El mundo a través de nuestros ojos

Movidos por un espíritu transformador, un grupo de jóvenes cuestionadores de las miradas impuestas y las fórmulas extranjeras, conformó el colectivo Santa Conciencia. La hebra que atraviesa este tejido de sueños y reflexiones es la identidad latinoamericana. El 9 de diciembre, en el Centro Cultural Adanbuenosayres, convocan por tercer año consecutivo a un encuentro para pensar la región, desde los procesos comunes hasta las experiencias múltiples. El lenguaje privilegiado para intercambiar saberes será el arte, en sus diversas manifestaciones y rescatando la creatividad de lo lúdico.

“Los latinoamericanos producen, no son espejo, no son producto ni residuo europeo, sino que son gente que hace, produce, crea sentido. Nos reivindicamos como gente activa, como Latinoamericano activo, que puede hacer” ¡LATINOAMÉRICA VIVA! De eso se trata la propuesta, de movernos, ir, escuchar, participar, intervenir, conocernos, reconocernos.

Ellos lo proponen y nos invitan. Un grupo de estudiantes, en su mayoría de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, que se juntó por el año 2010 con el deseo de cambiar el mundo hoy conforman el “Santa Conciencia”, que lleva adelante todos los años el encuentro “La Niña, La Pinta y La Santa Conciencia” Sí, un nombre un poco irónico que alude a uno de los temas principales de su agenda, la colonización. Lorena, una de esas cuatro idealistas de los inicios, recuerda con sonrisas los primeros tiempos: “Lo que nosotros planteábamos en ese tiempo era construir la identidad latinoamericana, creíamos que teníamos que crear una conciencia latinoamericana. Queríamos ser una especie de Robin Hood, pero no podíamos serlo porque no somos tampoco quienes para decirle a la gente qué es lo que tiene que hacer, pero teníamos esa visión de querer cambiar el mundo”.

Aquel primer encuentro que hoy parece un poco lejano se hizo en el Centro Cultural Los Bohemios, en la Cancha de Atlanta, junto con un colectivo que se llama el MAL (Movimiento Artístico Latinoamericano). Hay cosas que no cambiaron, desde un principio la columna vertebral de la idea fue el enorme y casi inalcanzable tema de lo latinoamericano. “En un primer encuentro lo que hicimos fue una performance, que era un circuito que estaba en la calle y por el que tenías que transitar por el pasado, por el presente y por el futuro. Nuestro pasado era como en los pueblos originarios antes de la colonización, el presente lo tratamos de meter con todo lo que era tecnología: televisores, computadoras colgando y era también interactivo porque pasabas te chocabas y al final podías intervenir en una tela grandísima con algún recorte, dibujo, frase. Y el futuro lo dejamos blanco, esperanzador, era un espacio de proyección”.

El tiempo modificó la dinámica de trabajo y la cantidad de gente que interviene en el proyecto. Para la segunda edición se repensaron las estrategias y se optó por abrir el abanico de participación. “En el segundo encuentro quisimos tercerizar las actividades y llamamos a los artistas que conocíamos y que tocaban algunas temáticas”. Si bien el resultado fue positivo, una vez más “Santa Conciencia”, se sentó a replantear el armado del tercer encuentro y volvió a darle una nueva vuelta de tuerca. Ya no preferían que vengas con tu número, lo hagas, termines y te vayas. Ahora la búsqueda pasa no por sumar, sino por integrar muchos otros colectivos para reforzar la pluralidad de voces y darle fuerza entre todos al grito de su lema “Cultivando la identidad latinoamericana”.

Las chicas que comparten una mesa , una charla y una tarde con nosotros son parte del grupo coordinador, junto a otras seis personas, que se encarga de la gestión integral del evento y que nos aclaran la nueva modalidad de trabajo, modalidad que recalcan es horizontal e igual de participativa entre todas las partes. Entre anécdotas de ediciones anteriores que se cuelan anónimas, nos cuentan cómo junto al resto del colectivo pensaron la fecha de este año: “Desde ese grupo quisimos organizar el encuentro conceptualmente para que no sea simplemente un tercero que viene, aporta lo que ya tiene y se va. Decidimos convocar colectivos de trabajos y establecer ejes temáticos para que cada colectivo o entre colectivos se trabaje y darle así una integración conceptual al encuentro y que haya un trabajo previo para organizarnos mejor entre todo. Estuvimos armando pre encuentros con estos colectivos donde les mostramos cuáles eran los ejes que habíamos pensado, dimos los lineamientos generales, pero abrimos el juego a que en los pre encuentros se tiren ideas y que cada colectivo se interese por un eje particular”.

La idea se completa con el juego y la participación. Ya lo dijimos, somos gente activa que produce y todas las actividades que se ofrecen tienen que ver con lo lúdico, lejos de ser simplemente una bajada de texto. Música en vivo, talleres, teatro, performances, charlas, artes visuales, juegos al aire libre y muchas otras propuestas completan la grilla articulada en los ejes que se desprenden de la casi infinita cuestión Latinoamericana: colonización y neocolonización, educación, pueblos originarios, dictaduras militares en América Latina, género y naturaleza y recursos naturales nos llaman a poner el cuerpo y participar. Cada uno de los ejes se presentará con un video que está haciendo trabajar duro a la comisión de Audiovisuales, una de los tantos grupos de laburo que se articulan para darle forma al encuentro. También hay encargados de golpear puertas y conseguir financiación, ¡tarea de las más difíciles!: “Al principio el que se encargaba de recaudar fondos iba a grandes empresas donde no le pasaban ni cinco de pelota, entonces la nueva estrategia fue ir a los negocios que están alrededor del parque y ahí nos dieron un poco de bola”.

Durante tres intensivos años, “Santa Conciencia” maduró y aunque los ejes principales no cambiaron, hoy a partir de su nombre que puede generar contradicciones, prefiere dejar en claro lo que se quiere lograr compartiendo una jornada: “El objetivo no es generar conciencia, no es que un grupo vaya y dé conciencia o ilumine las cabezas de la gente; no, no es ese el objetivo, sino más bien que se generen espacios de reflexión, nosotros siendo parte de esa reflexión. Es un intercambio horizontal, pretendemos que sea eso”. Lejos de la idea de inyectar conciencia en la puerta mientras vas entrando, lo que se pretende es generar espacios participativos para que entre todos se pueda montar un entramado de ideas que genere que te vayas a tu casa con una nueva noción de la identidad latinoamericana. “Cambiar ese sentido común de que los Argentinos descendemos de los barcos y encontrar algún vinculo, generar empatía con otras manifestaciones culturales nativas. Que descendemos de los barcos es en parte verdad y en parte mentira, es un cincuenta porciento”

En búsqueda de un intercambio verdadero y recíproco, la cita queda hecha para el domingo 9 de Diciembre desde el medio día en el Centro Cultural Adán Buenosayres ubicado en el Parque Chacabuco. Entendiendo que es imposible hablar de un continente homogéneo, pero en búsqueda de reivindicar que sí hay un proceso histórico común  que tuvo experiencias comunes de múltiples maneras pero que sigue una línea que nos lleva a generar empatía entre países, que nos une y nos empuja a repensarnos.

Como bailan los pobres

Sexo, drogas y no, no es rocanrol, es cumbia villera. Un modo de performar el día a día en el cuerpo. Otra forma de producción. Decir 2001 es decir crisis  y con el fin del menemato la marginación encontró su canal de expresión. “Le dicen gatillo fácil / para mí lo asesinó / a ese pibe de la calle”. ¿Es la cumbia más machista que el rock u otros géneros musicales identificados con la clase media? ¿La cumbia se transformó a sí misma? Pablo Semán aporta su mirada desde la antropología para NosDigital.

Hace alrededor de un año, cuando se cumplían diez del estallido, la rebelión y la bronca (y la rabia, sí, esa rabia que hoy está tan vapuleada, pero que es capaz de mover sujetos, aunar masas y conducir la lucha por un país mejor), se multiplicaron los análisis y los balances de la década que parió aquella crisis. De estudios estructurales a lecturas más micro, de palabras “expertas” a charlas de café, parece que hubo de todo. Y sin embargo, no fueron tantas las voces (o al menos no tan estruendosos sus ecos) que centraron su mirada en la vida cotidiana y en los fenómenos más constitutivos de la persona. Quizás fueron muchos los cuerpos que lo presintieron, pero no fueron tantas las mentes que se permitieron encontrar en la música las claves de una época. Todos escuchamos música y ésta atraviesa nuestra vida, llega a nosotros de forma mucho más directa que la mayoría de los discursos. Nuestro cuerpo mismo, caja de resonancia del pulso más embrionario, tiene ritmo y responde a una sonoridad. En la entonación de nuestras frases, en el tiempo de nuestros pasos y en el timbre de nuestra voz, somos música. ¿Cuántos recuerdan mejor una época de su vida por la banda que escuchaban antes que por las fechas del calendario? ¿Cuántas personas quedan evocadas para siempre en una melodía y cuántos sueños se engendraron en la frase de una canción? ¿Cuánto de nuestra piel está teñido de la danza que creamos para el ritmo de moda? ¿Cuántas películas recordamos mejor por su banda sonora que por el nombre de los actores? Entonces, en vez de marginarla a una práctica secundaria de la vida social, preguntémosle a la música por el tejido de una época y preguntémonos cuánto de esa época es generado por la propia música.

Si decimos 2001, decimos crisis, y eso en música se dice así: cumbia villera. Con rallador y con teclado. Cuando el menemato llegaba a su fin (pero sus consecuencias se sentían cada vez más duras), empezaron a sonar los primeros discos de Yerba Brava, Guachín y Flor de Piedra. Pablo Lescano, creador de esta última y luego de Damas Gratis, fue bautizado por los medios como el padre del género y fue perseguido por las cámaras con una mirada entre inquieta, circense y temerosa. En julio de 2001, declaraba en una entrevista para la Rolling Stone: “Cuando armé Flor de Piedra, me trataron de loco, me dijeron que estaba tirando abajo a la cumbia, con lo que nos costó adornarla, ponerle volados… Nadie me daba bola. Entonces ahorré hasta que pude formar un grupo y grabar una producción independiente. Me pagué el estudio de mi bolsillo, produje a Flor de Piedra y le di el master a un pirata para que lo editara él… Recién cuando vieron que vendía, las compañías se empezaron a calentar…”. Y que sirva de respuesta para la crítica berreta que acusa a la cumbia villera de ser un invento de la industria discográfica y bailantera. Ahora, que con los “negros villeros” se llenaron de guita, nadie lo duda. Para el 2001, se calcula que la venta de discos trepaba las 300.000 copias, sin contar el número arrollador de ediciones piratas y la otra mina de oro que se explotaba a varios shows de cada banda por noche. Con el éxito comercial llegó la masividad espectacular, y, en palabras del sociólogo y doctor en antropología Pablo Semán, compilador, junto a Pablo Vila, del libro “Cumbia. Nación, etnia y género en América Latina, en el centro de la escena estaban “jóvenes, pobres, desempleados, con mucho tiempo libre, con presencia de las drogas y de los medios de comunicación en sus vidas cotidianas, con la posibilidad de hacer música, dijeron: ‘nos dicen que somos esto, nos vamos a cagar de risa de lo que dicen que somos nosotros, y esta va ser nuestra manera de devolver una imagen desafiante’. La cumbia villera fue una música de protesta en tanto consistió en mostrarle al mundo que los miraba la mierda en que se había convertido”. En ese primer disco de Flor de Piedra sonaba: Le dicen gatillo fácil / para mí lo asesinó / a ese pibe de la calle / que en su camino cruzó. / Vos / sos un botón / Nunca vi un policía / tan amargo como vos. (“Gatillo fácil”, Flor de Piedra).

