El guapo del barrio es un asesino

En la villa 20 de Lugano, Jonathan se subió a un auto que llevaba dos días abierto y con las llaves puestas, un policía lo frenó, señaló una bolsa donde había un arroz con pollo, gritó “ahí está el arma”, disparó y lo liquidó. Ese oficial se llama Rubén Solanes. Camina libre por la calle.

Hay un policía que se hizo muy conocido en la villa 20 de Lugano. Se anda haciendo el guapo por el barrio. Se llama Rubén Solanes. Se hizo rumorear que había dejado el barrio después de que los familiares de sus incontables víctimas hicieran públicas las denuncias. Se dijo que había estado preso. Estuvo detenido con sus excompañeros. Pero, por todas las descripciones, volvió y se hizo notar. No dejó de usar los “trofeos”, lo que les robaba a sus perseguidos. Desde la División de Robos y Hurtos de la Brigada de Investigaciones, se pasea en su Renault Fluence gris. Baja de su auto y prepotea. Camina sin uniforme, porque no lo necesita. Y mata.

En la masacre a Jonathan Mareco, Braian, Matías y Majo, persiguió al auto donde iban. Sin sirena, a los tiros. Podía ser un ladrón. Era un policía. Bajó cuando pararon, se acercó al Suran donde iban, abrió una puerta y los fusiló. Sabía que estaban desarmados. Si no, no se metía así nomás. Sabía que era impune, si no, no hacía esa barbarie. No murieron ahí. Con su compañero, “El Indio”, persiguió a Jonathan y Majo disparándoles. Jonathan murió después de tambalearse una cuadra y caer desmayado en un pasillo oscuro donde se iba a esconder. La sangre marcó el camino por donde media hora después lo encontró su mejor amigo. Murió en el hospital. Majo corrió en otra dirección. Lo ayudaron abriéndole la puerta de una casa, en otro pasillo oscuro. Está peleándola en el hospital. Braian moriría al poco tiempo. Quedó en el auto agonizando. A Matías, su medio hermano, lo metieron en la Suran para ver cómo había quedado Braian. Está preso en José C. Paz, sin paso por comisarías ni alcaidías. Está casi sin habla por lo que vivió, porque vio la muerte.

“Yo los conocía de nombre. Son los de la Brigada, escuchaba. Si había pibes robando, Solanes les sacaba las cadenitas, los celulares”, contextualiza Yoana, hermana de Jonathan, otra de sus víctimas fatales. “Son sus trofeos”, dicen en el barrio. “Si te fijás, andan con una cantidad de cadenas de oro colgando. ¿El sueldo de policía les alcanza para eso?”, marca Rosa, otra hermana de Jonathan. Son sus trofeos, y los enrostran. A un amigo de Jonathan lo había agarrado fumando un porro y lo tiró al piso y le empezó a dar patadas. El pibe pensaba que lo iban a matar.

Con otros tres compañeros suyos, se paseó por el santuario que hicieron los amigos de Jonathan y pateó una silla. Otro día, uno de los cuatro invitó a pelear a los chicos. “Tengo una bala para cada uno”, les dijo, mientras los insultaba.

“Yo escuchaba el nombre del famoso Percha”, dice la madre de Yoni. Percha es Rubén Solanes porque a algunos de sus muertos, les tiraba una percha encima. Rubén Solanes, Percha, aunque no coincidieron temporalmente, “es de la escuela del Indio”, dice Angélica Urquiza, madre de Kiki Lezcano, que estaba con Ezequiel Blanco cuando Daniel Veygas y otros policías los mataron. El Indio le decía a Kiki: “Voy a ser tu sombra”. Le decía a Angélica: “Cuídelo, le puede pasar algo malo”. “Si alguna vez trabajaste para ellos, ellos siempre están detrás tuyo”, le dijo un joven al diario El Argentino.

En 2002, Percha fusiló también a dos chicos de 17 años, Daniel Barboza y Marcelo Acosta que estaban fumando porro en las “canchas de los huérfanos”, con toda la gente alrededor: los hizo arrodillar y les disparó. Se animaron a declararlo los que lo vieron desde un monoblock. Por su prontuario, por su fama, por lo que Percha mismo había construido, ya lo conocían.

Hace dos meses, se bajaron tres personas de un auto blanco con vidrios polarizados y empezaron a dispararles a los pibes que estaban ahí. Estaban jugando a la pelota. Uno es el sobrino de Yoana, que recibió dos disparos en la pierna. No puede jugar más al fútbol. Dejó el colegio. Ahora se metió en la droga. Otro chico murió. “La familia es tan humilde que no pudo hacer nada”, se lamenta Yoana, que está segura de que eran los de la Brigada de Robo y Hurtos.

Hasta un compañero suyo fue su víctima, dice Rosa. Uno de los fusilamientos lo había sacudido. No lo aguantaba y se había decidido a hablar. Percha simuló una persecución, se le acercó por la espalda y le disparó en la nuca. Cuando cayó, le pisó la cabeza y le dijo: “¿Viste que no ibas a decir nada?”.

Hay hasta comisarios que dicen tener miedo. ¿Será el miedo lo que hizo que reincorporen a Percha a la Federal después de haber sido condenado por un homicidio simple? ¿Si comisarios le temen, qué queda? ¿De verdad le tienen miedo o son sus mejores herramientas?

A una madre también le pegó un tiro en la cabeza, sigue enumerando Rosa. Ella no paraba de pedir justicia por su hijo asesinado por el Percha.

CORREPI denuncia que en la comisaría 52, cuando él era jefe de calle, practicaban torturas como submarino seco.

En el mismo barrio tres policías federales mataron a Camila Arjona, en 2005, mientras tiroteaban a un joven que se había negado a ir a comprarles cocaína. Es el único caso con condenas. Esta vez, no estaban Percha ni Indio.

Percha es uno de los policías, de la institución que se tome en la Argentina, que se ganaron el apodo de “Mataguachos”, como José Antonio Peloso, de Fiorito, que hace gala de sus muertos y anda mostrando el arma por el barrio, ya retirado. Los mueven de un lugar a otro cuando conviene. Después vuelven.

Más de 3 mil muertos tienen en sus espaldas las fuerzas de seguridad argentinas desde que volvió la democracia. Más de tres mil, sin contar los reales enfrentamientos.

“Se sienten dios porque matan y no pasa nada”, sintetiza Ricardo, hermano de Jonathan Mareco.