Premio al retrógrado: 100 palos para Abel Albino

Abel Albino es uno de los fieles ejemplares de la injerencia de grupos católicos en las políticas de Estado. Para atajar los efectos de las políticas de ajuste como la pobreza y la desnutrición infantil, el gobierno firmó un convenio con la fundación CONIN, del controvertido doctor. Su metodología se basa en una visión misógina de la mujer y retrógrada del sexo. Su afiliación al Opus Dei, la relación con la Iglesia, la “coninización” de Salta y el nuevo contrato con el ministerio de Desarrollo social que le da 100 millones y más poder.

Macri se comprometió y cumplió.

La reunión sucedió en la casa de Lilita Carrió y tuvo como protagonistas al entonces candidato Mauricio Macri y al doctor Abel Albino, presidente de Fundación CONIN.

El compromiso que sellaron los dos viejos conocidos – en 2012 Albino había firmado un convenio con el Gobierno de la Ciudad con Macri al frente – fue el de “hacer del trabajo de Conin una política de Estado”.

Primero, sonó para Ministro de Salud. Pero enseguida las redes se inundaron de las frases más retrógradas que colecciona el pediatra, manifestando su repudio a Albino y a Macri, que dio marcha atrás.

Entonces, en vez de un cargo, le dieron millones.

A menos de un año de aquella reunión, ya con Macri en la Casa Rosada, Albino recibió 100 millones de pesos de la mano directa del Estado, a través del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

El convenio, que lleva la firma de la abogada Carolina Stanley, se firmó a fines de abril y contempla la apertura de 30 nuevos centros de atención a la primera infancia y el fortalecimiento de otros ya existentes.

La metodología de trabajo y la capacitación de los profesionales actuantes quedará a cargo exclusivo de la ONG, sin intervención del Estado. Miles de niños en manos del doc.

Abel Albino es un médico pediatra miembro del Opus Dei desde hace 36 años. Conocido por ser la cabeza visible de la Cooperadora Contra la Desnutrición Infantil (CONIN), saltó a la fama en los 90 radicando distintos centros para tratar la malnutrición en niños y jóvenes. Logró así, junto a su pelo blanquecino, sus anteojos transparentes y su eventual ambo de médico, una imagen impoluta y una simpatía de tío. Los políticos siempre se quisieron sacar la foto con él: un compromiso contra la desnutrición.

Su coqueteo con la política se hizo libro en el 2010: Albino editó “Gobernar es poblar, criterios antropológicos y éticos para una correcta educación sexual” (https://isfdnsfatima.files.wordpress.com/2012/03/albino-gobernar-es-poblar.pdf); un título que remonta a las ideas de Alberdi (con poca actualización de cambio de siglo), pero ahonda en la cuestión sexual: en su libro, Albino propone instruir causas penales para los médicos que realizan ligadura de trompas a las mujeres y plantea que “la mujer debe esforzarse por ofrecer al hombre su virginidad tanto física como moral”. Y agrega, en otro tramo, que “en los sectores marginados, muy frecuentemente, el ejercicio de la sexualidad se desarrolla de modo promiscuo y animal”.

Pero estos dichos no son solo parte de un pensamiento de bar. Su metodología para atacar la desnutrición – tarea para la que fue contratado por el Estado- lleva a la práctica esas teorías. Una de las variantes para evitar la desnutrición en niños hace foco en es combatir la promiscuidad, atacar la pornografía, el autoerotismo, la anticoncepción, la infidelidad y el concubinato.

Según explican en su web, el método de CONIN (http://www.conin.org.ar/contenidos/conoce-conin/metodologia-conin/) pone el eje del abordaje de la desnutrición en la madre “como principal agente sanitario base de todas las intervenciones que se desarrollan para la recuperación del niño, y es a través de ella que se busca la integración de la familia y de la comunidad”. El padre brilla por su ausencia, en un claro cruce entre neoliberalismo y machismo.

La conexión se sella en esta frase: “La desnutrición infantil es una enfermedad cultural propia de sitios en los que el acto sexual (…) se lo suele llevar a cabo compulsivamente, bajo los efectos de una vehemencia descontrolada e irracional que pretende la mera satisfacción de un placer instintivo por parte del varón”.

Párrafo aparte, Albino llegó a manifestar que “la homosexualidad es un problema”, que “la masturbación es una adicción y genera angustia”, que “el sexo es una maravilla que tenemos para contribuir a la obra de Dios, no para divertirse”. Se expresó, asimismo, en contra del uso de preservativos, afirmando que “no sirve para prevenir el sida”.

Por todas estas cuestiones fue distinguido con el cargo de Doctor Honoris Causa de la Universidad Católica en noviembre de 2015.

Del 2012 para acá, la fundación de Albino mantuvo contratos con el Estado prácticamente todos los años.

El pionero fue, precisamente, Mauricio Macri, durante su mandato como jefe de gobierno en 2012: La Fundación CONIN firmó en 2012 un convenio con el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para poner en marcha en todos los Centros de Primera Infancia (CPI) de la Ciudad de Buenos Aires “los programas que impulsa CONIN para erradicar la desnutrición infantil”.

En enero de 2013, la Fundación CONIN firmó un convenio con el Gobierno de Mendoza.

En mayo de 2013, con el Gobierno de Salta, un convenio marco que le entregó toda la estructura de comedores y centros comunitarios a la fundación del médico conservador.

En mayo de 2015, la Fundación CONIN firmó con el Gobierno de Misiones un convenio que establece la aplicación de la Metodología CONIN en los Hogares de Día de Posadas e Iguazú.

Según cifras del Ministerio de Salud de la Nación del año 2013, cada 10 horas una persona muere por malnutrición en la Argentina, aunque sólo el 80% tiene menos de 19 años. Las cifras oficiales de desnutrición infantil son motivo de polémica, pero se sabe que Salta es una de las provincias más comprometidas: sólo entre 2014 y 2015 se registraron siete niños muertos por déficit nutricional, y los cañones mediáticos apuntaron a Urtubey.

En noviembre de 2015, como respuesta, el gobierno de la Provincia de Salta volvió a aprobar un convenio marco de cooperación junto al obispado de Orán y la fundación CONIN para la construcción y puesta en funcionamiento de prevención de un centro contra la desnutrición. Según figura en el Boletín Oficial, CONIN embolsó 5 millones de pesos (http://www.boletinoficialsalta.gob.ar/VersionPDF.php?codigo=3532/15&bol=19652&tab=D&fecha=//).

El 29 de marzo de este año, Salta terminó de “coninizar” la provincia, según caracterizaron los medios locales. Un nuevo Centro CONIN fue inaugurado por el gobernador Urtubey junto a Albino, el séptimo en toda la provincia, denunciada en varias ocasiones por sus lazos directos entre la Iglesia y el Estado, que debe ser laico por Constitución.

La última acción a beneficio de CONIN fue el 7 de junio en San Rafael, Mendoza. Allí, un sábado soleado, se llevó a cabo una colecta de pañales organizada por “Mujeres Cambiemos” (UCR-Pro) a “total beneficio de ANIM CONIN”.

Como Buenos Aires y Salta, en la actividad se recordó que San Rafael “tiene incorporada la metodología diseñada por el Dr. Albino”.

Ahora, con el convenio con Nación, el machista, racista, homofóbico, misógino Abel Albino puebla y gobierna todo el país.

“Juego corto y juego corto”

El Lobo Ledesma tiene 18 años de carrera, nueve clubes en cuatro ligas distintas y algo que lo único: su estilo. A los 36 años, mientras disfruta sus últimas semanas de fútbol, aún respeta ese hábito del toque. “Yo me puedo preparar de la cabeza, pero cuando llegue el momento no hay fórmula”, dice sobre el retiro, ese mal que asusta a todo jugador.

El frío se siente en los huesos en esta mañana en Moreno. Es lunes, el cielo plomizo parece más cerca del piso que de costumbre y el plantel de Argentinos, que viene de perder el sábado en la última jugada tras una falta mal cobrada, corre en grupo por dentro del predio de la Unión de Trabajadores Argentinos, en algo que los periodistas deportivos suelen llamar trabajo regenerativo. Primero en la fila de ese puñado de jugadores, con un gorrito de lana para que la pelada no sufra el fresco, va el Lobo Ledesma, sus 36 años y sus infinitos pases cortos bien dados. Si nosotros, que no tenemos auto, que ni pasamos los 300 partidos en Primera, que no estamos cerca del retiro porque nunca estuvimos activos, tenemos más ganas de estar en casa que acá, la pregunta surge sola: ¿De dónde salen las ganas para venir desde Pilar a Moreno a entrenar? “Es difícil a esta altura. Son los días que más cuestan. Ahora trato de disfrutar el vestuario, de tomar mate con mis compañeros, de intentar dejarle algo a los más chicos. Y también de esperar el partido del domingo. Pero la verdad es que hoy en día lo que más disfruto es la semana: eso es lo que me mantiene en pie y me da ganas de seguir. Mis compañeros, los chicos, los utileros. El vestuario. Eso es lo que me impulsa”, contesta el Lobo, un jugador de fútbol de los que ya no quedan.

Ledesma tiene 18 años de carrera, nueve clubes en cuatro ligas distintas y algo que lo hace único: su estilo. Campeón con River, San Lorenzo y Olympiakos de Grecia, siempre que entró a una cancha entendió que esto del fútbol es un juego al que se juega. Es algo que lleva como hábito. “Cuando era chico mis recuerdos son que estaba todo el día con la pelota. A los diez años ya estaba jugando a la pelota en Atlético Boulogne. Era el club de mi barrio, donde se jugaba al baby. Nos quedaba cerca, era lo más fácil. Después sí arranqué en cancha de 11. Soñaba con jugar en un equipo grande, tenía esa ilusión. Hacía el sacrificio de ir a entrenar, de hacer el bolsito, tomarme el tren y el colectivo y que mis padres me acompañen. A veces no podían venir porque no alcanzaba para pagar más boletos. Son un montón de recuerdos que trato de resumirlos y que al haber llegado y vivir de esto tiene mucho más valor”, explica recién salido de la ducha, con la correa del morral atravesándole el pecho. Es un día especial para él, como lo serán todos desde ahora hasta diciembre: son los últimos meses en los que hará lo que hizo desde que tiene memoria: compartir un vestuario, pensar en el partido que se viene el próximo fin de semana, ponerse la ropa que le da un utilero. A fin de año -“seguramente”- el mediocampista dejará las canchas. “El fútbol me dio todo. Me hizo crecer como persona, me hizo conocer lugares que sino no hubiera conocido nunca, hizo que mi familia también conozca sitios en los que nunca hubiera estado si no fuera por el fútbol. Me dio la posibilidad de crecer en todo sentido. Esto es recíproco: el fútbol me dio mucho a mí pero yo le dí mucho al fútbol. Cuando uno va e insiste en algo seguramente las cosas llegan”, asegura mirando a los ojos.

Imágenes: NosDigital
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-¿Vos qué sentís que le diste al fútbol?
-Tiempo. Mucho tiempo. Como cualquier jugador. A los 15, 16 años uno quiere empezar a salir y tiene que reprimir todas esas ganas porque tiene un objetivo claro, una ilusión por la que pelear. Las dos cosas no se pueden hacer. Me perdí cumpleaños, muchas cosas familiares por tener que estar concentrado, por tener que viajar. Es mucho sacrifico, pero también recibí mucho.

-¿Pensás cómo será el día que no te levantes a la mañana para venir a entrenar?

-Todos los que estamos grandes vamos pensando que se acerca el final y que ya hay sensaciones que no las vas a sentir más. Obviamente yo me puedo preparar de la cabeza pero cuando llegue el momento no hay fórmula. Uno tiene que saber asumirlo, terminar una etapa y saber que la vida sigue con un nuevo desafío. Es difícil. Muy difícil. Te pueden decir lo que vas a sentir: que el lunes a la mañana te vas a sentir raro, que el martes a la mañana vas a seguir en tu casa, que el miércoles ya estás mirando qué vas a hacer. Son sensaciones que uno va tratando de asimilar pero hasta que no lleguen no las puedo sentir. Estoy tranquilo porque sé que vengo pensando mucho en eso. Quiero terminar de la mejor manera posible y cerrar un ciclo sabiendo que hay otras cosas también.

-¿Qué hay?

-Mi familia, mis amigos. Sin ellos no hubiera podido hacer la carrera que hice. Mi esposa, mis hijos, mis padres, mis suegros. Todos me apoyaron en los momentos buenos y malos.

-¿Y después del retiro?

-Yo sé que voy a ser técnico. Es algo que quiero, que me gusta. Por eso estoy haciendo el curso. Tengo amigos como el Chino Saja o el Pela Aguirre que podemos ser un cuerpo técnico a futuro, aun no lo tengo definido. Me estoy preparando porque sé que es un lugar muy difícil y hay que estar muy bien formado.