Pero son muchas otras las cosas que sugiere Lescano en esas palabras. En principio, dice mucho de la forma de producción que se entrelaza con la cumbia. No puede pasar desapercibido, y es parte del contexto de surgimiento del género, que un pibe del barrio “La Esperanza” de San Fernando, con poco más de 20 años, pueda juntar unos pesos y grabar su propio disco. Esos 90’ de flexibilización laboral, de desempleo, de retraimiento de lo público, de economías informales y de la pobreza más acérrima, fue también la década del abaratamiento de los instrumentos y de la posibilidad de producir música a bajos costos. Semán afirma: “Cambió la dinámica de formación de grupos, de organización de la música, era posible hacer música y ganarse unos pesos, aún en sectores populares”. En esta historia de rupturas, también se inauguró una nueva estética, que se cagaba en los pelilargos – carilindos de guitarras sin enchufe y gargantas de playback de la bailanta de los años anteriores, y remplazó el raso por el jogging y las zapatillas de marcas truchas. Que los pibes que se subían al escenario se vistieran como todos los días tenía que ver con que la cumbia villera trataba, justamente, de lo que pasaba todos los días. En ese sacarle “los volados y los adornos” a la cumbia, la cumbia villera se distanció del estilo prexistente, como señala Semán: “Para nosotros – alude a la clase media -, cumbia, chamamé, música tropical es más o menos lo mismo, y todo la misma mierda. Para esos pibes producir cumbia villera fue más o menos como para Spinetta producir el rock nacional en contraposición al Club del Clan. Ellos generaron un nuevo estilo musical”. La cumbia villera mandó al traste a los representantes de la cumbia de la patria de la “pizza con champagne” que, prolijos para que las clases medias altas los reciban en sus fiestas, cantaban edulcoradas canciones de amor. Richard, el guitarrista de Damas Gratis, lanzaba en la citada entrevista para Rolling Stone: “A mí me parece que Damas Gratis y la cumbia villera son a la cumbia lo que el punk es al rock. Fijáte: cualquiera puede tocar, no hace falta saber música para tocar esto. Si sonás para la mierda, no importa. Lo esencial es expresarte. Eso es el punk y eso es Damas Gratis.”

La cumbia villera o el neo-punk del conurbano, no tardó en ser tildada de apologética de mil demonios. En julio de 2001, el COMFER emitió el documento “Pautas de evaluación para los contenidos de la cumbia villera”, que enuncia: “Las letras de los temas musicales de la denominada cumbia villera hacen referencia, entre otras cuestiones, a la realidad social imperante en los barrios marginales –tal como la delincuencia, la persecución policial y la escasez de recursos–, al rol de la mujer y al consumo y tráfico de sustancias psicoactivas”. El informe está firmado por el grupo de investigación de Sustancias Tóxicas del Comfer, y cierra con las pautas de infracción y un pintoresco glosario de terminología callejera, que despeja dudas lingüísticas como “Cocaína: merluza, merca, lady, dama, polvo blanco, piedra, Blanca Nieves” o “Descontrol: sinónimo de un situación de diversión exacerbada por el consumo de alcohol o drogas que en algunos casos se presenta con fiesta de fondo” (http://www.elortiba.org/pdf/cumbia_villera2.pdf). Al año siguiente, con el pueblo en llamas que Duhalde intentó apagar a escupitajos, el Ejecutivo decidió hacer pagar las infracciones a los canales que dieran espacio a los grupos de cumbia villera. Así, cuando Damas Gratis obtuvo el premio Clarín como revelación de la canción testimonial, los programas de televisión Pasión Tropical y Siempre Sábado dejaban de difundir a estos músicos. Semán invita a la reflexión: “La cumbia se hizo acreedora a todas las acusaciones, incluso en nombre de motivos legítimos, porque la cumbia podía ser el prototipo de la pobreza de la cultura pobre porque era repetitiva teóricamente, y encima era muy poco defendible porque aparecía como machista. Pero frente a la idea de que es repetitiva, uno se permite decirlo de la cumbia, pero no de otro género. La repetición es un elemento constitutivo de la música y un elemento constitutivo del placer. Y, por otro lado, todos podemos autorizarnos a escuchar a Los Auténticos Decadentes y no tenemos ningún problema si dicen ‘entregá el marrón’, o nuestra generación, de ninguna manera nos cuestionábamos si en el rock había elementos hipermachistas desde canciones de los Beatles, hasta el Blues del Levante de Sui Generis. ¿Por qué ver el machismo en los sectores populares y en los géneros que ellos escuchan, y no en el nuestro?”

Con esa caminata no precisas bailar / Tu mueves esa cola de aquí para allá/ No muevas esa cuna que yo me pongo gede / No muevas esa cuna me despertás el nene (“Berretines de Verduga”, Los Gedientos de Rock). Y sí, la cumbia villera es, ante todo, baile y sexo. Hay algo del deseo encarnado, del placer hecho sudor en un boliche, y para hablar con propiedad, de las ganas de coger performadas en una pista de baile. Y la cumbia la bailamos todos, y unas cuantas nos levantamos la pollera y movemos la pelvis más de lo que nos gusta admitir. La cumbia villera está también en relación dinámica con un cambio cultural respecto de la sexualidad, en el que ésta se enfatiza, se vuelve tema de revistas especializadas y cambia lo que se puede decir y hacer del propio repertorio sexual. Como señala Semán, hay una activación, otra manera de vivir la sexualidad, tanto de parte de hombres como de mujeres: “El baile se desnormativiza y se vuelve más posible, mucha más gente puede bailar, cada uno como se le ocurre. Y entra la sexualidad de una forma mucho más que metafórica e indirecta, en una relación bastante polémica y despareja con la reproductividad y la matrimonialidad. Una sexualidad que no es necesariamente la del amor y la de la pareja se abre de una manera clara y legítima para los hombres, pero no diría que no se abra para las mujeres.” Con el intento de ir un poco más allá del mote que cayó más inmediata y fuertemente sobre la cumbia, el del hipermachismo, Semán intenta poner en juego cuál era la experiencia popular, en toda su fragmentariedad, incluso del punto de vista de las mujeres que bailan cumbia. Sonaba por aquellos años: Ay Andrea vos si que sos ligera / ay Andrea que astuta que sos / ay Andrea te gusta la fija / ay Andrea que astuta que sos (“Andrea”, Los Pibes Chorros”). No se trata de negar el componente violento, ni que son los hombres los que cantan el deseo de las mujeres, sino de señalar que quizás la cumbia expresa nuevas feminidades y una activación sexual por parte de las mujeres que a los hombres se les escapa y los hace sentirse amenazados. Pero claro, como dice Semán: “Con un repertorio limitado de categorías no hay muchas opciones: las mujeres son pasivas o, si se activan, se masculinizan. Es como decir que las letras de cumbia son machistas porque dicen que las mujeres les chupan la pija a los hombres, pensando que a las mujeres no les gusta. Es cierto que toda la cuestión del placer, del deseo y la sexualidad aparece en marcos de largo plazo androcéntricos, pero al mismo tiempo, porque se están modelando nuevas sexualidades, esos mismos marcos pueden empezar a ser cuestionados.”

Esta “música de pobres / musicalmente pobre” fue la música de una generación y de un momento, la música de la joda como trasgresión, donde entraron el alcohol, la droga y el sexo, con sentidos producidos e interpretados de formas múltiples al interior de los sectores populares. Estos jóvenes se apropiaron de su tiempo y encontraron en la cumbia el espacio donde ensayar y constituir experiencias disímiles en relación a la familia, la autoridad, la sexualidad, el placer y las sustancias. Y el cierre es de Semán, que agrega: “Todo lo que hacía a la cumbia como música de protesta tuvo una duración limitada, porque cambió la situación social en la que emergió. Al mismo tiempo, la cumbia villera ayudó a consagrar a la cumbia como el espacio del baile privilegiado, y en su éxito rehabilitó a todas las cumbias juntas. Después vino un largo período de normalización de la cumbia, porque se transformó en la música de un grupo social y de una generación, casi como en los 80 el rock para los sectores medios. La cumbia a partir del 2004 se abrió plenamente a otras sonoridades, reggaetón y música electrónica, la cumbia villera se transformó a sí misma.”

La revolución en el mástil de la guitarra

Damián Captuto podría ser otro buen artista más de los que caminan nuestras calles, pero un viaje y miles de encuentros hicieron que no lo fuera. Con su disco “Canciones, pequeñas revoluciones” recorrió 25.000 km. Lejos de Capital, la de las no oportunidades y de negocios millonarios para unos pocos, recorrió con su música otras realidades y se fundió en infinitas historias. En el camino, confirmó que algunas notas y una gargante encendida pueden ayudar a cambiar el mundo.

Fotos: NosDigital.
Yo ya lo conocía. Bah, en realidad, no. Bueno, quizás sí, pero no estoy seguro. ¿Viste cuando escuchás tanto hablar de alguien que creés conocerlo? En un momento se me mezclaron las cosas, pero resultó ser verdad. Es que yo estaba estudiando música cuando arranqué a armar la banda y soñaba con viajar, pero cada vez que iba a buscar un lugar para tocar con los pibes me pedían guita, o vender una cantidad de entradas inalcanzable (mamá, papá, mi hermana, los tíos, primos, la abuela, los pibes del colegio, mmm… no, claramente no llego). Y un día mi profesor de guitarra, que intentaba que me concentre y deje de pensar en conseguir un puto lugar para hacer lo que más amo, me contó de un tipo un poco (bastante) loco que estaba cumpliendo 25.000 ¡SI, VEINTICINCO MIL! Una bocha de kilómetros de música. No le creí, obvio, hasta que lo conocí.

Le mandé un mail, no aguantaba las ganas de mostrarle a mi profesor que me estaba chamuyando, pero la puta madre, al toque apareció en mi bandeja de entrada un sobrecito de Damián Caputo, que me estaba contestando. En ese momento, comienza esta historia.

