El loser ganador

Ariel Winograd, director de cine, atravesado por su cultura judía, explica cómo salió del gueto que su religión replica en la sociedad siglo XXI. La autobiografía, la ficción y la catarsis en sus películas.

“Toda mi vida voy a ser un loser.” Lo dice Ariel Winograd, un tipo joven de voz ronca y aspecto casual. Un tripero, hombre de los instintos, que aduce un deseo de inconsciencia constante e intenta prolongar la premisa de no pensar para poder crear: “Si pienso mucho no hago nada. Por eso yo voy, voy y voy, y si funciona, funciona”.

Es director de cine. Pero, al mismo tiempo, es el protagonista de su cine. Sus dos primeras películas- “Cara de Queso, mi primer gueto” y “Mi primera boda”- son autobiográficas y ponen el eje en la religión y tradición de la colectividad judía, cultura que marcó su vida. Incluso, en su primer largo, le puso su propio nombre al personaje. Ariel Winograd, un loser al que le encantan las historias de losers.

-¿Qué te gusta de los perdedores?

-Me parece que la historia del perdedor, aunque no lo sea, al concepto de loser me refiero, es mucho más interesante que la del ganador. Siempre me pareció más divertida la película en la que a la gente le va mal y después consigue que le vaya mejor, más que las películas de los que siempre hacen todo bien.

Sentando en una de las salas de reuniones de su pintona productora en el barrio de Palermo empieza a responder lo que se le pregunte. No parece un loser. Está relajado, como eligiendo palabras sin presión, con la libertad de poder tacharlas, de rearmar. Sin pensar demasiado, como ya decía él. No afirma ni niega con contundencia ni efusividad, sabe llegar a lo que quiere decir de a poco, casi desinteresadamente. A decir verdad, pareciera que nada le calienta demasiado. Y esto sorprende, sobre todo si se piensa que él hizo “Cara de Queso”: una película increíble, divertidísima, pero que sin duda tiene rabia.

“Es muy punk, tiene la actitud contestataria que tenía yo en ese momento. Pero, era  una  necesidad. Me encanta haberla hecho a los 27, ahora a los 37 no sé si la haría así, me pararía desde ese otro lugar.”

-¿Qué entendías por gueto cuando hiciste la película?

-La premisa nace de una imagen que me vino a la cabeza antes de hacerla. Era más como una teoría, como una tesis. La tesis era: a los judíos nos ponían en guetos en la Alemania nazi y, ahora, nuestros padres, de grandes, arman sus propios guetos. Como que en aquella época a los judíos se los sectorizaba, y con el tiempo nosotros nos sectorizamos a nosotros mismos. Es ese el concepto que me llevó a pensar que el country judío al que yo iba, que fue donde se filmó la película; y todo, mi adolescencia en general, era un gueto. Por ejemplo, la mirada siendo judío decía que era mejor no tener una novia católica, era mejor si era judía. Era como una cosa de para adentro, no es racismo, pero es una cosa de gueto, de encerrarse en un taper. Es algo ligado a la comunidad, pero no judía solamente. Yo trabajé en algunas películas de Spike Lee -director afroamericano- como “Inside Man” o “Un Plan Perfecto”, y el 80% del equipo técnico eran afroamericanos. Cada uno forma sus propios guetos.

-¿Iba a ser una trilogía la tesis?

-Claro, el  chiste de mi primer gueto era porque había una idea más ambiciosa de hacer una trilogía: el segundo gueto era la secundaria (la ORT), y  el tercer gueto el casamiento.  Pero, al final no sucedió. La tercera se iba a llamar “Triple X”, por tres ex novias que tuve antes de casarme con mi mujer. El personaje era siempre yo, pero no terminé casándome con una judía, me casé con una católica y rompí el mandato.

-Qué terrible…

-Pero tampoco era tan así, no vengo de una familia ultraconservadora. La idea de la trilogía quedó en el camino por diversas razones.  A veces pienso y me encantaría poder hacerlas en algún momento. Sobre todo me dan ganas de retomar la historia de la pareja que hicieron Martín Piroyansky y Julieta Zylberberg –hermano y cuñada de Ariel en la ficción-, que ahora viven en un country. Poder contar cómo les fue sería una buena historia. Me encantaría, pero no en este momento de mi vida.

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Ariel Winograd.

-¿Cuándo lograste salir de tu gueto?

-A los dieci… cuando me separé de mi novia judía después de 5 años de relación. A los 19, por ahí.

-¿Hay algo que te ata o es una elección pertenecer a esos guetos?

-Es lo tradicional, no es algo que te ata. Y con el paso del tiempo lo entiendo y veo que es súper respetable. Creo que está ligado a lo tradicional y a lo que elige uno para su vida. Nada es tan extremo y uno va eligiendo sus propios guetos: vas armando tus propias redes con la gente que vive a tu alrededor, con los amigos que elegís y con lo que decidís.

-¿Fue una película catártica?

-Sin duda. Era mi propia historia, una necesidad autobiográfica de contar eso. Además, me parecía que desde ese lugar había algo que yo podía contar muy bien, me sentía… -se distrae, mira por la ventana-. Pará que va a entrar mi hija con una peluca en este mismo momento…

En efecto, ella entra en ese mismo instante, con todo su derecho, como si la productora de su papá fuera su pelotero privado.

