Flamma Flamma

El Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín presenta en la Sala Martín Coronado, la obra de Mauricio Wainrot con música de Nicholas Lens.

El calor dibuja una gota en la espalda en este mediodía de viernes, mientras un par de tacos aguja y los maletines que van y vienen cosquillean las entrañas de la calle Corrientes. Entonces las puertas del San Martín aparecen detrás de un puesto de flores, como un respiro del mundo. Porque aquí la atmósfera es otra, la caminata se desacelera mientras subo uno a uno los escalones que me separan de la sala, me acomodo en la butaca y la respiración se acompasa, las preocupaciones cotidianas quedan en el bolsillo más profundo de la cartera y el cuerpo entero se ablanda, abre sus pétalos para captar lo que en instantes sucederá sobre las tablas.

La música de Flamma Flamma, de Nicholas Lens, es un réquiem a los muertos. Una voz grave y profunda canta en latín y vibra en todos los rincones, perfora el aire, atraviesa el cuerpo. Poco a poco a esa voz primigenia se unen otras, los coros sorprenden y los ritmos se alternan recordando melodías de culturas lejanas. Sobre este trasfondo, Mauricio Wainrot ha amasado junto al Ballet Contemporáneo del San Martín una versión coreográfica propia. Un hombre solo en medio del escenario se contorsiona en movimientos vivos, su cuerpo se arma y se desarma a cada instante, fluye en su propia forma. Una mujer se acerca, lo toca, se funden y se mueven como una sola figura, con la frescura de un reflejo en el agua. Los cuadros se suceden y los personajes se alternan, dibujando surcos en esta atmósfera oscura, en esta constante alusión a la muerte que permanece en la música como un conjuro.

Pero los cuerpos, sin embargo, están llenos de vida. Amanecen en el fondo del escenario, se encarnan sobre las tablas y se mueven embriagados por una fuerza especial, como posesos por la pasión de la propia existencia. En algún momento se me pierden los ojos. Los dejo abandonarse, libres, a la línea pura de un empeine, a la musculatura de una espalda, al vuelo sutil de las telas y sus transparencias. Los cuerpos están casi desnudos y se tensan, los músculos vibran, las venas quedan descubiertas. Es visceral. Los hombres y mujeres de fuego se contorsionan con una energía violenta y el rojo está cada vez más presente, primero latente, después explícito, un rojo que empapa las ropas, las miradas, el propio sudor.

La obra circula en el aire, estira los dedos y me toca. Dan ganas de formar parte de este canto a la vida, de esta mixtura profunda entre lo indescifrable del latín y la transparente sinceridad del movimiento. De tanto en tanto, la música calla. Son apenas unos segundos. Solamente entonces los escucho respirar, transpirar, suspirar el esfuerzo de ofrecer el propio cuerpo. Solamente entonces estas figuras, que parecen de chispas, de flamas eternas, se vuelven completamente humanas. Hombres y mujeres nucleados alrededor del fuego celebrando siempre, y a pesar de todo, el éxtasis de la vida.

Beatriz Milhazes y la celebración de la belleza

El Malba está casi vacío en esta tarde de miércoles, y podría jurar que así parece todavía más blanco. Un homenaje a un reconocido artista conceptual argentino me trajo hasta acá, hasta esta escalera mecánica que sube despacio mientras contemplo las ramas ligeras que asoman siempre desde los balcones, y que cada vez me sorprenden por ser obra de la mano del hombre. Difícil saber si fue error, coincidencia o dudosa manifestación del destino, pero subí un piso de más y, como tenía tiempo, decidí dar una vuelta. Fueron dos o tres pasos y entonces caer de bruces sobre un abismo de color. Porque en las paredes de la sala cinco, corran la voz, lo que está sucediendo es una fiesta.