Tardó en llegar varios días la juntada, es que Damián andaba girando no me acuerdo por cual provincia (imaginate que recorrió dieciocho), pero yo no podía quedarme quieto. Abrí la compu, puse la clave, google y escribí Damian Caputto, ¡ups! backspace, backspace, Caputo.

Enter.

Por el año 2005, Damián viajaba a México a tocar en un lujoso hotel de Acapulco con la banda de covers a la que por aquel momento le ponía la voz, y el viaje le explotó la mente. Ya se había acercado a la música, muchas veces de diferentes maneras, pero esta vez algo generó un quiebre. “En realidad venia tomando la decisión, yo venía cantando en bandas de covers, en eventos y tuve el viaje ese a México. Ahí fue una revelación de lo que quería hacer, lo que quería contar”.

La vida entró en contradicción, estar laburando en medio del lujo y querer decir otras cosas. Entonces, a la mierda todo, con esa plata se fue a recorrer y terminó sumándose a “La Otra Campaña”. Cuando volvió a Buenos Aires ya no era el mismo, estaba decidido a grabar un disco y a ponerle “Canciones, pequeñas revoluciones”. “Como todo tipo que tiene alguna intención de cambiar el mundo, conocés al Che Guevara y al otro día estas en tu casa y decís ‘Yo soy un gil, ¿qué hago de mi vida?’ y creo que ahí surge tratar de que las canciones sean revoluciones, en una escala menor que también puedan ir aportando algo”.

La mayoría de las canciones estaban escritas, se fueron recopilando, pensando, buscando, algunas tenían hasta casi diez años, pero otra surgió en el medio del viaje: “Tiene que ver con Atenco,  es “Canciones sobre muros”, que habla sobre esta chica que estuvo presa en México, que la metieron presa en Atenco en esa movida donde hay mujeres abusadas y murieron dos personas. Toda esa gente que venía viajando conmigo, con la caravana de La Otra Campaña, los meten presos a muchos; yo me entero desde acá y ahí surge que el disco está dedicado a los presos políticos de San Salvador de Atenco”.

“Un canal, un puente, hasta vos si mi voz puede llegar desde un rincón del mundo trepando a tus balcones, canciones sobre muros, amores voladores, canciones, amores, te espero.”

 

Nos juntamos en una plaza de Caballito, el sol nos daba la sombra casi a noventa grados, pasaba el tren frente a nosotros, por fin conocía a quien Google, y primero mi profesor de guitarra, me habían presentado. ¿Cómo carajo hizo? ¿Posta 25.000 kilómetros?

“Me junté con un músico que es el que produce el disco, Mariano Albergoli, con él empezamos a trabajar y cuando teníamos el disco nos encontramos como la mayoría de los músicos independientes de hoy en día, con mil discos en cajas. Como buen cebado obsesivo dije ‘¿Qué hacemos con esto?’ y ahí me agarró esto de que en Capital no se puede tocar. Entonces, primero empezamos a viajar por la provincia de Buenos Aires, recorrimos pueblo por pueblo, con autos prestados, como podíamos”. Así, de un impulso de buen obsesivo nació hace cuatro años la gira “Bajo Tierra”.

Primero Buenos Aires, después Santa Fe, Entre Ríos, Chaco, Corrientes, Formosa, los kilómetros se empezaban a sumar y el disco sonaba cada vez más. “En realidad la idea es de difusión y también de interacción con lo que está fuera de la capital. Yo soy muy crítico con la vida que uno lleva acá, e ir allá y encontrarte con realidades de gente que están a 200 kilómetros, no que están en Marte y nada que ver, tienen sus tiempos y eso también te cambia la mirada a vos”.

Dispuesto a ver qué pasaba, sabiendo que podía tocar para tres personas o que podía sembrar canciones para volver más adelante y que la gente lo acompañe en el canto, se largó a viajar. A veces con músicos, otras veces solo con la guitarra como el norte y el sur donde no daba el presupuesto para viajar todos. En realidad, cuando decimos “todos” no hablamos de una banda fija, la cuestión siempre fue fluctuando: “Iba rotando la banda, son todos amigos míos que se van sumando a esto, es medio una locura itinerante que te subís y te bajás y están todos en otros proyectos y se suman a este. Hubo una banda fija, pero se va desarmando y armando en el momento, va mutando”.

Qué huevos ¿no? Cuatro años caminando las canciones a puro corazón, aunque también una parte del reconocimiento se lo damos a Internet (obvio, si yo llegué acá por google). “La gente que armó las fechas no fuimos nosotros, en la mayoría de los lugares fue la gente que conocíamos por sónico, por facebook, por mail o por al página, no eran managers de la zona, eran tipos buena onda”. Infinidad de casas los recibieron, infinidad de baños. “Me causa mucha gracia lo de los baños, no sé porque, siempre antes de tocar estoy en un baño distinto, en un baño de alguien que conozco hace dos horas y me estoy bañando y digo no puedo creer donde estoy. Gente que te abre la puerta, es increíble”.

Viajar te obliga a vincularte, a saber que tus amigos son todos en potencia, que generás vínculos, conocés personas y desde aquel primer show en 25 de Mayo se cosecharon una infinidad de nuevos amigos, sensaciones, canciones, hasta un nuevo disco, el lado B de “Canciones, pequeñas revoluciones”. “Es un disco que tiene continuación en el otro, pasaba que las canciones se vuelven viejas, porque lo que vos querés contar y cómo lo querés contar es distinto, entonces la música que estábamos tocando no tenia nada que ver con el disco y decidimos con la banda con la que estábamos en ese momento grabar un EP chiquito, de cinco canciones”.

Después de una tonelada de caminos, Damián empieza a despedirse de este ciclo, cierra una etapa que da lugar a una nueva. “En realidad, quiero seguir viajando, pero musicalmente voy a ir para otro lado, más eléctrico, quiero hacer algo quizás en banda”. Va cambiando la piel y renaciendo para volver a romper las estructuras. Conocí al tipo que hizo posible lo que muchos me decían imposible, durante cuatro años y veinticinco mil kilómetros hizo música. Ahora me chupa un huevo que me pidan guita o cortar entradas, hay otra gran cantidad de espacios, ya lo sé, me lo contó mi profesor de guitarra, google y Damián Caputo.

“El hombre es un ser político”

Para Claudia Piñeiro, la escritura es una necesidad vital, aunque el arte no siempre fue un universo posible. Hoy, tras numerosos premios y publicaciones exitosas, su nombre se volvió una referencia ineludible de la narrativa argentina. En encuentro con NosDigital, habló sobre el proceso de escritura de una novela, la difusión y las lógicas editoriales, y de su último libro, “Betibú”.  Por los intersticios de las palabras, se fue colando el género policial, esa lupa sobre las dinámicas de violencia que engendra cada sociedad, y sus particularidades en la región: “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear”.

Foto: Alejandra López

Las chicharras cantan fuerte y el sol colorea los hombros en esta tarde de sábado, mientras algunas hojas se bambolean al compás del viento y doy los últimos tres pasos que me separan del timbre. “Uno camina por este lugar, a la sombra que dan sus árboles, oliendo el perfume de las flores y del pasto recién cortado, y puede soñar que nada malo le podría pasar estando aquí, detrás del muro.” Y sin embargo, escribe Nurit Iscar, protagonista de su última novela, en este paisaje bucólico “cuando la serenidad gana la escena y el espectador desprevenido al fin comienza a relajarse (…) la muerte irrumpe inesperada.”

 Y es que el country, comentará Claudia Piñeiro un rato después, cuando ya acomodadas en los sillones de su casa desmembremos juntas las minuciosidades del policial, funciona a modo de cuarto cerrado. “En el policial clásico venían Poirot o Dupin, y si esto estaba cerrado, y todos los que estamos acá somos los únicos que estamos, y aparece un muerto, entonces uno de nosotros lo mató.” El country, sostendrá ella, funciona de esta misma manera, “porque si es tan complicado entrar, si hay tanta gente vigilando por todos lados y sucede algo, ineludiblemente fue uno de los que estamos acá adentro.”

 Pero retrocedamos veinte, quizás treinta minutos, y regresemos a esta puerta, a la alfombrita que da la bienvenida y al timbre que suena una sola vez bajo mi dedo índice, porque los ojos de Claudia ya están invitándonos a pasar. Esta mujer de pelo oscuro y ojos que en las solapas de los libros no parecen tan claros, que se ríe con todos los dientes mientras cuenta que a partir de Las Viudas de los Jueves se convirtió para el mundo en una suerte de especialista en countries, mujer que después de esa novela escribió sin embargo muchas otras, y que con la última, Betibú, se animó a regresar a este espacio con el que se la vincula pero de un modo enteramente diferente, esta mujer, decía, nos invita a caminar junto a ella su extenso recorrido por el universo de las letras.
“Yo escribí siempre, desde que sé escribir escribo”, sentencia con seguridad, y en su boca esas palabras suenan a una verdad conocida de memoria. Cuenta que al terminar el secundario su intención era estudiar Sociología, pero como la dictadura había cerrado todas las carreras humanísticas, terminó optando por Ciencias Económicas, carrera que sus padres habían comenzado pero que ninguno de los dos había podido terminar. “En mi familia no había escritores, ni gente relacionada con el arte, entonces a mí no se me ocurría que fuera un universo posible dentro de la elección de una carrera, como que tenía que elegir una carrera, trabajar de otra cosa, y además escribir.” Claudia tiene la voz dulce y habla muy rápido. Teje con soltura la frase que busca y no vacila, con la seguridad del oficio, como si el sabor de cada palabra le resultara familiar.

Tras optar por otra carrera la escritura siempre continuó latente como un submundo necesario dentro de su vida, y se formó en múltiples cursos y talleres. “No era esparcimiento, en el sentido de que no lo hacía ni para divertirme ni para esparcirme, sino que era una necesidad vital, una cuestión ontológica.” Hasta que los dos mundos se reunieron, al menos parcialmente, cuando ella ya contaba alrededor de treinta años. “Me formé como guionista de televisión, y ahí encontré un lugar para trabajar de algo más relacionado con la escritura. Aunque en realidad lo que yo quería escribir quedaba en segundo plano, porque me la pasaba escribiendo todo el día y cuando llegaba a mi casa no tenía ganas de seguir escribiendo, porque había estado todo el día, y te quema la cabeza.” Mientras trabajaba como guionista de televisión, ya había podido publicar en España un libro para chicos. Y aquí Claudia hunde la mano en el bolsillo y desenvuelve la curva de un paréntesis: algunos se confunden con esa publicación, dice, y afirman que ella comenzó escribiendo para chicos. “En realidad no es así. Ocurre que para chicos se publica mucho más que para grandes, entonces muchas veces hay autores que publican para chicos antes, porque tienen la posibilidad de publicar. En una novela para adultos, en cambio, a lo mejor hay que esperar más tiempo.”