-¿Después de todo lo que viviste, por qué querés ser técnico?

-Porque es lo único que se hacer. Me gusta el fútbol, me gusta el día a día que se vive acá. Me gusta estar con los chicos y enseñarles, transmitirles lo que a mí me paso. Obviamente que ser la cabeza de un grupo no es fácil, pero creo que puedo hacerlo. Trataré de sacar lo bueno y lo malo de cada uno de los que tuve. Ramón a mí me ha dejado muchísimo: fue el técnico más importante en mi carrera porque viví los mejor momentos. Pero el Bichi Borghi o Sabella, que lo tuve con Passarella, son técnicos que te dejan muchas cosas.

El Lobo, como se ve, es fútbol. Si hasta el apodo que lo marcó toda su vida –y que como suele pasar en el mundillo de la pelota, también heredaron sus hijos- se lo puso un técnico de baby, en Boulogne, que a todos los pibes les ponía un apodo de animales y a Ledesma le toco lobo por sus ojos grandes y negros y profundos. “Increíblemente el otro día fui a jugar un partido a beneficio y mientras me estaba cambiando vino un hombre y me dice: ‘afuera está Miguel, un señor que dice que fue el que te puso Lobo’. Y era él, que fue mi técnico en el baby fútbol. Estuvimos hablando. Fue algo muy lindo. El baby potenció mi forma de jugar. Yo creo que ya tenía este estilo, pero el baby es algo importante para los chicos. Te da cosas que no te las da el césped: la cancha rápida, la pelota chiquita te dan otras cosas”. No hace falta ser un estratega para saber cuánto cambió el fútbol desde 1997, años del debut de Ledesma con la camiseta de Argentinos, hasta hoy. Él, sin embargo, no modificó nada: ni su aspecto físico, ni su peinado, ni sus principios ni su manera. “Siempre lo hice así. Juego así. Hay técnicos que me han querido cambiar, que me pidieron que le agregue el juego largo, algún pelotazo. Sinceramente, es algo que podría haber incorporado. Pero nunca lo pude hacer. No lo hago porque así es mi manera, puede ser que sea una contra. Pero en otros momentos me benefició mucho porque me ha dado lugares importantes. Me gusta tener mi propio estilo, la verdad. A esta altura, ya no lo puedo cambiar. Juego corto y juego corto. No me gusta tirar un pelotazo, ya no lo voy a hacer. La etapa en la que lo podría haber cambiado ya pasó. Por ahí a esta edad, sabiendo que los chicos son más veloces, trato de resolver más rápido. Eso sí”.

-¿En Europa te hiciste lugar con este estilo también?

-Yo llegué hace diez años a un fútbol alemán que no era como el de ahora. En Alemania han cambiado mucho: era un fútbol fuerte, donde no se jugaba por abajo, donde los centrales no se le pasaban a los volantes sino que salteaban las líneas y se la tiraban directamente a los 9 grandotes. No era mi juego. Traté de adaptarme pero me costó muchísimo. Había que jugar más fuerte, más brusco, el mano a mano había que ganarlo sí o sí. Hoy el fútbol alemán es más vistoso. Tanto Alemania como Grecia son culturas muy diferentes pero como persona me han hecho crecer muchísimo. Cuando llegás te parece que hablan en un idioma que va a ser imposible entenderse, pero te vas acostumbrando. En un momento hasta entendés el idioma. Creo que pasa por las ganas de abrir tu mente, de captar las vivencias y de vivir en ese lugar.

-¿Hay alguien que juegue como vos en el fútbol de ahora?

-A mí me gusta mucho Cirigliano. Hoy no está jugando, pero me parece un gran jugador. Me veía reflejado en él, cuando estaba en River hablaba mucho con él. Es mucho más fuerte que yo y tiene mucho más despliegue, pero tiene características mías. Está pasando un momento difícil, pero cuando juegue lo va a demostrar.

Ledesma es categoría 78, algo que en La Paternal es un sello: Juan Román Riquelme, Nicolás Cambiasso, Sucha Ruiz y Mariano Herrón son algunos los apellidos más famosos de esa edad que surgieron del Semillero del Mundo. Hasta eso pudo elegir el Lobo: después de marcar su primer gol con la camiseta de River, en un Monumental repleto que festejaba el primer título millonario tras el regreso a la A, el volante optó por volver al club que lo formó para dar ahí sus últimos pases. “Termino donde arranqué, que eso es lo que yo elegí. No todos tienen la posibilidad de elegir donde terminar la carrera. Yo quería que sea en Argentinos, el lugar donde empecé. Vine, jugué, ascendimos, el equipo se queda en Primera. Más que eso no puedo pedir”, confiesa.

Le salió redondo el último capítulo, porque tuvo al mejor socio: Riquelme. “Este final de carrera que tuvimos con Román fue increíble. Mi papá es muy amigo de Cacho, el padre de Román. Venían a vernos ahora y era algo raro, porque cuando éramos nenes nos venían a ver en inferiores. Son amigos desde esa época, hace veinte años. Ahora –repasa en su cabeza y cuenta- nos veían desde la platea, retirándonos, ya con una carrera hecha. Era una sensación muy rara pero linda. Mi viejo me acompañó a todos lados. Las generaciones van pasando y ahora me tocará acompañar a mi hijo como lo hizo mi papá conmigo. Obviamente que lo de mi viejo fue mucho más valorable porque teníamos menos posibilidades, había que subirse al bondi y viajar dos horas. Ahora yo puedo agarrar un auto y llevarlo a donde quiera”.

-¿Tus pibes juegan también?

-Tengo dos varones. El más chiquito, que tiene 10, dice que va a atajar. Que es arquero. El otro, de 13, juega. Increíblemente juega de 5 y lindo. Está jugando en el barrio. Está todo el día con la pelota. Es muy parecido a mí, pero todavía es muy chiquito. Le digo que se divierta, nada más. Cuando puedo voy a verlo. Se que cuando deje de jugar es algo que voy a poder hacer siempre y eso es algo que quiero hacer, porque de ellos me perdí muchas cosas.

Cómo armar una Vela

Otra entrevista a la Vela Puerca, que no es una más: El Enano se abre a contar su doble personalidad, el grupo de amigos que convirtió en banda musical y cómo sobrevivieron al éxito.

El último censo publicado de Uruguay dice que el total de la población es de 3 millones 286.314.

Uruguay ocupa el 1% de la superficie del continente con una superficie de 178.000 Km2: casi la mitad de la Provincia de Buenos Aires.

Un poco más del 40% de la población, 1.319.108 de personas, viven en Montevideo, donde la superficie es de 530 km2.

Según el portal uruguayo “El observador” el 10% de la superficie de Montevideo está ocupada ilegalmente.

Los ilegales

Sebastián Teysera, una de las voces de La Vela Puerca, está sentado junto a una ventana que apunta al cielo de Palermo. Llegó desde Uruguay con nuevo disco: Érase (el séptimo de la carrera que se suma a dos DVDs) dividido en capítulos que relatan una historia. Llegó y se acomodó en esta silla para narrar su propia historia: la de una banda independiente que trepó lejos.

Desde un país donde los títulos anuncian cómo se ocupa el suelo, llegó a otro país donde la producción post 2001 se tiñó de un lema: ocupar, resistir, producir.

  • ¿Cómo se produce sin patrón?
  • Es un arma de doble filo, especialmente en la música. Tenés que generar su propia dinámica y entenderla: entender la idiosincrasia de tu propia empresa o fábrica. Saber qué es lo que la fábrica puede hacer, qué es lo que no, los tiempos que lleva. La creatividad es muy dedicada con respecto a producir, es muy difícil que alguien te diga: tenés que tener un disco para tal fecha. Lo puedo tener pero seguramente sea una porquería porque no es arreglar tornillos. Es complejo hacer canciones que vos puedas defender arriba del escenario; que sean honestas, que sean sinceras. Entender la idiosincrasia de ser tu propio jefe. Por ejemplo yo entendí que no puedo llevar una canción con la melodía, la guitarra, la línea de bajo, el arreglo de vientos, porque no funciona así. Conozco los obreros con los que trabajamos en la fábrica; si yo llego a hacer eso me cuelgan, me toman la fábrica. Sé que yo tengo que llevar la canción desnuda para que cada uno aporte, para que después con ese aporte cada uno se adueñe un poco de la canción.

 

El Enano de la Vela
El Enano de la Vela

Lo imposible

Traje miles de anzuelos solo para probar.

Traje las condiciones que no voy a aceptar.

 

“La Vela Puerca, te diría, es la primera banda de rock entre amigos que vive de la música”, dice Sebastián y revela una declaración de principios innegociables: por eso la banda nunca es más importante que el grupo de amigos. Por si hace falta, aclara: “La Vela no vale la pena tanto como para romper nuestra amistad”.

Nacida hace dos décadas, La Vela comparte hoy la misma forma de ganarse la vida, según Sebastián, con dos bandas más: “No te va a gustar y El cuarteto de nos. Las que salimos a buscar a otro lado, las que realmente nos tocó la edad para decir: juguémosla a intentar vivir de esto que nos gusta”.

  • ¿Hay algo generacional que lo hizo posible?
  • Es la generación de mediados de los 90, que rompió con una no utopía muy grande. Se rompió con lo que todo el mundo veía totalmente imposible: vivir de la música en Uruguay. Todas las bandas del mundo giran por el mundo, y allá ese concepto era totalmente extraterrestre. Ahora las bandas más jóvenes lo pueden ver, es real, te lo cuento yo: somos uruguayos, somos una banda de amigos, no tocábamos ni el timbre y acá estamos. Trabajamos y vivimos de esto.

La Vela Puerca, desde que decidió armar las valijas, tocó en Paraguay, Chile, Perú, Brasil, Costa Rica, Estados Unidos, México y muchos otros países. Giraron y giraron por Europa: en Alemania y España lo hicieron más de quince veces. En Argentina hicieron el circuito ascendente completo: Salón Pueyrredón, Catulo Castillo, Marquee, Cemento, El Teatro, Obras, Luna Park, Ferro y en octubre del 2012, en Vorterix, hicieron su show número 300 en el país.

Gestión mainstream

“No es fácil tocar en Uruguay, estamos hablando de Montevideo, el resto es casi nulo porque la mitad del país vive en Montevideo”.

Sebastián aclara que no es fácil ni para el under, ni tampoco para el después. ¿Por qué? “En Uruguay las salas de concierto son como hongos: aparecen, duran dos años, cierran, aparece otra, la pelea, cierra. Las cosas no duran; no hay boliches míticos”. ¿Por qué? “Generalmente por ruidos molestos. Los lugares no tienen la infraestructura para que duren: es una guerra con los vecinos hasta que dura lo que dura. Cierran y vuelve la lucha exactamente igual en otro lugar”. En Argentina sucede algo parecido: el artículo contravencional que más traba a los escenarios porteños es precisamente la que pena los “ruidos molestos”.

Porque no hay fomento estatal que ayude a revertir la situación, dice Sebastián: “Podrían perfectamente sacarle todos los impuestos a todo lo que sea cultural: música, teatro, danza, cine. Si nadie es millonario por hacer teatro, danza, música. Entonces si soy mi propio productor, no me mates”, propone.

Ahora La Vela Puerca juega otro partido. Como parte y arte del mainstream uruguayo se interpela cómo hacer para que otros entren a esa misma cancha. Y revelan la manera que ellos encontraron: circulando la información. “Tenemos una agenda abierta para quien quiera consultar, compartir, con quién hablo, con quién no hablo, consejos. Lo hemos hecho siempre y lo seguimos haciendo”.

La fórmula del éxito

Para La Vela Puerca, hay una sola: no te acomodes en el sillón.

  • Conocemos la fórmula que le cae bien a La Vela y repetirla sería el principio del fin para la idiosincrasia de esta fábrica. Lo primero que nos gusta es auto desafiarnos a nosotros mismos para contar cosas nuevas que nos llenen, que nos enseñen y que nos mantengan vivos. Repetir una formular es el principio del fin. Nos gusta el coqueteo con el suicida artístico. Tiene sus consecuencias, también. Entendemos que la vida de una banda es como la vida de cualquier persona: es una parábola que sube y baja; no todo el mundo es feliz todo el tiempo ni es triste todo el tiempo. En el momento que vos entendés esa parábola, la asumís como algo normal. Es así, tiene que ser así. No me la creo la del éxito constante, ni tampoco el fracaso horrible. Cuando vos llegás a cierta masividad es mucho más fácil mantenerte vivo, no en el éxito, pero si mantenerte vivo. La vida es así: Te da solo para quitarte…
Imágenes: NosDigital
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Apartado de diván

Y cierto día con el sol en la piel, abrí la puerta de mi lado feroz
y dije lobo no está, ya tenés mi perdón.

A Sebastián Teysera todos le decimos “El enano”. Geminiano, las dos caras aprendieron a convivir.

