“Todo es contar el antes y el después”

A los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, el de sus amigos, le llegó el salto a un club grande con el que él ni fantaseaba de adolescente. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta.

Los viernes al mediodía en Boca se almuerza comida de McDonald’s. Un cuarto de libra con queso y unas papas fritas para cada cronista, camarógrafo o fotógrafo que se acerque al entrenamiento para ver los 30 minutos que permite el cuerpo técnico. Con una mención en Twitter de algún periodista o un chivo al aire, la empresa yanqui se da por satisfecha. Luego de esa media hora, en Casa Amarilla no se ven futbolistas: pasan médicos, hombres de seguridad, cancheros, gente de prensa del club, los tiracables que laburan para los móviles de tele. “No, ese es Carrizo, Pachi Carrizo”, le dice un vigilante a otro cuando pasa –por fin- un futbolista rumbo a uno de los consultorios de kinesiología. Con tanta cara conocida dentro del club se le hace difícil descubrir a los nuevos jugadores hasta a los que cuidan la seguridad. “Esto es como un Estado”, define un médico que lleva mucho tiempo en La Bombonera.

En medio de todo ese mundo, a los 21 años, Jonathan Calleri trabaja de ser el 9 de Boca. Luego de toda una vida en All Boys, el club de su barrio, Floresta, el mismo barrio y el mismo club de sus amigos, le llegó el salto con el que él ni fantaseaba de adolescente, cuando soñaba con ser Pablo Solchaga. Van cuatro meses de una aventura que ya le cambió unos cuantos hábitos pero no las ideas. Acá las cuenta, pensando cada respuesta pese a que se desconcentre y siga con la mirada el desfile de personas que es el Centro de Alto Rendimiento de Boca, el más evolucionado del país.

– ¿Cuánto sentís que es real en la vida de un jugador de Boca?

– Yo creo que esto es más un sueño que veía bastante lejano. Llegar acá, pasar de estar en un club en el que se hace todo a pulmón a tener todo, ya sea desde las canchas, la ropa, la gente que trabaja, es raro. Llegué a un club donde nunca esperé llegar.

– ¿Cómo es vivir ese sueño en el día a día?

– A mí al principio se me hizo difícil porque era la primera vez que cambiaba de club en mi vida. Yo en All Boys estaba muy cómodo, tenía un grupo más de amigos que de compañeros. Me costó vivir el día a día acá. Ahora se va haciendo más llevadero, disfrutás de venir a entrenar todos los días. Tenés todo: médico, kinesiólogo, gimnasio, cancha, gente que trabaja para vos. Lo que más me impactó fue toda la gente que trabaja para que salgamos a la cancha.

– ¿Y en la calle?

– Ahora está empezando a cambiar. Antes en All Boys tal vez me miraban, pero no me reconocían. Ahora jugando en Boca es distinto. Estás más expuesto a todo. Te tenés que cuidar de las redes sociales, del Instagram, del Twitter. Si salís a comer una noche con tus amigos, te ven, te dicen algo, o si el club anda mal… Tenés que cuidarte de eso. Trato de juntarme más en casas, de no salir tanto.

– ¿Requiere un aprendizaje ser jugador de Boca?

– Sí, no pensaba que era tan así. Pero hay gente que te ayuda, como por ejemplo mi tío –Néstor “Tota” Fabbri, ex defensor de Racing, Boca y la Selección, entre otros, además, su papá también fue futbolista- que me da algunos consejos, de tratar de no estar muy expuesto porque gente de Boca hay por todos lados y te reconocen. Lo tomo con tranquilidad.

Calleri de azul y oro
Calleri de azul y oro

– Alguna vez contaste que en tus primeras notas te costaba hablar o que te excedías contando cosas.

– Quizás me abría mucho al principio. Ahora aprendí, cuando hace falta, a hablar con el cassette, como se dice. Cuando vine a Boca traté de decir lo que me parecía y no me equivoqué. Pero cuando era chico en las primeras notas me explayaba mucho y eso creo que no es bueno. Con el tiempo, y algunos retos o consejos, creo que de a poco fui aprendiendo a declarar. Digo lo que me parece, pero con más sutileza, trato de hablar sin cassette pero con respeto.

– Ser el 9 de Boca es ser muy público, hasta vienen a ver cómo entrenás. ¿Qué te genera?

– Esa es una de las cosas que me sorprendió cuando llegué. La cantidad de gente que viene a verte trotar, porque después de un partido tal vez lo único que hacés es trotar por afuera de la cancha. Y hay gente que te sigue o que te filma. Quince cámaras, cien periodistas. Eso me impresionó mucho.

– Si fueras periodista, ¿vos vendrías?