Corría el 2005 cuando Claudia, que ya había quedado finalista en concursos de las editoriales Planeta y Tusquets, y que ese mismo año había publicado Tuya, ganó el Premio Clarín con su novela Las Viudas de los Jueves. “Fue una oportunidad muy grande, básicamente para publicar, para que los lectores te encuentren y vos te encuentres con los lectores. Hay un montón de gente que está escribiendo y que no consigue cómo publicar, entonces un camino son los concursos.” Claudia destaca la importancia de estos premios como verdaderas oportunidades para el escritor, y aclara que son útiles tanto para autores desconocidos que desean publicar como para quienes ya poseen una obra, porque les brinda popularidad acercándolos con un gran número de lectores.

En este sentido, Claudia hace hincapié en señalar la importancia de la difusión en la obra del escritor. “El libro tiene que tener la posibilidad de que la gente sepa que existe. El boca a boca es muy importante, que se vaya contando. Pero que aparezcas en algún lado también te ayuda mucho. Si no, hay muchos libros que desaparecen inmediatamente. Están apoyados sobre el mostrador, y al mes siguiente fueron al estante y la gente ni se enteró de que salieron. Y a lo mejor valía la pena.” De ahí deriva la necesidad, en el circuito literario actual, de que el escritor transite por varios escenarios junto a su obra, cuestión impensada hace unos años, cuando la única imagen que se conocía del escritor era una foto pequeña en la solapa de un libro. Pregunto cómo se lleva ella con este tipo de exposición y su respuesta, por algún motivo, me sorprende. “Es siempre estar como rindiendo examen, en una exposición que para los escritores no es natural, porque nosotros lo que hacemos es escribir. Pero si vos sacás un libro y no hacés nada más, es muy probable que no vaya por los lugares por los que tiene que ir y que no llegue a los lectores. Es como que hay que apoyarlo.” Y aquí dibuja una pequeña pausa, casi llego a ver la idea que le cruzó los ojos y que ahora, mientras habla, le curva apenas la sonrisa. “O eso por lo menos nos dicen los editores. Entonces nosotros vamos y lo hacemos”.

Entonces esta mujer hunde la espalda en el sillón mullido y toma aire para hablar, ahora sí, de su escritura. Comento que en algún lugar leí que el puntapié inicial de sus novelas es por lo general una imagen. “Sí, en mi caso siempre hay una imagen que es la disparadora: aparecen unos personajes y empiezan a hablar entre ellos, se empiezan a mover, yo empiezo a entender quiénes son y me imagino más o menos hacia dónde van y cómo van a terminar. Después, como la escritura de la novela es tan extensa, van cambiando, y a veces ese final que yo me imaginaba no es el adecuado y tengo que ir hacia otro lado.” Esa imagen primigenia surge de algún recoveco que ella no busca comprender, y aunque Claudia valora el papel de esta suerte de inspiración a la hora de escribir, es ante todo una defensora del trabajo. “La posibilidad de una novela aparece por lo general inconscientemente, como un sueño. Pero una vez que aparece esa semilla, lo demás es mucho más trabajo que otra cosa. Es sentarse todos los días, trabajar todos los días, corregir. Sin trabajo no lo lográs, aunque en el origen de eso que vas a escribir haya probablemente algo de inspiración, algo de secreto, en el sentido de no saber de dónde apareció.”

Esa imagen inicial, cuenta Claudia, queda macerando en su cabeza el tiempo necesario. Hasta que no se transforma en una escena ella no comenzará a escribir. Esperará paciente, en cambio, dejando que las ideas decanten, que se consoliden, que esos personajes comiencen a moverse, hablen, planteen un conflicto. Entonces se largará la escritura, y el consiguiente desafío de comprender quiénes son y a qué problema se enfrentan. “Para mí, lo más importante de la novela son los personajes. La trama en realidad es una excusa para ver quiénes son ellos. Me parece que lo que uno hace todo el tiempo es poner a los personajes en situación de abismo. Les ponés una situación límite y ellos tienen que definir qué hacen. No importa si es alto o bajo, rubio o morocho, sino qué decisiones toma ante determinada situación límite.” El profundo trabajo en la construcción de los personajes se deja traslucir entre las páginas de sus libros como una investigación consciente, a través de los microcosmos latentes que definen el universo de cada uno. “Intento hacerlo no sólo para los protagonistas, sino también para los secundarios. Saber quiénes son, a pesar de que quizás en la novela no cuentes mucho de lo que sabés. Lo importante es que ellos no van a actuar de la misma manera si son una persona o si son otra. Si no, terminan siendo maquetas funcionales a los personajes principales. A mí me gusta que tengan una vida, aunque esa vida no haga a la historia.”

Cuenta Claudia que a partir de esa escena primigenia se inicia el proceso de escritura y que entonces, siempre, aparece en su historia una muerte. Recuerda que Rosa Montero le comentó alguna vez su creencia de que todo escritor ha vivido una experiencia temprana que lo acercó a comprender la finitud de la vida. Quizás tenga que ver con esto. Como sea, la pregnancia de la muerte y la consiguiente búsqueda de la verdad han tendido frente a nosotras un puente, que cruzamos gustosas para introducirnos de lleno en el universo del género policial. “Yo nunca me senté a escribir un policial en el sentido de: bueno, voy a encuadrarme en este género. Siempre sentí en las novelas anteriores a esta última, Betibú, que la trama policial estaba en un plano secundario con respecto a otras cosas que se contaban. Me parecía que eran novelas que tenían elementos del policial, pero no una trama policial lo suficientemente potente como para que uno dijera que son policiales.” En Betibú, en cambio, la intención fue desde el comienzo construir un policial, y que esa trama tuviera la misma importancia que las pequeñas historias de cada uno de los personajes. De todos modos, señala la autora, los géneros a la larga no son más que categorías colocadas a posteriori, sobre todo para poder ubicar el libro en el estante de la librería que mejor le corresponde.

Entonces Claudia desliza una pausa, y aprovecho para preguntar acerca de las particularidades del policial de acá, de Latinoamérica. Esta vez sí se detiene a masticar las palabras antes de responder, y esboza una distinción fundamental respecto a la figura del personaje principal. “En la mayoría de los policiales latinoamericanos a los escritores nos cuesta encontrar la figura del detective o del policía. Porque sospechamos inmediatamente del policía. No vamos a creer que va a investigar y que nadie lo va a coimear. Eso hace que muchos escritores terminemos buscando otro tipo de detective: un periodista, que es lo más típico, un escritor, un ama de casa (Tuya), o la mujer que maneja una inmobiliaria (Las viudas de los jueves). Siempre estás buscando algún otro que investigue y que cubra ese bache que la institución encargada deja libre.” Para la autora, por otra parte, otro componente clave del policial latinoamericano es un tipo particular de violencia, “mucho más visceral”. Claudia sostiene que cada núcleo social engendra un tipo de violencia diferente, y es imposible que esta no se filtre y engendre variaciones diversas en los policiales que se escriben en cada cultura (a modo de ejemplo, menciona el narcopolicial mejicano).

En este sentido, es posible repensar el atravesamiento político de la mayoría de sus novelas. Formulo la observación y Claudia, tras reflexionar apenas un instante, habla de la imposibilidad de omitir el propio ser-político al momento de escribir. “El hombre es un ser político y me parece que en el caso de la escritura eso se vuelve muy evidente. Esto no quiere decir que vos tengas que hablar de partidos políticos: yo puedo tener un montón de ideas políticas, sin necesariamente manifestar adhesión a un partido concreto. Es muy difícil que un escritor no muestre su cuestión política en los asuntos que a la sociedad le competen.” Y sin embargo, aclara, al momento de escribir ella busca conscientemente evitar bajadas de línea que operen como divisorias entre el bien y el mal. “Me parece que el escritor puede manejar la cuestión política a partir del punto de vista: yo propongo un punto de vista y a partir de él miro una situación.” Es decir, hay un ojo que mira y nos invita a mirar. Y a partir de esa situación que nos es desvelada somos nosotros, lectores, quienes tenemos la responsabilidad de formular nuestro propio juicio de valor al respecto.

No caben dudas de la especial relación con el lector que propone el policial, y quizás a esto se deba el profundo amor de muchos autores por el género. A Claudia no se le cae la sonrisa mientras explica que “se trata de una relación muy cómplice, porque el lector está siempre como mirando por encima del hombro del narrador para ver si se puede adelantar un poquito y descubrir antes que él qué es lo que sucede. Es un lector activo, que participa. Muchas veces el que está leyendo sabe más que los protagonistas y se preocupa, porque sabe que les puede pasar algo.” Y tiene razón. Quién no jugó alguna vez a saltear de dos en dos las páginas para llegar a la resolución del misterio, a leer la última frase del libro, a trazar múltiples hipótesis mientras caminaba entre las letras.

Los ojos de Claudia y yo nos despedimos en la puerta. La alfombrita que hace un rato largo me dio la bienvenida sigue justo donde la dejé, medio torcida, como susurrando un chau lleno de barro seco. Las chicharras no cantan, pero el sol ahora más bajo todavía calienta la piel. Camino entre los robles eternos de esta pequeña ciudad levantada entre muros de piedra. Voy con cuidado, claro. No sea cosa que, pensando en su próximo libro, esta mujer con piel de palabra haya olvidado algún cuerpo entre las hojas.

La lucha armada del cine documental

La sexta edición de la Muestra  Nacional de Documentales, organizada por la Asociación de Documentalistas Argentinos (DOCA) fue el disparador para reflexionar sobre las particularidades de este cine y su historia. Esta vez, el lente de la cámara giró hacia las propias condiciones de producción y sirvió de arma para reclamar espacios de exhibición para producciones nacionales y latinoamericanas de documentales que no circulan en los espacios comerciales o tradicionales.

¿Qué piensan los protagonistas? ¿Cómo lo piensan? ¿Por qué lo piensan? Podemos imaginar que fueron algunas de las preguntas que los cineastas comenzaron a hacerse para dar quiebre a la temática que ocupaba las pantallas del séptimo arte hasta la década de los 60. Afinar la mirada, transformarla en crítica, investigar, documentar, relevar información fueron algunas de las tareas que comenzaron a girar la cámara hacia los sectores sociales más castigados, retratando recortes de la realidad para dar paso al Cine Documental que llegaba para quedarse. Fernando Birri, en 1956, fundó el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral, luego reconocido como la Escuela Documental de Santa Fe donde se filmaría “Tire Dié”, el primer film que plantea una problemática de forma realista y critica hasta entonces inédita. Unos años más tarde, en 1964 publica en “La Escuela Documental de Santa Fe” (Editorial Documentos del Instituto de Cinematografía de la Universidad del Litoral, 1964) sus percepciones acerca de la tarea del documental. “¿Cómo da esa imagen el cine documental? La da como la realidad es y no puede darla de otra manera. Y al testimoniar cómo es esta realidad -esta subrealidad, esta infelicidad- la niega. Reniega de ella. La denuncia. La enjuicia, la critica, la desmonta. Porque muestra las cosas como son, irrefutablemente, y no como querríamos que fueran. (O como nos quieren hacer creer -de buena o mala fe- que son).”

