Cuenta uno más cada día porque no sabe cuántos más habrá. Ahí, en ese patio que tanto le gusta.

La mirada de Teresa

A Teresa también le gusta el patio. “El fin de semana me gusta ir ahí”, señala un cuerpo del edificio, “bien arriba, y sentarme a ver el jardín”.

Lo dice y miramos como reflejo. Miramos el jardín. Pablito, Verenice y otros chicos corretean. Más allá se ven dos piletas pelopincho. Dos arcos de futbol que imaginan una cancha. Y mucho verde.

“Me encanta mirarlo cuando estoy tranquila, es lo más lindo que tiene el lugar. Imaginate que yo nunca tuve esto”, dice Teresa. Me imagino. La veo en una habitación, una, con sus cinco nenes. La veo sin marido. Imagino una televisión prendida, o una radio.

Y me corta el pensamiento el canto de un pájaro.

Teresa no lo dice por confort. Sólo que no está acostumbrada a los hidromasajes, un sillón vibrador y no consigue la última versión del ipod touch. Entonces lo dice para trazar la paradoja que define su vida: su miedo a que un día la echen, le peguen y la dejen en la calle, sin jardín.

Donde los destinos van

Apoyados por organizaciones barriales y eventualmente por partidos políticos (“estaban los del Movimiento Evita pero se fueron porque los ascendieron de puesto a los chicos, y no podían venir más”), las familias resisten.

Resisten en el silencio que hay un día de semana cualquiera y bien de día, mientras los grandes trabajan y los chicos estudian.

Resisten la noche y el frío. El invierno.

Viven resistiendo desde que los gobiernos de turno eligieron no hacerse cargo de los más carenciados y a) patear ese problema a las provincias, b) dar soluciones provisionales, c) pegarles, d) regalarles un edificio a los españoles, e) no hacer nada.

Todo eso sucedió con las familias que viven en el ex Padelai y muchas otras que se ven obligadas a ocupar espacios abandonados para hacer justicia el artículo 14 bis y poder desplegar eso que los fundamentalistas llaman “vida” y a lo que el peronismo agregó “digna”.

No sabemos bien qué es, pero tiene la sonrisa de un niño.

Embrollos, fatos y paquetes

No lo dice La Renga esta vez. Lo reclaman los miembros de la cooperativa San Telmo, del ex Padelai, que volvieron a tomar el edificio del que los echó el gobierno de Aníbal Ibarra, en 2003. Uno que el macrismo después le dio al Centro Cultural de España en Buenos Aires. Uno que ahora está cercado por la policía Metropolitana, que se para en la puerta con una lista censada en donde, cada vez que se quiere entrar, alguien revisa si aparecés en los papeles o no. Aquí, una historia de idas, de venidas y, sobre todo, de irregularidades.

En el artículo 14bis de la Constitución Nacional se lee que cada ciudadano de nuestro territorio tiene derecho no sólo a no dormir a la intemperie, sino también a hacer uso de una “vivienda digna”. Un estudio reciente asegura que el gasto total destinado a la impresión y a la compra de la Constitución desde 1955 es equivalente al necesario para cubrir el problema de la indigencia en todo el país. Esta contradicción se comprende mejor si apreciamos la siguiente obra del dibujante Diego Parés, cuya lucidez sintetiza la distancia de hambre entre Derecho y Sentido Común:

El último 6 de mayo más de 60 familias ingresaron a un edificio en el barrio de San Telmo: el ex Padelai (Patronato de la Infancia), caso testigo del modo en que se generan las políticas de exclusión en la ciudad de Buenos Aires. Su historia es larga: en el 84 fue ocupado por una cooperativa que nueve años más tarde recibió por parte del intendente Carlos Grosso el 70 por ciento de la escritura del inmueble en condiciones irregulares. En el 2003 el gobierno de Aníbal Ibarra ordenó un violento desalojo que dejó a 24 familias en la calle y a 52 personas en la comisaría. Avalado por peritos que aseguraban un supuesto inminente derrumbe, truco de emergencia edilicia, Ibarra ofreció un subsidio de 30 mil pesos a los miembros de la cooperativa para que desalojaran el Padelai. Algunos aceptaron, pero otros resistieron. Entonces vinieron los palazos, el vaciamiento y una promesa: destinar el ex Padelai a actividades barriales. Los 5.970 m2 del complejo, en una zona donde la fiebre inmobiliaria genera tanta especulación como tramoyismo, hicieron que las actividades barriales se transformaran en una expropiación y más tarde en una cesión del edificio a la embajada española.

