El tipo que juega con el destino

Ni su papá Tato, ni su hermano el de Clarín: él es Sebastián Borensztein, el director de cine que una vez escribió el tema Mi Vieja que luego popularizó Pappo. El director de La suerte está echada y de Un cuento chino hace películas donde la impuntualidad puede salvar vidas. Además, la tensión que hay entre dirigir publicidades comerciales y películas.

Apenas atiende aclara que no es el Borensztein que trabaja en Clarín. Ya tuvo que limpiar a más de uno que llamaba para comunicarse con otro. Le contestan que no, que con el de Clarín no, quieren hablar con el que es director de cine. Ahí recién el tipo recién se reconoce y se identifica: “Sí, soy yo, Sebastián”. Y aunque en este juego de identidades y reconocimientos muchos lo van a sacar por ser el hijo del gran Tato, la mayoría debiera reconocerlo por otra cosa, que casi nadie sabe: Sebastián Borensztein, además de ser director de cine, es el autor de “Mi Vieja”, el tema que Pappo hizo sonar para siempre en los oídos de todas las madres, la canción que es y será un ícono del rock y la cultura de éste país. Y para que nadie se atreva ni a dudar, acá va su confesión:

– ¿Vos escribiste “Mi Vieja”?

Sí, sí. Fui yo.

Se sonríe, amablemente, como asumiendo que otro puede sorprenderse, pero dejando ver que tiene que confirmarlo a menudo, más de lo que le gustaría.

¿Cómo fue eso?

En el año ‘92, en el programa de Tato, escribíamos un musical todas las semanas con un tema distinto, de actualidad. Y esa semana habían cagado a palos a los jubilados en Plaza de Mayo por reclamar el 82% móvil. Y, bueno, yo sabía que Pappo tenía una relación con su mamá muy fuerte y me imaginé que le iba a gustar cantarla en el programa. No lo conocía a él, para nada. Pero le escribí igual: si la cantaba Pappo, mejor, si no la cantaba otro. Ya habían pasado desde Baglietto a Soda Stereo en esa sección. Pero, se lo propusimos y le copó de entrada. Lo cierto es que se hizo pensando exclusivamente en ese programa, pero después él la incluyó en un disco y se volvió el corte de difusión. Y con eso todo lo que pasó con la canción, en lo que se convirtió. Es emblemática de la cultura argentina: la madre y las injusticias. Está todo junto, ahí. Claro que la escribí sin nunca pensar que iba a pasar todo lo que pasó después.

Sebastián en ese momento, a los 28 años, era guionista del programa de su papá, pero su oficio como contador de historias viene desde el primer recuerdo: “Nací entre decorados, jugando a la pelota entre las cámaras. Para mí un aparato en el medio para contar una historia es normal”. A los 17 ya trabajaba en publicidad y esperó hasta 42 para estrenar su primer película (“La suerte está echada” – 2005). Las agujas les siguen corriendo y él sigue filmando películas y comerciales.

¿Hay contradicción entre ser creativo publicitario y ser director de cine? ¿Entre lo más comercial y lo más artístico?

Mirá, vivir hay que vivir. Podemos partir de esa base. Y uno hace lo que sabe hacer. Yo no siento contradicción: a mí me gusta contar historias. Divido mi trabajo de la siguiente manera: tengo una profesión, que es dirigir comerciales, y tengo un hobby, que es dirigir películas. Como hobby, hago lo que se me canta y nadie me pone ningún tipo de regla y condición. Cuando filmo comerciales, filmo lo que un cliente necesita. No escribo los guiones, no tengo nada que ver. Es una actitud más de sicario. A quién hay que matar, voy y lo hago. Me traen los guiones y yo los filmo. Los leo, los pienso, los interpreto, le comento mis sugerencias al creativo y después vamos y lo hacemos. A la hora de hacerlo tengo en claro que no son mis películas, son películas que filmo para un creativo que piensa en un cliente. Pongo mi mejor calidad, experiencia y a la vez me llevo mi propia experiencia. De hecho, filmo un comercial todos los meses, mientras que filmo un largo cada tres años. Filmar publicidad es una manera de tener entrenado el ojo todo el tiempo: jugar con cámaras, lentes, objetos. No me conflictúa que lo que hago termina siendo una imagen para vender un vino o una galleta. Para mí, es filmar y es mi entrenamiento. Ahora, después, mi libido artística la descargo cuando escribo mi guion y filmo mí película, que lo hago con libertad total, porque hago lo que quiero.

¿Y en televisión cómo te manejás?