“Me costó mucho convivir con El Enano y ser Sebastián al mismo tiempo. Me costó diván. Estaba ofuscado, no sabía ni por qué, me cayó la ficha y trabajé en eso: el enano es el enano y Sebastián es Sebastián”

  • ¿En qué parte se tocan?
  • Son las dos personas, abro el espacio a las dos historias. El personaje que uno se creó, que uno es con respecto a la gente y quien es uno en su vida cotidiana.
  • ¿Hay algo que para Sebastián sea innegociable?
  • Sebastián lo que pide es tiempo para ser Sebastián. El Enano odia a todos, es un personaje. Le tengo que dar espacio a Sebastián: es fundamental el equilibrio de los tiempos para ser una cosa y otra.
  • ¿Dónde sos Sebastián?
  • En mi casa soy Sebastián, cuando me voy a pescar también. El Enano toca, pero Sebastián también, y más libre. Eso lo entendí cuando Sebastián tocaba la guitarra y andaba con la guitarra para todos lados, pero cuando la guitarra se transformó en un instrumento de laburo dejé de llevarla. Me iba de vacaciones y no me la llevaba ni en pedo, cuando antes moría sino la tenía. ¿Por qué no me la voy a llevar? No tengo que tocar canciones de La Vela, ni delante de nadie: soy Sebastián.

“¿Qué es eso que llamamos vida?”

María Sonia Cristoff nos invita a adentrarnos en su mundo creativo: “una misma materia hecha de lectura y escritura”. Desde los márgenes de los géneros, sospecha de la velocidad y celebra la ambigüedad: “en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas”.

“Callar puede ser una forma de hacer hablar al otro”.

Inclúyanme afuera

Oxímoron. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

– Me parece una de las figuras que más atenta contra lo diáfano. Me interesa la posibilidad de generar cierta perplejidad. Creo que es fundamental la mirada extraña ante lo cotidiano. La otra cosa que genera es detenerse, y yo detesto la velocidad. También genera sospecha, te hace volver la mirada sobre el lenguaje. Me interesa ese trabajo. No volverlo más preciosista o desgarrado, sino volverlo muy consciente. Y me interesa el humor, el oxímoron te abre a un humor sutil. También la ambigüedad que implica, porque me parece otro de los modos de la libertad. Modos abiertos de pensar la vida, de estar en el mundo. Ambigüedad en el sentido de salir de las clasificaciones, que son otro modo de manipular los cuerpos y las vidas.

María Sonia Cristoff es una escritora trelewense – “me fascinan los gentilicios patagónicos” –, radicada en San Telmo y autora de Falsa Calma (2005), Desubicados (2006), Bajo Influencia (2010) e Inclúyanme afuera (2014). También compiló Idea crónica, literatura de no ficción iberoamericana (2006) y Pasaje a Oriente, crónicas de viaje de escritores argentinos (2009). Alguna tarde de un verano que se aferra con las uñas al calendario, Cristoff llega a un bar tradicional por Parque Lezama y pide un agua y un café. Está algo cubierta de más para la temperatura. “Estuve trabajando y no salí en todo el día. Los primeros momentos son difíciles, como volver de un adormecimiento”. El abrigo hace las veces de escudo frente a esta ciudad que siempre te choca de trompa. Y también frente a las cámaras: “Tengo fobia a las fotos, así que espero que sea rápido”. Y así, mientras se reconcilia con la cotidianeidad urbana, levanta la bandera: “Vos verás…”.

Maria Sonia Cristoff.
Maria Sonia Cristoff.

 

– ¿Qué te atrae del encierro?

– Como modo de trabajar me parece inevitable. Cada uno encuentra su escena favorita a pesar suyo. Me encantaría ser como Aira que trabaja en los bares, porque me encantan los bares de Buenos Aires. Pero no, necesito encerrarme hasta dentro de mi propia casa. Solamente puede entrar mi gran asistente, que es mi perro. Hasta cierro los postigos, prefiero que haya baja luz, no ver demasiadas cosas por la ventana. Esa cosa romántica de escribir mirando un lago, no me va. Yo si miro nada, mejor. Igual me armo lugares en dos minutos. Viajar a otros lugares para encerrarme es una de las cosas que más me gusta. Y después en mi escritura, es cierto que es tema de todos mis libros. Podríamos decir el “aislamiento” como tema, que por ahí suena menos neurótico. En general, los trabajos de un escritor son como variaciones sobre ciertos temas, ¿no? Ese sin duda es uno.

– En tus novelas también hay una especie de traslado para luego aislarse…

– Es cierto, en Desubicados, al zoológico, en Bajo influencia, están las caminatas y en Inclúyanme afuera, es más claro, hay toda una mudanza. Creo que es porque me interesa mucho la escenografía de lo narrado, no por una pretensión descriptiva, sino porque me tomo el lugar donde las cosas ocurren casi como una presencia más, te diría un personaje más. No pongo mucho énfasis en la descripción de personajes, o en lo que se llama “creación de personajes”, me parece que los personajes suceden, son más bien como fuerzas. Entonces ahí sí el lugar para mí es un personaje crucial.

– ¿Cuándo empieza una novela?

– Empieza una novela para mí, no sé, te diría, día por medio. ¡El tema es cuántas de esas sigo! Tengo muchos cuadernos de ideas, ojalá fuera tan prolífica escribiendo como tomando nota. Tomar nota es una de mis fascinaciones. Generalmente tengo un millón de ideas, supongo que le debe pasar a todo el mundo. La verdad es que ninguno de los libros que terminé empezó igual. Falsa Calma, por ejemplo, es el primer libro que yo saqué a la luz, pero para nada el primero que escribí, porque ahí encontré una clave. Con lo que escribía antes me pasaba que me sentía asfixiada por tener que contar una historia. Siempre contar una historia para mí es como una especie de pesadilla, pero no porque me cueste, sino porque en un momento me empieza a resultar tan poco interesante. Sin embargo, creo que es algo que ocurre, que cuando uno se pone a escribir, siente el peso de narrar una historia. En un momento eso estalló. Creo que lo único que tengo de borgiano es el hartazgo de narrar historias, y de Aira. Los dos son grandes en ese sentido, en varios otros también, pero tienen esa pesadez de contar una buena historia de modo decimonónico, aunque es algo del siglo XX también. Esa narrativa me empezó a agobiar. Y en esa época yo estaba leyendo muchos relatos de viajeros y empecé a  dejar entrar otros materiales. Ahí estuvo la clave por la que siguió Falsa Calma.

– ¿Cuál es el lugar que le das a esas escrituras paralelas cuando escribís?

– Crucial. Un poquitito demasiado. ¿Viste que hay ciertos escritores que cuando se ponen a escribir se resisten a leer a contemporáneos u otras cosas sobre el tema? Una línea de escritura que tuviera como temor al contagio. Para mí es al revés, ¡contágienme! Pero básicamente porque creo que en esa especie de mezcla y torbellino que se arma cuando uno lee es donde hay más potencial creativo. En cuanto a la experiencia de escribir en sí, me parece que las lecturas son fundamentales, y en ese sentido soy alguien que si tuviera que votar, voto por los lectores. Tengo una relación con la lectura muy adictiva, desde chica. Soy también muy abierta, todas las cosas que por ahí no puedo ser en la vida cotidiana, lo soy como lectora. A mí me gusta muchísimo la preparación de la novela, no porque tenga un fervor investigativo, sino porque entro en ese mundo. Me gusta mucho entrar en un mundo. Lo que más me gusta de escribir es eso. El otro día leí una definición de Mariana Enríquez, que me pareció extraordinaria, decía: “Para mí la escritura es un lugar a donde ir”. En paralelo, doy clases, corrijo textos que no me interesan en lo más mínimo, o sea, hago todo el berenjenal de cosas que hace un escritor argentino para sobrevivir. Pero una de las cosas que no puedo hacer cuando escribo es eso de “escribo 45 minutitos, 1 hora y sigo con otra cosa”, no. Yo entro, ¿entendés? Tiene algo como de droga, de entrada en un estado, una experiencia extrasensorial. Son como rituales, es una misma materia hecha de lectura y escritura. Lo que me gusta es tener un mínimo de tres horas y en esas horas por ahí solamente leo o tomo notas. La cosa es que se me va armando alrededor de ese tema una biblioteca personal del libro.

– Y en Inclúyanme afuera a todo eso lo dejaste entrar, con el “Cuaderno de notas” que se entreteje a la novela.

– Sí, se me cruzó y me pareció una linda idea. Obviamente que después tuve que trabajar la estructura de las notas, no es que las copié de mis cuadernos realmente, la trabajé para hacerla entrar en la novela  e hice un trabajo de collage, que es otra cosa que me gusta mucho, al revés del continuismo, de la novela clásica. Entonces las coloqué en lugares donde me parecía que podía abrir más sentidos de lo que se estaba leyendo. Me encantó escribir esas notas. De hecho ahora voy a empezar una serie que se llama “La serie de las novelas anotadas”, porque me encantó eso. Aunque ahora me doy cuenta que ya en Bajo Influencia  hay bastante de novela anotada, parece que la serie ya había empezado antes y era yo la que no me había dado cuenta. Me siento muy identificada con la definición del bricoleur, del recolector. Es un método de composición que me interesa.

“Magnetic Shoes es el resultado de una serie de caminatas que Francis Alÿs hizo utilizando unos zapatos especialmente diseñados: les incorporó imanes para que, durante los trayectos, se les quedaran adheridos los objetos metálicos que hubiera tirados en la calle. Los objetos como portavoces de la ida urbana: de sus prácticas, sus fragmentos, sus desvelos, sus despojos. La elocuencia de los restos”

Bajo influencia.

– ¿En qué sentido te distanciás de la figura del “escritor profesional”?

– No pasa tanto por la frecuencia de publicación: Aira escribió una novela por año, pero me parece que eso es parte de una estética y merece todo el respeto. Por ahí más que a la frecuencia, me refiero justamente a todo lo que Inclúyanme afuera se opone. La vida como un sistema de producción. Me parece que hacer algo ligado al arte tiene que ver con tener espacios de libertad, si tu propio modo de hacer implica una superproducción, maravilloso. Qué se yo, Woody Allen también hace una película por año y no por eso me deja de parecer un gran cineasta, por más que ahora me tenga re podrida. El tema es cuál es el vínculo de cada uno con lo que hace. Esta novela, tiene una pregunta acerca de ¿qué es eso que llamamos vida? No es casual que los embalsamados o los taxidermizados tengan un lugar tan central. Me pareció que eran modos de entrar a cuestionar eso. Qué es lo que llamamos vida y cómo está coercionada por sistemas varios. Por eso el personaje siempre está reaccionando contra eso y haciendo sabotajes.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

– ¿Siempre hay una pregunta central en las novelas?

– Bueno, en Bajo influencia la pregunta era: ¿cuál es el lugar del artista hoy? Sobre la espectacularización de la cotidianeidad, los sistemas de producción, la marcha del mundo que coloca a los artistas en otro lugar. En general, los protagonistas de mis novelas están en franca discordia con la institución. El museo, las galerías, el zoológico.

– Y aparecen también las “micro-revoluciones”.

– Creo que son como pequeñas líneas de fuga, que para mí solo pueden ser individuales. Sería interesante que uno mirara para el costado y se encontrara con muchos cómplices haciendo lo mismo. Y tal vez los hay. Esto también está relacionado con qué hace que una novela tenga un carácter político. A mí me parece que ya es suficiente con que se plantee indagar en un problema. En contraposición a contar una historia. En Inclúyanme afuera todavía es más fuerte. Mara, la protagonista, hace dos sabotajes contra las manipulaciones discursivas y un segundo sabotaje sobre las manipulaciones sobre los cuerpos. Advertir esos niveles de manipulación me parece lo suficientemente interesante y político. Ella también tiene una forma de hacer las cosas como kamikaze, porque en cada uno de estos momentos hay algo de hartazgo frente a las formas institucionalizadas de la política. En algún punto también hay – es un poco peligroso porque las lecturas coyunturales son horrendas – una vinculación con el pequeño instante de esperanza que tuve con el 2001, uno siempre espera que se arme alguna forma que sea otra. Y quizás en la novela hay una nostalgia de un orden distinto que no se armó.

“Estoy hablando de la libertad de la que dispone un escritor a la hora de definir – o tal vez la palabra sea transitar – su propia poética, una libertad que se parece más bien a un campo minado, a un terreno siempre en tensión, en pugna, una trampa tendida por la cualidad indómita del lenguaje”.

