Bolaíer

Por El tipo que escribe almanaques.

Toda la vida, sus padres, sus hermanos, las cinco psicopedagogas que lo trataron, sus tres psicólogos, sus doce maestras y su profesor de fútbol de la escuelita del barrio habían esperado que Bolaíer tuviera un segundo de lucidez terrestre. Hasta él mismo, resignado, había querido entender y responder a las formas clásicas del mundo occidental judeocristiano adaptado a Lationamérica para que no le hincharan más las pelotas. Dicen que las cosas pasan por el destino, pero a destino nunca lo vieron bancando la parada después de que pasaran las cosas y nadie va a poder explicar por qué razón justo en ese momento de la existencia le apareció, por primera vez, esa vocecita que, de repente, corea “aaaah”.

Bolaíer naufragaba por la vida en el punto exacto donde se cruzan dos personalidades: el genio y el colgado. Bolaíer había sido Juan Manuel pero era Bolaíer porque una tarde de las vacaciones de invierno, cuando estaba en quinto grado, fue al cine con su papá a ver Toy Story y salió convencido de que, en el mundo, todos eran o debían ser juguetes. Cuando retomaron las clases, un maestro le pidió a cada nene que anotara, en una hoja, cómo quería que le dijeran sus amigos. Él, que todavía no manejaba el inglés ni sabía las reglas del hiato, anotó, en cursiva y con un lápiz naranja, Bolaier.

– ¿Bolaier? – le preguntó el profesor.
– No, Bolaíer, fuerte la i.
– Ah, Bolaíer.
– Claro, Bolaíer, como el del comando intergaláctico que va al infinito y más allá.
– Ah, Buzz Lightyear.
– Eso. Lo que yo decía.
– Bueno, ¿y por qué él?
– Porque todos piensan que es el que viene en la cajita, pero es otro.

En esa línea imaginaria y extraterrestre por la que Bolaíer deambulaba, se le cumplió una de las leyes más de asfalto jamás conocida: la mina más linda del colegio se enamoró de él. Cuando estaban en cuarto año del secundario, ella lo encaró y le dijo que se tenía que tomar el mismo colectivo y lo convenció de que se tenía que bajar en la misma parada y le aseguró que todo era una casualidad y que iba a la casa de al lado de su casa y él le dijo que al lado había un descampado y ella le dijo que no, que ahora había una casa, y él pensó que qué colgado que no se había dado cuenta de la construcción y cuando llegaron, abrió los ojos, vio el descampado y cuando giró a pedir explicaciones ella lo besó y le dijo que desde siempre estuvo enamorada de él y él no supo qué decir y ella se dio cuenta y le dijo ahora invitame a merendar y esa misma tarde los dos perdieron la virginidad y desde ese momento estuvieron juntos.

A lo largo de los 51 meses que fueron novios, Bolaíer solamente se acordó del día en que cumplieron dos años y 21 veces llegó con flores diciendo feliz mes cuando realmente no era la fecha, pero un amor solamente es un amor verdadero cuando lo justifica más de una ternura y la ternura se siente cuando dos personas se abrazan y sus cuerpos encajan perfectamente y ella y él, a la distancia o bien cerca, parecían uno solo con cuatro brazos.

Ese miércoles al mediodía, cuando ella lo llamó y le dijo que se encontraran en el parque y él le preguntó si lo podían posponer porque andaba estudiando y ella le dijo que no, que quería verlo, él tardó dos segundos, tiró todo el aire que tenía dentro, puteó y se dio cuenta de todo: ella lo iba a dejar.

Por una simple razón: lo invitó a un parque al mediodía en otoño y hacía frío y lloviznaba. Lo del otoño y el frío y la lluvia podía ser secundario porque en esas condiciones también pueden pasar cosas lindas. Lo del parque era decisivo.

Si ella pasaba por su casa, todo sería difícil, porque él sería local y ella, indefectiblemente, tendría que irse de ahí llevándose camisones y cepillo de dientes y regalos y fotos y la escena sería demasiado dura.

Si él pasaba por su casa, todo sería más cruel porque ella, en definitiva, en un momento, le tendría que pedir que se retirara.

Si ella lo hubiera invitado a un bar, sería demasiado arriesgado porque estaba la chance de que él reaccionara mal y todo se volviera un escándalo o, peor, podría él lanzarse en llantos y no hay nada más feo que ver a alguien mezclando lágrimas y mocos y el café que quedó en el labio.

Si iban al cine, no hubieran podido hablar o, si hablaban, iban a terminar en el papelón de pelearse con un boletero que los echara y el tipo no merecía tener que ver ese desamor.

Si se encontraban por la calle, no iban a tener dónde sentarse.

Si se lo mandaba por mensaje, ella se hubiera ganado muy rápido la condición de forra descorazonada.