Se trata de la primera muestra individual en Latinoamérica que Beatriz Milhazes, artista brasileña contemporánea, realiza fuera de su país, y reúne alrededor de treinta obras de los últimos diez años de su producción. Son cuadros grandes los que vibran desde las paredes invitando a hundir los ojos. Capas de colores intensos que se superponen y revuelven las pupilas, fundiéndose en flores, círculos, plantas y espirales infinitos. En las obras baila la alegría de Brasil y se festeja la belleza del mundo. Hay en cada recoveco una chispa de placer esperando ser descubierta, y el mirar se vuelve entonces una experiencia eternamente rica, libre de ataduras, harta de vida.

Quisiera llevarme esas imágenes a casa, para alguna mañana que me encuentre triste. Desenvuelvo el celular para sacar una foto, pero en seguida el dedo de una guardia de sala me dice que no, no se puede. No importa. Dejo una sonrisa colgada en la escalera cuando bajo para seguir el recorrido y concretar mi propósito original. Ahora sí que hay más gente, un grupo de turistas, un chico que se ríe porque no entiende por qué una papa conectada a un cable puede ser arte y algunas mujeres de peinado alto. El Malba ahora ya no parece tan blanco. Será que me llevo en los ojos los arcoíris de Beatriz.

Soy Jean Tinguely

En el Pabellón III del Centro Cultural Borges, detrás de un botón rojo, hay un plumero que gira sin parar, como queriendo sacudirle el polvo a la vieja rutina museística. “Soy Jean Tinguely” es la primera retrospectiva del artista suizo que se realiza en Latinoamérica y nos invita a ponerle el cuerpo a una experiencia diferente. Son diez las esculturas-máquinas distribuidas a lo largo de la sala, en un recorrido que va acompañado por dibujos, cartas y fotos del artista. Son diez los enjambres de materiales diversos ante los que nos detenemos curiosas, diez los botones rojos que esperan en el suelo, son diez las sorpresas. Porque cuando llegamos la sala está vacía y las esculturas de Tinguely duermen. Esperan quizás un ruido breve, un olor cualquiera, un roce que las sacuda y las deje bailar. Lo cierto es que basta con poner un pie en el botón para sentirlas vibrar, y entonces las máquinas se espabilan y se sumergen en la vida, se funden con el movimiento y nos proponen un susto, una carcajada, el borde masticado de un pensamiento. Y luego callan. “Yo quería algo efímero que pasara como una estrella fugaz, y lo más importante, que fuera imposible para los museos de reabsorber. La obra debería pasar de largo y hacer soñar y hablar a la gente, y eso es todo.” Recorremos una a una las esculturas, estas máquinas tan inútiles y al mismo tiempo tan humanas, y ante cada una abrimos el cuerpo para dejarnos asombrar. No nos damos cuenta de que de a poco se nos acelera el paso, y ahora es como si fuéramos otra vez dos nenas, yendo y viniendo de una máquina a la otra como si patináramos sobre el borde de una sonrisa, y si no corremos es solamente porque a pesar de los plumeros y de Tinguely no hay que olvidar que esto sigue siendo un museo y al guardia se le frunce cada vez más el ceño, pero qué importa, nos perdemos en los golpes fríos del hierro, en las mandíbulas apretadas de una vaca, en una pluma que gira y parece bambolear las caderas. Esta fue la propuesta de Tinguely, bajar al arte del pedestal de lo respetable, revolverle el pelo e invitarlo a reír junto al espectador, convertirlo en juego.

Carta a los estudiantes de fotografía

Por Paul Strand*

Todos somos estudiantes, algunos por más tiempo que los que tienen más experiencia. Cuando dejen de serlo, al menos en lo que a su trabajo respecta, bien pueden decir que se cansaron de estar vivos. Por eso les hablo como estudiante. Antes de que se dediquen a la fotografía (lo cual ocupará buena parte de su tiempo), es importante que piensen en ese punto.