Es algo intermedio. Ahora no hago más. Hacés lo que vos querés pero hasta ahí. Inventás un formato y una historia, pero competís en una franja horaria y eso te determina. Estás más acotado. En cine, en cambio, hay libertad total, en la medida que tengas productores que te bancan y bancan lo que querés contar.

¿No se puede vivir de hacer películas?

¿Solamente? Yo no me imagino pensando una película teniendo en mente cuentas por pagar. A lo mejor se puede, qué sé yo. Con otro ritmo. En Argentina, para poder vivir de hacer mis películas debiera hacer y producir mis películas y las de otros y filmar más seguido. Y eso me pone una presión y un régimen que no tengo ganas de tener. No me gusta filmar presionado ni motivado por ninguna cosa que no sea las ganas de contar una historia.  Ahora, si vos me decís que me tengo que apurar porque se me vencen los créditos, las cuotas y se me vence el plazo para que me paguen… eso ya no es hacer cine para mí. En otros países, con industrias más fuertes, como Estados Unidos, es otra cosa. Los proyectos de cine en Argentina son proyectos personales, de autores. Es un director que tiene ganas de contar una historia, se junta con un guionista, si es que no la escribe él mismo, y después sale a ver cómo la financia. Sin embargo, otros roles dentro de la industria sí pueden vivir del cine: los directores de fotografía, por ejemplo, porque no crean sus propias películas, son convocados por los directores. Van de una película a otra, como los actores. En un set de filmación el que menos películas hizo es el director. Capaz que va por su cuarto largo, que es mucho, pero el camarógrafo ya hizo 35 películas y el de fotografía 29 y los técnicos terminan una y empiezan otra. Depende del rol que tengas en la industria si podés vivir o no del cine.

¿Está mal visto el comercial en el ambiente artístico?

No lo sé. Tengo muy poco vínculo con mis colegas y el ambiente en general. Hay muchos que dicen “yo publicidad no hago ni loco”. Desde mi punto de vista, un director tiene que filmar y filmar. Si sos director y hacés una película cada 5 años, ¿en el medio qué te queda? ¿Qué ejercitaste, qué miraste? Es importante para mí entrenar todo el tiempo el ejercicio de poner el ojo, encuadrar, probar lentes. Eso me tiene en una gimnasia constante. Para un director como yo, con mi perfil, filmar publicidad es lo mismo que salir a correr para un deportista. Es un entrenamiento total, porque no siempre hacés cosas que tienen que ver con vos.

¿Y las películas serían el partido?

La película es la masterpiece. Cuando hacés una película siempre aprendés. Indefectiblemente. No importa si es la número veinte o la segunda. Aprendés. Mi próxima película se hace éste año y estoy ansioso por ponerme a prueba. Tengo una muy buena historia para contar, pero además me siento mucho más crecido que cuando filmé la última (“Un Cuento Chino”- 2011). Voy a filmar con varios años de pensar, de imaginar, de ver y de filmar mucho, aunque sea en galletitas. Pensá que el presupuesto de un día de filmación alcanza para filmar una semana en cine. Negarme a la experiencia del cine publicitario para mí no tiene sentido.

¿Por qué no tenés vínculo con tus colegas?

Soy un tipo que no es muy sociable, no tengo mucha vida social en el ambiente. Tengo dos amigos directores, pero nada más. No estoy aislado, pero no participo de tertulias ni debates.

¿Por qué el director es celoso de comentar sus proyectos? ¿Por un tema de derechos?

No hay que hablar de lo que no se ha hecho todavía. Te puedo decir que voy a hacer una película con temas que me apasionan y me divierten, pero el devenir de las películas es tan errático… Puede terminar siendo otra cosa. Siempre hay un poco de temor de adelantarse a contar cosas que a lo mejor no salen. Y también para no avivar a nadie. Hay algo de proteger dentro de uno la idea que uno tiene, no exponerla hasta tanto no merezca ser expuesta. El momento de ser expuesta es cuando ya hiciste todo lo que tenías que hacer sobre ella: ya la escribiste, la puliste, la filmaste y la editaste. Y esta ahí, no se va a modificar. Ahí se puede contar al mundo.

Sebastián contesta las preguntas en una de las salas de su productora, en Palermo, casi Colegiales. Al lado de las vías del San Martín y del puente de Juan B. Justo, su oficina luce enorme y blanca, en una de las torres de los remodelados condominios inspirados en el estilo de los barrios obreros británicos. Allí hay diez personas laburando al mismo tiempo: averiguan por locaciones, ven planos, llaman a actores, discuten series. Están trabajando en un comercial, que el día de mañana, seguramente, financiará una película, otra historia.

