El día en que Bariloche fue toda sangre

El 17 de junio de 2010, el cabo Sergio Colombil mató de madrugada a Diego Bonefoi. La ciudad se movilizó y la policía, con órdenes de más arriba, decidió reprimir con balas de plomo. Mataron a Nino Carrasco, que iba a lo de su novia, y a Sergio Cárdenas que miraba esa locura desde un paredón. Ahora, a esas familias, les arman causas.

 

Diego Bonefoi

Diego Bonefoi se había metido con un pez gordo. Tenía 15 años. A las 4.30 de la madrugada del 17 de junio de 2010, parece que estaba jugando a la pelota con amigos en el barrio Boris Furman, del Alto barilochense, allá arriba donde ya no se ve el Lago Nahuel Huapi, ni turistas, sino carencias. El cabo Sergio Colombil hizo lo que los transas esperaban: ejecutó a Diego por la nuca con su arma reglamentaria.

 

A las 5, en la primera pericia que se hizo sobre la plaza, no había un arma.

 

A las 9.15, delante del juez apareció. Desde hacía media hora estaba el grupo de represión de la policía, el BORA, en la comisaría 28, a metros de la casa de Diego. Su familia todavía no sabía que había muerto.

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A las 10.30, la policía acribilló el frente de la casa de Diego. 15 minutos después, empezaba a arder el barrio. El comisario general Jorge Villanova se reunió con el mayor Argentino Hermosa en la 28. Desde ahí, al Centro Cívico a juntarse con el ministro Larreguy y con el secretario de Seguridad, Cufré.

 

A las 12.55, quedó detenido el tío de Diego. 5 minutos después empezaron los disparos de ithacas del BORA y los gases lacrimógenos.

 

A las 14, las concentraciones se multiplicaron. La policía también. Había oficiales de toda la provincia de Río Negro, hasta de Viedma, que queda en la otra punta. Había del Servicio Penitenciario. En horas, Bariloche estaba militarizada. Había policías en todas partes. Las autoridades, en cambio, se fueron a El Bolsón. “Con una llamada por teléfono, paraban todo. Nunca tuvieron esa voluntad”, razona Carolina Alak, de la Multisectorial contra la Represión en Bariloche.

 

Durante la represión, hubo dos muertos más: Nicolás “Nino” Carrasco y Sergio Cárdenas. Una chica todavía tiene una bala alojada en el brazo.

 

Por el fusilamiento de Diego, Colombil está preso, pero nunca se investigó quién hizo aparecer el arma que Diego no llevaba cuando lo mataron.

 

Los asesinos de Nino y de Sergio siguen impunes. Ni siquiera se sabe quiénes son. Ni verdad, ni justicia. Los primeros días no se pidieron las escuchas para saber quién ordenó reprimir con balas de plomo. “El fiscal tiene que investigar y no lo hizo. El juez debe intervenir para que se investigue y no pidió las escuchas. Esas escuchas eran vitales para poder procesar a los realmente responsables, a los jefes de la policía, al Ministro de Seguridad, que era Larrieguy y al Gobernador, que era Miguel Saiz. Todos estaban. Todos sabían lo que estaba pasando. La cana no se maneja sola, recibe órdenes”, explica Marina Schifrin, abogada de la familia de Nino. También apunta a los jueces: “Cuando hay interrogatorios, no interpelan. Queda solo la versión de lo que quieren decir los policías. ‘No me acuerdo dónde estaba’, ‘Yo no fui’. Como disparaban con itakas, no quedan rastros del arma homicida. Todo lo que se identificó fue por peritos que trabajaron bien. Nada salió de testimoniales. Por lo menos habría que llevarlos al falso testimonio. Pero ni eso hacen. Los jueces se asocian a las hipótesis de armas tumberas. Un solo testigo lo dijo. Lo consiguieron, lo dijo y el juez solo investiga eso”.

 

Nicolás “Nino” Carrasco

 

-¿Serás vos el que mató a Nino? –piensa Carmen Curaqueo, la madre de Nino, y saluda al policía que la acompaña en su trabajo. Es inspectora de tránsito. Los conoce. La conocen. Vaya adonde vaya, llega llamando a alguien para avisar dónde está. Si tuviera los medios, se iría de Bariloche.

 

Vecinos del Alto se juntaron de todos lados a apedrear a la comisaría 28, querían prenderla fuego. A medida que la gente se enteraba de los muertos y heridos, subía y la represión recrudecía. El día siguiente, todavía no terminaba.

