9 Reyes

Crónica del bar de los buscas de alta gama porteños. Del incendio que lo cambió todo a las tramoyas de siempre.

Dos meses después del incendio recién volvió a abrir. Dicen que fue alucinante: el humo levantó a los duros y a los amodorrados; las corridas de los caminantes palpándose los bolsillos y sacando de entre las llamas, a tirones, al que aseguraba que una piedra color E se le había escurrido de las manos entre los agolpados y simultáneos sillazos contra mesas. Imaginarlo con los cocineros escupiendo cenizas, agentes de la Federal tan dentro de la galería como nunca se los había visto (ni se los iba a volver a ver). Un verdadero caos.

El Manteca duró sólo un poco más en el gremio; no le pudo pagar al dueño de la piedra. Era mucha guita. Tenía que laburar gratis un año de los buenos, y ese con las elecciones venía más bien duro. Entonces se ganó un apodo berreta, cambió el número de celular y no pintó más por ahí.
Los caminantes no son dueños de su mercadería; son más bien llevaytraen. Y ese bar al fondo de esa galería a mitad de cuadra de esa avenida porteña está lleno de caminantes.

Me siento en la mesa pegada al vidrio. Es temprano, la movida no arranca hasta las 11. Hay unas voces leves en la cocina, las porciones de tartas del día anterior, dos docenas de manteca y una de grasa cuidadas por un domo de plástico trasparente ya amarillento. Entre el banderín de San Lorenzo y el de Defensa y Justicia, las botellas con las etiquetas manchadas y descoloridas. Las de la primera fila son Criadores, Cynar y Amargo Obrero, de antes de ser populares en los boliches con pomelo, y Mariposa. El alcohol se pide poco y nada; puede girar un vino, en una de esas para un cumpleaños, y unas sidras para fin de diciembre. Pero cuando el negocio pide festejo, el descorche del champagne no es acá.

Estás a la vista de todos. No funciona así esto.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

El primero en llegar pide un café corto, le tira unos golpes de azúcar del tarro octogonal y se fuma el octavo Camel del día. Tiene unos cuarenta, una aureola capilar en expansión, el resto de la cabeza con pelo bien corto y una campera potente de bolsillos abrigados. Va a pasar el día cargado y girando por el barrio.

Son las 12.20 y la cosa va tomando color. Hay dos mesas pegadas con sillas en círculo, siete tipos y dos pocillos de hace un rato. Todos bien abrigados: fundamental. Por whatsapp hacen girar fotos de cosas que no tienen, que ni siquiera saben si ya llegaron a Buenos Aires. Sacan precios y ganan, por ahora, tiempo. Para atender el teléfono se levantan y se alejan del grupo. Nadie los escucha: son negocios y la ronda es el lugar de reposo. Mientras, hablan.

Se escucha sobre el Ruso; parece que se clavó en el puerto ayer a la tarde. Parece que cuando lo apuntaron, lo dejaron seguir moviéndose un par de veces más de lado a lado, en su laburo de meteysaca. Cuando le dieron, fue por esta, esa y aquella.

No se lo veía nunca tan temprano, pero Cacho duerme más desde que cerró Madaho´s. Le quedaron unas chicas de esa época, ahora van a su casa, pero no se enciende tanto: no puede ser lo mismo. Termina Tinelli y ya está bruxando con ganas y sin saberlo. Se quedó sin condimento; las noches de pagador perdieron su mística. Se sienta en la mesa de al lado con un gitano canario de porte impecable, tupido bigote, cantidad de canas camufladas y cuello de camisa apolillado que saca del interior del saco una bolsita: mucha mugre y un rejunte de correas de acero para relojes. Le pide cinco gambas por todas. No toman nada. Cierran en cuatro cuarenta.

El mozo pasa todo su muslo por el filo de la mesa pero ni los mira. Cacho pela de entre los huevos veintidós billetes verdes de 20; el canario se queja pero los agarra igual. Todos saben que la guita en cambio vale menos. Cacho le da una palmada en la espalda y lo deja contando los billetes húmedos.

Ahora el bar explota de gente, el mozo me mira con cara de ¿Estásatornilladoahí? ¿Cuándocarajotevas? pero le rompen tanto las pelotas las otras mesas que no llega a hacerme pedir la cuenta. Son pocas mesas así que se ocupan todas las sillas. Se van sentando donde haya un lugar. Tres en la barra comen el plato del día: matambre tiernizado con papas o canelones de verdura, sin dejar de mirar el celular. Está girando un video, dicen que es Dalma. Al lado, uno panzón que fue colorado se pide un salpicón y un sifón; acaba de vender en 9750, se ganó 50 mangos de un comerciante a otro. Ellos solos son los que tienen alcance a los particulares, esos que tendrán todo puesto. Ahí los caminantes no llegan.

La galería.
La galería.

Pasan las 16. Cuando ya afloja el cambio, llega el empleado de la cueva. Se mete uno de árabe, cocido y ají en vinagre con una Fanta, el almuerzo tardío de todos los días. Se toca los gemelos y se acomoda los achupinados que le molestan con las medias de fútbol que usa para encanutar.

Aferrado a la baranda, baja la escalera que está antes de la puerta de vidrio de la entrada. Devuelve la llave del baño en la caja y pide algo con una seña. Hay dos mesas más ocupadas, saluda de pasada. Ya están de cortados, cortitos y cafeconleche. La pierna derecha lo hace renegar; ese tiro que se pegó hace seis años limpiando el revolver es imperdonable. Se acomoda y agarra el diario que a esta hora ya tiene noticias más viejas que de ayer. Mientras unos se levantan para irse, entra Ohan -armenio, abuelo- de charla seca con Elías, el chafero de provincia. Dos jodas futboleras -suficientes para una martes-, 200 pesos al 28 que levanta el de la caja, unos estruendos más en palabras de cualquiera y ya está la ronda circulando, entre mesas vacías y el cierre de las 18.30.

No los fabrican, no los compran, no los diseñan, no los venden. Solo changuean suntuarios. Son alhajas, joyas, relojes; puede ser una mesa de póker art déco, un Vertu, una bandeja de plata Sheffield, un dúplex con 2 cocheras, un 320 coupé blanco. Todo tiene su versión suntuaria.

A todo eso se le puede sacar una tajada. “Tengo un departamento para vender: 230 metros sobre Figueroa Alcorta, pero no sé cómo viene“. La ronda se ríe fuerte.