Un amor de muzzarella

Enfermo, enfermo de mierda. Y vos, loca, vos sos una loca. Qué estúpido, que estúpido que sos y yo soy una estúpida que estuve con vos todo este tiempo y con toda esa mierda de tu cabeza. ¿Yo? ¿Yo soy el que tiene la mierda en la cabeza? Sí, vos, enfermo, idiota. Pará de decirme enfermo. Te digo enfermo porque sos un enfermo. Pará de decirme enfermo, la concha de tu hermana. Por lo menos a la concha de mi hermana se la cogen bien. Cada vez que cogimos este año no se te vio tan mal cogida. Fingía, estúpido, fingía, sos tan estúpido que no te podés dar cuenta siquiera que fingía. Qué clase de mierda de persona tenés que ser para fingir un orgasmo. Tenés que ser una pelotuda como yo. Sí, una muy pelotuda, capaz de venir un año seguido a este telo de mierda para venir a fingir. Una pelotuda como yo capaz de estar con un enfermo como vos. Te dije que no me dijeras más enfermo. Y yo te dije, y te lo vuelvo a decir, que no quiero estar más con vos.

– Pero no. Nada de eso existió. Yo, te juro, prefería algo así. Que me insultara, que me tratara de enfermo, de malcogedor, que me hablara de mi mamá, que mis locuras. Pero no. No nos conmovimos ni un poco.

– Pará, contame cómo fue todo.

– Yo estaba jugando con las luces del telo. No sé, a veces me cuelgo con esas cosas. Pienso: quién carajo coge en un cuarto con luz verde. Es como una mezcla de selva y de matrix, que no sé muy bien qué tipo de perfil neurótico tiene alguien que coge con una luz así. Y yo iba pasando entre todo oscuro, amarillo, verde y llegué al rosa y cuando llegué al rosa ella me dijo que no iba más. La luz estaba rosa como si fuera un monumento a lo cursi. O al mal gusto. Y el telo, además, era horrible. Tenía ese perfume a desinfección y unas telas doradas que debían estar llenas de ácaros. Pensá lo berreta que puede ser una escena con una cortina dorada iluminada por una luz rosa. Bueno, ahí, estábamos los dos como si pudiéramos estar en cualquier otro lugar del mundo y ella marcaba el final y ella ni se percataba que la luz estaba rosa y era como si nos usáramos.

– ¿Y si se usaron?

– Y si nos usamos fuimos unos pelotudos. Si simplemente nos juntamos a cogernos durante un año es porque no sé. Porque las gentes somos una mierda. O porque somos egoístas. O porque somos cagones, muy cagones. Porque en el medio tocó Divididos y vos sabés que Divididos a mí me gusta y a ella le encantaba. Bueno, a quién no le va a gustar Divididos. A quién, en realidad, no le va a gustar un show de Divididos. Y no fuimos juntos, nunca, a verlos. Es más: nunca se me ocurrió ir juntos.

– ¿Pero vos te imaginábas abrazándola de atrás escuchando Spaghetti de rock?

– ¿Qué es esa pregunta pelotuda?

– Vos, decime, te imaginabas.

– No sé. Sí, ahora sí. Pero no me imagino a nosotros. Me imagino a los que podríamos haber sido nosotros. Que no fuimos. Yo no sé si ella llora en los recitales y ella no sabe que cuando me gusta mucho un tema yo levanto los brazos y los festejo como un gol. O no sé si a ella le gusta fumar. Y si le gusta no sé si prefiere fumar porro o tabaco. Si prefiere el porro, si lo prefiere antes del recital o durante o después. O si la gusta bailar. O si quería, en realidad, que bailáramos juntos.

– ¿Y vos? ¿Vos querías?

– Yo quería. Digo, pienso, ahora, imaginándolo, que quiero. Que hubiera querido. Pero en ese momento no se me ocurrió. No había más que ese telo berreta que era nuestro universo y ahí estábamos bien, pero no tan bien. Porque es como un equipo de fútbol que juega todo dependiendo de un jugador, sin armar un equipo, y yo dependía sólo de cómo cogíamos. Y una vez, y otra vez, y otra vez más, yo cogí mal y si uno coge mal cogen mal los dos y ya empezamos a perder los partidos. Y nos aburrimos porque no supimos descubrirnos.

– ¿Y por qué fue?

– Mirá, hay una cosa que yo leí de Roland Barthes.

– ¿El arquero del Francia campeón del Mundial 98? Ah, claro, los arqueros son tipos que se aburren mucho y dijo algo del aburrimiento.

– No, no, ese es Fabien Barthez.

– ¿Este es el hermano? ¿También es arquero?

– No, qué va a ser el hermano.

– ¿Y quién carajo es?

– Otro francés, que no tengo ni idea si atajó o no atajó, pero escribió un libro que se llama Fragmento de un discurso amoroso.

– ¿Se ganan más minitas leyendo a esos tipos?

