Ponete la nariz y sacate la careta

Una vuelta en calesita con el payaso Nano Gándara: humor combativo, autogestión y resistencia.

“¡Callate payaso! ¡Payaso mediático!”, le decía Fabri a Pagani, e instauraba uno de los más mentados agravios de la TV por cable. Sin embargo, para algunos, lo único ofensivo de esa frase es lo de mediático. Como para Daniel Gándara, por ejemplo, que dice convertirse en Súper Sayayín cuando es el Payaso Nano. Claro, porque él es payaso, de oficio, y es un tipo de verdad, casi serio, que se interesa y se hace payaso por cosas que ninguno se atrevería a decir que son una payasada.

_MG_7800Digamos que Daniel se desayuna un payaso todos los días de su vida para lograr su superestado de Nano. Y tiene un gran respeto por todas sus superformas. De hecho, se niega a ser fotografiado solo con la nariz. “No, discúlpenme, preciso de todo el vestuario, o mínimamente de la peluca”. No es que sea algún berretín de estrella, ni mucho menos. Pero, parece que la nariz es un tema groso. Sola, no va. El vestuario en general es todo un tema: cada payaso tiene su historia y su cuento armado alrededor de él. Una identidad. Nano dice que se viste con un saco de señora que le queda pintado, abajo de eso una blusa a cuadros, con dobléces, de piba también, que le agarra los hombros haciendo unos voladitos divinos. Y después un pantalón adidas, también de mina, con las tres tiras en un fuxia furia. Y los zapatos que, bueno, son de payaso. “Hay que encontrar la armonía dentro de la cosa loca. Pero sin todo eso, prefiero no mostrarme”, insiste. La historia de la peluca que usa lo fundó como persona y artista: la encontró en la Sala Alberdi, mientras resistía el desalojo del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a manos de la Policía Metropolitana. “Es una peluca súper criticable, de tan vieja ya se le formaron rastas, pero para mí significa mucho”.

Nano cuida las palabras, no dice disfraz, dice de vestuario. Es que los payasos, a diferencia de los clowns, no representan ninguna escena, al contrario, presentan, asumen el espacio y el público que les toca. Son parte de la realidad. “El clown no es payaso: esto debería ser de conocimiento público”, propone. “El Clown es una técnica de actuación, representa un espacio otro. El payaso no, está en la plaza, en el circo, en donde sea, es de presentación, se hace cargo del espacio. En definitiva, es un comediante.” Hay también una gran diferencia moral: “El clown todo el tiempo pierde la dignidad, divierte su fracaso; el payaso nunca pierde la dignidad porque nunca la tuvo”.

Daniel hace más de tres años que vive de la autogestión. “Decidí ponerme la nariz y sacarme la careta.” Prefiere gastar su tiempo en las cosas que a él le interesan social y artísticamente. “Muchos toman la decisión de vivir del arte y empiezan a ir a todos los castings habidos y por haber. Prefiero autogestionarme, tener otras libertades, tomar decisiones. Mientras estoy haciendo un casting puedo hacer algo mío, y en realidad lo que ellos buscan es una jeta que les cierre para un plano. Mi búsqueda tiene que ver con un desarrollo artístico, con despertar conciencias.”

Cuando su vida de artista recién comenzaba, Daniel quería que lo reconocieran masivamente: quería llegar a la tele. “Ahora es lo último que quiero. Encontré el placer en actuar y en hacer reír a la gente mientras hago algo, no en encontrarme en la tele haciendo zapping en una propaganda”.

– ¿Y qué te cambió?

– El arte es un gran canalizador. Cuando empecé no tenía mucha idea, pero el arte es generoso, te abre la cabeza. Terminás entendiendo que no querés hacer teatro por mero amor al arte, tengo otros objetivos, más humanos. El arte por el arte, esta cuestión posmo -posmoderna-, de improvisar y dejar todo en el entretenimiento no me gusta. Y eso ni siquiera te asegura que algo sea divertido. Al contrario, cosas aburridas es de lo que más hay. Después tenés mucho humor con contenido destructivo: xenófobo, machista, discriminador. Si vos hacés obras de teatro con el discurso de la derecha para hacer reír, me parece regresivo. Lo que hacía yo no estaba plagado de contenido político y empecé a pensar de otra manera cuando me metieron el dedo en el culo, que lamentablemente es el inicio de la militancia de muchos. A mí me iban a privatizar un teatro, la Sala Alberdi, donde yo estudiaba cuando era chico. Entonces, cómo no iba a tomarlo, si era público, de todos.

La Sala Alberdi fue un espacio que funcionaba en el Centro Cutural San Martín, en el sexto piso. A lo largo de muchos años cientos de artistas se formaron y enseñaron, los unos a los otros, desarrollando diferentes talentos y disciplinas. La gestión del Pro logró privatizarlo, luego de un violento desalojo que reprimió la resistencia de cientos de artistas como Nano que habían tomado el lugar durante más de 3 años para defenderlo.

El tipo pasa sus días entre espectáculos, varietés y clases. Organizando varietés dice, modestamente, ser el mejor. A las clases les pone un valor, sabiendo que seguramente valga más que eso ¿Clases de qué? “De clown combativo”, dice. “Para mí el arte sin contenido no tiene razón de ser. Y con una oración fuerte ya tenés contenido, no hace falta teatro panfleto, bajar línea a lo loco. Eso es aburrido. La idea del Clown Combativo es que todo ese entretenimiento tenga un vuelo poético elevado y que de ahí nazca lo que quiero decir.”

– ¿Pero cómo se aborda un tema delicado desde el lugar del payaso?

– No lo tengo del todo resuelto. A mí me interesa despertar conciencia: que se sepa Palestina, que se sepa Sala Alberdi. No tengo resuelto de taco cómo llegar a esos temas desde el lugar del payaso. Es difícil y complejo, y además muy particular de cada caso. Por lo pronto, trato de poner a favor las desgracias y las injusticias del mundo. Se me van ocurriendo ideas que pueden ser graciosas. Pero, cómo tomás con gracia que me desalojaron de mi espacio de arte con balas de plomo y de goma. Desde lo artístico es complejo no convertirse en panfleto. Entonces tenés que encontrar la gracia. Y te tenés que ir bien arriba, a la injusticia máxima y a la ridiculización de esa injusticia. Por ejemplo, si la Franja de Gaza, de verdad fuese de gasa, ya la hubieran prendido fuego.

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