Carmen ese día trabajó hasta las 2. Abel, el marido, la pasó a buscar y le dijo lo que había pasado.

 

-Mataron a uno de los Bonefoi.

-¿Cuál será?

-Uno de los que iban a buscar al Negro –decía Abel, por Nino.

-No hay que dejarlo salir.

 

Carmen lo agarró a Nino.

-Vos no andes metiéndote ahí, por algo lo habrán matado.

-Vos siempre hablando de más.

-Por más que haya hecho lo que sea, no tendrían que haberlo matado.

-Lo único que te digo es que vos no te metas ahí.

 

Como Carmen tiene hermanos adolescentes, se fue a lo de su hermana, a cuatro cuadras. Le dijo que tuviera cuidado. Cuando salía, se encontró con Nino, que se iba a lo de la novia, en el barrio 28 de abril, más arriba, más lejos del centro.

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-No pasa nada, petisa- le dijo. Nino medía como dos metros.

 

Carmen nunca pensó que la policía iba a encerrar a los chicos, ni que la situación fuera tan grave. Pero sí. Les hizo una emboscada, y tiró al montón con balas de plomo.

“Hirieron al Nino”, gritaba un chico. Carmen salió corriendo.

 

-Me falta el aire.

-Te dije que no vinieras por acá-  y le dio una cachetada.

 

Tenía solo un huequito. Carmen le dijo que no tenía nada, que debía ser el miedo. Lo entraron a una casa. Llamaron a una ambulancia. La policía no la dejaba pasar.

 

Fueron al hospital de Elfrein. Nino estaba herido de gravedad. Había perdido mucha sangre. Lo iban a operar. Tenía cuatro impactos de bala en la espalda, uno en la pierna, otro en el estómago, otro en el riñón  y el letal en la aorta. Murió.

 

El cuerpo quedó en la morgue del hospital. Para poder retirar el cuerpo, le decían los médicos a Carmen, tenía que hacer la denuncia en la comisaría 18va. Lo iban a velar con Diego. Ella no quería saber nada. Echaba la culpa de la muerte de Nino a la “mala crianza” que daban los Bonefoi. “Yo lo sentía así”, dice Carmen, que después tuvo que aguantar que hubiera una marcha a favor de la policía porque “mataron a tres negros de la villa”. Lo primero que dijeron los medios fue que a Nino lo mataron porque andaba robando, no que fue durante la represión.

 

La mano dura fue la que puso la mordaza. Desde la muerte de Nino, los intentaron ensuciar: que son una familia conflictiva, que Gaby, el mayor de los hermanos, anda robando, con el menor lo mismo. “Al no tener uno los recursos ni los medios nos cuesta mucho acceder a la Justicia. Ya pasaron cuatro años y todavía no tenemos nada. Está peor que la primera vez, que primero sí pasaban cosas. Pasó por los tres jueces que hay en Bariloche. Los abogados lo dejaron de lado porque están trabajando para el Estado”.

 

El ensucie se intentó hacer con allanamientos.

 

De los cuatro allanamientos que les hicieron, el primero llegó el 18 de octubre, un día antes del día de la madre y del cumpleaños de Nino. Había habido un robo en los Kilómetros. Carmen vio un auto abandonado a la vuelta de su casa y le avisó a la abogada para que estuviera atenta. Ya sabía cómo funciona la policía. Planta un auto como supuesta prueba para hacer lo que quiera hacer. Efectivamente, se hizo el allanamiento. Revolvieron todo. Buscaban plata, una cámara fotográfica, celulares. Miraban papel por papel, como para molestar. Como no tenían nada, no encontraron más que el altar que Gaby había hecho para Nino.

 

-Ah, este es el que mataron.

-Sí, este es el que mataste- y Gaby le dio una piña. El policía respondió con otra piña y el juez Lozada paró la pelea.

 

Por la calle, a Ricardo, el menos de los hijos de Carmen, le dicen: “Vos vas a terminar como tu hermano”. Una de esas veces terminó apedreando solo a una comisaría. Rompió un vidrio y le hicieron una causa. La de Nino, mientras tanto, no avanzó.

 

En la octava marcha, alguien tiró una bomba a la comisaría, que se prendió fuego. Involucraron a Ricardo y a Gabriel. Ricardo estaba tocando el bombo. Gabriel estaba con Carmen, así que ella sabe él tampoco que fue.