Si en realidad quieren pintar o hacer otra cosa, no tomen fotografías, a menos que solo lo hagan por diversión. En cambio, si se sienten fascinados por la cámara y los materiales, y sienten que son para ustedes fuente de energía y motivo de respeto, aprendan a tomar fotos. Descubran primero lo que estos pueden lograr sin ninguna interferencia, únicamente con su propia visión. Tomen fotos de un árbol, una máquina, una mesa, alguna cosa vieja; háganlo una y otra vez cambiando solo la luz. Miren lo que se graba en la película y descubrirán los resultados que se obtienen al usar papeles con diferentes grados de contraste. Es posible conseguir cambios en el color usando uno u otro revelador, y estas diferencias pueden alterar enormemente la expresividad de la imagen. Sin salir de los límites naturales de los medios, el campo es ilimitado, inagotable. En pocas palabras, experimenten y olvídense del arte del pictorialismo y otras palabras por el estilo, que son en mayor o menor medida insignificantes.

Échenles un vistazo a los libros de autor, a las exposiciones, conozcan al menos lo que han hecho los fotógrafos. Vean con ojos críticos lo que se está haciendo en general y lo que está haciendo cada uno de ustedes en este momento. Algunos han dicho que Stieglitz tenía fuerza porque hipnotizaba a sus modelos. Vayan y observen lo que ha hecho con las nubes y pregúntense si sus poderes hipnóticos no actúan también sobre los elementos. Miren todas estas cosas. Piensen qué significan para ustedes, piensen de qué pueden apropiarse y olviden todo lo demás. Sobre todo, miren a su alrededor, estudien su entorno inmediato. Si estar vivo significa algo para ustedes, y además tienen suficiente interés por la fotografía y saben cómo utilizarla, querrán fotografiar ese significado.

Si permiten que la visión de los demás se interponga entre el mundo y su propia visión, tendrán resultados ordinarios e insignificantes: fotografía pictórica. Pero si se aferran a esa visión clara, obtendrán al menos una fotografía con vida propia, como la de un árbol o una caja de fósforos, si creen que esas cosas están vivas. Para lograrlo no hay atajos, no hay fórmulas, no hay reglas, solo las que gobiernen la vida de cada uno de ustedes. Sin embargo, es necesario tener una autocrítica muy rigurosa y trabajar constantemente. Pero primero aprendan a disparar la cámara. Para mí, ese ya es un problema infinito. 

*Columna extraída de www.elmalpensante.com

Chris Marker muere a los 91 años

Por Daniel de Partearroyo *

El cineasta francés, autor de ‘La jetée’ y ‘Sans soleil’, ha fallecido. Su genial y caudalosa obra, siempre atenta a las nuevas posibilidades tecnológicas y a la vanguardia del documental, asegura que nunca nos olvidaremos de sus gatos y lechuzas.

“Tristeza infinita: Chirs Marker está muerto”. Con estas palabras comunicaba el crítico Jean-Michel Frodon a través de Twitter la muerte de Chris Marker. France Presse y Le Monde lo confirmaron poco después. El cineasta francés cumplió ayer 91 años, edad con la que ha fallecido hoy. Se trata de la pérdida de una de las figuras mayúsculas más incontestables de la historia del cine, fundamental para el desarrollo del lenguaje documental y autor de películas como La jetée, La sexta cara del Pentágono, El fondo del aire es rojo Sans soleil, imprescindibles para entender no sólo el desarrollo del arte cinematográfico, sino la memoria y la política del siglo XX.

Recibió el apodo de ser “el más famoso de los cineastas desconocidos” por la sobresaliente influencia de su trabajo que, sin embargo, se ha mantenido recóndito para el gran público, al menos en su totalidad. La esquiva personalidad del cineasta, reticente a las apariciones públicas y agazapado tras su alter ego felino Guillaume-en-Êgypte, también ha contribuido a engrandecer su misterio, en los últimos años diseminado en identidades tan líquidas como una región de Second Life o una cuenta de YouTube. 