Lo primero ocurrió en marzo de 2009, cuando el gobierno de la ciudad decidió que el Padelai era un edificio histórico y que para su expropiación (aprobada por la ley 3024) se pagarían 12 millones de pesos a la cooperativa que se adjudicaba parte de la escritura. Ese depósito existió, actualmente está a nombre de la Cooperativa de Trabajo San Telmo, es de 8.4 millones de pesos y está congelado. Carlos Vargas, presidente de la cooperativa que ocupó históricamente el Padelai y que hoy, después de 261 de acampe fuera del edificio, está otra vez del lado de adentro, explica el porqué: “Nosotros no tocamos esa plata. Queremos que el gobierno mismo la use para solucionar el problema de vivienda de todas las familias que están acá adentro”. Pero hay problemas administrativos que no los favorecen: los papeles de la cooperativa están perdidos, jurídicamente no se conoce quiénes son sus miembros, los libros de actas desaparecieron o fueron robados, el abogado de toda esta gente es el hijo del ex ministro de Justicia de Carlos Menem y se llama César Arias.

Lo segundo fue la cesión, autorizada por la Legislatura durante agosto de 2009 gracias a la ley 3024, otra vez bajo el gobierno de Mauricio Macri. Más sospechoso que el tiempo récord en que se le dio curso a esa medida son sus condiciones, que otorgan por un plazo de 30 años y en forma gratuita el total del edificio al Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA). Las únicas restricciones que se le hicieron a ese grupo de prohombres fue que presentaran “los plazos para realizar las obras, el proyecto arquitectónico y la línea de la programación cultural”. Tres años después sabemos que no cumplieron con estos requisitos mínimos y que incluso se llevaron puertas y hasta partes de los baños, demostrando cuáles son las nuevas técnicas que despliega el viejo saqueo internacional.

En tiempo presente

Hay dos custodios en la puerta del Padelai. Los dos son fácilmente reconocibles a causa de esas luces que a la mayoría nos perturbaron hasta el séptimo acto de la vida onírica: uno es la Policía Metropolitana, otro es la Policía Federal. La Metropolitana tiene una lista de nombres derivada de un censo interno que hicieron los ocupantes del Padelai. Por orden de la justicia no entra nadie ajeno a ese censo. La Federal descansa. Dos arquitectos llegan desde la Defensoría del Pueblo de la Ciudad para comprobar, nueve años después, que la excusa de Ibarra para el desalojo era falsa. La propia Defensora del Pueblo no tiene respuestas ciertas sobre el asunto y asegura estar realizando “una búsqueda arqueológica” para poder presentar un informe y un dictamen. El Gobierno de la Ciudad se ausenta a una mediación pactada entre la cooperativa San Telmo y los miembros de la embajada de España.

La suma de los gastos generados por estudios sobre daño habitacional, consultorías sobre mendicidad, censos sobre indigencia, proyectos hipotéticos para construir más casas y sueldos de todas las personas encargadas de resolver el problema de la vivienda a nivel ciudad supera el dinero necesario para resolver el problema mismo de la vivienda. En el caso del Padelai hay algo parecido. El conflicto parece estar en los intermediarios. La demora, la burocracia, el lujo de solventar funcionarios cuya propia actividad entorpece la vida misma, la violencia institucional entendida como forma de destinar recursos públicos para analizar problemas que no se resuelven nunca o para inventar incluso nuevos problemas, la ceremonia ahí donde hay una emergencia, el delirio, el intermezzo, la insensibilidad, la falta de acción, el uso de la fuerza pública: esto es lo que resumimos habitualmente como gestión pública y deberíamos llamar políticas de exclusión. Pero lo cierto es que lo llamamos, con la cara de quien es invitado a ver una obra que resulta ridícula, nuestro proyecto de humanismo. Esa obra en forma de tragedia comenzó a representarse en tiempos de la Grecia de Pericles y fue titulada Democracia.

Según el presupuesto estimado para el año 2012, el INAES (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social) tendrá a su disposición más de 331 millones de pesos. Según otras estimaciones más serias -realizadas por especialistas del INCE (Instituto Nacional Contra la Estupidez)- Argentina tendrá, por cada habitante en situación de indigencia, un funcionario dedicado exclusivamente a resolver ese problema. La fecha aproximada de la estimación es mayo de 2020. El informe advierte a su vez que “es necesario reducir los niveles de indigencia de manera progresiva pero drástica. En caso contrario, el número de funcionarios bajo la órbita del estado para esa fecha significará una dificultad que hundirá al gasto público en un grave déficit presupuestario, déficit que cualquier administración seria no puede permitirse.”

