¿Qué carajo es jugar bien?

Por El pibe de los pasegol.

Por algún lado hay que empezar a contestar, pibe. De menor a mayor, o de mayor a menor. Da igual. El tema es hacerle frente a esa pregunta que desde hace tanto rompe las pelotas. La respuesta podría tener muchos objetivos. Pero no. Tiene uno solo: desparramar a un costado de la cancha a los sofistas que la embarran para sacar jugo de los pedacitos de tierra que saltan hacia la popular. ¿Qué entendemos por jugar bien? Esa es la cuestión ahora. Porque la historia demanda una definición limpita, que abarque todo lo que se pone en juego cuando esos pelotudos quieren hacerse los vivos. La invitación te la hago ahora mismo: si pretendés que lance un concepto de dos líneas, podés mandarte a mudar y dedicarte a ver algún partido de esos en los que abundan los carrileros que terminan la tarde con un kilómetro corrido por cada pase bien dado. Andá y disfrutá –si podés-. Aunque prefiero que te quedes charlando.

Por las dudas, va una advertencia más: no tengo ninguna verdad revelada con la que puedas ir por el barrio evangelizando futboleros. Y, encima, creo que no la tengo yo y que no la tiene nadie. Si la hubiera, estaría convenciendo gente en vez de tratando de compartirte este problema. Ahora sí. Prestame atención. Preguntarse qué es jugar bien es lo mismo que preguntarse qué es ser feliz. No hay una única conclusión porque, por suerte o por desgracia, el planeta está compuesto por más de un punto de vista. Digo por suerte porque la variedad abre la ocasión para que demos batalla por el sentido de la frase “jugar bien”; y digo por desgracia porque, lamentablemente, a veces hay que escuchar tantas barbaridades que uno preferiría que le amputaran las orejas. Pero, además, la discusión no se agota tan sencillamente. Este juego incluye tantas posibilidades por segundo que, al igual que ocurre con la vida, no hay una única cosa que nos acerque a un estado de plenitud.

Ya sé. Querés que te cante la posta para poder rajar a comer un chori con salsa criolla. Primero, para jugar bien nunca hay que olvidarse de lo que uno piensa. Con tres palabras alcanza: generosidad, valentía y lealtad. Te lo aclaro, por cualquier cosa: generosidad con los que te vienen a ver, valentía para mantener las convicciones ante la presión y lealtad con los propios, con los contrarios y, sobre todo, con la pelota. Parece fácil pero son muchos los que arrugan en el camino y se quedan solamente en el palabrerío. Yo vi a más de uno, cuando todavía no habías nacido, sentarse en el banco nuestro, prometer el paraíso y, después, ante la primera de cambio, vendernos al postor de turno. Vos me podrás decir que esto no tiene un pedo que ver con lo que pasa en la cancha. Pero no es así. Tiene mucho que ver. Si no sabés de qué lado del mundo estás parado, no esperes encantar a nadie con la bola en los pies.

Sí, claro que sé lo que me gusta. Porque cada cual puede entenderlo como quiera pero a mí me gusta de una manera en especial. Aprendí así, desde chiquito, viniendo con mi viejo al estadio de madera. Había que respetar ciertas cosas para llevarse los aplausos. La pelota que sea mía. Siempre. O todo el tiempo que se pueda. No debe haber nada más lindo que ver cómo el rival se va deprimiendo porque vos la movés a un toque. Después, lejos de mi arco. Bien lejos. En campo de ellos, cosa de que tengan que correr mil metros para hacerme un gol. Me seduce, además, eso de llamar al riesgo, de poner a los defensores en el círculo central y de dejar detrás de mi espalda una hectárea inutilizada. Lo último es lo primero: atacar. Atacar, atacar y atacar. Con los once mirando la red adversaria, con los laterales juntándose con los interiores, con los wines extendiendo el frente de pelea. Porque no hay excusas para transformar lo lúdico en especulación. Eso, querido, a grandes rasgos, es lo que yo llamo jugar bien.

El hincha de la tribuna cerró su exposición con una sonrisa. No pude menos que devolvérsela. Era domingo a la tarde, hacía un calor de locos y el tipo había dejado el alma en cada palabra. Yo arranqué para el puesto de los choris y, mientras hacía la cola, me crucé con una minita a la que venía mirando desde hacía varios partidos. Como me salió, le solté la teoría que acababa de escuchar. No sé si la convencí de la importancia de los modos. Pero sí sé que tan mal no hice las cosas porque me llevé una promesa de oro: la próxima vez que juguemos bien, me invita a tomar una cerveza.