“El tango es un mal necesario”

Mario Abramovich es el violinista del Sexteto Mayor, la orquesta de tango más popular en el mundo. Empezó a tocar a los 6 años para escapar del aburrimiento: fue su juguete, su medio de vida y lo que le permitió viajar sin fronteras. A los 88 años, tocando para salvarse de la tristeza y la quietud.

-¿Se aburre a veces?

-Y. El día es largo.

Para Mario Abramovich, que está a punto de cumplir los 88 años, el día empieza a las 14. Lleva muchos años con el violín sobre su hombro, trabajando por las noches. Y ya no es momento de cambiar los hábitos. “Me acostumbré a dormirme de día, hasta las 6 o 7 no me duermo. Entonces me despierto tarde. Durante la noche por ahí veo alguna película o un concierto si lo pasan. Estoy releyendo también una colección de libros que tengo de los grandes compositores: biografías, análisis de las obras, argumentos”, cuenta después de saludar a la moza del café que queda en la esquina de su casa, corazón de Almagro. A Mario lo que lo mueve parece ser escapar al aburrimiento. Desde siempre. Así, de hecho, empezó este viaje con el violín que ya lleva –por ahora- 82 años y una cantidad incontable de kilómetros. “Fue una imposición de mis padres. A ningún chico le gusta estudiar, no hay más Mozarts. Pero pensá que en esa época no había televisión, no había radio, no había computadora. No había nada. Había que entretenerse con algo, o en música, o en pintura, o en escribir poesías. Así que arranqué ahí”.

Imagen: NosDigital
Imagen: NosDigital

Conjuga el verbo trabajar en pasado, aunque sigue trabajando. Es el violinista del Sexteto Mayor, la orquesta de tango más popular en el Mundo, ganadora del Grammy Latino entre otros premios. Pero ya no toca con la misma frecuencia. Ahora elije los viajes y las funciones. La semana pasada, por caso, se presentó en Mendoza. “Pero viajes a Asia ya no quiero hacer más. A Europa me parece que tampoco. Hará dos años fui a Rusia. Nosotros en el año 83 salimos para hacer una semana en otoño y al final fueron 28 años por todo el Mundo. Hasta hace dos años, iba siempre. Pero ahora ya no quiero más: 30 grados bajo cero ya me hacen mal”, explica, con naturalidad. Como si Asia o Rusia fueran destinos habituales para cualquiera, haya pasado la línea de los 80 o no.

Mario ahora anda con un bastón para trasladarse. No porque sea necesario, dice, sino por seguridad. En los últimos cuatro años tuvo dos ACV, el segundo con unos días en terapia intensiva incluidos. “Pero estoy bien. Puedo hablar, puedo caminar y puedo tocar. Yo me enfermé la primera vez después de Cerati. Lo de él fue en mayo y lo mío un junio del mismo año, 2010. No perdí el conocimiento. Tuve un ACV higiénico, el de Cerati fue hemorrágico. Se quedó dormido. Además, yo tuve la suerte de que me agarró estando en casa. Por eso no quiero viajar. Una cosa es estar acá y sentirse mal y llamar enseguida a una ambulancia. Otra es estar en Venezuela o arriba de un avión”. Cuenta que lo primero que hizo al volver a su casa tras la internación, fue agarrar el violín. Cuando pudo tocarlo, sintió que estaba curado.

El más agudo de los instrumentos de cuerda clásicos es el juguete que lo entretiene ahora que ya anda asomándose a la novena década. “Yo quería dejar de tocar. ¿Porque sino hasta cuándo? Pero el otro día toqué. Toco. Yo hace nueve años que soy viudo, y estoy solo en mi casa. Y una de las cosas que me mueve a estar en actividad es justamente eso: estar en actividad. Tengo hijos, nietos y una bisnieta. Cada uno está con su vida: estudian, trabajan, están ocupados. Yo no los quiero molestar tampoco. Estoy bien”, describe, y recuerda que el violín además de ser su juguete y su medio de vida también fue su ángel guardián. “En 1996, en Finlandia, una noche iba caminando sobre el hielo, porque no era nieve. Patiné en unos 100 metros que tenía que hacer. Iba con el estuche colgado atrás. Un estuche blando, de fibra. Patiné, me caí para atrás y caí sobre el violín. Cuando lo abrí estaba en 40 pedazos. Pero por suerte caí sobre el estuche. Sino me hubiera roto la cabeza. Un médico que me vio me dijo que el violín me salvó la vida. Lo fabricaron en el 1924. Sonaba muy bien. Y es el que toco, todavía: tardaron cuatro años en arreglarlo entre varios lutieres argentinos”. También el violín fue el atajo para cumplir su sueño: el de viajar. Por el que renunció al puesto de concertista del Teatro Colón, porque el Sexteto venía con pasaporte incluído, con perspectivas de exportación. “Salvó India y África, con él recorrimos el mundo. Europa, Australia, Taiwán, Singapur, a Japón fuimos siete veces, a París muchas veces. Finlandia, Suecia, Letonia”.