– Es un trabajo. Seguramente muchos lo hacen por placer o por estudio, otros lo harán por trabajo. Si a ellos les sirve… Nosotros hacemos nuestro trabajo esté o no el periodismo.

– ¿Vos, de chiquito, no soñabas con ser el 9 de Boca y que haya cámaras hasta para verte correr?

– Uno de chiquito sueña con jugar en Boca o en cualquier club. La sucesión es llegar a Primera, jugar en un club grande, después Europa y la Selección. Eso sueña cualquier chico que patea una pelota. Pero viendo mi realidad, que All Boys estaba en la B Metropolitana, que yo ni jugaba en las inferiores, mi meta era debutar en All Boys y mi ídolo era Pablo Solchaga, que era el ídolo del club y el que hacía los goles. Yo quería ser eso. Era lo que me gustaba a mí. Después pasando los años me di cuenta que hice un click en mi vida y podía llegar a ser alguien, de a poco fui entendiéndolo. Hoy estar acá es algo que no pensé.

– ¿Cuál fue el click?

– Después de no jugar por mucho tiempo, que estuve tres años sin que el técnico me tuviera en cuenta. No jugaba porque era chiquito, no me daba la estatura, el físico, la velocidad. Pero veían que podía crecer. Entre los 13 y los 16 habré jugado cinco partidos. Después de eso hablé con mi familia. Estaba entre cambiarme de club o empezar a estudiar. No me cambiaba porque quería a All Boys y porque mis amigos estaban ahí. Estuve cerca de ir a Español, me acuerdo; mi papá me quería llevar porque conocía a alguno y podía jugar ahí. Creo que en la sexta división hice un click. Crecí de repente, me di cuenta que podía jugar. Jugué bien, me subieron. Y así empezó. Tardé mucho en llegar a primera, me subían y me bajaban a reserva todo el tiempo. Hasta que me llegó.

– ¿Qué pensabas estudiar cuando estabas en la duda?

– La verdad es que en el trayecto ese mantuve una charla familiar importante. Mis papás me dieron seis meses más para decidir, como para que yo pensara qué quería. Creo que ellos tampoco veían mucho futuro en mí. Y hacer las dos cosas se me hacía difícil. Ahí me dieron el ultimátum. En su momento quería estudiar para contador, pero cuando fueron pasando los años me tiré para atrás. Me gustaba el profesorado de educación física o periodismo. Era cuarto año. Faltaba un poco para decidir, todavía no sabía bien.

– Dijiste varias veces que ser futbolista es un trabajo. Lo curioso es que es un trabajo desde chico. Vos ya a los 14 tenías que organizar tu rutina en base al fútbol. ¿Cómo ves que un pibe tenga que tomar decisiones tan fuertes a esa edad?

– Yo creo que los compañeros que jugaban conmigo eran técnicamente mejores que yo. Yo tenía distinto del resto la cabeza. Venía de una familia futbolera que ha pasado muchas de esas situaciones, que me decían que esperara, que ya me iba a llegar. Mientras mis compañeros se iban de joda y venían de gira a jugar, yo como un boludo me iba a dormir y jugaba. En ese momento quizá no jugaba bien y los que venían de bailar sí jugaban bien. Pero a la larga todo llega. En esa edad de cumpleaños de 15 o de ir a matiné o a noche, a diferencia de ellos, yo tenía una contención de mi familia que me destacaba más que por mi forma de jugar.

– Al ser de una familia futbolera tal vez te resultaba natural ser futbolista.

– A mí me encantaba, pero yo sabía que iba a jugar en Primera. No sabía si en All Boys o Boca, pero yo sabía que iba a llegar. Esos momentos fueron muy difíciles igual. Me acuerdo de una época que me echaron diez fechas porque le pegué un pelotazo a un árbitro porque no nos cobraron un gol. Nunca me echaron, fue la única. Justo aproveché para ir a cumpleaños de 15 esos seis meses, así que pude disfrutarlo un poco.

– ¿A tu viejo como jugador lo llegaste a ver?

– Muy poco, tengo recuerdos pero ya jugando en ligas. Me dicen que jugaba muy bien pero que le gustaba la joda. Tengo en él el jugador frustrado, entre comillas. No quería que hiciera lo mismo que él, creo que eso repercutió mucho en mí.

– Ser el 9 de Boca debe atraer a más gente que te quiere saludar…

– Pero te das cuenta en el momento que te va bien y te va mal. Cuando hacés un gol en un partido te llegan 100 mensajes de texto y cuando jugás mal, como hace poco con Banfield, tenía tres: mi novia, mi papá y mi mamá. Uno se da cuenta cuando lo hacen por interés o por amistad o por darte buena energía. Cambia, obvio. No es normal ni es lo mismo cualquier club que ser el 9 de Boca.