Era el parque: era obvio.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

El parque tiene cuatro características claves para dejar a alguien: una persona puede gritarle a otra sin que nadie se dé cuenta; se puede llorar y, de lejos, nadie va a saber las razones; se puede huir para cuatro lugares diferentes; y al salir, uno puede agarrársela con el ser más despreciable de este mundo y eliminar bronca y tensiones diciendo: “Qué mierda que son las palomas”.

Aún así, el tema no estaba ahí. El problema, ahora que sabía cuál era el problema, era pensar cómo responder frente a esa situación. Ya estaba, ya se sabía soltero, pero el quilombo seguía ahí. Muchos, a lo largo de los siglos, incluso en la época de Atila el Huno, habían deseado estar en su lugar: antes de que lo cagaran, tenía la posibilidad de cagar al otro. Entonces comenzó a pensar variantes.

1- Antes de que ella comenzara a hablar, decirle que tenía que confesarle que la noche anterior se había cogido a su mejor amiga. Qué importa si era verdad: en el instante, rendiría.
2- Llegar, darle un beso en la mejilla y decirle: “Hagámosla corta, yo tampoco te quiero”.
3- Escuchar todo el discurso de ella como si nada y, en el momento en que ella comenzara a llorar, -porque sí, la gente que deja a otra gente, de repente, llora, como si esperara que el dejado le dijera: “Quedate tranquila, estás tomando la decisión correcta, no llores”- llorar mucho más fuerte, haciendo un escándalo que contagie a las multitudes que pasan y todos empiecen a llorar y a ella le duela la responsabilidad de hacer un mundo más triste.
4- Llegar borracho y empezar a mirarle el culo a todas las minas que pasan para que piense que le chupas un huevo.
5- Faltar, simulando un cólico que no permitiera moverse del inodoro y ella tuviera que pasar algunos días más padeciendo la angustia de tener que cargarlo todo.

Todas gansadas. Fue igual. En el trayecto, en ningún momento se preguntó si, capaz, se estaba equivocando. Apareció en el parque diez minutos antes que ella y la saludó como si todo fuera casual y cuando ella le pidió que se sentaran en el pasto se sentó. No pronunció ni una sola palabra: ni siquiera cuando ella le dijo que necesitaba que hablaran. Hasta puso cara de asombro. Escuchó atentamente casi diez minutos de descargos, tres razones fraudulentas, veintidós frases hechas, una sospecha de infidelidad, tres toses y una frase terrible.

Cuando ella terminó, se dio cuenta que, de las cinco variantes que había pensado, ya ninguna le servía. No tenía tiempo, algo había que decir. Empezó a dudar y en la duda empezó a sentirse un pelotudo porque no podía creer que no había planeado una respuesta que no tuviera que ver con hacerle daño. O más, o lo peor. No había pensado que ella, entre las razones que le daría, podía decirle ese comentario tan duro que tanto tenía que ver con él:

“Juan Manuel, no siento que haya futuro con vos, no sé, no me veo siendo grande con vos, con un proyecto en serio, viviendo juntos, es difícil, es como si me cansó que estés en el aire”, le dijo y le robó cualquier reacción. Era más fácil un no me gustás o un no te quiero o ya no me excitás, pero no: proyecto, serio y futuro. Cuando a lo lejos se escucharon el grito de una madre a una nena y las ofertas de un vendedor de panchos, el silencio lo obligó a tomar una decisión y fue sentencioso: “Por favor, andate”. Ella no lo entendía, pero él se lo repitió: “Por favor, andate”.

Y ella se fue.

Dos horas se pasó mirando al horizonte tratando de entender qué le había pasado. Lloró y se gastó dos paquetes de pañuelitos que había llevado para la ocasión. Pensaba en esa frase constantemente. No entendía qué le dolía. Hasta que, una vez más, la segunda en su vida, cayó y se dio cuenta. Le dijo Juan Manuel. No Bolaier. No Bolaíer, con tilde. Ni siquiera Buzz Lightyear. Le dijo Juan Manuel porque, claro, Juan Manuel era ser grande, era dejar de ser lo que él era y era ser lo que ella quería: Juan Manuel, un supuesto futuro.

Y lo recordó. Lo recordó porque esa era su filosofía, aunque no la tuviera tan en claro y aunque nunca se la había podido explicar a ninguno de esos psicoespecialistas. Lo recordó bien adentro y recordó que parte de su historia era la de El Principito. Lo recordó y en el recuerdo no se dejó marear y, porque así era su forma de pensar, pensó en dos opciones para el futuro.

1- Pararse ahí mismo en la plaza y gritar bien fuerte: “Bolaíer, al infinito y más allá”.

2- Sacar su celular y, uno por uno, llamar a sus padres, a sus hermanos, a las cinco psicopedagogas que lo trataron, a sus tres psicólogos, a sus doce maestras y a su profesor de fútbol de la escuelita del barrio, para decirles: “Vení al parque, tengo que hablar con vos”.

3- La tercera no existe, por eso aclaró que las opciones para el futuro eran dos, así que no se ilusionen: ser Juan Manuel no está en sus planes.