Decís que creciste mucho como director, ¿qué te pasa cuando ves “La suerte está echada”?

Y, bueno, se nota que no estaba en quinto año. Estaba en segundo. Es así. Uno hace lo mejor que puede en el momento que le toca, con el bagaje intelectual, creativo y técnico que tiene en ese momento. Con esa película yo trabajé muy limitado fotográficamente: una cámara HD y un lente standard. No andaba con una valija de lentes, probando opciones. Eso es lo que había, por el tipo de proyecto, de presupuesto, las posibilidades del momento, lo que me quisieron dar. Era lo que había. Una ópera prima sirve solamente para mostrar si el director merece filmar otra vez o no: el resto te lo vas ganando. Te dan lo que te dan y con eso tenés que ir a zapatear la cancha. Hay que tratar de hacer una buena película, mostrar que vale la pena y para la próxima buscar que haya más plata.

Sin embargo, quedaste menos conforme con tu segunda película.

“Sin Memorias” (2008) es otra cosa. Es una película que tuvo un resultado que no fue bueno. Fue una película que hice por encargo, al estilo yanqui. Me contrataron para ir a México a filmar una película. No me sentí cómodo porque en el camino me dijeron que no había ocho semanas para filmar, había cinco y media. Y yo ya estaba ahí. Hubo muchos quilombos, tuve a los productores americanos muy encima mío, acostumbrados a tener ese trato con los directores. Allá las películas son de los productores no de los directores. En EEUU, cuando filmás, una vez que terminás te dicen gracias y te vas a tu casa. Y cuando la están editando te invitan a que la mires una vez y digas lo que opinás y te vas. Si sirve lo que opinaste es otro tema, son los productores los que deciden.

¿Qué fue lo que pasó?

Trabajaba en México y un productor me decía que quería ver mi shotlist, la lista de planos para el día. Y me decía “esto por qué lo vas a filmar así, no me gusta, esto no va, esto sí”. “Sin Memoria” para mí fue un gran aprendizaje que yo puse después en “Un Cuento Chino”. En un momento me dije: qué estoy haciendo acá, hace cinco meses que vivo en un hotel de México, comiendo el menú del room service. Y estaba haciendo un gran postgrado en cine con los americanos. Y tenía un tipo que me despertaba a las seis de la mañana para que antes de llegar al set desayune con él y le cuente qué y cómo voy a filmar y por qué. Fue un ejercicio constante. La película tuvo muchos problemas. No es buena, tampoco mala. Pero no es la expresión que busco para mis películas.

¿”Un Cuento Chino” es esa expresión?

Absolutamente. Hice exactamente lo que creía que tenía que hacer. Dentro de las limitaciones que siempre surgen, aun cuando trabajás con megas presupuestos.

Una vaca cae del cielo y mata a la novia de un chino mientras le proponía casamiento. Un tipo llega a tomar tarde un avión y se quiere matar, sin embargo gracias a eso salva su vida porque el avión se cae. A otro muchacho lo convencen de que no se pegue un tiro y cuando está cruzando la calle para encontrarse con el que lo persuadió se lo lleva puesto un camión. Todos estos acontecimientos llevan la firma del director Borensztein.

 – El accidente, la suerte, el destino son temas recurrentes en tus películas ¿Qué te pasa con eso?

Sí, el destino es un tema que me encanta. Es difícil contestar por qué. Hay tres o cuatro temas en la cabeza de una persona, por lo menos en la mía. La ley del destino y del accidente a mí se me repiten mucho, las veo día a día, consumadas. A veces llegar tarde a un lugar te termina haciendo un favor, pero vos tenías que llegar puntual, y llegaste tarde y gracias a eso te das cuenta de algo importante que si hubieras llegado temprano no lo hubieras visto. Es todo un causa-efecto. El estar haciendo una cosa es no estar haciendo un montón de otras. Hay una especie de trama en la que todos nos movemos y estamos conectados. Estás atento o no a ella, pero está. Me gusta mucho y en la próxima película, que no tiene nada que ver, voy leyendo la página 40 y veo que aparece y que el tipo para salvar su vida termina haciendo algo que al comienzo no quería hacer. Y eso no lo pensé, pero estaba ahí. Porque los temas que te dan vueltas siempre están. Porque no se resuelven: el misterio nunca se resuelve, siempre da vueltas.

¿Las historias que querés contar para quiénes son?