– Y que se hable mucho más de vos de lo que se hablaba antes en los medios, ¿cómo lo manejás? ¿Mirás los diarios, la tele?

-Todo es contar el antes y el después. Cuando jugaba en All Boys miraba todo, cualquier programa, hasta el Show del Fútbol. Miraba los chismes, decía ‘uy mirá lo que pasa acá’. Leía el Olé. Ahora cada vez que veo Boca o el resumen de Boca, cambio. Trato de ver películas, ni miro canales deportivos. Nunca pensé que me iba a pasar, porque la verdad que me encanta el fútbol, pero trato de aislarme. En las redes sociales también, cualquiera te puede escribir lo que quiera, desde putearte a vos o a tu familia. Eso no me gusta. Trato de no fijarme, de no leer, de no ver tele, sino disfrutar de la gente que me apoya.

– En el Twitter debe ser una tentación poner Calleri en el buscador cuando termina un partido. Debe haber miles de menciones de gente hablando sobre vos.

– Cuando las cosas van bien, te soy sincero, sí. Todo el mundo está con el Twitter y opina. Pero ahora ni tengo Twitter en el celular, trato de no mirar el WhatsApp porque te escribe mucha gente por interés o no sé por qué. Te escriben, te arroban, uno lo busca pero ahora trato de excluirme.

– Vos hace poco viviste el fútbol como hincha, en el Mundial. ¿Cómo fue ese ejercicio de verte de los dos lados en una cancha?

– Era un sueño ir al Mundial, nunca había ido. Estaba cerca, tuve la posibilidad. Fue hermoso. Lo que sentís en la tribuna es impagable. Fui justo contra Irán, cuando hizo el gol Messi, último minuto, con todos los brasileros en contra. Fue una experiencia irrepetible. Yo analizo el partido de los dos lados. Como futbolista, en ese partido sentía cómo la gente puteaba que no le ganábamos a Irán. Pero ahí me olvidé de que era jugador, que iba a jugar en Boca. Callé a la gente después del gol de Messi, porque algunos ya lo puteaban.

– ¿Ahora hay momentos en que te olvidás de que sos jugador de Boca?

– Sí, totalmente. Todos saben que yo soy hincha de All Boys. Voy a la cancha. Juegan mis amigos y los puteo igual, después nos juntamos a comer y les digo que me enferman. Estuvimos seis meses sin ganar, iba a la cancha y puteaba a mis amigos. En ese momento me ponía del lado del hincha. Fui mucho tiempo a popular pero después empecé a ir a la platea, ahora voy ahí. Del lado del jugador es difícil vivir la situación que pasa el club, que no se le dan los resultados.

– Por todo lo que contás se puede decir que es difícil la relación del público con el deporte. ¿Lo pensás, lo juzgás?

– A mí me gusta. Uno cuando era hincha hacía lo mismo. Yo lo hacía, entiendo a la gente cuando sentís el murmullo adentro de la cancha. La gente va, putea, grita los goles. Es parte del fútbol.

– ¿Se siente?

– Sí. Es increíble. Nunca me había tocado jugar en la Bombonera. Es verdad que late, parece que se cae. Con Vélez fue impresionante. Personalmente no me influye, si me putean o no, me olvido adentro de la cancha. Trato de ser yo y demostrar lo que sé. Después la gente te juzgará o no, pero uno se olvida del afuera cuando está adentro.

– ¿Al psicólogo seguís yendo?

– Van a cumplir cuatro años que estoy con él. Me ayuda mucho en cuanto a las presiones, la visualización, a estar tranquilo antes de un partido. Me acompañó mucho en All Boys y hoy a acostumbrarme a Boca también: las presiones son distintas, hay muchas.

– ¿Cómo te acercaste?

– Justo el profe que ahora está en River con Gallardo, Pablo Dolce, era mi profe en la reserva de All Boys. Una vez hice dos goles y él me llamó, me conocía hace dos días y me preguntó si alguna vez había ido a un psicólogo, me contó que no es para los locos. Me dijo: “Yo conozco a uno que es deportivo, Marcelo Roffe se llama, no tenés que hablar de tu familia”. Yo no tenía problemas, le dije. Y él me explicó que era relacionado al fútbol, para que no me fastidiara. Me pasó el número. Me gustó. Fui una, dos, tres veces. Me hice amigo. Lo recomiendo porque sirve.

– ¿Qué te cambió?

– Aprendí a esperar, a no fastidiarme. A manejar las presiones, la ansiedad. En vez de pensar “no puedo” o bajarme, pensar en los actos positivos, visualizar alguna jugada. Con la cabeza en positivo se puede llegar lejos.