Bajo el slogan de “Ocupar las pantallas, insistimos”, la VI Muestra de Documentales organizada por la Asociación de Documentalistas Argentinos (DOCA), atrajo la atención de quienes invadimos desde el 8 al 14 de Noviembre las butacas del Cine Gaumont. Ocupar las pantallas nos remite a la necesidad de mostrar gran cantidad de producciones que empujan a la realidad tal como es a saltar desde la proyección hasta los espectadores.

La grilla de actividades nos fue ofrecida en diferentes secciones que organizan los documentales, muchos de ellos proyectados por primera vez en la muestra, y nos permite recorrer  las variadas temáticas establecidas como Luchas sindicales, DDHH / Memoria, Luchas campesinas, Pueblos originarios, Historias de vida, Latinoamérica libre, Medios de comunicación, entre otros sin dejar de darle lugar también a películas latinoamericanas y europeas. Para cerrar una semana de cine comprometido que apostó a la diversidad de contenidos y lenguajes, la Asociación de Documentalistas Argentinos organizó una mesa de debate sobre la actualidad de “Los traidores” película filmada en 1973 por Cine de la Base.

El miércoles 14 de Noviembre, último día de la muestra, la noche recibía a gran cantidad de espectadores que se iban agrupando en las butacas de una de las salas del primer piso. Pasadas las 22.00 horas y con una bandera del DOCA a sus espaldas, arrancaban la charla los ex miembros de Cine de la Base, entre ellos el sonidista Nerio Barberis, reconocido docente y documentalista que con micrófono compartido de por medio, nos regalaban el recuerdo de sus comienzos juntos. El grupo surgió por una necesidad de distribución, de llegar con “Los traidores” a las bases, a las escuelas, villas, sindicatos, plazas; la idea era que quien quiera pueda recibir el material, con una única condición: que se pueda dar posteriormente un debate. Al tiempo surgía una segunda necesidad, la de producir bajo el precepto de que los cineastas contaban con un arma de concientización: la cámara.

La VI Muestra de documentales, desde sus películas y sus debates, nos invita a la reflexión y a volver a preguntarnos ¿Qué piensan los protagonistas? ¿Cómo lo piensan? ¿Por qué lo piensan?, para entender realidades complejas que muchas veces nos son ajenas pero que necesariamente nos invitan a poner el cuerpo, experimentarlas, exteriorizar las vivencias y sentarnos a compartir las emociones que nos generan. El cine documental nos sacude y nos hace visibles problemáticas para que nosotros, los espectadores, salgamos de las salas en búsqueda de posibles soluciones, transportándonos nuevamente hasta Birri, socio honorario de DOCA, y su célebre frase “Conmovidos, pero lúcidos”.    

Los poderes del nagual

En México, desde la tradición tolteca, el nagual es un elemento del individuo vinculado a lo sagrado y que refiere a su capacidad de comunicarse e incluso transformarse en otros seres de la naturaleza. Más acá, en Mataderos, Nagual parece investir su música de toda esa fuerza mística. De la pizzería “Lo de Vidal” a la sala de ensayo, del primer disco al DVD próximo a estrenar, muchas cosas cambiaron para esta banda que el 21 de diciembre se presenta en Salón Rock Sur junto a Vox Dei y Maldita Suerte. Pero otras tantas, siguen igual: “La independencia para nosotros es fundamental, no lo cambiaríamos por nada, no hay dinero en el mundo que nos pueda comprar las decisiones que tomamos hoy. Con esfuerzo y tiempo logramos editar tres discos, sacar un DVD ytocar con La Renga“.

Pegadito al río, donde crece el Pehuén, donde todavía hay hombres, que conocen del Saber.
Yo quiero mascar otra hoja, quiero volver a subir, allá arriba en la montaña, donde te yo conocí.

Fotos: NosDigital

Los volví a escuchar con ese tema, fueron segundos de los primeros acordes y dije “Nagual”. No, no, en realidad dije ¡¡¡NAGUALLLLL!!! Es que las cosas que se viven en el barrio no se olvidan, el barrio es el barrio, como lo dijo Sabina, “Los pies en el barrio y el grito en el cielo”, todavía no me fui y ya me imagino volviendo siempre al mismo lugar. Soy de por acá desde siempre (y ni se te ocurra preguntar la edad, ¡che, no se le pregunta a las mujeres! Pero ponele que tengo bastantes canas en los ruleros). Soy de mi querido barrio de Mataderos, acá nací, crecí, me casé y los conocí (Cuantas tildes, ¿no?).

La cuestión es que un día, en realidad una noche, con pocas ganas de cocinar fui en búsqueda de una grande de muzzarella y dos porciones de faina a “Lo de Vidal”, desde el sótano los escuché, brotando en música me hicieron sonreír desde abajo. Desde entonces, soy “La vecina” a esa a la que le encanta Nagual.

“El primer baterista, que se llamaba Claudio Vidal, tenía una pizzería en la que nos juntábamos a comer y escabiar. Ahí tenía un sótano y cuando terminaba, porque cerraba a las doce de la noche, todos los pibes nos quedábamos ahí. Era un lugar en el que se juntaban muchos pibes y en el sótano ese habíamos armado una especie de sala comunitaria, yo antes tocaba la batería no cantaba, entonces llevé mi batería a ese lugar, otro llevó una guitarra y la dejabas ahí”. En el mismo barrio pero en otra sala, Ciriaco Viera, voz de la banda desde aquella pizzería comparte sus recuerdos mientras los mezcla con los míos y los nombres de todos los integrantes van surgiendo: Agustin Artale (batería), Facundo Terry (guitarra), Fachu Zabia (bajo), Marcelo Fuentes Molina (percusión), David Gagliardi (Bajo) y Federico Belai (guitarra) completan la formación de Nagual que desde el 2001 viene sonando desde Mataderos hacia, hacia, mmm… ¡hacia todos lados!

Claro que llegar a los once años de banda implicó muuuuuucho camino que recorrer y los principios se piensan y se cuentan llenos de sonrisas y convicciones que no nos dejan ni dudar que este pibe no podría estar en ningún otro lugar que no sea una sala de ensayo. “Para una carrera, o cualquier cosa que uno haga porque le gusta, hay momentos que son definitorios porque los haces y te das cuenta que te gusta o te tira para atrás, decís no con esto no. A mi la música siempre me gustó, mi viejo fue músico también, el día que me di cuenta que me gustaba la música fue el día que hicimos un recital, me acuerdo que vino mi novia que hoy en día es mi mujer, Pablito que hoy en día es le manager, había cinco, seis más, y había diez pibes que habían salido de laburar y estaban todos re en pedo y no vino nadie mas. Éramos quince con toda la furia y ese día entendí; laburamos todo, pusimos la bandera, ese día nos dimos cuenta que lo que nos movilizaba, nos gustaba era la movida, la música, la joda, la noche, todo lo que abarca el rock y ese día comprobamos que no estábamos por la gente”.

Cuando les cayó la ficha que realmente estaban haciendo lo que querían no los frenó nada, la seguridad de ir por donde querían se reforzó con elegir que las decisiones y el camino iban a corren por su cuenta y nadie más: “La idea de la banda siempre fue hacer las cosas nosotros, la autogestión”. Así fue como llegó su primer disco, “Nagual”, en el año 2004, apostando a la producción independiente. “Nosotros nos dimos cuenta que si llegábamos, si nos manteníamos y si lográbamos continuar siendo independientes iba a ser algo cada vez más fuerte en la banda, la autogestión. Tocar nuestro primer teatro “El Quijote”, primer lugar que hicimos con barra que fueron cien personas, nuestra primera fecha y nos dimos cuenta que habíamos hecho un recital y nos habían quedado, ponele lo que son hoy cinco mil pesos para poder grabar y dijimos claro, tenemos que hacer fechas nosotros mismos, hacer nuestra movida, hacer la barra y con eso podemos grabar y así empezamos”. ¡Que grandes estos pibes, y yo que los vi en la pizzería!

La banda no cambió su manera de producir cuando le llegó el turno al EP “Mi sitio” en el 2005, ni al momento de grabar “Guerrero” en el año 2007, mucho menos en el 2009 cuando vio la luz “Pacto de Sangre”. Tampoco cambiaron su forma de hacer música y siguieron apostando a la mixtura en las canciones: “Hacemos rock te diría que hasta pesado, pero fusionamos con candombe y con música andina, en el último disco se nota mucho más y en lo que estamos grabando ahora que tenemos casi nueve temas grabados se nota más todavía”. Lo que se viene va a salir recién en abril del próximo año, tranquilos manijeros que falta, todavía están en proceso de composición y digo “proceso” aunque me cerraría más decir “ceremonia” de composición “Antes me ponía yo con la guitarra sólo, traía acá y se armaba. Ahora al tener nuestro lugar y conocernos también mucho, todos los viernes nos juntamos, hacemos por lo general una comida, nos escabiamos un poco y empezamos a zapar, zapamos, zapamos, zapamos, y en un momento surge algo que quedó grabado y lo buscamos, lo encontramos y de ahí sale un tema .

Conocerse y crecer juntos los deja hacer un balance que da positivo siempre para el lado de las relaciones humanas ¿Qué otra formula puede hacerte más feliz que esta? “No trabajamos con productores, cada vez que ensayamos somos veinticinco, la banda y todo un equipo que se armó, primero que nada por amistad, y después cada uno fue encontrando su lugar en la banda y hoy en día la independencia para nosotros es fundamental, no lo cambiaríamos por nada, no hay dinero en el mundo que nos pueda comprar las decisiones que tomamos hoy. Con esfuerzo y tiempo logramos editar tres discos, sacar un DVD, tocar con La renga, cosa que para nosotros es re loco que ellos vengan y se preocupen por darnos una mano para armar toda una historieta con lo que estamos haciendo, creo que esas son cosas que no tienen valor económico, y que si uno fuera de otra manera o actuara por o para algo, no sucedería. Entonces, creo que lo que más ganamos siendo independientes es el placer de poder pararte ante cualquiera y decirle no, yo no hago esto o sí, lo quiero hacer porque tengo ganas, no porque vos me pagas un disco”.

Te perdiste cuando leíste DVD, claro, es que todavía a esa parte no llegué. Eso viene el viernes 21 de Diciembre, casi casi a fin de año, cuando en Salón Rock Sur, junto a Vox Dei y Maldita Suerte (¡Si, un fechón!) la banda presentará su primer DVD filmado el año pasado mientras festejaban cumplir sus primeras diez velitas.