 

“La muerte no se investiga, esto sí”, reclama otra vez. “Aparte, ¿cómo sabemos que no fueron ellos mismos? Yo no sé si Nicolás un día va a tener justicia. He ido a un montón de lugares. Todos dicen que van a ayudar: Derechos Humanos de Nación, la Presidenta, los que se acercan. Queda en palabras”, explica Carmen.

 

Otro día, en junio de este año, por dar otro ejemplo, cuando el hermano de Carmen entraba a la casa, lo agarró la policía y lo golpeó. Tomaban carrera para patearlo. Le reventaron un riñón.  “Yo, como tengo experiencia con la policía, sé que te maltratan”, explica. Fue sola a la comisaría. Afuera había policías con escudos, desafiando. Una policía le repitió la amenaza que había recibido Gaby: “Vos seguí jodiendo y vas a terminar como tu hijo”.

 

-Soy la hermana de Luis Curaqueo. Lo detuvieron. Quiero saber por qué y quiero ver cómo está- se presentó Carmen en la comisaría. Recién en ese momento dejaron de pegarle a Luis.

La callaron, mientras ella acusaba de haber matado a Nino a quien fuera que la encarara. “Yo no maté a nadie”, le respondía uno por uno.

 

“¿Qué iba a pasar si yo no llegaba? ¿Iba a pasar como con Titi Almonacid –la policía lo mató por estar tomando cerveza en una esquina en febrero del 2000-?”, se pregunta Carmen.  Cuando llegó la abogada Marina Schifrin, pidió que lo mandaran al hospital. Como estaba detenido por averiguación de antecedentes, hasta que no los averiguaron, no lo largaron.

 

En Río Negro hay más de 120 casos de gatillo fácil, según denunció la exDefensora del pueblo, Ana Piccinino. Carmen se empezó a interiorizar cuando a Nino le dio una de las balas de la represión del Alto post asesinato de Diego Bonefoi. “Desaparecen y se sabe que fueron policías. Salen de boliches y los detienen. Son varones de los barrios a los que agarran. Será la forma de vestirse”, resume.

 

A Nino eso ya no le pasaba. Era grande, tenía 27 años. Dice que nunca había tenido su familia problemas con la policía, excepto “correteadas cuando salían”. Ya naturaliza muchas cosas: “Por ahí los chicos andan a deshoras de la noche y los mandan a sus casas o los golpean un poco. Por el trabajo que yo tengo, también vi cómo golpean a los pibes. Nunca pensé que me iba a tocar a mí. Uno le decía no te metas con tal, no hagas aquello. Tal vez si te juntás con aquel van a decir que sos igual. Cuando pueden aprovechar y golpear a alguien, lo hacen. Las familias no denuncian. Por miedo”.

 

Sergio Cárdenas

 

Sergio se había pedido vacaciones para poder ver el Mundial. Trabajaba todo el día en el Hotel Llao Llao. La mañana del 17 de junio jugaba la Selección. Carina, su mujer, la madre de sus dos hijos, estaba laburando. La llamó después de ir a festejar, diciéndole que la  esperaban para almorzar. El barrio ya era un caos, pero Sergio y Carina recién se enteraron cuando llegaron a su casa. Vieron un partido más y cerca de las 17, la llamó su hermana y le contó: “Hubo quilombo, mataron a uno de los Bonefoi. Están a los tiros, acá entraron los gases, no se puede respirar, pasame a buscar”. Salieron a buscarla. Cuando llegó tomó dimensión de la represión en las calles Onelli y Sobral, en el Alto. Estacionaron el auto y él se quedó mirando al lado del auto. Ella fue a lo de su hermana, dejó a su hija e inmediatamente se acercaron por la ventana a avisarle que le habían dado a Sergio y que se lo habían llevado al hospital. “Fue así, al toque. Después me enteré que un amigo pasó y le dijo de ver lo que pasaba más cerca, ahí en un paredón al lado de un portón negro que tiene marcas de balas. Él giró, le dijo a un chico que se fuera y cuando se dio vuelta, cayó. Murió en el acto”, cuenta Carina.

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Desde entonces, también le allanaron la casa intentando involucrarla a ella y a su familia en otras causas que, como con los Carrasco, avanzaron más que las de la muerte.

 

-¿Le pasó a Sergio que al ir al Centro con sus amigos, que lo parase la policía…?

-Pasa que Sergio era más grande, tenía 29 años, teníamos una familia, no boludeábamos en la calle. Pero nunca tuvo problemas.

-¿Y en el barrio se veía ese accionar la policía?

-Sí, siempre se ven a los policías correr a los pibes.