Marker empezó su carrera a la orilla izquierda de la Nouvelle Vague, co-dirigiendo junto a Alain Resnais el corto documental Las estatuas también mueren (1953), obra pionera en la denuncia del colonialismo. Volverían a colaborar en la gran obra maestra del segundo, Noche y niebla (1955). Pero Marker no tardó en volar solo. En 1952 ya había registrado los Juegos Olímpicos de Invierno de Oslo en 16 mm. y pronto hizo suya la gramática del vídeo-diario y el ensayo fílmico para reflexionar tras sus viajes por el mundo con obras como Dimanche à Pekin (1956), Lettre de Sibérie (1957) o ¡Cuba sí! (1961). En estos primeros trabajos ya se encuentra depurado el estilo de narración lírica, reflexiva e increíblemente divertida en off que le es propio junto al jugueteo con la yuxtaposición de imágenes, una receta que años más tarde llevaría a su máxima expresión con Sans soleil (1983). Pero, en realidad, el cineasta no tiene obra pequeña: de todas es inevitable salir aprendiendo algo.

Antes, la fama internacional le vino gracias al cortometraje de ciencia-ficción La jetée (1962), galardonado con el premio Jean Vigo. Prodigio de narrativa y belleza, cuenta con un 99% de imágenes fijas una fascinante historia de viajes en el tiempo y determinismo post-apocalíptico que muchos años despuésTerry Gilliam remakearía en 12 monos. Fue su gran obra maestra de ficción, mientras que en el terreno documental ese rango le puede corresponder a varios títulos, como El fondo del aire es rojo (1977), sobre el auge y disolución de los movimientos sociales de los 60 y 70; o los dedicados a la memoria cinéfila:A.K. (1985), acompañando a Akira Kurosawa en el rodaje de Ran; La tumba de Alejandro (1992), sobreAlexandr Medvedkin; o Un día en la vida de Andrei Arsenevich (2000), inconmensurable homenaje al cine y la figura de Andrei Tarkovsky.

Las palabras del ex director de Cahiers du cinéma que citábamos más arriba no pueden ser más ciertas. La muerte de Chris Marker deja al mundo del cine sumido en una tristeza infinita, así como a un gran número de gatos y lechuzas (sus animales fetiche) tan huérfanos como la propia cinefilia. Ahora a los espectadores nos queda, tal y como él hacía en Level Five (1997), reconstruir su legado infinito a través del recuerdo personal y la memoria colectiva de las imágenes que generosamente nos brindó.

*Artículo extraído del sitio cinemania.es

El sentido político en el arte

Por Damián Ariel Barbarito

“la cabeza piensa donde los pies pisan”. P. Freire

 ¿Arte y política? Esta dupla al parecer es extraña, sin embargo, existen quienes sostienen, o sostenemos, que el arte es uno de los campos a disputar en la emancipación de los pueblos y la construcción del poder popular.

En nuestros días es difícil hablar de este tema seriamente ya que el arte ha sido relegado a lo estético, separado de todo lo demás. Por eso, es necesario comprender cómo ha sido el funcionamiento del Arte Político, aprender de lo que otros ya han hablado. Resignificar los espacios en los cuales nos movemos en función de nuestras condiciones materiales.

Lo viejo que no termina de morir

Existe una concepción muy instalada en la sociedad de que el arte y la política tienen muy poco que ver entre sí. Esta idea responde a la famosa consigna l’art pour l’art, “el arte por el arte”, la propuesta de que el arte solo se debe ocupar de sí mismo y no interesarse por las problemáticas sociales. Esto que nos suena tan apolítico es en realidad profundamente político. Surgido de la estética idealista de finales del siglo 18, postula un arte individualista, en el que el artista debe escindirse de la sociedad para lograr un arte puro; durante el siglo 19, fue una de las consignas principales con las que la burguesía concretó el proceso de secularización del arte.