Un recital que promete ser increíble y el que yo, como vecina fanática no pienso perderme. Es que cada vez que los veo, descubro algo nuevo que me hace volver a sonreír como aquella primera vez del sótano. En la sala de Mataderos, mientras me estoy yendo lanzó una última pregunta “¿Che, el nombre de donde salió?”, que me devuelve una perlita de respuesta: “Mi papá es plomero gasista, por ende yo soy plomero gasista y  mi hermano es plomero gasista. A los 16 años me vine a vivir solo de Mar del Tuyú con mi hermano más grande y me puse a trabajar en un psiquiátrico en Avellaneda, hacíamos toda la parte de mantenimiento. Ahí trabajaba una doctora, que era la esposa de Tancredo que tocaba con León Gieco, entonces cuando ella me vio que llevaba la guitarra me dijo si no quería ser el asistente del marido,  y mi primera experiencia musical no fue como músico sino como asistente de Tancredo. Este muchacho viajaba con Gieco a un montón de lados, a uno de esos lugares que viajo fue a México y cuando volvió me regaló un libro que se llamaba “Las enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castaneda, que habla de un indio que se llamaba Nagual y cuando lo terminé de leer dije ‘Cuando forme una banda le voy a poner Nagual’”.

Dale y dale, Sambara!

Sambara, esa fusión de instrumentos, sonidos y energías que suman mucho más que seis, despide un año de encuentros y música en el Marquee el 28 de noviembre a las 21hs. Antes de la grabación de su próximo disco, prometen una noche de rock y fiesta, y un invitado de lujo: Javier Malosetti.

Fotos: NosDigital

Casi no interesa que sea de madrugada, en realidad tannn tannn de madrugada no es, son las 10.00 de la mañana, ¡PARA CHE, PERO ES SÁBADO! Y ayer nos fuimos de fiesta. Casi no interesa el sueño, el bondi que tardó una eternidad, ni mis lentes negros encastrados a las ojeras. En realidad, me importaban hasta que llegué y me di cuenta que los que habíamos salido la noche anterior éramos varios. Es que Sambara por estos días anda articulando su tiempo entre ensayos, entrevistas, radios y la vida de jóvenes que el promedio de 22 años los invita a disfrutar.

Hace un tiempo los conocimos escaleras arriba en un bar de San Telmo y nos abofetearon con un torrente de energía que parecía rebotar en las paredes y regresar al escenario duplicada mientras viajaba entre el público, el agite y los globos para volver a entrar en los pibes por la boca del megáfono que hacia vibrar el ambiente.

Nada cambió. Volvemos a vernos y otra vez ellos, que son Sambara y que también son Federico Schujman en voz y guitarra acústica, Gabriel Kerman en guitarra y coros, Andrés Elijovich en piano eléctrico, guitarra y coros, Marcos Lorenzo en sintetizador y coros, Ariel Schujman en bajo y coros y Julián Malosetti en batería y percusión, vuelven a erizarnos la piel y a ponernos a cranear lo simbólico de su nombre, ese rey de la mitología hindú que se apropió de sus cuerpos en medio de un ejercicio vocal que los hacia cantar “Sambarabo, sambara esto, sambara algo,¡SAMBARA!” Claro, entendiste bien, primero jugando eligieron el nombre y después se enteraron lo que significaba cuando ya estaban entregados y poseídos por la música.

Es que ellos, arriba de las tablas se transforman y el show llega para recordarnos que lo que importa es el vivo, ¡Sí, importa estar vivos!, movernos, contagiarnos, cantar, gritar y participar del ritual que invita a ponernos máscaras mientras danzamos sin vergüenza casi escondidos tras el plástico coloreado que el hilo de oreja a oreja sostiene. Ya realmente no importan las ojeras ni las ganas de estar en la cama, estos pibes te obligan a moverte, cada vez más convencidos de que la invitación para el 28 de Noviembre en el Marquee promete una expansión de vibraciones desde el escenario hasta el ultimo del público. Sambara junto a Javier Malosetti como invitado de lujo cierra el año a lo grande. Mientras tanto, quedan algunos días para descontracturar el cuerpo y llegar dispuestos a sumarnos a una verdadera fiesta.

Pinceles de mujer para volar alto

En la Galería NES (No estamos solas), hay dos artistas que en un entramado de colores se animaron a volar juntas. Los pinceles-alas son los de Marta Badano y Alejandra Chacón, que exponen “Vuelos y tramas” hasta el 7 de noviembre. Entre las paredes enfrentadas, infinitos puentes de diálogo entre estas dos mujeres que hacen y piensan el arte.

Hay en pleno microcentro, entre bares llenos de medialunas de manteca y maletines apurados que no dejan de mirar la hora, un rincón escondido donde los ojos pueden escapar de la vorágine y descansar un rato. Porque en Galería Nes, detrás de una puerta vidriada y hasta el 7 de noviembre, se expone Vuelos y tramas, muestra conjunta que reúne las obras de Marta Badano y Alejandra Chacón. Nos acercamos hasta la galería para compartir un recorrido por la exposición junto a sus hacedoras y conversar acerca de las obras expuestas, las posibilidades del arte abstracto, la importancia de mostrar el propio trabajo y la dificultad de ingresar en el circuito del arte.

Fotos: NosDigital

La galería es pequeña. Apenas dos paredes inmaculadamente blancas, una frente a la otra, y un panel negro al fondo son el soporte desnudo sobre el que los colores estallan. A esta hora del mediodía, mientras los oficinistas mastican apresurados algún sándwich de esquina y las motos dejan surcos en el asfalto de la ciudad, el espacio está casi vacío, y así sugiere una intimidad naranja en la que nos sumergimos gustosas. Sobre las paredes laterales, las obras de Marta y de Alejandra están enfrentadas. Ellas, en cambio, eligen exponer juntas hace varios años y creen haber encontrado una fórmula que funciona. Aunque indiscutiblemente diferentes, mi primera sensación es que sus producciones armonizan en un equilibrio frágil, en el que los contrastes evidentes destacan las cualidades propias de cada una.

Nos invitan un vaso de gaseosa fría, perfecto para despertar de un cachetazo la percepción adormecida en un día tan húmedo y pesado como hoy. Y entonces, sentidos alerta, comienza la visita. Alejandra nos pasea por las series en las que trabajó este año, en un sendero que parte de lo casi puramente abstracto y poco a poco incorpora retazos de figuración. Dice que la elección por lo abstracto surgió a partir de una situación personal muy dura, en la que el arte fue salvador. La tristeza profunda que la invadía, y lo cuenta con una sonrisa que se le insinúa apenas sobre el borde de los ojos, sorpresivamente se transformó sobre la obra en un estallido de color y de energía, en un deseo intenso de aferrarse a la vida. Luego, poco a poco, “los ánimos se fueron serenando, y entonces empecé con lo más sereno, más dibujo, más figurativo”.

Hay en todas sus obras una pregnancia de formas circulares. “A mí, como imagen, desde lo técnico, el círculo me encanta. He hecho muchas series con círculos. Y después trato de entender qué me pasa en la cabeza para llegar a esa necesidad de siempre estar dando vueltas alrededor de eso.” Entonces Alejandra arriesga una interpretación acerca de lo que esa forma representa, y con voz honda afirma que la vida entera puede inscribirse bajo la línea equilibrada del círculo. “Me da la sensación del inicio, del inicio del universo, de la naturaleza y de uno mismo también. La cosa de lo circular para mí tiene sentido desde lo filosófico y desde lo visual. En cierta medida así es la vida. Uno inicia, da una vuelta y vuelve.” Así, la artista nos invita a recorrer su mundo de círculos, en los que tímidamente al principio y con más ímpetu después comienzan a esbozarse algunas formas orgánicas. Es una vuelta a la figuración, sí, pero a una figuración diferente. “Cuando uno vuelve, vuelve distinto, porque ya pasó por otras experiencias, en el arte y en la vida.” En este sentido, sostiene, la obra también tiene que ser (y es) siempre un diálogo con uno mismo. Se ríe cuando dice que ver sus propias obras es para ella como mirar fotografías: “porque es así, vos las ves y te acordás de todo lo que te estaba pasando en ese momento”.

En la pared de enfrente, contrastando con las líneas precisas y la geometría equilibrada, el color explota en pinceladas densas que dejan huellas hondas sobre la tela. Se trata, es evidente, de dos modos muy diferentes de trabajar. Si Alejandra teje y arma redes partiendo de la hoja en blanco, Marta se deja seducir por lo que los primeros colores desplegados le sugieren. “Hay alguien, que fue mi maestro, que siempre dice: ‘primero la pasión, después la reflexión’. Entonces yo primero meto pintura, me dejo llevar por la pincelada y por el color, que es lo que más me gusta. Y después empiezo a ver qué cosas quiero destacar, qué formas me gustan, qué me sugieren esas pinceladas y ese color, si bien uno no busca una forma concreta, porque acá no hay nada conocido, nada figurativo.” Y aunque es cierto que aquí no hay figuración, que son más bien pinceladas de color puro que se funden en formas corpóreas y desconocidas, frente a mis ojos de pronto las alas de un pájaro se abren con violencia, o un perfil asoma desde las profundidades de un azul abismal. Marta se ríe cuando lo comento, y la suya es una risa explosiva, llena de peces, una risa que bien podría plasmarse en una de sus telas. Me dice que claro, que cada uno le pone a la obra su pensamiento, su sensibilidad y su propia mirada. “Pero cuando yo trabajo no estoy pensando en lo que estoy haciendo, es inconsciente puro, lo que tengo adentro y sale, solamente me dejo llevar.”

Lo cierto es que hoy Marta encontró una imagen propia, y lo dice con un orgullo que se le prende en los ojos como una pincelada viva. La búsqueda fue dura. Ella es docente de arte, y cuenta que le costaba comprender por qué lograba con sus alumnos cosas maravillosas que luego no podía plasmar en su propia obra. “Trabajar con el alumno es un desligarse, porque vos estás trabajando pero el trabajo no es tuyo, es de él, entonces el que se hace cargo es él. Y cuando yo me ponía a pintar por mi cuenta y estaba llegando a la obra, cuando ya estaba llegando a mi imagen, largaba. Me boicoteaba a mí misma porque me asustaba. No me atrevía a mostrarme. Porque esto es mostrarte a vos: esto sos vos, es una parte tuya.”

