Cuestión de creencias

Por El pibe de los pasegol.

No le creí. En serio. No le creí nada de nada cuando me dijo lo que acababa de hacer. O, más bien, lo creí un delirante. Todavía se podía ir de visitante y yo venía de estar ahí, en el ojete del mundo, en una popular de otra época, con una vista espantosa de la cancha y con un dolor de novela por culpa de un grandote que me apoyaba el talón contra el dedo gordo del pie izquierdo. Pero eso no era ni por asomo lo peor. No. Lo peor es que habíamos sido un desastre, que nos habíamos comido cuatro goles contra un rival ignoto y que las chances de pelear el campeonato parecían esfumarse gracias a la pésima actuación del equipo. A mí, en ese momento en el que buscaba cómo volver a mi casa, solamente me importaba putear y putear a los once tipos que, con o sin intención, con o sin conciencia, se habían cagado en el esfuerzo de todos los idiotas que habíamos hecho decenas de kilómetros para verlos jugar. Si es que a eso se lo puede llamar jugar. Todo eso duró hasta que el hincha de la tribuna me dijo lo que me dijo. Y, sinceramente, me cagó. O, para ser más elegante, me cambió el panorama de ese rato de mi historia.

Me lo crucé de casualidad, en una calle oscura del conurbano, en medio de las explicaciones absurdas a una derrota merecida, con el olor a bosta de caballo de fondo y con la policía escoltando de mala gana nuestra retirada. Como si me hubiera visto acercarme, se dio media vuelta, ni me cantó un hola y me soltó un “le grité que daba gusto verlo jugar. Y creo que me escuchó”. Lo primero que pensé es que estaba loco. Percibió mi cara, no me dejó replicar y empezó su explicación amparado en la calma típica de los que andan seguros de lo hecho. El tema está en el disfrute. Así arrancó. Lo demás es el verso de los que quieren hacer de la vida un cacho de carne. Esto, nene, fue construido por la humanidad para disfrutar. Si no sirve para eso, para encontrar un chiquitito de felicidad, no sirve para un carajo. ¿Pero qué tenía que ver todo eso con la siesta que se habían dormido nuestros cuatro defensores durante los 90 minutos?

Movió la cabeza en signo de reproche, aunque sin un gramo de enojo. Su tenacidad para argumentar no se iba a ver estrangulada por una pregunta lanzada desde el fastidio –razonable, por cierto- por un rendimiento que no era el que se esperaba. Así que, cuando consiguió esquivar a un pibe que se agachó para atarse los cordones justo delante suyo, profundizó la idea que venía mascando desde hacía rato. Todos jugamos para ganar. Nosotros y ellos. El problema es creer que eso es lo único que cuenta y que todo lo demás no tiene sentido. Acá se instaló la moda de que lo estético no vale nada, de que el fútbol es exclusivamente un medio para poder ganar. Y no es así. El juego es un fin en sí mismo porque las maneras elegidas son mucho más que simples instrumentos. En el juego mismo, y no en el resultado final de un partido, se esconde eso que vuelve mágico a esto que nos apasiona. Yo, para ser sincero, no entendía nada. No sabía si el hincha de la tribuna estaba loco o si yo era un ignorante de categoría mundial. Traté de escuchar y de reflexionar en la cortita. Pero no tenía forma de hacer encajar lo de “le grité que daba gusto verlo jugar.”

Se dio cuenta. Y cargó con la precisión justa para dejarme en offside, aunque en este caso mi posición era atrasada, no adelantada. Es fácil regalar elogios en la buena. En la mala, a todos nos cuesta más. Mi mirada seguía girando en el vacío. Esperá un cachito, me dijo. El nueve nuestro hace todo bien. Fíjate que toca de primera cuando hay que tocar de primera, que hace la pausa cuando la jugada lo pide y que siempre va hacia el hueco libre para ser opción inteligente de pase. Tanto entiende de esto que ni siquiera cuando nos hicieron el cuarto dejó de intentar una y mil veces, aunque le devolvieran ladrillazos. Me conmovió esa voluntad de jugar. Así que, un rato antes del final, me fui a esperarlo a la puerta del vestuario y, cuando pasó con la cabeza gacha, como para que no se sintiera tan mal, le dije lo que te conté que le dije.

Hizo silencio para indicar que había terminado y a mí no me quedó otra: tuve que sonreírle al hincha de la tribuna. Y con esa, con la primera sonrisa que largaba en varias horas, empecé a comprender de qué se trataba la cosa. De golpe, mientras la policía nos empujaba otra vez contra la avenida, mientras me iba dando cuenta de que ni siquiera cuando parece que está todo perdido está realmente todo perdido, me dieron ganas de agradecerle al nueve nuestro por ser un fenómeno