La razón de mi mamá

Por El pibe de los pasegol.

Mi mamá me dijo muchas veces que me iba a morir en una cancha si seguía sufriendo así. La primera vez que la escuché me causó gracia; la segunda, me dio un lamentable –visto ahora, con el tiempo a mi favor- orgullo ser un fanático del fútbol; y la tercera, consideré como una más que interesante opción transformarme en un viejo Casale de carne y hueso -el que no leyó el fenomenal cuento del Negro Fontanarrosa, hágalo ahora mismo-. Hoy ya no pienso nada de todo eso que pensaba cuando era un pendejo al que se le cagaba el fin de semana cada vez que su equipo perdía. Hoy siento, incluso, vergüenza de esa actitud pseudo-irracional que, a diferencia de lo explicado por Jorge Valdano, ponía a este juego en el lugar de lo más importante dentro de las cosas muy importantes de la vida. Y otro detalle más, nada menor en esta circunstancia: hoy soy el entrenador de una banda de entusiastas perdedores que no pierden el ánimo ni siquiera después de devastadores papelones deportivos y tengo que mostrarme delante de mis jugadores como un ejemplo ideológico, moral y psicológico a seguir. ¿O no?

Saqué todas estas conclusiones berretas después de un sábado de otoño en el que, por supuesto, nos fuimos con la cabeza gacha. Ocurrió lo que suele ocurrir: imaginé un partido, di las indicaciones necesarias para que se desarrollara lo que había trazado en mi cabeza y sucedió exactamente todo lo contrario. Sinceramente, y no lo enuncio para quedar bien con nadie, la culpa no es de los muchachos. Creo que la causa central de tanto fracaso consecutivo es, por sobre todas las cosas, que mis planificaciones están fuera de contexto y que responden mucho más a mis deseos de parecerme a Pep Guardiola que a la pobre realidad de un tipo que pretende reemplazar al saber con las ganas. Es verdad que tampoco ayudó que el cuatro viniera medio borracho y que el diez estuviera sumergido en una depresión profunda porque la novia lo engañó por sexta vez en seis meses. Pero la responsabilidad, como debe ser, es mía y solamente mía.

Sin embargo, lo fundamental en esta historia es que, antes de que empezara ese partido, vi a dos hermanitos de no más de 10 años que jugaban en un costado con una pelota un poco desinflada y un poco descolorida. Y ahí, mientras pensaba cómo hacerle entender al tres que tenía que tocar e ir a buscar al espacio vacío, advertí que no podía seguir dirigiendo con una actitud histérica que bordeara el descontrol. En apenas un par de segundos, hice un breve repaso de lo bochornoso de mis actuaciones anteriores y me decidí a cambiar. Seguir así hubiera implicado una incoherencia absoluta con los principios que quiero transmitirle a mi equipo. Es claro: si se sostiene que el fútbol es un juego, y nada más que un juego, no se puede vivirlo como si se estuviera en la guerra, como si perder fuera una tragedia. Convencido de que había llegado el momento para madurar, me dispuse a realizar mi trabajo repleto de paz interior. 

No voy a mentir. No me fue nada fácil en los primeros minutos. Dos veces seguidas quisimos salir jugando y nos mandamos unas cagadas infernales. La puteada para uno de los centrales me recorrió la garganta, se me abalanzó hasta la lengua y apenas si pude contenerla. Lo sentí como un gran triunfo. Igual, el instante más complicado fue cuando nos hicieron el gol. Fue una jugada tonta, todo mérito nuestro. Ni bien vi que la volada del arquero era estéril, cerré los ojos con toda la fuerza, conté mil ovejitas y mil vaquitas y mil terneritos y mil cabritas y respiré profundo. Muy profundo. Enseguida, por suerte, el más chiquito de los hermanitos de no más de 10 años dio un pase largo y la pelota terminó en mis pies. Cuando se la alcancé, ratifiqué que estaba tomando el camino correcto en la vida.

El tramo final del partido fue a puro nervios. Que mi cara no transmitiera intranquilidad no significa que estuviera paseando por una playa paradisíaca de la Polinesia. Sin nada de claridad, tirábamos centros de un lado y del otro. No era ni ilógico ni injusto que empatáramos. Lo teníamos ahí, para explicarlo mal y pronto. Se iba la última. El cuatro, algo más sobrio que en el arranque, desbordó con una dosis de técnica que no figura en su repertorio. Para mi sorpresa, buscó bien el segundo poste, con algo de chanfle como para que el arquero no llegara a cortar. El nueve leyó bien la jugada, esperó a que la pelota bajara y la agarró de volea antes de que lo cerraran. Y el palo, sí, el palo, el puto palo, el palo de mierda y la reconcha de su madre, la devolvió. Y ahí mismo pasó lo que había tratado todo el tiempo de que no pasara: me saqué: me importaron un huevo los dos hermanitos de no más de 10 años y todos los pares de hermanitos de este país; me importaron un huevo todos los modales que deben acompañar a la moral en el fútbol; y me importó todo tanto un huevo que le pegué una piña al asiento del banco de suplentes y me fracturé dos dedos. Ya está, ya pasó, ya estoy haciendo kinesiología. Voy a tener que volver a empezar de cero. Todo sea para que mi mamá no termine teniendo razón.