Falsa Calma

– A nivel lengua trato de trabajar la distancia, en un tono al que llamo “coloquialismo austero”. La “lengua diáfana”, dicen muchos cuando leen mis novelas… No estoy de acuerdo. Pero hay veces que los trabajos sutiles con el lenguaje no se notan. Me interesa la austeridad, no demasiado evidente. El escribir también es ese arte entre estar totalmente imbuido y a la vez distante. El modo de escribir quizás sea más inconsciente, mientras que la corrección es consciente, son mecanismos que ya puedo controlar más. Me gusta la materialidad del texto, me interesa mucho ver si esa coma justo ahí suena o no suena, no me siento agobiada. Me gusta experimentar esa distancia.

“Callar es también una disciplina del cuerpo”.

Inclúyanme afuera

Mexicaneada

Lalo Chico es desde hace más de dos décadas el guitarrista de El Tri, la banda más grande de rock mexicano. Desde un bar del D.F. recuerda sus encuentros con B.B. King y Pappo y rinde honor a su verdadero amor: “Nothing but the fucking blues”.

– Hace unos meses casi muero aquí, en el escenario. Estaba tocando y me llevaron de urgencia por una peritonitis. Me salvé y ahora me cuido mucho. Ejercicio, nada de alcohol, hasta me corté el pelo. Aunque la verdad es que no hay mejor lugar para morir que este, en el medio de un blues.

Eduardo “Lalo” Chico es el guitarrista de El Tri, la banda oriunda de Puebla que llevó el rock mexicano fuera de las fronteras nacionales para conquistar Latinoamérica. En Argentina, son hermanos musicales de La Renga, que versionó la popular “Triste canción de amor” para el público argento. Lalo viste jeans y campera de cuero en un negro uniforme, doble anteojo – de vista y de sol –, que le da un toque excéntrico, y el sombrero que impone el género. Un sábado a la noche, camina por Colonia (barrio) Condesa y llega a Ruta 61, un barcito de blues del D.F. Ahí arriba, plegado sobre su guitarra, se lo ve más vivo que nunca.

Club Ruta 61.
Club Ruta 61.

– Tocar ante 200 mil personas, como nos pasó en Perú el año pasado, es padrísimo. Pero no hay nada como estos bares, hay otra emoción, el trato es más directo. Me gusta más la intimidad. Que sean poquitos, pero que hagan ruido. Lo mágico es sentirlo. Acá es donde te fogueas, no con un tutorial de youtube. Antes que quedarme en mi casa mirando la tele me vengo al bar a recordar a Muddy Waters y Willie Dixon, a zapar. Este es el único bar de blues, por acá han pasado todos los grandes del género de México y también los que hoy tocan en la escena de Chicago. Es parte de mí. Y de eso se trata, ¿no? No aflojar en lo que crees… Nothing but the fucking blues.

El Tri nació en 1968 y, aunque el nombre actual recién llegaría en la década del 80’, ya cargaba con la búsqueda sonora que los guiaría las siguientes cinco décadas. Por esos tiempos, cuando Alex Lora, cantante y líder de la banda, tenía apenas 16 años, México se sacudía en la brutal represión del amplio movimiento social que reclamaba por mayor autonomía universitaria, libertad a los presos políticos, fin de la represión estatal y mejores condiciones laborales. Ese hecho, luego conocido como “la matanza de Tlatelolco”, fue retratado por la periodista y escritora mexicana Elena Poniatowska: “Todavía fresca la herida, todavía bajo la impresión del mazazo en la cabeza, los mexicanos se interrogan atónitos. La sangre pisoteada de cientos de estudiantes, hombres, mujeres, niños, soldados y ancianos se ha secado en la tierra de Tlatelolco. Por ahora la sangre ha vuelto al lugar de su quietud. Más tarde brotarán las flores entre las ruinas y entre los sepulcros”. Las melodías aún jóvenes de El Tri ya resonaban con el clima de época y parieron una identidad musical anclada en el rock rebelde y la crítica social.

Lalo Chico, guitarrista de El Tri.
Lalo Chico, guitarrista de El Tri.

En ese tono se refiere Lalo a la desaparición forzada de 43 estudiantes en Iguala en el 2014: “Es una guerra de partidos políticos, con Enrique Puñetero – así le dicen a Peña Nieto – a la cabeza. ‘La mafia entra donde no entra el sol’, como escuché en una película. Esos chavos ya no van a aparecer, es una gran lástima. Pueden haber estado involucrados los narcos. Hay mucha violencia, inseguridad, pero los gobiernos son los culpables. El amarillismo de los medios de alguna forma incita a esa violencia. Y mucha policía”.

***

Lalo Chico, a pesar de su apellido, ya llegó a los 60 y lleva 24 con El Tri. Con su trayectoria y la pasión intacta es una presencia indiscutida en los escenarios de blues, invitado de honor en los shows de las bandas que arrancan y un habitué de Ruta 61, donde juega de local. Por whatsapp usa notas de voz y secuencias largas de emoticones en combinaciones misteriosas como queelbluesestéconvos seguido de pianito-semicorchea-corchea-pentagrama-saxo-trompeta-guitarra-extraterrestre-calavera-ojitos-explosión. Y así van las conversaciones. Esa misma espontaneidad con la que se sumerge en cada nota como si la descubriera por primera vez. Con la exacta fascinación con la que comparte sus recuerdos más entrañables: “Nunca pensé que iba a ser nominado a los Grammy o que iba a conocer a BB King. Gracias a la música, a El Tri, pude hacerlo. A BB King lo conocí por Pappo, cuando estaban haciendo una gira juntos. Me acuerdo cuando lo vi a Pappo por primera vez, iba con su Gibson SG. No le fue muy bien con nuestros hinchas, porque se resbaló justo antes de entrar a cantar y salió al escenario puteando, lo oyó la gente y se sacó, le empezaron a tirar con cosas. A las cinco rolas se chingó y se bajó. Hablar de Pappo es hablar de un monstruo de la música argentina, dio a conocer el blues allá abajo, en Argentina, Chile, Uruguay. Fue una pérdida muy grande. Ahora toco con el hijo, Luciano, cuando voy para allá”.

Club de blues del DF.
Club de blues del DF.

Allá es Argentina, claro. Entre los logros que se acopian – basta nombrar que El Tri lleva vendidos más de 30 millones de discos y cuenta con 5 nominaciones a los Grammy –, el vecino sureño para Lalo guarda especial importancia: “La gente es muy prendida, muy caliente. La mejor tocada de mi vida ha sido en Cemento, un domingo de Pascua, como en el 97’.  No creíamos que se fuera a llenar, pero explotó, nos hicieron salir tres veces. Fue el momento de la identificación de nosotros con el público realmente argentino. Nos dimos cuenta de que hay mucho rock and roll y blues”. Es que, aunque siempre con un pie en su México lindo y querido El Tri se hizo y se vive viajando:

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

– El Tri nunca para, está siempre girando, en movimiento. Este año estuvimos en Perú, Argentina y en distintos lugares de Estados Unidos. Allá tocamos para público latino, mexicanos, argentinos, portorriqueños… Lo que pasa es que la gente que se va para allá se siente agredida por los gringos, hay mucha represión. Entonces cuando vamos a tocar para allá, explota, hay como una liberación, y a veces se vuelve un poquito agresivo. No quiero decir que siempre es así, también van a divertirse, llevan niños, se juntan varias generaciones.

***

A Lalo lo llaman del escenario. Terminó la prueba de sonido y es hora de cargarse la viola y tocar. Deja su vaso de agua mineral sin hielo y recorre los pasos que lo separan de su verdadero yo. Aunque parece no haber transición, ni se suena los dedos, ni rota los hombros. Nada. Se sube y toca. Como quien respira. Antes de entregarse a ese ritual de pura vida, se da vuelta y agrega como despedida:

–  Si los ven a los chicos de La Renga, salúdenlos de mi parte.

La negra y azul

Déborah Dixon fue una de las voces de la emblemática banda femenina Las Blacanblues, que compartió escenario con Pappo, La Mississippi y Los Redondos en los 90′. De Costa Rica a París y de ahí a Buenos Aires, pasando por Madrid, viajamos por las raíces de su canto.

Como dice el bolero: tenía que ser así.

Déborah Dixon larga esa sentencia sentada en un bar de Las Cañitas, mientras se toma una limonada con jengibre para cuidar su garganta, su herramienta de laburo. La frase casi profética es para graficar una carrera que apareció por sorpresa, gracias a un volante de clases de canto negro que encontró tirado en el suelo porteño, y que luego fluyó como los grandes amores. Porque 40 años atrás, antes de dejar Costa Rica, nadie podía predecir que la mayor de siete hermanos haría pie en Buenos Aires para ser pionera y referente de la movida del blues local. “Cantar no es algo que yo tenía pensado hacer de chica. Para nada. Yo me orientaba a lo humanístico. Estudié francés, me dediqué a las letras. Y artísticamente hablando me gustaba más lo que tuviera que ver con las decoraciones. De muy chiquita me gustaba bailar, ese era mi sueño de chiquitita tal vez”, explica.

-¿Y la voz no estaba ya ahí?

– Estaba, pero no era lo que más me atraía. Cantaba en las guitarreadas, en cuanta fiesta había, cantaba los mismos cuatro temas. Eso en Europa sobre todo, pero en Costa Rica ya algo cantaba. ¿Qué temas? En francés la mayoría. Y después cuando fue el golpe de estado de Pinochet cantaba los Quilapayún, Violeta Parra.

Déborah Dixon.
Déborah Dixon.

– ¿A qué edad te fuiste de Costa Rica?

– A los 18. Me fui a estudiar francés. Yo quería hacer la carrera de Letras. Había hecho el bachillerato en un colegio francés. Como se ve que era medio nerd de chiquita pedimos una beca entera y me la dieron. Me gustaba mucho leer, tenía facilidad con el idioma. Estaba habilitada para entrar a una universidad en Francia. Después no seguí, nunca terminé.

-¿Cómo era estar a los 18 en París?

– Fue descubrir el mundo. Imaginate que Costa Rica es un país muy pequeño. Me encontré con una ciudad. Yo ya era fanática de la cultura francesa. Me encantaba la literatura y creía conocer a los franceses. Pero en París estaba todo. Era un lugar donde uno podía hacer lo que le daba la gana, no un pueblo chico donde todos saben lo que hace el otro. Fue una experiencia increíble. Vivía primero con unos negros de Estados Unidos que venían a estudiar. Eso fue intenso. No es fácil entrar, como turista o como estudiante extranjero. Era más fácil relacionarse con gente de todo el mundo que con los franceses.

De aquellas guitarreadas en las que su voz sólo se oía entre los latinoamericanos exiliados en París, Dixon pasó a un escenario en Gualeguaychú, Entre Ríos, para cantar ante más de 150 mil personas. Fue en abril del año pasado, en el concierto más multitudinario del Indio Solari, en el que cantó el Blues de la Libertad. “Fue tremendo. Muy fuerte. Desde ahí arriba ves un mar de gente, que es mejor no mirarlo porque si no es intimidante. Toda la previa estuve re nerviosa. Pero después fue todo bien. Cuando me sentí sostenida por los músicos y lo ví al Indio arengando desde las bambalinas, ya está. Me daba cosa porque nunca pasó que el Indio dejara el escenario para alguien. Ahora no sólo eso: era una mina encima. Y hay gente que por ahí dice ‘yo vine a ver al Indio, loco’. Y al contrario. Eso se sintió enseguida. Para mí fue una prueba de confianza. Un reconocimiento. Un honor, total”. Blues de la Libertad, el tema que compusieron Solari y Skay Belinson en el disco Luzbelito y al que Deborah le puso el alma en Gualeguaychú, bien podría ser un oxímoron. Es que el blues es el género que representa a los esclavos africanos que llegaron a América del Norte y al Caribe entre el siglo XVII y XIX. Quizás así se entienda porque la voz de Deborah Dixon conmueva: de su garganta salen 400 años de historia.

Aunque no suene lógico, a 11 mil kilómetros de su familia, en París, conectó con sus ancestros. “Tenía amigos estudiantes que eran de África. Ahí conocí el racismo más descarado. Hay en todos lados, en Costa Rica también. Pero esa cosa de que te maltraten porque sos de otro país o de otro color ahí lo viví en carne propia. Fue muy fuerte para mí. Yo estaba ávida, averiguaba”, recuerda. A mediados de los 70, hubo un libro que después fue serie y que luego fue furor. Una moda que nació en Estados Unidos y después se globalizó. La novela se llamó Raíces. Narraba la historia de un personaje africano que nació en Gambia, África, en 1750 y que fue llevado como esclavo hasta Estados Unidos. “El libro contaba toda la historia de cómo un negro estadounidense volvió sobre su identidad hasta saber cuál era su origen. Fue una revolución. Todos empezaron hacer el camino de regreso para llegar a África y saber de dónde venían. Mi familia también se dedicó eso, pero llegó hasta un punto, hasta las islas del Caribe. De ahí en más tenés que tener mucha suerte para saber desde dónde llegaban. En Brasil se sabe que los negros llegaban de tal lado. Pero en Centroamérica era más complicado, llegaban de todos lados. Yo sé que tengo una tatarabuela que venía de Bahía, de Brasil, que después apareció en Cuba y se casó con un jamaiquino y vinieron a Costa Rica después”.