 

Mario en su primer piso de Almagro.
Mario en su primer piso de Almagro.

-¿Y cuándo está en esos lugares, hace vida de turista o se concentra en su trabajo?

-Salvo cuando vamos a un lugar nuevo, que hay que probar sonido y eso, tenemos todo el día libre. Así que aprovecho para pasear. Ya últimamente ni la cámara de fotos llevo. ¿Otra vez la Torre Eiffel? ¡Es la misma torre! ¿Cuántas veces le voy a sacar fotos?

-¿Qué le gustó más de todo lo que recorrió?

-Las ciudades que son famosas por algo lo son: París, Venecia, Moscú, Viena son muy lindas. Íbamos siempre en invierno, eso era difícil. Últimamente ya lo venía sintiendo. Y la parte oriental me sorprendió favorablemente. Japón más que China: es más místico, más oriental. Además ellos son seguidores del tango, conocen más que muchos argentinos. El chino es más occidental, es otra cosa. Aunque estén al lado.

-¿Y cómo era un día suyo en alguna de esas ciudades?

-En aquel tiempo vivía mi señora. Todos los músicos llevaban a la familia. Yo llevaba a mi señora. Salíamos a pasear, por lo menos le pude regalar eso. Y a mí también. Cuando uno es joven no piensa en cosas raras como la muerte. A medida que crece piensa en esas cosas extrañas, más ahora que estoy solo y tengo todo el día para pensar.

El Sexteto Mayor se formó en abril de 1973 con el empuje del bandoneón de José Libertella. Seis meses después, Mario Abramovich se sumó para remplazar en el violín a Reynaldo Niche. “Yo empecé casi cuando se fundó, hace más de 41 años. Fue una cosa para juntarse unos cuantos músicos a tocar bien. Sin pensar que iba a durar tanto, ni que iba a tener ese éxito”. Son más de 40 años con esta orquesta, que desde 1983 integra el espectáculo Tango Argentino, famoso por sus giras itinerantes por todo el Planeta cuando el ritmo del dos por cuatro sufría de poca aceptación acá, en el Río de la Plata que lo vio nacer. “La moda volvió con el espectáculo que hicimos con Tango Argentino en el exterior. Ahí empezó la furia de nuevo. Yo sabía que tenía que venir a la Argentina otra vez, donde estaba medio caído. Porque en Europa, Asia, Brodway fue una locura. Siempre pensaba: tiene que volver a la Argentina. Y fue como un rebote del éxito en el exterior. Por Tango Argentino volvió el tango acá”, recuerda todavía con orgullo. Tango Argentino fue tapa del New York Times: “No pague el alquiler, empeñe a sus hijos –decía el diario- pero no deje de ver Tango Argentino”.

Mario Abramovich se aburre a los 87 años porque lo que ha caracterizado su vida, además de llevar el violín en el hombro, es la ocupación. Llegó a trabajar en 12 orquestas de tango simultáneas, en la década del 50. “Era para poder llegar a fin de mes. Antes se ganaba miseria, ahora los músicos ganan bien, sobre todo los jóvenes. Cuando era joven nos moríamos de hambre”, narra. A los 36, cuando todavía no imaginaba que 50 años después pasaría el desvelo releyendo biografías, usaba las noches para practicar. “Me armé un violín mudo, que tiene la arandela con la forma del violín pero no está la caja de resonancia. Lo escucha el que lo toca, pero los vecinos pueden dormir. Apareció un concurso en el Colón y como había dejado de estudiar después del Servicio Militar tuve que estudiar durante 6 meses 10 horas seguidas. Es como dejar de jugar al fútbol y querer meter un gol. Tenés que empezar de a poco, retomar. Siempre hubo que estudiar mucho para tocar bien cualquier instrumento. El concurso lo gané aunque ya estaba pasado de la edad. Me contrataron porque toqué bien. En el Colón ya estaba mejor pago y tenía un sueldo a fin de mes, que sabía que cobraba. Igual seguía con las orquestas del tango, aunque menos, porque ya trabajaba en las dos orquestas del Colón y no tenía mucho tiempo”.

 -El Colón tiene su fama. Debe haberse cruzado con gente importante.