Mostrar, entonces. Y mostrarse. Veo una puerta que se abre y la atravieso. Las dos coinciden en que construir una imagen propia y animarse a exponerla ante ojos ajenos es un proceso largo y dificultoso, de autoaceptación. “Es una cuestión de decisión y de perder los miedos”, dice Marta. “Sí, y también hay que creérsela un poquito. Eso es lo que te permite superar la cosa censora”, acota Alejandra. Entre chistes que van y vienen cuentan acerca de los nervios que despiertan las exposiciones, las taquicardias del día anterior, las inseguridades de colgar o no colgar una obra, el mar de dudas a último momento, los pequeños accidentes, la ansiedad como una segunda piel.

Se me ocurre preguntar entonces si la obra se modifica al estar expuesta, si hay algo en ella que cambia una vez que se la ofrece a los ojos de quien quiera pasar a verla. La respuesta llega casi antes de que termine de preguntar. “Totalmente. La obra en su lugar, que es una galería o la pared de una casa en la que esté bien colgada, es completamente diferente. Con una buena pared, un buen espacio sólo para ella y una buena iluminación, se ve en toda su magnitud.” Marta nos traslada a su propia casa y cuenta que junto a su marido (también artista plástico) han colgado obras en todos los rincones. Imagino entonces paredes desaparecidas bajo un denso tapiz de cuadros. Una casa hecha de arte. Y sin embargo así, en el espacio reducido, hay algo de la magia de la obra singular que se pierde. “Pero bueno”, se sonríe ella, “no hay otras posibilidades, sino dónde la ponemos”.

Este es el segundo año consecutivo en el que Alejandra y Marta exponen juntas en Galería Nes, aunque ya habían realizado muestras conjuntas en otros espacios. La inserción en el circuito del arte argentino es, según refieren, tremendamente dificultosa. Es necesario golpear puertas incansablemente, tocar timbres, no dejar de insistir. “Cuesta muchísimo. Te tenés que meter vos de prepo. Ser caradura y poner la cara. Hay gente que lo ha hecho toda su vida, y hay gente que no sabe hacerlo, y que tiene una obra excepcional y no se sabe vender. Es muy difícil congeniar las dos cosas: ser un buen artista y vender.” Por otra parte, dar con una galería adecuada en la cual exponer parece ser también una meta compleja. “Hay muchas galerías truchas que lo único que hacen es sacarte plata, y te llenan la pared de obra. Sin ninguna estética, sin estilo, sin calidad.”

El abuso de los galeristas, según ellas, hunde sus raíces en una necesidad genuina e impostergable que surge en el artista en un momento dado de su carrera: exhibir su trabajo. Así lo observa Alejandra cuando afirma que “hay un punto cuando vos venís trabajando en esto en el que decís: bueno, ahora voy a mostrar. Y entonces empezás a ver lo difícil que es acceder a exponer. Y es muy importante para uno poder mostrar”. Está claro. Mostrar el propio trabajo, ya lo han dicho, es dar un paso más (y uno importante) en la construcción del ser-artista, porque implica animarse a poner ante los ojos de otros lo que uno tiene para decir. En definitiva, como señala Marta, “exponer tu obra es exponerte a vos mismo”. Y partiendo de esa necesidad fundamental de los artistas, los espacios de arte pueden permitirse cobrar para exhibir, muchas veces de manera descontrolada.

Parece que ellas, sin embargo, pudieron encontrar el espacio y sobreponerse a las inseguridades. Hoy se arriesgan a exponer y a exponerse, y nos invitan a sumergirnos en sus obras. Algunas están llenas de entramados complejos entre los que asoman tibias reminiscencias figurativas. Otras se dejan llevar por el vuelo del pincel y sugieren formas orgánicas e indefinidas. Casi despidiéndonos observamos, sin embargo, que hay una cuestión que se repite en todas ellas: la posibilidad de una doble lectura. Por un lado, la obra desde lejos y como un todo compuesto por formas abarcativas. Pero por otro, al acercarnos, la posibilidad de sumergirnos en múltiples intersticios, descubriendo mundos escondidos. Y entonces ellas, amigas, compañeras de exposición, deben reconocer que después de todo y al menos en este punto “llegamos las dos a la misma cosa, desde dos lenguajes completamente distintos.”

La Galería NES queda en Piedras 182

Canciones para poner el cuerpo y decir basta

Tras el lanzamiento de “CUERPO. Canciones a partir de Mariano Ferreyra”, NosDigital se encontró con Aitor Graña, primo de Mariano y creador del proyecto: “No es en contra de nadie el disco, sino en contra de que no pueden matar a nadie en la calle así. A nadie, sea quien fuere”.

Fotos: NosDigital

“Mariano puso el cuerpo, sus compañeros también, los tercerizados también lo ponen, todos los ponemos. Los que informan lo ponen, los músicos lo pusieron”. Cuando Aitor Graña nombra a Mariano, líneas circulares parecidas a hoyuelos estirados le engalanan la sonrisa que confiesa extrañarlo.  

Aitor, primo de Mariano Ferreyra, es la voz de Calican Groove, banda que desde hace seis años recorre escenarios con su canción. Pero es también músico desde siempre y fue ahí donde encontró la manera de pedir justicia. Desde la creatividad, esquivando la reacción, laburó durante casi dos años para darle forma a “CUERPO. Canciones a partir de Mariano Ferreyra”. Del nombre prefirieron sacar la palabra “asesinato”, que en un principio se había pensado, por una razón que no deja lugar a replica “Ya está instalado lo  que le pasó a Mariano Ferreyra, lo mataron”.  

Nos acomodamos en los sillones separados por mesas que solían ser tambores, pero que ahora reciclados nos sorprenden con una luz interna coronada por la pava, las galletitas en un tubo de vidrio y el grabador sobre ellas. “No es un homenaje a Mariano el disco, es un disco por, para y a través de él”, aclara Aitor mientras estoy por dar paso a la primera pregunta después de devolverle el mate amargo que nos convida en el living de su casa.  

La idea surge a un mes del asesinato de Mariano. Durante un festival en Plaza de Mayo un móvil de FM La Tribu se acercó y le preguntó si iba a hacer algo. Fue en ese momento en el que Aitor empezó a cranear el proyecto. “El disco es un objeto, queda en el tiempo y está bueno. Solo no podía llevarlo adelante porque sabía que era un trabajo grandote y me acerqué a La Tribu, la radio con la que siempre me sentí más afín en la forma de comunicar las cosas.” 

Se plantearon desde el comienzo varias líneas a seguir: los temas debían ser nuevos y en duplas y podían hablar de lo que quisiesen, no necesariamente de Mariano. La consigna era hacer música, de manera apartidaria. “No es en contra de nadie el disco, sino en contra de que no pueden matar a nadie en la calle así. A nadie, sea quien fuere”. Luego de una convocatoria cerrada, algunos que dijeron que no y otros que ni siquiera contestaron, varios dieron su “sí” y las duplas empezaron a tomar forma. De los catorce temas que lo componen, solamente el primero lleva la voz de un único artista: Gabo Ferro eligió cantar a dupla con el silencio de los que prefirieron no estar.  

CUERPO, se lanzó a dos años de la muerte de Mariano y lleva vendido lo suficiente como para cubrir los gastos de producción. El resto del dinero, con el fin de que nadie haga negocio con lo sucedido, es destinado a CORREPI, Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional.     

“Muchas veces cuando tenia que decidir le preguntaba a él ¿vos qué hubieses hecho? Y se me respondía automáticamente la pregunta”. Hoy, después de un camino largo de trabajo, Aitor mira con alegría el resultado y nos confiesa: “Yo lo empecé a llorar al negro a medida que iba haciendo el disco. Me genera una alegría enorme, porque se cuidó y se hizo como se tenía que hacer y se nota por el ida y vuelta que hay con la gente”. 

Termino de escuchar las catorce canciones que lo componen y me queda latiendo en la piel la pluralidad de voces que se unieron en un solo mensaje, muchos y diferentes querer decir, querer ser parte con un solo fin. Reviso el arte de Mariano Lucano que le dio vida al soporte y casi en las últimas hojas me tropiezo con palabras de Aitor Graña que parecen ser la conclusión de la charla en el living por donde se cuela entre mates la tarde soleada.  

“Comencé a repasar dos cosas que siempre pienso: la primera es que toda expresión artística debe tener un compromiso social. Y la segunda, que ante la bajeza humana, siempre hay que nivelar para arriba”.  

Uno es lo que hace. De eso se trata, de poner el cuerpo.     

La fiesta de las palabras rompemuros

Salió el nuevo número de ELBA (En los Bordes Andando), revista – fruto del trabajo del taller de expresión que se realiza en la Unidad 26 de la cárcel de hombres de Marcos Paz y la Unidad 31 de la cárcel de mujeres de Ezeiza. El lanzamiento de la edición dedicada al tango y el lenguaje fue motivo de fiesta. Esos mismos bordes por los que andamos fueron escenario para explorar juntos los límites del adentro y del afuera .

Nuevo número de Elba

Lo de afuera es real. Lo de adentro también. Lo único irreal, quizás, sea la reja. Si adentro existen barras de hierro es porque afuera existieron y existen rejas de razones. Y, entonces, la prisión se transforma en ese único lugar en el que el poder puede manifestarse desnudo, en sus formas más pornográficas,  y al mismo tiempo justificarse como poder moral.

La mezcla entre algún Foucault, algún Paco Urondo y algún anónimo disertante puede sonar a chamuyo. Pero algo, sólo un poco, de todo lo que se junta en el vago concepto  de una cárcel, de un encierro, se hizo materia un día de lluvias y relámpagos gracias a un taller de culturas.

El taller literario “En Los Bordes Andando” es mucho más que eso. Entre otras cosas, también, es ELBA. La revista anual que se edita con las creaciones de quienes pasan por el taller, piensan, aprenden, leen, se expresan, critican y escriben. Ellos son los chicos y muchachos de la Unidad 26 del Complejo Federal de Jóvenes Adultos de Marcos Paz  y las chicas y señoras de la Unidad 31 del Centro Federal de Detención de Mujeres de Ezeiza.  Su 5to número, dedicado al tango y su lenguaje, se celebró en el salón de educación física del penal de Ezeiza. A la hora de dar las primeras pisadas, el lugar nos hizo levantar las miradas con sus techos altos, pero de límites bien presentes; donde suele haber un arco se montó el sonido para una tarde de fiesta. Una sola mesa, de las que se sostienen con taburetes, atravesaba el espacio de pared a pared. En una de las puntas nos esperaban los y las protagonistas: los cuerpos, los rostros, las mentes, las miradas y los espíritus de quienes hacen ELBA. Ellos eran el centro de la jornada de lectura, festejo y estrenos. Por algún motivo, corrían el foco e insistían en agradecernos a nosotros por estar ahí.