De limonada con jengibre.
De limonada con jengibre.

-¿A vos qué te cambió conocer tus raíces?

-Me apasiona. Mi mamá es muy cultora de eso. Nos intercambiábamos cartas larguísimas hablando de eso: lo que escribía, la música, libros, lecturas, lenguas, todo. Es como que nos dábamos cuenta de algunas cosas. Ah, esto debe venir de tal lado. También descubrís las desgraciadas diferencias entre los mismos negros. Si tenés la piel más clara, más oscura. Eso es histórico, más en Francia: si viniste de la Martinica o la Guadalupe sos más claro entonces no se llevan bien con los africanos más puros.

-¿Y el blues también tiene que ver con eso entonces?

-De antes. El jazz, el blues, toda esa música tiene que ver con lo que se escuchaba en mi casa. Era mucha música en inglés porque en Costa Rica los negros, que somos minoría en la población, llegamos de Jamaica. En Costa Rica no hubo esclavitud, los norteamericanos trajeron a fines del Siglo XIX a los negros para construir el ferrocarril. Eran asalariados, una especie de semiesclavitud. Llegaron a la costa del Caribe por las plantaciones de las bananeras y a construir el ferrocarril. En todo América Central pasó algo parecido. Por eso toda la costa tiene poblaciones negras instaladas. En nuestro caso, como llegábamos de Jamaica se hablaba ese inglés jaimaiquino que, mezclado con el español, arma un patois, como un dialecto. Inglés como lo habla alguien cuya lengua materna es yoruba, vas aprendiendo lo mezclás con el idioma del lugar, en español o portugués o francés. Eso lo metés en la coctelera y sale el patois. Mi papá, que era panadero, solo hablaba en eso. “Un vigilante ese wachiman”, como que te diga eso, imposible de entender para alguien que no es de acá.

Deborah Dixon llegó a Buenos Aires en 1984, en plena primavera de la democracia. No vino hasta acá buscando la ruta de sus ancestros. Lo hizo persiguiendo un amor, el mismo que ya la había llevado ya por Madrid y por Bogotá. “Fue muy fácil convencerme de venir a Buenos Aires porque todos los argentinos que conocí hablaban con mucho amor de Buenos Aires. Los argentinos en cualquier lado del mundo que estén no dejan sus costumbres: toman mate, hacen empanadas, cantan sus canciones, todo. Yo nada que ver. Ustedes no se desarraigan. Yo no tenía que estar comiendo arroz y frijoles para sentirme bien. En esa época que yo vine era muy fácil llegar para un extranjero. No era como ahora que está el quilombo con los países limítrofes, si sos bolita y todo eso. Yo estaba feliz, todos me preguntaban de dónde era, qué hacía acá”.

-¿Y qué hacías acá?

-Venía a seguir a mi marido, sin ninguna vocación a desarrollar. Trabajaba como secretaria, en oficinas. ¡Un tiempito fui secretaria de Moyano! Me anotaba en las agencias de empleos y encontraba rápido trabajo porque hablaba tres idiomas y tenía buenos antecedentes. Y uno de los trabajos temporarios fue ahí en el Sindicato de Camioneros. Habré estado dos meses. Hasta que me salió otro trabajo mejor, creo. No me acuerdo. Pero después cuando lo vi por televisión a este señor que devino en un tipo súper importante de la política argentina me di cuenta de que trabajaba para él. ¡Me hubiera llenado de plata! En un momento me cansé de ser secretaria: los tipos te gritan, mandonean, es feo. Me pelée con un tipo en una empresa, me fui y decidí terminar el profesorado de francés en la Alianza Francesa. Di clases, hice traducciones.

Del francés no tuvo tiempo de cansarse. Los tiempos se aceleraron al máximo hasta que la empezaron a llamar la Dama del Blues. Es que desde que dejó salir su voz, Deborah no sólo compartió escenario con el Indio (con quien además grabó la Piba del Blockbuster, en el primer disco solista del ex redondo): también con los Ratones, Dancing Mood, Fito Paez, Pappo, La Mississipi, Joaquín Sabina y más. “Ese apodo me lo puso una vez un periodista. A mí me tienen encasillada con el blues, pero yo canto de todo. Menos folclore y tango, que me encanta pero no sé cantar. Te tiene que pasar algo. Como los japoneses que vienen acá y son más tangueros que los tangueros. Y eso que muchos de los tangos los conozco desde chica como boleros. Cuando vine acá me enteré de que son tangos”. El camino para llegar hasta allí parece haber estado trazado por el destino –“si uno cree en los destinos”, aclara-. Una tarde de fines de los 80, al salir de su trabajo, encontró un volante que anunciaba clases de canto negro. Ahí conoció a Cristina Guayo que le presentó a su propia voz y también las de Cristina Dall, Mona Fraiman y Viviana Scaliza. Juntas formaron Las Blacanblus, una banda pionera, con sello femenino, que deslumbró en la época en que el blues estuvo de moda en Argentina, junto a Memphis, la Mississippi y otras bandas.

Imágenes: NosDigital.
Imágenes: NosDigital.

-Yo creo que nos favoreció. No era común. Pero yo pienso que el tema del machismo existe en todos los aspectos de la vida, en la sociedad. Lo que yo sé es que se valoraba lo que hacíamos artísticamente y porque de alguna manera nos ayudaron a mostrarnos gente como la de La Mississipi, que nos hacían tocar delante de ellos. Ellos tocaron todos en nuestro primer disco. Pappo siempre nos contaba que la que lo hizo descubrir a Las Blacanblus fue una novia que tuvo. Y él decía que fue la primera vez que lo hicieron llorar. Cuando nos presentó dijo “ahora cállense y escuchen a estas chicas”. Y todo eso fue respeto. La Negra Poly también nos ayudó. Tocamos con los Redondos en Huracán. Después las cosas normales de la vida de cualquier mujer: yo además de todo eso, tenía que criar a mis niños. Los llevaba al colegio a la mañana temprano y todos me decían “qué vida que tenés”. Como con mala onda. Sobre todo los padres, los tipos me lo decían. Mi marido viajaba y yo llevaba a los niños. Entonces como me acostaba tarde se me notaba. Y me miraban como “vos vivís de noche”. Hasta que una vez en el colegio me defendió otro padre: “a ver si entienden que ella trabaja de esto, que al público le gusta lo que ella hace y aparte está ahora trayendo a los hijos al colegio. A ver si ustedes se bancan eso”. Hay mucho prejuicio. Mucho: “Ah, sos músico. Qué bueno. ¿Y de qué laburás?”.

-¿Cómo fue que te animaste a cantar? De tu primera clase hasta que te subiste al escenario fueron un par de años.

– Blues, Gospel, todo eso empecé a cantar. Yo era la única que no me dedicaba a la música de las blacanblus. Ellas la tenían clarísima y querían eso. Surgió la posibilidad de empezar a tocar aquí y allá. Y aparecieron unos padrinos grosos que nos ayudaron. Cristina es la culpable de todo, es quien hizo que yo me diera cuenta de la voz que tenía. Yo no lo sabía, para nada. Yo pensaba que no, pero de a poco te vas liberando en las clases de canto. Yo estaba feliz. Le empecé a hacer caso, ella me recomendaba tomar clases de técnica con una mina del Colón que hizo que si yo tenía una voz así (hace un gesto corto con los dedos) pasara a tener una así (ahora el espacio entre los dedos es mayor). Cristina de entrada me decía “vos tenés que dedicarte a cantar”. Y fue así

Con fuego en cada palabra

Sara Hebe fuerza cada gesto para expresar con el ritmo de sus letras las injusticias que le atraviesan el cuerpo. A punto de lanzar su tercer disco con marcas de rap y rock asegura que “puede haber un mundo mejor… si es que no estalla antes”.

Lo vio girar el volante con los ojos encendidos y ya supo lo que venía. Apretó los párpados. Mientras ella clavaba las uñas en los costados del asiento, su papá alternaba freno de mano y embrague en una coreografía frenética. El humo apenas dejaba adivinar los círculos concéntricos que los neumáticos marcaban a fuego sobre el asfalto. Tras la vuelta final, lo miró con las muelas pegadas intentando evitar el rebote de la inercia. Él también la miró, brilloso de sudor, y se rieron juntos. Sara Hebe recuerda esta escena de infancia y parece todavía llevarla en la piel. En sus ojos claros, se asoma un compendio de aventuras cotidianas. De movimiento, giros, impulsos. Como un trompo.

Sara Hebe, una de las voces fundamentales del rap local, nació en Trelew en el 83’. En algún momento, dice, quiere volver. Lo planeaba para los cuarentaypico pero ya lo postergó para los 60. Una madre estudiante de Letras devenida en empleada por necesidad y un padre “bastante loco”, vendedor innato aunque con poca suerte y fanático del automovilismo. Hay también en el árbol genealógico una abuela materna poeta. Y Sara, por momentos, se inscribe más en esa línea de la escritura y la comunicación que en la de la música: “Rap significa ritmo y poesía, es muy sobre la palabra, es bailar hablando. Tiene que ver con encontrar el ritmo de uno. Empecé por el rap porque es hablar, entonces era buenísimo para lo autodidacta que soy, que no me gusta estudiar nada. En el rap lo central es el discurso”.

Sara Hebe se presentará el 20 del junio en Niceto.
Sara Hebe se presentará el 20 del junio en Niceto.

– ¿Y cuál es tu discurso?

– Me interesa hablar de lo que pasa, lo que veo, sin pensar tanto, muy de impulso. Pasa algo y quiero quemarlo todo, sacarlo, porque no lo soporto adentro.  También me pongo en otras pieles. Aunque es difícil, pero miro otras realidades y me imagino cómo debe ser, qué se sentirá. A veces cuento en primera persona cosas que no vivo.

Sara poetiza sobre lo cotidiano, lo instantáneo y contingente. Como una antena camina la vida con oídos esponja y encuentra en las frases fragmentadas y expresiones al pasar su material de trabajo. Ese andar distraído y soñar, dice, son los métodos que no le fallan: “Porque soy un desastre, una vaga total para sentarme a escribir. Entonces me sirve eso de escuchar por la calle y anotar, pero igual soy pésima porque ¡no tengo birome! Nunca me acuerdo de comprar. Por eso te digo que soñar, sueño seguro, entonces me despierto anoto una frase y construyo alrededor de eso”.

– ¿Qué te atrapó del género?

– El hip hop y el rap nacieron como espacios de denuncia y de reclamo por derechos. Pero como una resistencia vital y alegre. Tienen esa impronta de urgencia, de decir esto está pasando, el freestyle, la improvisación como herramienta. Igual yo no pertenezco a la cultura hip hop, vengo más del rock, aunque nunca fui de pertenecer a algo, sino más de andar por ahí.

– ¿Cómo relacionás la música y el arte con las luchas sociales?

– La verdad es que voy y vengo entre algunas sensaciones. A mí siempre me movilizaron las injusticias, me dan mucha rabia los intereses creados, cómo se utilizan las necesidades, la desigualdad que hay… Creo que la música, como el deporte, las letras, el periodismo, pueden ser herramientas de transformación, como líneas de fuga para hacer algo. Que la palabra se use para expresar, para escribir, para pensar, para elevar la voz. Pero también soy bastante pesimista. Por ejemplo, yo acompañé, desde mi lugar, la lucha contra el desalojo de Gascón 123 y después hubo 88 mil desalojos más. El arte genera conciencia, pero también pienso si a la lucha no la absorbe el propio sistema.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– ¿Eso no te desencanta?

– Sí y a veces digo: qué estoy haciendo. Tengo un amigo, La Ponzoña – nos hace los flyers y también la tapa del disco que viene – que acaba de publicar un libro que se llama “Tarde para todo”, y así me siento a veces. Creo que el cambio se puede dar en la micropolítica, en las relaciones, el día a día, todo lo que hacemos, eso puede mover el engranaje construido hasta ahora. También pienso en algunos avances de estos años, como el Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de género, y me parece buenísimo que los pibes de hoy crezcan con ese marco. Y ahí entonces sí creo que puede haber un mundo mejor… si es que no estalla antes.

– ¿Y qué te pasa con el mote de militante?

– No me interesa definirme así, más allá de que me identifique con ciertas luchas y las acompañe desde lo mío. Como en Gascón, Sala Alberdi o como en el documental Nunca digas Nunca, sobre desaparecidos en democracia, que hicimos la música con Ramiro Jota. Porque también la gente pretende que estés en todas las movidas y no entienden que vos también estás laburando.