Hacia una ley de expropiación

Está en tratamiento el proyecto de ley que da la chance de expropiar el hotel Bauen a manos de sus trabajadores. Esos laburantes que luego de la crisis del 2001 formaron una cooperativa, pusieron el lomo y salieron a adelante, administrando y autogestionando un hotel de cuatro estrellas en pleno centro porteño. Un ejemplo clave de lo positivo que dejó la crisis que, con su legalización, puede sentar presendente para muchos casos por venir.

Foto: Nos Digital.

Los trabajadores del hotel recuperado Bauen enfrentan semanas decisivas. El pasado martes 10 abril se reunieron con asesores de distintos diputados para tratar los dos proyectos de ley que plantean la expropiación del edificio a su favor, con resultados positivos. La instancia clave sería la del día siguiente, miércoles 11, día en que el tema iba a ser tratado en la Comisión de Asuntos Cooperativos, Mutuales y Oenegés de la Cámara de Diputados. Sin embargo, los funcionarios suspendieron la reunión y la reprogramaron para el 26 de abril, fecha que saltea el otro round clave en la pelea por la expropiación: el 19 de abril fueron citados al Juzgado nº 9 de Capital Federal. Así sintetiza el llamado el propio presidente de la cooperativa que autogestiona el hotel, Federico Tonarelli: “Si la causa sigue curso, no es en un sentido favorable para nosotros”.

Los trabajadores presumen se les notificará una nueva orden de desalojo. La misma que pesa sobre ellos desde 2007, impulsada por el macrismo: en 2005 ganaron enla Legislaturauna ley que perdona una deuda impaga de los anteriores propietarios y declara “nula” a la cooperativa de trabajo para manejar el hotel. En efecto, la única diputada que en la reunión del 10 se manifestó explícitamente en contra de la Ley de Expropiación pertenece al actual bloque del Pro. Sobre el resto, Tonarelli cuenta que hasta los asesores de diputados del Frente Parala Victoria– que tiene mayoría en ambas cámaras, y por ello la última palabra- remarcaron la importancia de la ley. Habrá que ver si unen sus dichos con sus hechos.

Los dos bloques que impulsan proyectos paralelos pero similares son Libres del Sur, a través de Victoria Donda, y Nuevo Encuentro, encabezado por Martín Sabatella. Donda ya había presentado un proyecto de Ley de Expropiación en 2009, que perdió estado parlamentario en 2011. Este año volvió a la carga con “algunas diferencias técnicas”, cuenta Tonarelli, en paralelo con una nueva presentación de diputados de Nuevo Encuentro. Lejos de perfilar una puja partidaria, Tonarelli cree que ambos proyectos fortalecen la necesidad de expropiar el edificio. Desde fines de los 90 existen leyes que permiten expropiar al Estado un inmueble y que éste pueda decidir su futuro. Es el caso de muchas recuperadas que logran quedarse legalmente con una fábrica, por ejemplo, pero no de otras que continúan resistiendo amenazas de desalojos. El caso del Bauen es particular: “Como no hay todavía un marco jurídico que nos pueda contener a todas las empresas recuperadas, impulsamos un proyecto de expropiación con las particularidades de nuestro conflicto; específico para el hotel Bauen”, explica Tonarelli. Además de fundar la expropiación en la “utilidad pública”, el proyecto autoriza al Poder Ejecutivo “a transferir bajo cualquier título o modalidad” todos los bienes del Bauen a la cooperativa conformada por sus trabajadores. “Junto a este objetivo, nosotros siempre planteamos la salida de la expropiación y seguimos trabajando con la idea de un proyecto que aporte a la resolución del conflicto de todas las recuperadas”, cierra Tonarelli.

Por todo esto, para enfrentar la citación del 19 (para la cual convocaron a una marcha, para no llegar solos) era imprescindible la reunión del jueves 11 en la Comisiónde Asuntos Cooperativos, Mutuales y OeNeGés de la Cámara de Diputados, la primera instancia en el tratamiento de la ley. “Sabían claramente que el 19 tenemos una audiencia y que era muy importante conseguir un despacho favorable en la Comisión de Cooperativas”, dice Tonarelli sobre los diputados.

El lado oscuro del BAUEN

Atrás los lamentos, la historia (los argumentos) que sostiene el reclamo de los trabajadores comienza no casualmente en el año 1978: el Hotel Bauen fue construido para ampliar la infraestructura de servicios del Mundial del mismo año, por iniciativa del gobierno militar. Tonarelli: “El hotel fue construido con fondos públicos del Estado y con un préstamo del ex Banco Nacional de Desarrollo”. El beneficiario fue un tal Marcelo Iurcovich, a quien la confianza del Estado militar lo hace, al menos, sospechoso.

