Dale viejo nomá’

Por La chica que corre el bondi.

Para leer esta crónica, usted debe, indefectiblemente, sacarse el reloj. El tiempo físico, tal como usted lo conoce, aquí no existe.

I

En la esquina de Avenida Libertador al 4100, un hombre espera. Está parado en la vereda del sol, tiene la campera abierta. Lo separa del otro tiempo un enorme arco semicircular tras el taxi que frena, como muchos otros, matemáticamente en la puerta.

Mira su reloj por última vez antes de quitarlo de su muñeca, son las 11.32 de un sábado en la vereda del sol frente al Hipódromo de Palermo.

II

Pasa la puerta. Camina hacía el puesto donde espera la revista que anticipa las carreras de la jornada. A cambio de $15, el valor de la publicación, entra en la lógica del lugar. Saca una birome de la mochila, la coloca en el bolsillo derecho trasero del jean. Abre la revista en la página cuatro, la enrolla y mete, con precisión, en el bolsillo que quedó libre. Las armas necesarias están listas. Adelante, resguardada, en la pierna derecha, la billetera espera.

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Como si mañana, el mundo no amaneciera.

Como si mañana, en realidad, sea una concepción del tiempo inexistente.

Como si la concepción del tiempo, fuese solamente lo inmediato.

Como si lo inmediato, sea el mundo entero.

Como si el mundo entero, sea la finitud del ahora y lo más infinito que se conoce.

Como si mañana el mundo no amaneciera, se lee a gritos en sus ojos que chispean cuando observa las tendencias en la revista y, con la birome como fósforo, terminan de incendiarse cuando anota sus propias predicciones.

La fórmula del éxito cabe, en ese preciso instante, en un tubito de tinta azul: no necesita renovar esperanzas con un nuevo sol.

IV

La pista con su forma soberana del espacio se apropia de todo.

El tiempo le sigue la huella: no existe más que en modo circular.

Un eterno loopeado que gira, sin ninguna otra lógica que ese movimiento.

V

El hombre entra en la tribuna pública, tras pasar por la puerta del banco y tres cajeros automáticos. La arena de la pista parece húmeda. Continúa con marcha que propone el tránsito. Lee en su revista los nombres de los caballos que desvirgan la jornada. Las piernas caminan al compás de los otros pares de pies que siguen la doctrina.

Llega a los corrales, tras bordear la arena y obviar cinco puestos de apuestas. No es el momento.

Ocho caballos, con brillosas cabelleras, patas firmes y pechos anchos, lo miran. Él mira las estadísticas en su mano. Garabatea con la lapicera algunos pálpitos. Pasa su mano derecha por el jean, ahí está esperando la billetera.

Otro hombre, como casi todos los presentes, casi todos hombres, entra a los corrales con un pilón de remeras. Las reparte a cada uno de los que están parados junto a los caballos. Se visten sin soltar las riendas. Levantan la mirada, se mueven: es momento del próximo paso.

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Del corral una pequeña pista –circular, claro- se desprende a la derecha. El malón se moviliza y apoya los codos sobre las vallas de madera que dividen el espacio. Los caballos caminan, junto a los hombres de remeras idénticas. Las lapiceras se apresuran sobre el papel. Los ojos oscilan entre las hojas y el polvo que se levanta cuando con las patas golpean la tierra. Suena una campana. Es hora.

VII

El piso se inclina. Un imán sacude los cuerpos hacia los puestos que reciben los pálpitos y los billetes. De $3 a $50mil entran por las ventanillas. Todos, no importa cuanto sea lo entregado, se llevan un papel cuadrado, blanco, chiquito que atestigua la corazonada. Los caballos llevan encima a sus jockeys: chiquitos, con cascos, pantalones blancos y antiparras. Están preparados. Esperan en la línea de largada.

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Las pantallas muestran el ranking de apuestas. La chicharra que marca el comienzo de los mil metros de presentimientos suena en forma de estruendo. Un tono agudo sale de los parlantes y relata compulsivamente cada paso. La corriente entera está en la tribuna, en el costado izquierdo, frente a la arena. Los brazos se convulsionan y sacuden las gargantas que terminan las arengas en: Dale viejo nomá’. La conmoción hace vibrar los escalones. Tiembla el tono agudo que anuncia al ganador. Los papeles cuadrados, blancos, chiquitos, perciben dos destinos: los puestos de apuestas que ahora sirven para cobrar o el piso bajo las suelas que los lastiman.

IX

Se corre los lentes negros que lo protegían del sol, hace foco en su propia corazonada transformada en papel. Camina a buscar los billetes que abultan su bolsillo derecho. Moja el dedo derecho, cuenta minuciosamente el dinero. Saca la revista, sonríe a sus garabatos, el éxito en un tubito de tinta azul piensa, lee los nombres de los caballos que se desplazan hacia los corrales.

X

Todo vuelve a comenzar.

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