Sara Hebe empezó a trabajar en su primer disco en el 2007, después de que su profesora de teatro, Mirta Bogdasarian, la empujara a la escritura. Empezó a bajarse bases de Internet y a improvisar y componer sobre eso. Ya hacía un tiempo que había largado Derecho, primero en CABA y después en Córdoba, y había encontrado en la actuación su refugio. Finalmente apareció la palabra propia y ahí ya no paró.  Desde el primer micrófono que agarró en un bar de por ahí hasta hoy: “Yo me cebo igual, la gente es lo que me entusiasma, la comunicación”. De esos años de descubrimiento y experimentación, nació “La hija del loco” en 2009. Tres años después, salió “Puentera”, el disco que le apuntó todos los reflectores. Y hoy, repitiendo exacta la distancia, está a punto de lanzar el tercero:

– ¡Tres años! Imaginate el proceso… lento! Soy re lerda. O por ahí tuve un montón de tiempo trabada. Y de repente, salen tres temas. Me pongo medio nerviosa, necesitábamos terminar. Igual no me apuro, no hay ningún tiempo de mercado que nos corra. Siempre hice discos sola. No sé qué va a pasar. No sé si va a ser tan bueno. Escribo y después digo, ¡¿qué es esto?! El primer tema que fue para este disco lo escribí hace bocha. Pero los últimos son de ahora y no hubo tanto tiempo de revisar. Por momentos, digo: “¿Qué es esto? ¿Por qué dije esto? Me complico la vida. ¿Qué va a pensar la gente? Con esto me hundo”. Pero también me agarra la ansiedad, ya lo quiero sacar, pasar a otra cosa, ensayarlo.

Su próximo disco ya tiene nombre: Colectivo vacío.
Su próximo disco ya tiene nombre: Colectivo Vacío.

– ¿Cuándo lo presentan?

– El 20 de junio en Niceto, no lo anunciamos todavía, pero ya tenemos reservado. Un cagazo grande porque es enorme. Es otro precio también. Pero voy a tocar ahí porque tiene muy buen sonido. A mí me encantaría ir a un club, seguir tocando en esos lugares, pero este tiene un sonido de la puta madre, están instalados hace mucho tiempo, con laburo de prensa. Es una inversión. Si tocás ahí salís en todos lados, bah… ¡más les vale que lo pongan en algún lado! Una rabia me da. Espero no irme a las piñas. El arreglo es, como en la mayoría de los lugares, 70-30, pero después de que les pagues una buena suma. Hay que cubrir una moneda primero. Son gastos de producción, tienen lo que tienen. No sé si es el mismo acuerdo con todos. Seguramente si sos re famoso, por ahí a ellos les sirve y te hacen menos.

– ¿Cómo financian los discos?

– Es pedir plata y devolverla. Gastar y recuperar vendiendo los discos. Con este disco no sé qué hacer, me tiene mal porque no sé si hacerlo solos de nuevo. Yo hice discos con la UMI (Unión de Músicos Independientes) pero ahora no sé porque como que solo voy a la UMI para sacar el disco, el resto del año nada y resulta que ahora debo $1600, porque hay una cuota por mes. No sé qué hacer, porque también lo puedo hacer con un sello, pero me da miedo. Cuando lo hacés con un sello, algo le tenés que dar y ¡le tenés que dar derechos! Yo no lo puedo creer. Eso es lo que no me gusta. Cuando hacés el disco solo, cobrás un poquito por SADAIC, porque mis discos figuran como inéditos, pero si lo hacés con un sello pasás a otra categoría. Pero yo no soy muy buena para estar con gente, siempre me termino peleando. O sea que ya me veo con los del sello… porque firmás un contrato, ¡te tenés que llevar bien por tres años! Bah… capaz que lo hacemos. Quiero ya sacar el disco.

– ¿Tiene nombre?

– Ay no sé si decirlo o no. ¿Lo digo o no lo digo? Qué vieja chota me estoy poniendo. ¿Qué hago? Nunca lo dijimos, porque yo soy de terror, no quiero decir nada, mirá si lo digo y pasa algo. Bueno, el disco se llama “Colectivo Vacío”. No le digan a nadie. ¿Cuándo hay que decir el nombre de un disco? Capaz ahora ya podemos decirlo. Bueno, no sé, entonces sí.

“No por ser jugador de fútbol sos más que nadie”

Diego Milito estaba en la Cuarta división de inferiores cuando la síndico Liliana Ripoll anunció que Racing Club había dejado de existir. Sintió una enorme tristeza y todavía lo recuerda. El tiempo lo hizo ganar dos títulos con el equipo, pero antes estudió dos años de Economía en la Universidad Kennedy. Como referente, le preocupa que los pibes piensen más en irse a Europa que en la pasión del día a día.  Cómo pensó su carrera el ídolo de La Academia.

Cuando el Inter ganó la final de la Champions League con dos goles suyos, en 2010, alguien aventuró a decir que era un crack, pero le faltaba venderse mejor.

Venderse mejor: construir una imagen de lo que uno es, incluso, a veces, sin ser ese algo; entender que es más importante lo que se dice de uno que lo que uno es.

Diego Milito, sentado en una platea de la cancha de Racing, frente a un Cilindro vacío, confirma la teoría de la venta cuando el grabador se prende y enuncia -formando parte de un nosotros que casi nunca usan las estrellas-: “Nuestro club tiene mucho margen para mejorar”.

Podría hablar del equipo, podría hablar de él, podría decir que está feliz de ser campeón o que esto no lo soñó nunca, pero hay cosas a las que Diego Milito renuncia, aunque no ande muy preocupado por venderlas en tarros de humo.

No es una metáfora: podría llevar vida de héroe, pero prefiere no usar capa.

Podría creerse divo y decir que no da entrevistas, pero pidió que le pusieran los pedidos en una lista y que las fueran haciendo todas, aunque la nómina de pendientes marque 28, entre las cuales figuran el portal de Laureus Award -conocido también como el premio Oscar del deporte, que se entregará el 15 de abril en Shanghai- y una radio barrial de Buenos Aires.

Podría ser el rey de la farándula, pero por política propia nadie reconoce a su esposa en el supermercado.

– ¿Dónde estabas y qué estabas haciendo el 4 de marzo de 1999 cuando la síndico Liliana Ripoll anunció en los medios que Racing Club había dejado de existir?
– Estaba en Cuarta división. Salíamos de entrenar, en el predio de la UOM, que era donde practicaban las inferiores en ese momento. Lo recuerdo perfectamente ese día. Fue un día muy triste para todos.

– ¿Te parecía real?
– Me parecía extraño. Realmente era extraño que un club tan grande con tanta convocatoria pudiera llegar a desaparecer. No me cabía en la cabeza que Racing desapareciera.

– Parecía una etapa difícil para los pibes en Racing. Albano Bizarri, que vivía en la pensión, contó que había un gallo que usaban para despertarse y que un día no cantó más porque tuvieron que comérselo.
– Eran días difíciles. Por eso hoy valoro tanto cómo estamos, cómo están las divisiones inferiores, que tengan de por sí un lugar físico para entrenarse, como es el Tita. Que tengan un lugar en el club te permite dimensionar lo que fue aquello, porque yo estuve acá en etapas muy difíciles. Recuerdo la anécdota del gallo. Yo no vivía en la pensión, pero estaba todo el tiempo con los chicos y sabía todo lo que estaba pasando.

– ¿Cuánto te formó como persona haber estado en esa etapa?
– Mucho. Yo digo que de todo se aprende, de todo vas creciendo y vas valorando muchas cosas. Si bien he sufrido bastante estas cosas en inferiores, también me han hecho valorar. Eso te marca y te hace crecer.

– No sólo jugaste en la época de la quiebra, también estuviste en el gerenciamiento.
– Yo siempre rescato el trabajo de Fernando Marín acá y me parece que está a la vista. Hay que pensar en lo que era el club en esa etapa. Cuando llegó él empezamos a tener un lugar físico donde entrenar y a tener los sueldos al día.

Diego Milito.
Diego Milito.

– ¿Hablás con tus compañeros de ahora sobre lo que fue esa época?– De vez en cuando sale alguna charla. Pero nosotros siempre apuntamos a más. Creo que tenemos margen para seguir mejorando como club.

– ¿Cuánto de tu amor por Racing tiene que ver con haber estado en la época de la quiebra donde el club no tenía nada?
– Todo viene desde antes, desde chico. Imaginate que yo recorro el club desde los ocho años. Mi amor arranca cuando yo jugaba en infantiles y terminaban los partidos y me quedaba comiendo asado en los quinchos. Más allá de todos los problemas que hemos atravesados, el amor nunca lo perdés.

– ¿El amor te hace jugar distinto?
– Yo siempre fui de una determinada manera. Este club es especial para mí porque es el club donde nací y tengo un sentimiento especial, pero una vez que entrás en la cancha ya no pensás en muchas cosas y pensás en jugar bien. Soy profesional.

– Hace unos días, en una entrevista con el diario El País, decías que los pibes están perdiendo la pasión.
– No me gusta generalizar porque hay muchos chicos que toman esto como lo tienen que tomar. Me da esa sensación: los pibes jóvenes no toman esto con la pasión con la que me lo tomaba yo. Yo tenía 18 o 19 años y lo tomaba con una pasión. Hoy los chicos no lo toman de la misma manera. No consumen fútbol, por ejemplo, y yo me la pasaba viendo fútbol.

– ¿Y por qué es así?
– Es una cuestión del mundo que va cambiando y de todas las distracciones que uno puede tener.

– ¿Qué distracciones?
– De internet, de las redes sociales que antes no existían y uno tenía más tiempo para ver fútbol y no había tanto para distraerse. Tal vez el mundo está cambiando y uno quizás deba cambiar con el mundo e ir acostumbrándose. Yo estoy hecho a la antigua, pero creo que también está bueno volver a lo de antes y vivir para esto que, en definitiva, es lo que uno quiere.

– En eso de las distracciones, algo que aparece es que al jugar en Primera a los pibes les cambia el reconocimiento en la calle.
– Entiendo eso. La palabra justa para este deporte, en general, es el equilibrio . No sos un fenómeno cuando hacés cuatro goles ni sos un fracasado cuando errás un gol bajo el arco. Hay que tener equilibrio. Cuando hablo con los chicos, trato de inculcarles que tengan equilibrio. El esfuerzo es lo más importante de todo.

– Tu carrera está llena de momentos de mucho esfuerzo.
– A mí me ha costado todo mucho y aprendí a valorar las cosas. En cada lugar donde estaba, en cada minuto en Primera división, en Europa, en un club grande de Europa o en la Selección. Se aprenden a valorar esas cosas y yo creo que los pibes de hoy se saltean etapas que hacen que se pierda la valoración.

– ¿Eso quita cierto sentido de pertenencia con los clubes?
– Puede ser. Es verdad que hoy los chicos piensan en quemar etapas o irse antes de lo debido. Yo tuve la suerte de irme en el momento justo de maduración. Creo que todo tiene una maduración. Europa no es fácil, pero desde acá parece más fácil de lo que es. Entonces muchos no se acomodan y terminan volviendo a los seis meses. Hoy los chicos, muchos, están pensando más en una transferencia que en jugar. Y, bueno, es el ambiente donde vivimos.

– ¿Sentís que te ayudó haberte ido a Europa a los 24 años?
– Sin duda. Fue fundamental porque me fui a una edad hasta diría grande. Uno ya tenía cierta madurez. Yo ya había jugado en la Selección argentina, tenía cinco años en Primera división.

– ¿Con qué soñabas cuando arrancaste a ser jugador?
– Fui un tipo que fue poniéndose plazos cortos o sueños cortos. Obviamente, cuando uno eligió ser jugador de fútbol quería llegar a Primera, pero no más que eso. Siempre lo tomé como una pasión esto. Lo fui desarrollando paso a paso sin ponerme objetivos largos. Me ha costado mucho llegar a Primera División. Me aferré a eso y traté de dar lo mejor, construyendo mi carrera.

– Eras un pibe, ¿quién te ayudaba a pensar estas cosas?
– Siempre fui de aferrarme mucho a mi familia. Imaginate que por ese entonces mi hermano ya jugaba en Primera y en la Selección y eso ayudaba a pensar. Siempre me aferré a sus consejos. A consejos de mis padres, de no aflojar. No aflojé y acá estoy.

– ¿Qué decían tus papás?
– Se fue dando todo de manera muy natural y esa es la suerte que tenemos mi hermano y yo de tener dos padres que jamás especularon con sus hijos ni con si llegaban a Primera ni con si llegaban a la máxima competición. De hecho, nos hicieron terminar el secundario y yo empecé hasta una carrera universitaria. Obviamente disfrutan de que los dos podamos haber llegado, pero sin ninguna presión. Ellos querían que nosotros estudiáramos y que pudiéramos disfrutar el deporte.

– ¿Qué estudiaste en la universidad?
– Arranqué ciencias económicas, hice dos años y después tuve que dejar. En la Universidad Kennedy. Me gustaba. Mi tío es contador, mi tía también, mi abuelo también y me gustaba y agarré por esa rama. Empecé los dos primeros años y cuando arranqué a jugar en Primera terminé dejando.