En la década del 90, sus cinco estrellas, sus 250 habitaciones, los 20 pisos, las salas de convenciones, la discoteca, el teatro, la piscina y el solárium habían perdido su novedad ochentosa, y el hotel entró en decadencia. Consumada la crisis, en 1997 el Grupo Solari intentó hacerse cargo del hotel y de una deuda inmobiliaria de 12 millones de pesos. Pero tres años más tarde, considerando inviable el proyecto, y habiendo pagado tan sólo 4 de los 12, pidió una convocatoria de acreedores.

El hotel fue cerrado el 28 de diciembre de 2001, en plena crisis, en ese momento vuelto a manos de Iurcovich, quien consiguió el aval del juez para “saldar las deudas a cambio de hacerse cargo del inmueble”. Mientras, setenta de los trabajadores despedidos enseguida se contactaron con el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas y formaron una cooperativa. A mediados de 2003 forzaron un convenio con el Gobierno de la Ciudad y el propio Iurcovich para explotar comercialmente los salones del hotel, a cambio de ceder el uso del teatro ala Ciudad. Antesy después, la familia Iurcovich calificaría a los trabajadores de “ocupantes ilegítimos”.

En 2005 Marcelo Iurcovich anunciaría la venta del inmueble a Mercoteles S.A. Hoy se sabe que en el directorio de esta empresa está el propio Hugo Iurcovich, hijo de Marcelo. Tonarelli: “Lo que demuestra que el hotel estuvo fraudulentamente siempre en las mismas manos”.

Todavía, ninguna de las firmas había pagado la deuda impositiva reducida a 5 millones que pesaba sobre el negocio, y sin embargo el inmueble se vendía y revendía.

Mientras, desde marzo de 2003, los trabajadores hacían lo que mejor sabían: trabajar. Y respondían con hechos cuando la misma jueza que los cita este 19 de abril, Paula Hualde, determina que el hotel pertenecía a la firma Mercoteles en 2006: “Hoy tenemos un pleno funcionamiento. Desde que nos constituimos como cooperativa hemos realizado todas las acciones y medidas a nuestro alcance para poder explotar el lugar, seguir generando más puestos de trabajo y demostrar que la gestión de las empresas recuperadas por sus trabajadores es viable, concreta y exitosa. Los logros están a la vista, hemos generado más de 150 puestos de trabajo -de los 20 iniciales -, en menos de tres años, y otra cantidad de empleos tercerizados si tenemos en cuenta los contratos con empresas proveedoras de insumos”.

Legalidad y legitimidad

Si bien la orden de desalojo se mantiene, hasta hoy los trabajadores continúan autogestionando el hotel. Como enseña esta historia, los argumentos son tres y sencillos, lo explica Fabían Pierucci, del grupo Alavio que conforma la cooperativa:

  • “Que no se convaliden los negocios oscuros de la dictadura”.
  • “Se le quiere restituir el inmueble a un grupo que no presenta actividad económica ni patrimonio, y claramente es testaferro del grupo originario”.
  • “La deuda contraída con el Estado desde Iurcovich padre continúa impaga”.

En ese sentido, esto último cierra el círculo que devuelve el inmueble de Callao 360 al Estado nacional, el mismo que cedió el préstamo – impago- en 1978 através del ex Banco Nacional de Desarrollo, hoy Banco Nación. Justamente, los dos proyectos de Ley de Expropiación plantean que tanto el Estado nacional como el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires pueden actuar como expropiantes. “A partir de ahí es el Estado quien decide el futuro del inmueble, puede ser la transferencia del edificio, la venta, el préstamo o la cesión a la cooperativa”, se ilusiona Tonarelli.

En las cámaras, las miradas están puestas en el Ejecutivo, con mayoría y la posibilidad de volcar por ello mismo la ley. “No hay excusas. Siguiendo por los dichos del gobierno nacional debería ser la aprobación de la ley un ejemplo de esto. Depende de las fuerzas que sigamos construyendo, pero cabe una responsabilidad muy grande del Estado de terminar esta etapa del conflicto que es la disputa por la legalidad, basada en la legitimidad de nueve años de gestión”.

Sea la justicia o la política, el juzgado de la doctora Hualde o la Ley de Expropiación, los 160 trabajadores del Hotel Bauen saben que los únicos protagonistas de esta historia, futura, son ellos mismos: digan lo que digan, pase lo que pase, seguirán trabajando, resistiendo.