A lo largo del siglo 20, se discutió la concepción burguesa del arte. Las vanguardias se propusieron devolver el arte a la vida. En Argentina, a principios del siglo pasado, un grupo de artistas denominado los artistas del pueblo tomó los problemas y miserias cotidianos y los introdujo como tema de sus obras. Llegando a los años 70, Berni dio un paso más. Con Juanito Laguna, se incorporaron los elementos y materiales de la vida cotidiana. No pintó a la basura para remitirse a la pobreza sino que la incorporó a la obra para que hable ella misma.

En paralelo a las experiencias desarrolladas por Berni y otros artistas, la mayoría de los partidos políticos y movimientos de izquierda, fueron desarrollando identidades propias utilizando símbolos -puños, banderas, pintadas, alusiones a los trabajadores, a la lucha y a la revolución-. Estos elementos funcionaron como ilustración de proyectos políticos, de imaginarios de una realidad en disputa.

Es con el Tucumán Arde y con el Siluetazo que estos caminos paralelos se cruzaron. En particular el Siluetazo, acción colectiva realizada por primera vez en la Plaza de Mayo en la tarde del 21 de septiembre de 1983, es un claro ejemplo de cómo ciertos procedimientos artísticos pueden ser tomados por un movimiento social como práctica política.

Lo nuevo que no termina de nacer

Entonces, ¿cómo pensar el arte político? El primer paso podría ser no pensar lo político como un adjetivo del arte donde la cuestión artística aparece subordinada, casi como una cuestión decorativa respecto de ciertos programas de intervención política. Lo interesante es pensarlo como un espacio de cruce, de desbordamientos entre lo político y lo artístico[1].

En este sentido, es importante empezar a pensar a los artistas como intelectuales, es decir como productores privilegiados de discursos sobre lo real, generadores y difusores de visiones del mundo [2]. De esta manera, lo que planteamos es que la “obra” es un discurso sobre lo real.

No podemos contentarnos con obras de “denuncia” o mimesis que suponen una realidad “de verdad” frente a la cual hacen de intermediario. Si pensamos que la realidad es constitución del lenguaje, el desafío que se nos presenta es el de cómo trabajarlo y qué practicas desarrollar para construir la realidad que deseamos.



[1] Ana Longoni – Arte y Políticas visuales del movimiento de derechos humanos

[2] Apuntes sobre la nueva proliferación del debate entre intelectuales ¿Rencillas entre colegas o prácticas intelectuales emancipatorias?

 

El sentimiento de lo periodístico

“Frente a ese trabajo intelectual del enemigo externo e interno, realizado con una destreza que sería absurdo negar puesto que sus efectos saltan a la vista, ¿estamos hoy seguros de oponerle en todos los casos un lenguaje político y ético capaz de transmitir ideas nuevas, de transportar una carga mental en la que la imaginación, el desafío, y yo diría incluso y necesariamente la poesía y la belleza, estén presentes como fuerzas positivas e iluminadoras, como detonadores del pensamiento, como puentes de la reflexión a la acción? Desde luego, todos conocemos textos, discursos y mensajes que cumplen admirablemente esa misión de llevar a nuestros pueblos una verdad cargada de vida y de futuro; pero a cambio de algo que todavía sigue siendo una excepción, ¡cuánta retórica, cuánta repetición, cuánta monotonía, cuánto slogan gastado! ¡Qué poco revolucionario suele ser el lenguaje de los revolucionarios!”

Allá por el 81′, Julio Cortázar decía esto. Cada tanto y sin buscarlo, como a él le hubiera gustado, lo reencontramos entre ideas y papeles. Esta vez, quien llamó a su puerta, fue más bien una sensación. Esa que te ataca en medio del tipeo cual descarga eléctrica. No de las que te “patean” y después te dejan desarmado. Se trata más bien de un cosquilleo sostenido, una corriente de energía que te recorre el cuerpo obviando fronteras anatómicas. El sentimiento de lo periodístico que, intertextualidad con el amigo Julio mediante, se escapa de cualquier definición enciclopédica o de manual barato y con olor a viejo.