– ¿Y nunca más pensaste en seguirla?
– No. Con la carrera de jugador ya se me hacía más difícil seguir.

– ¿Y a qué compañeros escuchabas en ese momento?
– A mí me gustaba escuchar a los grandes. Yo no era de recibir muchos consejos, pero sí escuchaba mucho. Tuve la suerte de compartir entrenamientos con Teté Quiróz, con Claudio Úbeda o con el Chelo Delgado, que en ese momento eran referentes.

– ¿Y vos te ponés en ese rol de referente?
– Por edad, sí. Obviamente, cuando puedo trato de comentarle algo a los chicos, pero simplemente contando lo que uno vivió. Es una ayuda para que se equivoquen lo menos posible.

– Decías que los pibes a veces están más pensando en Europa que en otra cosa, ¿pudiste hablar con ellos sobre este tema?
– No, todavía no me ha pasado de estar en esa situación. Trato de no meterme porque es la vida de ellos y tienen que decidir con los que tienen que decidir. Si me vienen a pedir un consejo, encantado se los daría. También a veces meterse en ciertos temas es difícil.

– ¿Qué referentes te marcaron a vos?
– El Ratón Ayala es uno de los tipos que me ha marcado. Por lo que representa, por lo que fue, porque compartí equipo en Zaragoza y en la Selección. Y, después, obviamente, con Javier Zanetti, que además de que tengo una amistad y muchos años de compartir vestuario, sé lo que es como ejemplo, como profesional.

– ¿Uno se forma como líder o nace como líder?
– Es un poco natural. Es más una cuestión de experiencia, de edad y de haber vivido muchas cosas en el club.

– ¿Te es difícil hablar con los pibes o te es sencillo?
– El mundo ha progresado y uno se debe ir aggiornando. Hay que entender algunas situaciones y poder ponerse a la altura de los más chicos. Tampoco uno es el dueño de la verdad. Lo importante es tratar de hablar con ellos, de ver cómo piensan, de ver cómo hablan, todo ha evolucionado, los chicos hablan de una determinada manera. Pienso que hay que volver a la pasión de antes. Ver fútbol. Que vean a los rivales, que sepan contra quién van a jugar, qué características tienen. O por lo menos yo lo hacía en ese momento. Yo sabía a quién tenía enfrente. Yo no sé si los pibes lo hacen hoy. Y es muy importante porque es un poco sacar ventaja y otro poco tener la pasión por lo que uno hace. A mí me gusta el fútbol. Me gusta ver partidos. Consumo mucho fútbol, me gusta lo que hago.

– Para ser alguien que jugó un Mundial, que salió campeón dos veces con Racing, que ganó una Champions League, tenés un perfil muy bajo, ¿cómo lográs que la vida íntima sea íntima?
– Yo lo llevo muy normal. Siempre fui así. No me preocupo demasiado. Yo hago la vida que siempre traté de hacer. No me fijo demasiado. Me gusta ser como soy, natural, descontracturado. Sigo yendo a ver a mi hijo jugar al fútbol, me gusta ir al cine, pero hago una vida normal. Si me piden un autógrafo, está lindo, pero no estoy preocupado por la exposición.

– ¿Cómo llevás el hecho de ser ídolo?
– Mirá, a mí me alcanza y me sobra con el cariño que me da la gente. No me pongo ni a pensar en eso. No me preocupa en lo más mínimo ser ídolo. Lo más importante es el cariño de la gente. No hay que pensar más allá de eso.

– Pero, de repente, tenés un chico que está enfermo y se te acerca como buscando una solución en un saludo tuyo.
– Es algo, algo, algo, algo (repite y piensa) loco. Pero uno trata siempre de ayudar y estoy encantado de hacerlo. Me ha pasado y hay que hacerlo con responsabilidad y con pasión porque podés despertar en otro, con un autógrafo, algo lindo.

– ¿Hay algo que te quedaste con ganas de hacer en tu carrera?
– La verdad es que no me puedo quejar. Soy un eterno agradecido a este deporte por todo lo que me ha dado. He cumplido la mayoría de los sueños que tengo de chico. Sería injusto de mi parte pedir algo más. Obviamente, hubiera querido estar con algunos jugadores o con algunos entrenadores. Pero de todos los compañeros y de todos los técnicos aprendí mucho.

“Lo único que me importa es contar la historia”

Carlos Portaluppi insiste en que no es artista. Actuando en televisión, cine y teatro, entiende que el rating es tan solo comercio. “Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Lo demás es un mal cuento”.

Un nene de 6 años ve una pintura en su casa que le regalaron a su papá y algo le pasa. No sabe bien qué, pero lo desborda. Es capaz de reír y de llorar, según cómo y cuándo la mire. En el cuadro hay un tipo que tiene la cara maquillada en blanco, sentado en un cajón de manzanas de madera y vacío; come arroz de un plato y tres perros le merodean alrededor. Detrás de él hay una carpa de circo itinerante, de la época de los Podestá, con una abertura, pero está pintada de negro. Sin embargo, este chico es capaz de sobrevolar con su imaginación ese agujero negro y ver qué pasa adentro de esa carpa. Cada vez que lo intenta ve cosas distintas. Después el chico crece y se hace actor, y en cada uno de sus trabajos intenta volar con la misma libertad para volver, aunque sea un poquito y por un rato, a esa pureza que le enseñó quién era él y por qué.

Carlos Portaluppi: “Esa pintura fue hecha por Luis Arata, dedicada a Blanca Podestá. Ella se la regala a una tía abuela mía, ella a mi papá y así quedó en mi casa. Desde que tengo recuerdo, a los seis años, me plantaba ahí y me emocionaba, descubría mis emociones y no sabía qué me pasaba ni qué hacer con todo eso. Hasta que me di cuenta que el teatro era mi posibilidad de expresar todo eso que sentía, de volver a esas emociones y a esas imágenes: todo eso que había impreso. Uno para actuar primero imprime para luego poder expresar”.

En cualquier bar de Boedo.
En cualquier bar de Boedo.

A los 47 años, Portaluppi hará temporada de verano en el Teatro Piccolo de Milán, junto a sus compañeros de “Emilia”, obra en la que interpreta a un personaje que llena al público de contradicciones entre el desamor que sufre y la manipulación con la que trata. Es fascinante, siniestro. Y la actuación llega a un punto de verdad en que las butacas se vuelven incómodas. Quizás, lo más fácil sería rajar de la sala, olvidar esa historia perversa y escapar de la tensión que se hace cuerpo y espacio en la sala de Timbre 4, en Boedo. Su talento hace confundir su persona con el personaje: querés putearlo, abrazarlo al mismo tiempo, y volver a putearlo. Sin embargo, y aunque interpretando sea conmovedor,  asegura que él no es un artista: “En el medio está muy instalada la figura del artista, pero artistas hay muy pocos. El resto somos actores. Y genios, ya lo decía Stanislavski -maestro ruso del teatro-, hay uno cada cien años”.

– ¿Qué sentido le encontrás a estar arriba de un escenario o en frente de una cámara?

– El único sentido que le encuentro a mi arte es contar la historia. Contar una idea, pasarla por el cuerpo y transmitirla. Es lo que me ocupa como actor. No le encuentro otra función. Después cada historia tiene su para qué. Cada uno, cada espectador, la recibe y construye su propia versión a partir de lo que siente, desde el lugar donde se sensibiliza y se deja sensibilizar, donde se reconoce o identifica. Cada uno es capaz de darle riendas sueltas a sus propios impulsos con respecto a lo que recibe de una historia.

– ¿Qué puede llegar a significar una historia para un otro?

– A uno cuando es niño le cuentan cuentos. Recuerdo: a mí me los contaban antes de dormir. Son momentos mágicos, de conexión con uno mismo, de introspección, de volar y dejar volar la imaginación. Sin dejar de ver la realidad, porque uno termina comparando la realidad que vive con la que le pregonó esa ficción, esa nube que quedó en la mente, poblada de imágenes. Cada uno construye a partir de ahí una identidad, un espíritu, y se identifica con determinadas ideologías, si las hay, dentro de cada historia.

– ¿Qué canalizás de tu persona en tu yo actor?

– Todo, mi persona toda. Mi cuerpo es un instrumento. Es como el violinista y su violín. Soy yo mismo. Están mis emociones, mi historia, mi imaginación, mis sueños, mis experiencias, mi conocimiento, mi poder de investigación, crecimiento, observación. Está todo puesto en la memoria a disposición para el trabajo, en cada historia, cada personaje que me requiera para contar la idea.

– ¿Y cómo te llevás con tu cuerpo?

– El cuerpo es el instrumento del actor, instrumento receptor de las sensaciones para transmitir las emociones previamente elaboradas, especializadas por las vibraciones del momento que está pasando. Por supuesto que tiene sus limitaciones, para todos y como en todos en los oficios. No todo el mundo puede ser alpinista. Pero, para contar una historia nunca me sentí limitado. Jamás. Todo lo contrario, siempre fui bastante ágil mental y físicamente para eso. En mi oficio no me limita y hasta ahora los productores no me han convocado o dejado de convocar por mi cuerpo. No me he sentido juzgado. Claro que es un tema permanentemente trabajar en mí, por mi salud, pero esto ya lo hablo con el médico.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

– Cuando te ofrecen historias que se basan en el entretenimiento, ¿qué te pasa? ¿Qué significa para vos el contenido?

– Felizmente las que me ofrecen me interesan y van más allá del entretenimiento. En su gran mayoría los trabajos que hice me llenaron espiritual, artística, creativa, emocional e intelectualmente. Estoy muy satisfecho con eso. Aprendí muchísimo. Me tocó contar historias de las necesarias: “Industria argentina”: fábricas recuperada, movimiento cooperativista. Otra necesaria: el accidente de Lapa en “Whisky Romeo Zulu”. “Vidas Robadas”, con temática de trata de personas. Otra ficción que hice para TDA, que se filmó en Monte Caseros, en Corrientes, sobre trata y analfabetismo. Temas que me impregnaron de muchísimo conocimiento, de mucha entrega con el equipo, por la investigación. Me satisfacen y me enorgullecen.

– Y como espectador, ¿qué te pasa cuando ves cosas sin contenido alguno?

– Una vez me deprimí y miré Tinelli- se ríe-. Era lo único que me hacía bien – se ríe más fuerte-.  Porque no pensás. Está todo dicho, no hay nada más.

Su risa es espontánea, genuina. Sabe decir lo que no dicen a veces las palabras. Como en el escenario: todo es comunicación. Y de eso Portaluppi sabe, se pasó su vida entrenando: tiene más de 25 trabajos en cine, 30 en teatro y 40 en televisión; siempre oscilando entre lo más mainstream y lo más callejero.

– Sos muy versátil a la hora de mostrarte como actor, ¿no te importa la infraestructura ni la jerarquía tradicional de soportes y medios artísticos?

– A mí lo único que me importa es contar el cuento. Me llevo muy bien con el teatro, el cine y la tele, siempre que la historia me atrape, me entusiasme, me emocione y que sea con gente que a uno lo seduzca. Hay muchos factores, pero mi entrega es la misma, independientemente del soporte y el alcance. La misma energía.

– Y en este sentido, ¿qué es para vos el reconocimiento?

– Que conozcan la historia, que conozcan lo que hago. La persona va detrás de eso. El cuento va adelante. Lo demás es afecto, es cariño y retribución de un público al que le gusta o no lo que hacés. Como te puede pasar con una pintura. Por ejemplo, mi origen en el teatro tiene que ver con una pintura, volcar mis emociones tiene que ver con que miré por primera vez una pintura y me emocioné y lloré y me descubrí como actor. Te gusta o no te gusta, y lo que uno hace genera esa visión u opinión en los demás. Que me juzguen como actor o como persona no me come la cabeza.

– Es triste la historia de la pintura…

– Depende cómo la mires. Yo como niño la veía así. Claramente hay una soledad inmensa ahí, pero también ves otras cosas. Me pasó algo así hace cuatro años en el Guggenheim de Bilbao. Había una foto en exposición que era un autorretrato de una fotógrafa a los cinco años. Pero la mujer tendría como sesenta años ya, es contemporánea. La foto es una niña con delantal blanco y pelo corto, que te mira, como si mirara a cámara. Y hay una valla, no podés acercarte a menos de un metro. Y decís, cómo es esto, un autorretrato a los 5 años de una mina que ya tiene sesenta. De pronto vos te alejás y ves una cosa. Ahora, te acercás… Yo me acerqué y lloré, sin saber por qué. Después me enteré a través del catálogo que esa foto tiene montados los ojos de esa mujer a los 60 años sobre la figura de una niña de 5. Ahí hay una cosa inmensa, que te atraviesa. Son diferentes situaciones en donde se ven distintas cosas, de lejos o de cerca, pasan cosas distintas. Con los viajes también me pasa, la primera vez que subí a un avión vi todo tan pero tan chiquito, incluso al mundo, que dije, “No, no puede ser”, los problemas que uno tiene son muy chicos al lado de lo que uno puede ver desde otro lugar. Entonces, creo que se trata de poder volar un poquito.