– No sé, qué sé yo, qué carajo me importa. El tema es que este tipo escribió una cosa sobre estar abrazados en la cama. Que ese abrazo es como un abrazo inmóvil porque sentimos que todos los deseos son abolidos porque parecen definitivamente colmados.

– Nunca lo había pensado así. Es como la de Gladiador.

– ¿Qué Gladiador?

– Gladiador, la película, que Máximo se muere tranquilo imaginando que ve a su mujer y a su hijo.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Cómo qué tiene que ver. Ves, te hacés el que leés a un francés, pero te ponen Gladiador y no podés entender que el tipo muere porque sus deseos están todos en otro lugar y estar en la vida es como estar sin esos deseos.

– Sabés que ahora que lo decís, no lo había pensado nunca así. No esperaba un análisis tuyo así.

– La vi más de veinte veces esa película. Cada vez que la pasan, la vuelvo a mirar. Viste que en la vida uno no elige el apodo que le ponen. Ahora, hay muchos a los que le dicen Pipi, Kili, Tiki. Y a mí, bueno, vos sabés, por el tema de tener un culo grande, siempre me llamaron cinturón, cinturón negro, karate, karate kid y hasta Daniel San. Y salvo Daniel San, los otros nunca me gustaron, pero yo no me quejo de los apodos porque son como el grupo sangüíneo. Lo que nos toca, nos toca y a la mierda.

– Uh, perdoná, nunca pensé que te molestaban esos apodos.

– No, todo bien, ya pasó.

– ¿Y cómo querías que te dijeran?

– A eso iba. Yo hubiera querido que me dijeran Español, como le gritan en el Coliseo a Máximo, en la película. Viste que no saben que se llama Máximo ni que sirvió a Marco Antonio porque se oculta, entonces le gritan Español porque se corrió la bola de que era español.

– Bueno, te voy a decir Español, desde ahora. Pero te puedo explicar lo del francés.

– ¿Qué francés?

– El que decías que era el hermano del arquero.

– Ah, sí, dale.

– Bueno, el tema es que ese deseo del estar abrazados hay un momento en que se termina.

– Sí, si no se terminara toda la gente quedaría abrazada toda la vida.

– ¿Pero por qué se termina?

– Qué sé yo, termina.

– No, lo que este explica es que ahí vuelve el deseo genital.

– ¿Qué es el deseo genital?

– Que se te para y se acaba esa sensación. ¿Entendés lo que te digo? Nosotros no podíamos estar abrazados y no nos podíamos descubrir. El único tiempo que compartíamos era ahí y ahí estábamos todo el tiempo excitados. No había chance de descubrirnos porque ya queríamos coger de nuevo.

– Pero entonces eso no se terminaría nunca.

– Sí, se termina un día: el día en que cogés mal.

– No entiendo a dónde querés llegar.

– A que coger, en sí mismo, es la nada. Está sobreestimado. Sobreestimado porque está sobreestimado nuestro egoísmo. Viste que cuando cogemos vamos y nos lo contamos entre nosotros y todo se relata como un trunfo y nos decimos bien papá, qué animal que sos, sos un crack. Y nos sentimos bien por eso. Cogemos por nuestro pito y por nuestro grupo de amigos. Y el pito, la verdad, está acostumbrado a eso, entonces apenas te abrazás con una mina ya está esperando volver a actuar porque él, en definitiva, también se sobreestima. Sobreestima su rol. Todo es egoísmo, pero el ego es como un gol en el último minuto y en offside. De fondo, no ganaste: ganaste ese partido, pero después vas a perder porque no se puede vivir del ego en una ciudad donde hay tantos egos. Como dice el Bichi Borghi, si yo le pido a dios y él le pide a dios y vos le pedís a dios, dios no va a saber qué hacer. El ego es lo mismo: mi ego, tu ego, su ego. Mi ego era coger y el ego de ella era coger y un día cogimos mal y el ego se nos destruyó y fuimos a buscar otro ego. Coger por coger es ego.

– ¿Y qué tiene que ver esto con ella?

– Tiene que ver.

– ¿Por qué?

– Porque yo esa noche, esa del telo, cuando ella me dijo así, sin insultarme, así nomás, que no quería que nos viéramos más, que ya no daba para más, yo me quedé en silencio y pensé que quizás ella tenía razón y que, total, yo iba a conseguir alguna otra mina para cogerme. Y ella no me dijo ni enfermo, ni loco, ni pelotudo, ni mal cogedor. Y yo no le dije loca ni la concha de tu hermana.

– ¿Y qué le dijiste?

– Que estaba bien, pero no le quería decir eso.

– ¿Y qué le querías decir?

– Que a diez cuadras había una pizzería abierta, que yo sabía que eran las siete de la mañana, que había amanecido, pero que hacía calor, que no me importaba trabajar al día siguiente y que lo único que quería era verla comiendo una muzzarella, sonriéndome, sonriéndonos. Porque eso es amor y yo quería un amor de muzzarella con ella.