El jardín de los invisibles

Un jardín de infantes del sur de la Ciudad con más de 680 chicos tiene problemas de luz, agua, calefacción y espacio. La insólita charla con funcionarios de la Ciudad y el día que apareció un caballo en el patio.

En la Ciudad de Buenos Aires hay un barrio precario que fue creado hace veinte años sobre los terrenos de un antiguo depósito de autos abandonados, con la contaminación que esto implica para la tierra y su gente: el barrio Ramón Carrillo en Soldati. Desde entonces la Escuela Infantil N° 4, donde los vecinos mandan a sus hijos, sufre por mantenerse en pie. Los chicos, que llegan a ser 680 entre los dos turnos, se cruzan en el horario de almuerzo y faltan aulas. A ese colapso se suma la calefacción que solo a veces arranca, la electricidad que se corta y deja sin agua al comedor y los baños.

La base no está

En diciembre de 1990, el barrio Ramón Carrillo nació con 700 viviendas carenciadas que habían sido expulsadas del ex Albergue Warnes para poner en su lugar un supermercado Carrefour. El flamante asentamiento fue construido en dos meses sobre los restos de un ex depósito de autos, cuya herencia es un suelo contaminado con sustancias tóxicas que desprendieron durante años las baterías y la chatarra automotriz. “Hay casos de chicos con plomo en sangre, y eso lo vemos en las infecciones de piel de algunos alumnos”, afirma María José, docente de la escuela.

Ir al jardín puede cobrar tintes de travesía. Desde la estación Mariano Acosta del Premetro siguen unas cuadras que suelen estar anegadas por un barro que impide mantenerse en pie sin resbalarse. Entonces llega la escuela, con su aspecto más bien carcelario: rejas sobre la puerta, otro enrejado de alambres de púa en la parte superior; demuestran los conflictos que hay entre la institución educativa y el barrio.

Cuarenta y cinco minutos alcanzaron para que brotara la cotidianeidad del colegio. Las autoridades enseguida alegaron: “Necesitan la autorización de la directora para poder hablar con las maestras y sacar fotos. Ella tiene que llamar a la supervisora y le tienen que dar el visto bueno”. Ningún miembro de una institución educativa puede hablar con la prensa sin previa aprobación oficial, dicta la ley. Pero la realidad iba a desbordar el silencio de los protagonistas.

Minutos después de un cambio de hora, en el que aparecieron sucesivamente varios grupitos de maestras con sus alumnos yendo de acá para allá en ese extraño espectáculo de “orden”, donde los nenes juegan en el reducido espacio que la fila le permite, apareció un representante de Infraestructura del Ministerio de Educación porteño junto con el arquitecto del edificio de la escuela, para reunirse con la vicedirectora y dos maestras. El motivo: ver cómo solucionar la falta de agua, luz y gas que tiene el colegio.

Parados alrededor del escritorio de dirección, las docentes hicieron las descripciones de siempre, como si fuese una exposición grupal en el aula. Le comentaron lo que pasa día tras día en las aulas, en los baños, en la cocina. Ante cada embate de ellas, el funcionario respondía con palabrería burocrática: “Y, falta agua porque el barrio creció mucho y consumen más”, “sí, eso habría que solucionarlo” o la famosa “pasa que se construyó mal desde el principio”. De pronto, la conversación fue interrumpida por una trabajadora de la cocina que se acercó y bajó a tierra los idas y vueltas: “No hay luz en la planta. Van a tardar en venir las viandas”. El funcionario se quedó sin palabras.

Un caballo en el patio

María José, o Monona, maestra, decide hablar porque “me defiende el gremio”, es delegada de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE) y siente que con eso le escapa a esas represalias que los demás prefieren esquivar: “Hace un año y medio que la cocina no funciona, y la comida llega en unos contenedores hecha desde la central, muchas veces fría o hecha un masacote”. Y agrega “Tenemos muchos problemas: no podemos usar el patio, porque hace más de un año que no terminan de poner el piso y si los chicos se llegan a caer de un juego se pueden romper la cabeza. En una plaza lo hacen en dos días, pero acá, como no lo ve nadie, no les interesa. Una vez llegamos y en el patio había un caballo”.

Después, de un salto pasa a describir a un colegio desprovisto de servicios elementales para su funcionamiento: “El tema de la calefacción está en prueba, porque si conectan la calefacción, salta la luz. Hoy estuvimos todo el día con camperas. Los chicos estuvieron sin venir una semana y media por decisión de los papás, hasta que fuimos con ellos a la Legislatura a reclamar en persona, y ahí vinieron a conectarla, pero es un sistema de caldera que funciona con agua, un gran problema en todo el barrio. En lo que va del año, seis días no hubo agua, y dos días enteros no tuvimos luz. Hoy, para que hubiera luz, lo que no hubo fue calefacción”.

En aquella reunión en la Legislatura se pidieron doce aulas acondicionadas, pero hicieron ocho y de esta manera hay cuatro salas del turno mañana que se superponen con las de la tarde. Las docentes no saben qué hacer hasta la hora de comer. Desde el año 1996 que están en el nuevo edificio y recién desde este año se usan las aulas nuevas, aunque no fueron inauguradas siquiera. De marzo a hoy, algunas ya tienen manchas de humedad y algunos baños tienen pérdidas o directamente no funcionan.

“Nos dijeron que no hay planos de la obra del colegio, que nadie los tiene, porque en los terrenos de la escuela figura un gran baldío. Supuestamente somos un espacio verde”, dice María José, harta de sentirse invisible.

El contexto

Los chicos ya perdieron 9 días porque el GCBA no pudo garantizar las condiciones necesarias, ya sea por falta de luz, agua o calefacción. El jueves 19 de junio, mientras Buenos Aires amanecía con temperaturas cercanas al bajo cero, la escuela del barrio Ramón Carrillo, nuevamente, no tenía calefacción. Los docentes, acostumbrados a esto pero no por ello resignados –todavía- cortaron las avenidas Mariano Acosta y Castañares para ver si obligaban una reacción. Mientras el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires suele mostrar su cara de víctima por pérdidas de días lectivos cuando se suceden las tomas por estudiantes o huelgas docentes, la escuela pierde clases por una ineficiencia en políticas públicas que se reproduce en toda la zona sur de la ciudad.

Mientras se está por completar el segundo mandato del PRO, el presupuesto para Educación en el 2014 va de la mano de los anteriores: de más de 12 mil millones de pesos destinados, el 16% se utiliza para subvencionar la educacación privada, mientras que solo el 1,8% a infraestructura de los colegios públicos. La Escuela Infantil N° 4 del D.E. 19 y su larga lista de problemas materializa la destrucción y el abandono programado. La esperanza tal vez resida en que el gobierno recuerde a este colegio enclavado en el barrio marginal de Ramón Carrillo con algún fin electoralista de cara al 2015. Entretanto, la Escuela Infantil cobra vida siempre que se puede, empujada por la fuerza de voluntad de un plantel docente que se niega a dejar en ruinas a una institución desdeñada.