En NosDigital (¿claro está?), no hacemos literatura, pero somos todos escritores. Y aunque no negamos alguna frustración juvenil trillada, nuestra pasión por la palabra es fruto de una relación de acoso, seducción y alguna que otra falta de respeto. Escribir periodismo es, también, arte. Nos aferramos a esta idea y la ensayamos hasta el cansancio, porque creemos que solo desde el arte nos podemos colar entre esos intersticios que Cortázar siempre percibió. Solo desde el arte nos podemos hacer un lugar (a codazos y empujones) en esos huecos que los fanáticos de la lógica y la explicación nunca van a encontrar. No se trata de un ejercicio del pensamiento. Porque nosotros el periodismo lo hacemos con todo el cuerpo, y lo propio del cuerpo es sentir.

La triple P

Mientras las revistas paparazzineras (sí, inventamos neologismos) nos muestran las vacaciones de los famosos (aunque no de la fama, que bien sabemos no se toma vacaciones) en la triple P (Punta del Este, Pinamar y la Puta que te parió), en NOS ARTE nos quedamos en la Ciudad para pensar cómo encarar el nuevo año y por qué maldita razón el cine al aire libre en el Rosedal no sigue en febrero. El mito interno que dice que “todo aquel que entra a la revista, corta con el novio/a”, se cumplió no una, sino dos veces más y, para sumar otra mala noticia, perdimos un redactor (que en los últimos tiempos ganó un considerable peso) en el camino.

Otras cosas en las que ocupamos nuestro tiempo en estos meses de inactividad: seguir las discusiones sangrientas en Facebook entre kirchneristas y antikirchneristas, ir al cine a ver la nueva de Leonardo Di Caprio, rezar todas las noches por la reactivación de Cuevana y para que el presidente del FBI pise caca todos los días, empezando por hoy. También nos quejamos porque nos entró espuma en los ojos durante los corsos. Hicimos la cola para la tarjeta SUBE, perdimos ojotas un miércoles, en la laguna espontánea que se armó en Juan B. Justo y Santa Fe, escuchamos historias asquerosas que involucraban leche verde y nos afligimos por el fallecimiento de algunos músicos.

No te tenemos miedo, 2012. Apenas empezaste, trajiste buenos augurios, ¿o alguien se atreve a negar que la reedición de las Cartas de Cortázar es un notición? ¡Caigan las bolas de fuego, las olas gigantes y los soretes de punta! En NosDigital recibiremos el fin del mundo con una nota y publicaremos su cobertura al día siguiente. O, a decir verdad, en quince días. ¡Buen año para tutti!

Mi proceso creativo

Ver la hoja en blanco, momento incomodo si los hay.
Quien me diga que lo incentiva, lo admiro.
A mí, me nubla. De vez en vez, hasta me bloquea.
Siento un universo de ideas en potencia que no llegan a ser actos.
Necesito aunque sea bocetar algunas líneas.
Que ese vacío deje de ser la nada y se transforme en el infinito.
Mi creación surge del caos que genera tanto espacio disponible.
En ese instante exacto en que algo, sin previo aviso, se activa, y las manos se nos conmueven.
El principio indispensable. Inexplicable. A veces, accidental.
Todo un interrogante.
Un torrente vertebral de pensamientos, nociones, conceptos, transformados en representación.
Casi inigualable la sensación en la que el símbolo se materializa en imagen.
Fluyen elementales ideas inexactas que me ensucian en sentimientos.
Lo cotidiano adquiere magia cuando ingreso a mi taller.

¿Qué es aquello que nos hace entrar una vez más en movimiento?
Todavía no lo entiendo, simplemente se antojan mis sentidos, se mudan y me dictan.
Se tornasolan, inconsecuente trazo sus estigmas.