Son para mí y para la gente. Para mí primero que nadie. Hay un objetivo de realización personal. Disfruto de la dinámica, del proceso: la soledad de la escritura, agarrar una hoja, tacharla, romperla, reescribirla, empezar de vuelta. Disfruto de ver la cara de la gente que se entusiasma con la idea. Es una campaña que me gusta. Encontrar los actores, los lugares, poner en plano físico lo que imagino. El viaje que implica hacer la película es para mí. Para el otro hay una historia que le tiene que gustar, atrapar, asustar, hacer reír, emocionar, hacer pensar, entretener. Toda película terminada cumple un doble objetivo.

¿Y cómo pensás al público al momento de hacer la película?

Para mí, el buen cine es entretenimiento más reflexión. Te entretiene por la razón que fuera, porque te hacer reír, o asustar o estar tenso.  Eso depende del espectador, de lo que más le guste. Y a su vez te genera un desafío intelectual, una reflexión, una idea detrás sobre la cual estás reflexionando al contar una historia. No todas las películas tienen esto. Hay una mezcla que tiene que ser muy balanceada. Para mí el cine no es bajada de línea. El cine militante, el cine moral, no me interesa. Me gusta que me dejen sacar mi propia conclusión. Mostrame, si querés, todo un universo, haceme reflexionar acerca de él, pero no me digas cómo es. El que expecta dice cómo es. De todas maneras, para mí es intelectualizar demasiado. Soy un tipo mucho más visceral, más intuitivo que racional. Y mi intuición es una buena herramienta: me costó mucho tiempo aprender a confiar en ella. Sé que algo que a mí me interesa escribir, tengo la fuerte sospecha, de que a un otro también le va a interesar. Parto de eso, de que puedo proyectar a mucha gente lo que a mí me interesa.

¿Cómo aprendiste a confiar en tu intuición?

De un éxito seguido de un fracaso. Cuando hice “El Garante”, una miniserie de terror para la tele, con Lito Cruz y Sbaraglia. Fue poderoso. Sentí que lo que me gustaba a mí funcionaba en la gente. Hoy lo miro y me parece que está buenísimo, pero a nivel dirección está verde, porque era lo primero que dirigía en televisión. Fue hecho con dos pesos con treinta. La intención, la esencia, estaba ahí. Pero, no había ni digital en ese momento. Todo analógico, con muchas limitaciones y poca plata. A huevo. Ahí trabaje intuitivamente. A pesar de que todos me rechazaban la serie, nadie la quería producir. Y me la produje solo. Y cuando la salí a vender nadie la quiso comprar. Tenía todo para decir “soy un boludo, esta idea no va, me la meto en el orto”. Sin embargo confié en que en algún momento le iba a encontrar el novio a la serie. Y años después se dio, de casualidad. Y deslumbró. No estaba tan equivocado, entonces: había tres boludos adelante mío que no la veían. Ahí supe que la intuición era válida, me permití influenciarme por ella. Como contrapartida de eso, hice después otra serie totalmente apartado de mi intuición,  es más, mi intuición, una voz muy chiquitita, me decía que no la haga. Pero, me dejé llevar porque el productor estaba caliente y el canal también, porque la otra había sido un éxito. Y me pegué un palo. Osea, la idea estaba bien, pero no funcionó por muchas razones y ahí paré, porque mi intuición también estaba acertada en ese camino. Tendría que haberme hecho caso, parar la pelota, agradecer y pensar un poco más qué hacer y qué no.

¿Qué es el éxito?

Es hacer algo que permite quedarte con un crédito para volver a hacer otra cosa después. Hacer algo que funcione, que te sume a favor. Que digan “este tipo hizo una ópera prima y merece pagar una segunda entrada para una segunda película”. Después si ese éxito lo traducís en mucha o poco gente…. no sé. “La suerte está echada” la vieron 75 mil tipos, sin publicidad ni nada taquillero, y después tuvo un circuito mucho mayor en dvd´s, en lo oculto.

Justamente, “La suerte está echada” se puede ver por Youtube, pero solo si ingresás con una pc con un IP que no sea de Argentina, ¿cómo te llevás con la reproducción gratuita de tu materia por Internet?

Yo hago las cosas para que las vean. Por supuesto que me gustaría cobrar cada vez que alguien aprovecha algo mío. Digo, cobrarle a Youtube, no al usuario. Ellos lucran, ellos venden publicidad porque la gente se mete a mirar y la gente se mete a mirar porque esta mí película y la de millones de personas más. Me encantaría poder cobrarle, pero ante la alternativa de no poder, prefiero que esté, que la vean. En definitiva uno hace las cosas para eso, para que estén vivas.

Imagen a mano alzada por Facundo Olivares.