-Todos los concertistas famosos de todo el mundo pasaron por el Colón. Trabajé casi 20 años ahí. En la época de Perón, con las orquestas nos pidieron “colaborar” –las comillas las pone él con sus gestos, y aclara: había que ir- a tocar al Hogar de la Empleada. Gratis. Como estaba con tantas orquestas, en un mes fui 17 veces. Ya era decirle hola a Evita, era casi conocida. Era macanuda. Personalidades nacionales, todas: Perón, Evita, tocamos para Cristina, que el otro día me saludó porque me conocía de alguna orquesta se ve. Estábamos en un escenario saludando al Primer Ministro Chino que vino de visita.

-Ah, hace dos meses.

-Un poco más. Yo calculo por el tiempo que tardan en pagarnos: hasta un año y medio cuando es un recital para el Gobierno. Eso fue en el Museo del Bicentenario. Me agarró de un brazo la Teresa Parodi y del otro lado estaba Cristina. Hemos tocado muchas veces para órganos oficiales, con todos los gobiernos. Cuando estaba Illia, también. Con Alfonsín, hasta con los militares tuvimos que ir a tocar. El que nos llevó una vez a tocar a la quinta de Olivos fue el Brujo. ¿Cómo se llamaba? ¡López Rega! ¡Andá a decirle que no! Después nos vino a dar la mano y a decir que cuando quisiéramos ir a la Quinta podíamos. Después uno se fue enterando lo que hacía este hombre.

Violín 2x4
Violín 2×4

-¿Y del exterior?

-Sobre todo con Tango Argentino, paseamos mucho. Nos saludó Lady Di, fue al teatro. Tuvimos que hacer clases de protocolo, pero macanuda, muy buena chica. Pobrecita cómo murió. Después vino el emperador de Japón, creo que es el mismo. Se llama AkihIto. Los reyes de España, bueno, de cajón. Después vino Putín a saludarnos. Estuve charlando con Cortázar una vez. Un cachito. En un intervalo lo fui a saludar a la mesa, un tipo muy alto. Medía como dos metros. Muy amable. Charlamos de cosa de la época, era la noche que debutamos en una casa en París que fueron todos los argentinos que eran socios de la casa donde trabajábamos. Leí alguna cosa de él, ahora voy a comprar más.

-¿Aprendió algo de idiomas de tanto viajar?

– Sí, como decía Atahualpa Yupanqui: cada vez me duelen más los dedos de tanto hablar. Mirá lo que nos pasó en Japón. Uno se comunicaba con la familia por teléfono, aunque no era sencillo como ahora que uno marca el número y se comunica. Había que esperar horas, hasta que la telefonista decía: hay una demora de cuatro horas, ya lo vamos a llamar. Y había que esperar. Además llamar de Japón a Buenos Aires era muy caro. En Japón, el número tres se llama san. Y queríamos pedirle que a los 3 minutos corte la comunicación, para que no salga tan caro. Y para cortar nos dijeron que había que decir pum. Todo eso salía 20 dólares. Era mucho. Entonces decíamos: san, pum. Y a los tres minutos cortaban.

Mario, confiesa, se aburre porque ya no tienen amigos. “Todos mis amigos murieron. Cuando era chico pensaba que cuando sea grande ya se iba a conocer el remedio para la muerte. Ya llegará, pero yo lo veré desde el agujero negro”. Le queda el violín, aunque ya no practique tanto porque el esqueleto le canta la edad. “Ahora sigo practicando para defensa propia. Me llaman para dar clases y les digo que no tengo tiempo. En verdad no tengo ganas, con los años uno pierde las ganas de muchas cosas: incluso de aprender más”. Cuando toca en su casa, hace sonar las cuatro cuerdas del violín al ritmo de la música clásica. “El tango lo tengo como recreo y como medio de vida, de alguna manera, porque me ayuda a la jubilación. Pero me gusta mucho el jazz, me volvió loco toda la vida, más que el tango. El tango es un mal necesario. Uno se acostumbra a tocarlo, pero mal es una forma de decir”. Le quedan los colegas, aunque sean de otra generación. “A veces uno cree que no pero la brecha generacional a nivel cultural existe. Si uno quiere hablar con alguien, contarle algo, no se lo voy a contar a mi nieto. El otro violinista del sexteto tiene 3 años menos que yo, Walzack. Toda una vida juntos llevamos”. Y le queda, sobre todo, el reconocimiento: “Ahora el tango es una locura, es un cheque al portador en cualquier país. La palabra tango ya trae gente. Y ver un teatro lleno siempre es lindo. Muchos grandes artistas, incluyendo Gardel o Piazzolla, actuaban para poca gente”.