Un especialista en darle identidad a un momento cualquiera

Por Héctor Cardozo *

Al Negro Fontanarrosa lo conocí casi de costado. En aquellos primeros años de periodismo radial en los que “incursionaba”: solíamos coincidir en la oficina de un publicista amigo, el recordado (para los rosarinos, claro) Josesito Rejovisky. Nosotros (un grupo de audaces) le ibamos a manguear a José que nos pusiera un par de avisos en los programas que teníamos porque él manejaba una buena carpeta publicitaria. Y el Negro le hacía algunos trabajos gráficos importantes. Estoy citando tiempos prehistóricos, allá por fines de los años 60 y comienzo de los 70. La única charla en común, no fueron más de cinco o seis porque los encuentros fueron esporádicos, caían en el lugar común de Central, que por aquellas épocas jugaba por los porotos grandes; subcampeón en el 70 contra Boca y campeón en el 71 ante San Lorenzo.
Unos años más tarde nos frecuentamos más, pero sin llegar a formalizar una amistad; el llevaba sus incomparables dibujos a la corresponsalía de Clarín en la vieja peatonal Córdoba de Rosario (ahí se decía que pertenecía a la Ocal, afirmación que siempre negó con toda razón) y yo andaba usando el teléfono para mandar noticias del día. Nunca fuimos más allá de un hola! o,  viste que como anduvo Kempes? No pasó de ahí el trato, breve, por otra parte, porque ninguno abusábamos de la parla.
El Negro ya era una persona destacada de su ámbito, muy reconocido por su ingenio y ya trascendía la frontera local y vía Clarín y Hortensia avanzaba en el reconocimiento universal que tuvo merecidamente con los años. Pero, además, parábamos en lugares distintos; el, en el legendario El Cairo y yo en el desaparecido Palace o en mi barrio de Pichincha.
Los lazos más entrañables se dieron muchos calendarios despues en la época de los mundiales de los 90. Las eliminatorias nos unía junto al “cascarrabia” de Pagani después de cada partido en el Monumental ahí en Edelweis de la calle Libertad hasta la madrugada. Los viajes por Estados Unidos y Francia fueron estrechando la relación, aunque sin llegar a una amista profunda. Sin dudas fue la persona – porque el Negro excede la caratula de personaje- más famosa a la que tuve acceso y a quien vi mantener obstinadamente un bajo perfil realmente admirable: cientos de notas para los medios más desconocidos a los que respondió con su inalterable sinceridad. Esa bonhomía imperturbale junto a sus sutilezas orales lo guió en cada uno de sus actos.
El Negro no fue un bromista a tiempo completo, al contrario. Lo que lo destacó fue su fina ironía para darle identidad a un instante cualquiera, que mereciera cierta relevancia, claro. Me queda como inalterable e indelebe anécdota un episodio en el centro de Saint Etiene; a media mañana buscabamos un zapatero, tarea difícil en un lugar desconocido. Nunca pudimos dar con un local ni aproximado, pero sus ojos inquietos le sirvieron para describir en un dibujo con su gracia inigualable la silencionsa y forzada marcha de los escoceses un día después de su eliminación del Mundial. Al otro día admirando su viñetas comprobé in situ su enorme poder de síntesis y su increible talento para en un par de trazos y mínimas frases revivir o darle vida, que es mejor, a un hecho que para cualquier mortal no hubiese signicado más que una semblanza de la tristeza.
Salud, Negro. Y espero que desde la tercera bandeja hagas más fuerza, que vaya si la necesitamos!, a ver si Central en el 2012 vuelve a ser lo que fue!

* Héctor Cardozo, el Negro para muchos, es un periodista nacido en Rosario, fanático de Central, que trabajó bastantes años en el diario Clarín. Dejó una marca periodística a través de su enorme capacidad para analizar el fútbol.