-Pa…- dice la criatura, que no supera el metro de altura.

-¿Qué mi amor?

-Mirá lo que me regalaron, ¿me lo abrís?

-Mi amor, escúchame, estoy en una reunión. Termino y lo abrimos, ¿dale? ¿Vas con mami? ¿Está bien?

La nena asiente con la cabeza, como aceptando lo que le pide el papá.

-Dame un beso – la besa en la frente-. Te amo.  Ahora lo abrimos.

Antes de irse le levanta la mano desde la puerta y le mueve el regalo de un lado a otro.

-Mirá…- le vuelve a decir.

-Sí, espectacular, no puedo creerlo, ¿pero nos dejás ahora?

-Sí.

-¿Cerrás la puerta?

-Sí

Cierra la puerta y, finalmente, se va, dejando una sonrisa en la cara de Ariel.

-¿Cómo manejaste la barrera entre la ficción y la realidad?

-No había barreras, el personaje se llamaba Ariel Winograd, los papás se llaman como los míos. Para mí esa película era un documental filmado, terapéutico. No lo tuve que manejar, era tratar de acordarme y acordarme cómo eran las cosas. Lo maneje muy impulsivamente.

-La que debe haber quedado enojada fue tu cuñada de ese entonces-protagonizada por Julieta Zylberberg-, blanqueaste que no quería tener intimidad con tu hermano…

-Nooo, noo, nadie. Al final no se enojó nadie. Eran todos reales los personajes, salvo el de Federico Luppi, que lo puse para que hile la historia. Pero todo bien, pasó el tiempo y no pasó nada. No deja de ser una película, un fresco de una época muy menemista, noventosa. Me parece divertido que en una película haya personajes inspirados en personas que uno conoció, y si los puse es porque algo de ellos me tocó. Nadie terminó de ofenderse tanto, y si lo hicieron, ya se les pasó.

Imágenes: NosDigital
Imágenes: NosDigital

-¿Nunca le tuviste miedo a lo autorreferencial?

-No, al contrario. El cine en sí es personal. Hay mucha dedicación atrás de cada cosa, a mí no me molesta. Mi carrera empezó siendo una película autobiográfica, fue natural, fue el canal de decir quiero empezar por acá. Me destrabó, necesitaba contar esas cosas.

-¿“Mi Primera Boda” también tiene que ver con tu vida?

Sí, sigue siendo bastante autobiográfica, porque surge cuando con Natalie, mi mujer y mi productora, nos casamos y salió todo mal. Un casamiento mixto justamente: católico y judío. Todavía está eso en la película. Los personajes de los padres, el primo, los amigos, son recontra reales. Lo que sí hay es una decisión de empezar a hacer un tipo de cine un poco más mainstream y darse cuenta de que uno tiene ciertas limitaciones y que es mejor contratar a un guionista y no ser uno el guionista. Hay una versión de “Mi Primera Boda” como “Mi segundo gueto”, en sintonía con lo que hablábamos antes, pero cuando vimos que era mejor contratar a un guionista la película se transformó y  tuvimos la necesidad de hacerla diferente.

-”Vino Para Robar” no debe ser autobiográfica…

Claro, estaría preso si no. Fue un desafío personal, de ver qué pasa si hacía una película de robos, que no tenga nada que ver con mi historia. Trato de meterme en proyectos que me generen desafíos nuevos, que no sean lo mismo. “Vino Para Robar” fue eso. “Mi primera boda” nos llevó 5 años, tan larga como “Cara de Queso”. Y “Vino para Robar” fue otra cosa. Dijimos: ´che, llegó este guión, se animan a hacerlo, sí, dale, lo hacemos, mandémonos´. El desafío era hacer una película así, sin que mi historia esté mediando. Que los personajes cuenten la película. Sin perder creo yo cierta cosa narrativa personal que a mí me gusta y que puede linkear en algún punto las tres películas y que en eso yo puedo sentir que son mías y no de otro. Pero es un proceso de cambio totalmente buscado.

-Sí, desde lo estético y las tramas, se nota que son más comerciales…

Por supuesto, sí. Igual mi deseo era que “Cara de Queso” fuera comercial, en su medida. Era más una comedia americana con estética independiente que otra cosa, pero siempre buscamos lo más comercial. El cambio fue adrede.  No se me juegan contradicciones ni en pedo ahí.

-¿Pero ves antagonismos entre lo independiente y lo comercial?

Todo se complementa. Es un abanico y toda corriente es bienvenida. Lo que no me banco es la chantada, en todo sentido lo digo. Si ves una película que es una poronga, que te das cuenta que la hacen porque les chupa un huevo el público, y ves el afiche y es una porquería, y el tráiler es horrible, y ves que hay desgano, me parece una falta de respeto, porque una película es una gran oportunidad.

-Pero, se suele relacionar la idea de lo comercial con lo profesional…

Hay películas independientes muy profesionales. Esto está ligado a otra cosa: a la gente que las hace. Desde mi parte, desde donde estoy parado hoy como director, que me gusta hacer cine comercial, celebro todo tipo de película independiente o no, mainstream o lo que sea, que esté hecha con buena leche. Porque también yo me considero independiente, eh. El tema es pensar independiente de qué. Mis necesidades como director son narrativas, en eso soy independiente.