Golear para contarla

Son muchos los que hoy lloran a García Márquez, otros prefieren citarlo y unos pocos pueden evocar el recuerdo de haberlo conocido. Jorge Valdano le debe esa oportunidad al gol que sacó a Colombia del Mundial ’86. “A García Márquez no le gustaba el fútbol, pero si no hubiera sido por el fútbol no lo hubiera conocido”.

Gabriel García Márquez escribió una dedicatoria que, de haberse vuelto pública, lo hubiera convertido en el enemigo de la mayoría de los colombianos. Odiaba al fútbol, por eso, aquella vez, resultaba extraño que aceptara comer con el goleador del Real Madrid. Eran las vísperas del Mundial del ‘86 y al escritor no sólo le importaba muy poco saber cómo gambeteaba Diego Maradona, sino que, una vez más, andaba fastidiado por esa fiebre futbolera de la que no se sentía parte. No le gustaba que sus vecinos, de repente, se dedicaran solamente a hablar de una pelota. Menos que menos le interesaba que eso durara un mes. Por eso, unos segundos después de que la taza de café dijera basta, aprovechó la oportunidad y dejó una huella secreta que a aquel delantero argentino todavía le hace brotar carcajadas. Sin mirar el texto, aún hoy memoriza las palabras que el Premio Nobel le estampó en la primera página del libro que le regaló en aquel encuentro: “Gracias por el gol que le marcaste a Colombia en las Eliminatorias”, decía, recordando con felicidad el cabezazo que Jorge Valdano había metido en la tarde del 16 de junio de 1985 -tras un centro de Daniel Passarella- y que había alejado a los colombianos de la chance de clasificarse para la Copa del Mundo de México.

“A García Márquez no le gustaba el fútbol, pero si no hubiera sido por el fútbol no lo hubiera conocido”, explica Valdano a través de su Ipad, mientras toma un café en un bar de Madrid, donde vive y donde, diariamente, lee. En algún lugar de su casa, tiene ese libro. En otro lugar de su hogar, aunque sea más difícil de encontrar, guarda una foto de aquel encuentro, que en su vida no guarda más valor ahora que murió el escritor porque siempre, a todos lados, llevó clavadas en su memoria frases y frases de esos libros.

Desde el momento en que se volvió jugador de fútbol, Valdano vivió la vida de las puertas abiertas. Alguna vez, el Turco García -delantero de Racing en los noventa- ejemplificó esta forma de existir: “Si no fuera por el fútbol, muchos jugadores hubieran muerto vírgenes”. En la vida, cada uno elige lo que quiere y este campeón del mundo aprovechó su fama para conocer a todo tipo de intelectuales que arrancan en Mario Benedetti, pasan por Mario Vargas Llosa y terminan en Joaquín Sabina.

Por el fútbol, se hizo amigo del español Manuel Vázquez Montalbán, charló con el mexicano Juan Villoro y cruzó cartas con Osvaldo Soriano. Pero, de todos, su debilidad siempre fue Roberto Fontanarrosa. Nunca le perdió el rastro. Incluso en estos tiempos, cuando pasa por Buenos Aires y, mirando la ciudad desde el octavo piso de un hotel, saca una tarjeta personal y, al dorso, se apunta que hace unos días salió una nota de Jorge Fernández Díaz sobre el escritor rosarino que no quiere perderse. Mientras lo entusiasma ese recordatorio, su elegante rostro se invade, primero, de memorias y, después, de risas: “Una vez, El Negro fue a jugar un partido a Las Parejas con sus amigos de Rosario y marcó dos goles fabulosos. Luego se lo contó en una carta maravillosa al periodista Daniel Samper. La carta empezaba diciendo la verdad (que en la cancha había cuatro gatos mirando) y, cuando terminaba el relato de su segundo gol, ya decía que los 70.000 hinchas que presenciaban el partido gritaban enloquecidos”.

La relación de Valdano con la lectura se inició a través de la pasión de su vida: la pelota. De chico, era un adicto a todo tipo de publicación deportiva. Ahí conoció las palabras. “El fútbol es mi mundo y tiene una conexión apasionante con todos los estratos sociales, con el lugar en que se juega, con el tiempo en el que vivimos”, analiza, dando a conocer el sitio donde tiran paredes la literatura y el fútbol. Aún así, la primera obra que evoca haber leído poco tiene de deporte. Fue “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde, en una colección de Salvat.

Sin embargo, no siempre la literatura pudo recorrer libremente su cuerpo. Durante las madrugadas previas a jugar en el Mundial del 86, la ansiedad se le transformaba en insomnio. A su compañero de cuarto, Diego Maradona, no le pasaba lo mismo y descansaba tranquilo. Pero en esas noches, Valdano no podía leer: lo tenía prohibido. “Bilardo no quería distracciones porque pretendía que todos vivieran el fútbol con su mismo grado de obsesión. Ni siquiera dejaba entrar a las concentraciones periódicos que no fueran deportivos. Fútbol, fútbol, fútbol. En ese mundo leer un libro era un acto de terrorismo”, relata, todavía en desacuerdo con esa pauta.

En 1997, un periodista argentino le preguntó a Vázquez Montalbán si Valdano era uno de los personajes del deporte que mejor escribía. “Olvídese de la palabra deporte: es uno de los que mejor escribe”, respondió, sin titubeos, una de las mejores plumas del periodismo de España. Pensar tanto el fútbol lo volvió un escritor. De hecho, el año pasado, pasó por Buenos Aires para presentar su último libro: “Los 11 poderes del líder”, que edita Sudamericana. Aunque ese no es su único título: también escribió Apuntes del balón y El miedo escénico, entre otros.

A Valdano, el horizonte le dio la chance de conocer a García Márquez, pero él fue mucho más lejos. Y no sólo porque públicamente se embanderó detrás de Soriano y de Fontanarrosa para defenderlos de ciertas comprensiones de la literatura que no los dejaba entrar: ni a ellos ni al fútbol. Fue más. Porque las palabras y la pelota –así, bien juntas- se le volvieron un terreno tan propio que, en sus últimas horas por Buenos Aires, la última vez que vino, en una noche de diluvios espantosos, mientras el mundo mediático desesperaba por una nota con él, decidió ir a la presentación de “A mi juego”, un libro de poesías que el periodista Carlos Ferreira publicó hace treinta años, que ahora reeditó, y cuyo primer ejemplar Valdano tiene todavía en su biblioteca.

Gracias Lucas Welsh por la colaboración en la ilustración.