– ¿Y alguna vez te encontraste solo como el artista del circo?

– Emm, bueno. Tuve momentos de soledad. Algunas veces me sentí solo, pero uno trata de llevar la vida como puede. Tendríamos que entrar a hablar de felicidad. Pero, ¿qué es eso?, ¿me podés explicar?.

A la entrada de Timbre 4.
A la entrada de Timbre 4.

– ¿Alguna vez pensaste en términos de éxito y fracaso?

– ¿Qué es el fracaso?

– Bueno, a eso va la pregunta.

– Fracasar es no haberlo intentado.

– ¿Y el éxito?

– Es mi hijo. Que mi hijo me enseñe cosas, que me enseñe a ser padre y que yo pueda guiar su energía.

– Ah, ¿el éxito no es el rating…?

– No, no son sinónimos. El rating es sinónimo de venta, de comercio. Para mí éxito es una maestra rural. Hace lo que quiere. Eso es el éxito. Una persona que va a caballo al campo, a una escuela a darle clase a 30 niños todos los días. Para mí esas son las personas exitosas. Lo demás, es un mal cuento. Haberlo intentado es el éxito. A veces yo deseo que tengan éxito y no suerte. No tiene que ver con la fama, tiene que ver con que tu deseo llegue al puerto que vos imaginás y soñás, que no te frenes, que empujes, empujes y empujes.

– ¿Es un error decir que por lo general tus laburos suelen ser papeles de reparto más que protagónicos?

– No estás equivocado, aunque últimamente tuve personajes protagónicos.

– Pero, ¿se encasilla a los actores en esos roles?

– Yo no me sentí encasillado. Pero, sí, en la televisión soy reparto. En el teatro, no. Yo qué sé, no le veo el problema. Lo importante es poder contar la historia. No me preocupa encabezar… que encabecen los artistas -se le dibuja una mueca-.

– Pero hay cada uno encabezando…

– Es gente que se lo ha ganado y habrá hecho cosas para estar ahí. No me quita el sueño para nada. Bienvenido sea. Tengo muchos amigos y afectos que encabezan, pero ¿cuál es el problema?, si a mí lo que me interesa es contar la historia. Mientras me paguen bien, en la tele sobre todo, no pasa nada. Pitufo, pero no bolufo – carcajada-.

– ¿Hay un sistema de estrellas en la tele?

– Y, sí, hay que vender. La tele vende. Si no tenés la persona que tiene llegada masiva estás en el horno. Pasó con Guita Fácil, todos excelentes actores, pero de “reparto”- dice con ironía-: Alejandro Awada, Mabel Manzotti, Rodolfo Ranni, Malena Solda. Toda gente talentosísima, pero no funcionó. Fue mi primer protagónico para televisión, hace cuatro años. No llegó a canal abierto, por supuesto. A ninguno. Y eso fue porque no enamoró a ninguno de los productores, no enamoré en ese rol. La historia es hermosa, está muy bien contada. La hizo Camaño, el mismo de Vidas Robadas. Lamentablemente se equivocaron los productores conmigo al convocarme, que confiaron en que yo podía llegar a funcionar. Al menos ahora está viendo la luz en TDA.

Para Carlos Portaluppi, ya lo dijo, hay temáticas necesarias. Hay cosas que no se pueden callar. Aunque eso implique encarnar a protagonistas de la historia que a más de uno le quedarían grandes. A él, en cambio, le fascina y no le pesa. Hizo de Rodolfo Walsh, por ejemplo, “una víctima de nuestra trágica historia que todavía nos pesa, un luchador, un poeta y -este sí lo es- un artista en lo suyo”. Hizo también de John William Cooke, lo que le permitió entender el origen de la dictadura, conocer el peronismo revolucionario más activo y leer las cartas que se mandaba con Perón.

– ¿Qué otras temáticas necesarias trabajaste?

– El caso de Whisky Romeo Zulu, cuando se hablaba de las condiciones de inseguridad en las que se volaba en Argentina. A Piñeyro le tocó vivir situaciones extremas cuando trabajaba en Lapa. Él volaba ahí cuando estudiábamos juntos, y renunció dos meses antes de lo que pasó con una carta por escrito denunciando que si se seguían preocupando en el uniforme de las azafatas y no invertían en los aviones se les iba a caer un avión en cualquier momento. Dicho y hecho. Y también advertir de las pistas clandestinas, de la falta de radares, de norte a sur.

– ¿Vidas Robadas fue la telenovela más fuerte del último tiempo?

– Vidas Robadas se metió con un tema que no se hablaba, con un tabú. La trata de personas, un tema que hasta ese momento era reprimido en la sociedad. Había cajoneada una ley de trata, que después felizmente salió. Al ser una tira, por el horario y por ser una ficción a diario, puede ser que haya sido novedoso que tocáramos una temática de las necesarias, en ese espacio de llegada al espectador. No sé si se pateó el tablero, porque además no fue buscado, menos en ese horario, pero se tomó el impulso autoral al ver que había interés por esa historia. Y me encantó hacer mi personaje, un fiscal que se tuvo que volcar a la ilegalidad para resolver asuntos humanamente necesarios, porque por la legalidad no llegaba a ningún lado.

– En Tiempo de Valientes a vos te mata un comisario que lideraba una red mafiosa de policías, ¿ahí también había una temática necesaria?

– Me encantó hacer eso, porque fue una de las mejores películas del cine nacional. Más allá de mi pequeña participación en la primera escena. Como espectador fue mágico. Szifrón tiene su manera particular de contar las historias, que siempre generan polémica. Son temas que están documentados en una realidad. Hay una violencia que está inserta en nosotros. Presente. Desde ese lugar, está bien que se cuente. En el campo de contar historias hay que permitirse volar y jugar libremente con la imaginación, la verdad, la idea y la ideología. Lo demás está en el foco de quien lo mire y de cómo se ponga ese foco. El lugar del artista, de aquel que cuenta, es libre de contar desde donde quiere, desde la denuncia, la documentación o desde la ficción más pura, de lo que no existe. Hay un campo que te permite contar a partir de la ficción, de poder llegar a un determinado público, para que se entere. Desde ese lugar me parece que está buenísimo que eso suceda, que se pueda documentar, como The Rati Horror Show, una de las pruebas más vehementes de lo que hablamos, de esa injusticia que se comete. Para mí es maravilloso que exista una herramienta como una cámara para poder contar: señores, pasa esto. A la hora de contar historias, el arte no tiene límites.

Ser feliz era esto

En la sede de Villa del Parque de Racing, Eduardo Sacheri, hincha de Independiente, y Ariel Scher, de la Academia, se juntaron para hablar de literatura y deporte. Contra la violencia, por la aceptación del rival, armaron un café literario que parecía de otra época. “¿Por qué no me va a gustar el 5 de otro equipo?”, lanzó el guionista de El secreto de sus ojos.

Aunque la charla sea de Eduardo Sacheri y de Ariel Scher, los únicos prescindibles de la charla son Eduardo Sacheri y Ariel Scher.

Pero ellos no tienen la culpa de eso.

Para escucharlos, hay que pasar por un piso con baldosas de granito negras y blancas, por un techo que termina en forma de arco románico, por un metegol donde unos nenes se clavan de puntitas de pie para ver los muñecos y entrar a un buffet de esos que huelen a buffet –nada de esos con aparatito que tira cada veinte minutos aroma a limón dulce o del olor frígido del desinfectante -.

Eduardo Sacheri, Ariel  Scher.
Eduardo Sacheri, Ariel Scher.

Para escucharlos, hay que levantarse el sábado bien temprano, interrumpir la modorra del día nublado, por un rato apagar el celular, dejar de mirar el twitter, echar el facebook al descanso, ignorar por un rato al Whatts App y estar a las 10 de la mañana en la sede de Villa del Parque de Racing.

Todo eso para escuchar una charla de Eduardo Sacheri y de Ariel Scher, donde los únicos prescindibles de la charla son Eduardo Sacheri y Ariel Scher.

El que lee esto, el que no fue a la charla y ahora intenta leer de qué se trata, se preguntará: ¿y entonces para qué carajo se hizo, y ahora se escribe, sobre una charla de dos tipos que no eran, sin embargo, lo más importante de la charla?

Los que fueron saben la respuesta.

Sobre todo, porque fueron.

***

Sacheri es un escritor argentino que publicó, entre otros, los libros de cuentos Esperándolo a Tito y Te conozco Mendizabal, las novelas Papeles en el viento y La pregunta de sus ojos, el guion de El secreto de sus ojos –dirigida por Juan José Campanella y ganadora del Óscar-, y Ser feliz era esto, su última obra. Pero eso no importa. Lo que importa es que es hincha de Independiente.

A sala llena.
A sala llena.

Scher es un periodista argentino que publicó los libros de cuentos Wing izquierdo el enamorado y Fútbol en el Bar de los sábados, la investigación La Patria Deportista, y Contar el juego, su última obra, sobre las biografías deportivas de nueve escritores argentinos. Pero eso no importa. Lo que importa es que es hincha de Racing.

 

***

 

Los dos están en la sede de Capital Federal de Racing, en Villa del Parque, un sábado a la mañana de poco movimiento, en un edificio que en cada pared hacer honor a la película Luna de Avellaneda, que narra el ocaso de los clubes de barrio.

Y Racing, que es uno de los cinco grandes del fútbol argentino, que tiene un centrodelantero como Diego Milito que ganó la Champions League haciendo dos goles en la final, que salió Campeón del Mundo, en esta dimensión, parece un club de barrio.

Pero bien vale decirlo: este texto, considera que un club de barrio es una grandísima cosa en la humanidad.

Los que se acercaron a la charla, claro, saben –lo sienten- que eso es lo que vale en esta charla, que se anuncia como de literatura y deporte, pero que es sobre mucho más.

Es, en definitiva, sobre la vida.

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Porque Sacheri, hincha de Independiente entra al buffet de Racing y, en tiempos de intolerancia, bajo los techos de la misma institución que celebró hasta simulando un velorio el descenso de su equipo, se sienta delante de un auditorio que lo escucha atentamente. “Habrá muchos que se quejarán porque acá dejaron entrar a un hincha de Independiente y muchos de Independiente que se quejarán porque viene a Racing, pero en el fútbol, como en la vida, es necesaria la existencia del otro. Por eso, yo lo acepto”, dice, como aclarando algo, que, de fondo, en ese auditorio, no hace falta aclarar porque todos los que están delante entienden.

Porque escucharlo es exactamente eso: aceptarlo.

Porque acercarse a la charla es eso: aceptar al otro.

Porque despertarse un sábado a la mañana para ver a gente hablar es eso: aceptar la existencia del otro.

Porque hablar de literatura o de deporte o de tejido o de obras de teatro rusas o de natación es eso: aceptar al otro.

Porque, de hecho, la charla, que arranca con detalles de la filmación que ganó el Óscar –desde el por qué el asesino de El Secreto de sus ojos es hincha de Racing hasta una escena mal filmada de Guillermo Francella-, que pasa por los gustos de Adolfo Bioy Casares por el tenis, que cuenta goles heroicos, que recuerda a Osvaldo Soriano y a Roberto Fontanarrosa, termina preguntándose sobre la violencia y el rol de los medios de comunicación en la violencia, sobre la sinrazón de rivalidades violentas entre Independiente y Racing.

Se discute, con orden y con desorden. Se habla, con prolijidad y con desprolijidad. Se charla, con precisión y con imprecisión. Se piensa.

Se piensa en conjunto y eso, en esta actividad que organizan el Departamento de Prensa, el Departamento de Deportes Amateurs y Racing TV, es lo realmente imprescindible de esta historia.

Desde Racing, Villa del Parque.
Desde Racing, Villa del Parque.

Pensar en conjunto, sobre lo que sea. Sacar el culo pesado de la casa, por lo que sea. Destinar un sábado a la mañana para ver otra gente, como sea. Tener pensamientos y dudas para poder decirlo, como suene. Ver a Sacheri y a Scher, que podrían ser Serrat y Sabina o Jagger y Richards o Juan y Pedro o Mariana y Carolina, pero que, fueran los que fueran, son Alguien y Alguien que nunca, en ese lugar, podrían ser Nadie y Nadie

 

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Eso es lo central, entonces, que debería contar esta nota: Un sábado a la mañana, en la sede de un club, en Villa del Parque, un montón de gente que se niega a ser nadie se juntó a aceptarse.

Acaso, los clubes, en realidad, no sean lugares donde se gritan goles sino lugares donde gente se acepta con gente.