En los bordes caminan varios y diversos. Hay que aclararlo de entrada. No sólo los negros villeros y de mierda.  Se encuentra, también, una señora elegantemente vestida, de esas que por Palermo son una pieza más del fino decorado. Entonces, ojito, a no generalizar: no todos encajan en el basureado estereotipo de pibes y pibas chorros y chorras. De repente, como si un martillazo golpease el tablero haciendo volar miles de fichas de distintos colores y formas, se encuentran mujeres de Europa Oriental: Polonia, República Checa y Hungría. También de Asia: Filipinas y Tailandia. Y no se descuentan las mulatas ni las trenzas de Centro América: Puerto Rico, Honduras y República Dominicana. Es que la Unidad 31 de Ezeiza es para mujeres de buena conducta, madres y extranjeras. Es allí donde nos reunimos en torno a la necesidad de expresarse desde los márgenes, y pronto nos admiramos de la capacidad de tender puentes entre mundos distantes en situaciones extremas.

Los autores y autoras de la revista esperaron a todos desde el principio del día. Estaban sentados a la guarda de que lleguen los invitados de la fiesta. Los  anfitriones del propio encierro recibieron a invitados varios: artistas, intelectuales, alumnos y alumnas de la UBA, periodistas, músicos y tangueros. Saludaron a todos uno por uno. Se presentaron. “Nosotros escribimos en ELBA.”

Al principio, en el ambiente reinó cierta tristeza y bronca: diez de los chicos de Marcos Paz no habían sido habilitados y autorizados para la salida transitoria. Luego de todo un año de trabajo no pudieron presentar el estreno de la revista junto a sus amigos. “Pero si es casi un traslado, tampoco es que queríamos ir a un parque de diversiones”, se quejó uno de los compañeros. “De todas maneras, vamos a leer sus textos, para que estén acá de alguna manera.” La tarde tuvo que seguir con esa pena.

En esa foto ficticia donde los unos podían ser los otros y donde todos parecían sentados a una misma mesa en cualquier lugar del mundo se dieron a conocer las palabras que evidenciaron lo múltiple y lo complejo. “Hola, soy señora de las cuatro décadas y estoy de vacaciones en el penal”, “I´m from Filipinas and i´m here for droug traffic”, “Yo ser de Polonio y vengo aquí por drogas”, “Hola, cómo va, para mí no importa por qué estás acá, gracias por haber venido a compartir esta tarde con nosotros”, “Buenas tardes, ustedes vieron cómo es, a veces si cometés un error lo pagás y, a veces, si no lo cometés, también”, “Hola a todos, me alegra que hayan venido a conocernos para que puedan entender que estar preso no es simplemente patear rejas”. Los colores de las voces desbordaban cualquier paleta. No solo por los idiomas varios, ni por sus distintas edades, ni por sus ropas diversas, ni por sus lenguajes siempre complejos, sino porque el cuadro de la vista se veía desbordado ante la intención de hacerse conocer, de querer mostrarse y relacionarse con quien quiera comprender que estar preso no es lo mismo que ser preso y que lo múltiple nunca debe reducirse a lo único.

Como para que quede más claro:

María Rowena Villaruz, una mujer filipina y muy joven, después de haber intentado un aparatoso castellano pidió hablar en inglés, aunque nadie la entienda, “solo para sentir que se expresa sin barreras”.

María Ferreyra de Caseros, una madre de cinco hijos que recuperó su libertad luego de tres años por haber sido declarada inocente del motivo de su encierro. Leyó un poema en público dedicado a su nieta fallecida. Se quebró. Todas sus ex compañeras del penal se levantaron y la abrazaron. Nos diría también que ahora, desde afuera, lee lo que escribió mientras estuvo presa y le asombra la oscuridad, la angustia y la bronca que destilaban sus letras.

Carlitos de Soldati se paseó por el penal de mujeres con su camiseta de San Lorenzo. Recordó cuando volvió a la cancha después de 3 años y medio de cárcel sin salidas transitorias y se emocionó. “El futbolero lo entiende”, dijo. Luego, recitó su poema en voz alta para su querido Ciclón: “Te conozco desde el nacimiento del sol y de las lluvias”.

Leíto Jara es de su “hermoso Lugano”. Un galán verdadero. Tiene todos los accesorios: remera al cuerpo, aritos, reloj grandote, jean piola y zapatillitas de futbolista. Las chicas lo relojearon sin pausa. Las más osadas le suspiraron. Pero, él le se limitó a leer un poema a su hija Keyla y hacer llorar hasta a los más peludos y grandotes.

María Hidas es húngara. No habla casi español. Sólo húngaro. Leyó su poema en frente de todos en su propio idioma. Nadie entendió absolutamente nada. Pero todos pensaron y lo sintieron lo mismo: qué lejos queda Hungría de Ezeiza.

Veronika Horackova nació en República Checa y vivió en Ámsterdam. Ahora está presa en Ezeiza. Es la única checa detenida en el país. Es hermosa. Decidió leer su poema en tres idiomas: castellano torpe, inglés perfecto y checo inentendible.

La tarde transcurrió entre sonrisas y mates. El adentro y afuera se puso difuso. Sin los barrotes del prejuicio todo era ambiguo. Estaban los que interactuaban, los que se fundían y los que se cerraban ante todo. Los polos, alguna parte de ellos, resistían, pero sin signos ni esposas.

Desde un costado, detrás de un vidrio, miraban los vigilantes. Los uniformes oficiaban de un gran Gran Hermano detrás de un vidrio algo espejado. Una clase de tango dejó algunas parejas que se sonrieron y se miraron a los ojos por más tiempo del pensado alguna vez. El afuera y el adentro era solo una indicación para los pasos de baile: para poder hacer una “C”, un ocho adelante o un ocho hacia atrás. Hubo abrazos toscos, apretados, amistosos, calientes, aparatosos, distantes y fraternales; entre risas nerviosas y miradas profundas, nos encontramos y nos fundimos en una ronda que siempre volvía sobre sí misma reafirmando el sentido de comunidad que empezaba a emerger.

En esos instantes de tanto tango llegaron desde las celdas algunas madres con sus bebés y otras tantas embarazadas. Ezeiza es el penal donde hay un jardín maternal, donde muchos pibes y pibas nacen y se crían junto a sus madres y sus compañeras de pabellón. Se cuidan las criaturas entre unas y otras y se cuidan también entre ellas. Entre llanto y llanto se animaron a tirar algún pasito de 2X4. Quienes no se lanzaron al abrazo, permanecieron alrededor de la ronda y se encargaron de circular lo que habían cocinado para la merienda.

Luego, llegó la música y algún bandoneón resultó un poco ajeno para algunas miradas. Se sumó una flauta piccolo y otros tangos más. Aplaudían al unísono y los que sabían los temas se animaban a cantar desde los bancos. Después llegaron las guitarras y la cosa se puso más movida. Canción va, tango viene, dos chicas se pararon y se animaron a practicar unas piruetas que habían aprendido recién. De a poco se fueron acercando al cantante.  De lejos lo miraban y él se sonrojaba. Mucho chiflido y grito bien agudo como para hacer sonrojar a los muchachos. Una de las chicas se fue a su banco. Quedó bailando Moira solita, alias “Shakira”. Remera flúo amarilla, shortcito de jean, medias de red y zapatillas plateadas. Una reina. Se acercó meneando mientras las guitarras marcaban el compás final de algún candombe. Sin preguntar ni tropezar se sentó a upa de quien cantaba y lo abrazó con ambas manos por sobre su cuello. El tipo quedó rojo como un tomate. Ella le pidió respetuosamente el micrófono y lo apuró: “Ahora, la pregunta es: ¿vos qué tocas?”. La sala estalló de risa. “Las cuerdas vocales”, contestó él con algo de rapidez. “Ahhh, entonces puedo ser tu instrumento…” La sala rompió en un único rugir de ovación: “¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira! ¡Shakiiiiiira!”.

En el descontrol de las bandas llegó más gente y más gente. Desde la puerta que dividía las cárceles del cuarto intermedio de igualdad salieron tres chicas agarradas del brazo. Dos de ellas de Tailandia, la otra de Puerto Rico. Hablaban en inglés, claro. Se sentaron detrás de unos estudiantes de la UBA que presenciaban la actividad. Ellos tomaban mate y no tuvieron mejor idea que ofrecer.

-¿Quieren un mate, chicas?- dijo uno

Las dos tailandesas miraron a la traductora puertorriqueña y le dijeron: “What´s that?”.

-¿Qué es eso?- preguntó la morena de trenzas

Los chicos alcanzaron a responder: “Mate”.

Entre idas y vueltas las terminaron convenciendo. Una de las chicas de Tailandia agarró el mate y no supo que hacer. Sacó la bombilla y todos le gritaron “¡Nooooooo!”. Ella se asustó y dejó el matienzo. La volvieron a convencer. Con mímicas muy claras, juntando los labios y frunciéndolos, le indicaron que debía chupar, sin más, de la bombilla. Lo hizo. Su cara medió entre ser educada y evidenciar que le había parecido un asco. Se rieron todos. Luego pasaron por el ritual las otras dos muchachas. También tuvieron una eterna duda e indecisión con la bombilla. Tampoco les gustó.

Los músicos habían terminado. Las chicas cantaban: “Una más, si no, no se van” ¿Será que en la cárcel no se jode? Antes de enfundar sus guitarras, agradecieron y dijeron que nunca habían tenido un público tan entusiasta.

Cuando la comida ya escaseaba y todo tomaba un matiz final la cumbia se hizo escuchar. Desde algunos parlantes empezaron a sonar esos ritmos que hacen mover las carnes. Todas bailaban, eh. Las de Europa Oriental, las de Lugano, las de la 31, las de Filipinas, Tailandia, las de UBA. Y los pibes también, claro. Aprovecharon y se metieron en el baile. Entre meneo y meneo, cuerpo a cuerpo, se divertían y la pasaban bien. Sí, aunque resulte difícil entenderlo y creerlo: la estaban pasando bien. También volaron algunos besos y abrazos. La cosa se puso, hay que decirlo, algo cachonda. Y con un golpe de cadera, alguno se habrá puesto a pensar si en este encuentro no estaremos liberando nuestros cuerpos, moviendo un poco el culo alrededor de tanto barrote (las de la cárcel y las que aprisionan desde adentro). Entre las danzas, sentimos que algunas posiciones de dominación se inviertían, que desafiábamos las lógicas del encierro y realmente experimentamos en la propia carne la fiesta de expresarnos desde nuestra libertad más honda. Entre tanto cachengue la música cesó. Se escucharon algunos insultos. Pero, no había más remedio que irse ¿A dónde? Depende. Y sí; la realidad suena a reja que cae con un golpe seco.

Algunos se despidieron con mayor efusividad. Otros dejaron números de teléfono de algún pabellón o de alguna casa. Se volvieron a saludar y se fueron. Las puertas eran iguales, pero no: no eran las mismas. Una dejaba a esos seres mirando hacia los bordes a través de las rejas de siempre. La otra indicaba el camino hacia la cárcel.