“La música y las artes son como las aves”

La uruguaya Ana Prada se presenta este viernes 6 de diciembre, en La Trastienda. No es sólo una intérprete: es una compositora y una que lo hace con una paleta de ideas comprometidas: la lucha contra el olvido de la dictadura y la igualdad de género. La cantautora habla desde la relación con su sobrino tartamudo hasta los Pucheetos, sus compañeros de banda.

La cantautora uruguaya Ana Prada no para de viajar y ya se acostumbró a tener su vida siempre lista en una valija para partir adonde sea. La chica del interior de Paysandú, la que se levantaba a las 5 am en medio de un temporal para subirse con su tabla a una ola, la que sintetiza la felicidad en una montura de caballo, la corista del “Negro” Rada, la prima de los Drexler, la psicóloga, la profesora de canto, la defensora de los derechos de la diversidad sexual y de género, la cantora, la compositora… Todas esas Anas y otras tantas ya asumieron que sólo pueden concebir su vida en un subir y bajar de los micrófonos. “Cuando me quedo quieta me empiezo a poner ansiosa, necesito viajar, subirme a un escenario, que te da mucha adrenalina, es en un punto adictivo, como un deporte extremo”. Dice que la música es como las aves, que cruza ríos sin reparar en las fronteras. Ella misma está montada en ese vuelo, con su vida en las dos costas del Río de la Plata y con sus canciones extendiéndose por los surcos de América Latina. Pero en ese vaivén no se termina de despegar del suelo.

–  Yo pienso, con respecto a este mundo globalizado, estrictamente hablando de la música y del arte, que está bueno nutrirse y empaparse de un lenguaje mundial, pero sin perder las raíces, no perder la idiosincrasia de dónde somos, más allá de las fronteras y de los países, que también son cuestionables. Yo no creo en esos nacionalismos exacerbados, sobre todo acá que son países tan nuevos, que se delimitaron a partir de intereses económicos que no representan a los pueblos. La música y las artes tienen identidades regionales; hemos devenido en países, pero creo que la música y las artes son como las aves, que cruzan un río y no saben en qué país están, es ridículo esto de las fronteras. Sí creo en la identidad de las regiones, porque los propios paisajes nos marcan, Atahualpa Yupanqui desarrolló mucho esos conceptos, de cómo el territorio determina el arte, determina la lucha… La naturaleza te dicta cosas, te canta, te muestra, el paisaje sonoro también, con lo que uno se crio escuchando. Hay que globalizarse sin perder la identidad. Porque creo que eso nos da el diferencial de la gran masa del mundo, creo que si todos cantamos en inglés, no tiene gracia, hay que mantener los colores, los instrumentos, algo que te sitúe, una identidad propia que es un plus.

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Todavía con el sol en la piel de días atrás, hoy nos armamos de paraguas y salimos a enfrentar la cortina de agua que se deja adivinar, insistente, a través de la ventana. Es cuando una dice “ya no entiendo más nada”, y se aprieta la solapa del saco para inventar el pañuelo olvidado en un cajón. Si afuera todo parece aleatorio, ¿qué habrá sobre las huellas que estos pies dejan al caminar que se parezcan a la que fui ayer? Ya Borges develaba el gran enigma del tiempo: ese abismo que se instala entre el cambio y la permanencia, la sospecha de que perdura algo en nosotros, inmóvil, subyacente a los azares que nos vapulean. O quizás sea que no hay un primer yo original, un modelo de mí misma, sino que nos hacemos en el movimiento hacia el otro.

“Soy otra” se llama el último disco de Ana Prada; el que viene cerrar la trilogía encargada de instalar su voz y su nombre en la música uruguaya y latinoamericana y en la pujante tradición de cantautoras mujeres. Después del debut como solista de “Soy sola” (2006), del provocador y fresco manifiesto “Soy pecadora” (2009), Ana se sabe otra. Ella también leyó a Borges.

– Pienso también otro sentido de la otredad, más allá de que cambié y que quizás después de los 40 una hace un balance y puedo decir que me siento feliz de esto que elegí… Al mismo tiempo, al ser un poco más conocida, que la gente me vaya a ver, se emocione, pienso qué estará poniendo en mí esa persona, porque en realidad yo no soy eso que piensa que soy. El artista genera eso, a mí me pasa con un montón de gente que admiro, fantaseo con qué habrá hecho, qué habrá comido, con quién estará, te imaginás toda una vida que capaz no tiene nada que ver, pero que es lindo que exista, no está bueno romper el globo de la ilusión. Está buenísimo que una sea un recipiente de depositaciones de lo que los otros necesitan poner allí. El amor también tiene que ver con eso, en ese estado de enamoramiento una está poniendo un montón de cosas en el otro que por ahí no es. Después de que bajaste de la burbuja proyectás cosas en común, pasás a otro tipo de amor, o explota la burbuja y al diablo. El artista como por lo general se mantiene a una cierta distancia, la ilusión dura un poco más que el amor.

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Ana Prada habla rápido, se entusiasma con su relato y nos envuelve en las imágenes dibujadas por su voz. Cuando se para en el escenario, con la guitarra de escudo, toma el micrófono y nos desarma. En ese aliento previo a la canción, intuimos toda la potencia de esa voz, adivinamos el anuncio de los sonidos y la emoción que despliegan. Entre una nota y la que sigue, se abre una zona iluminada plagada de intensidades. Se nos eriza la piel, notamos el brillo en los ojos y recorremos las huellas de las lágrimas que todavía no soltamos. En un parpadeo, nos colgamos de un acorde y tomamos impulso para dar el salto a ese viaje en el que solo la música nos puede transportar. En la última sílaba de un verso, entrevemos cómo se abre el mundo entre nosotros, en una canción.

También se ríe mucho y tiene sonrisa grande, de esas que vuelven finitos a los ojos. En el medio de la charla, a orillas de una taza de café que no logra tocar sus labios entre tantas palabras, nos cuenta de su sobrino Santi, de 16 años, también músico y compositor de una banda de rock. Ya ha tocado con ella como invitado y fantasea con llevárselo de gira. Como su hermana mayor y su papá, Santi es tartamudo, aunque dice que después de la adolescencia amaina. Cuenta que cuando canta, nada, no se traba ni en una letra: “Yo digo que trabajás con otra parte del cerebro”. El padre es otro ejemplo: conquistó a su madre con la guitarra y cantando. Pero igual, le sobran las anécdotas. “Una vez, Santi me hizo ir a verlo a una obra de teatro de la escuela, hacía un calor tremendo a fin de año. Voy y era una obra patria y a Santi no lo veo. Termina la obra y me lo encuentro en el patio de la escuela y me dice:

-Y t-tía, ¿m-me viste?

-No, ¿dónde estabas?

-Y-yo era el-l árbol, ¿q-qué q-querés q-que sea, Artigas?, ¡si soy t-tar-t-tamudo!”.

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Hace solo unos pocos meses que fue la presentación de “Soy otra” en Niceto y la primera edición ya se agotó; la segunda va tras los mismos pasos. Desde agosto, viene recorriendo escenarios de Uruguay y de Argentina. El próximo 6 de diciembre se presenta en La Trastienda a modo de festejo de fin de año, aunque los recitales siguen. Ella con “Los Pucheetos”, como se autodenominaron sus músicos: “Porque dos de ellos fuman tabaquito armado, y cuando teníamos dos segundos en los ensayos ya empezaban “puchito, puchito”, y se escapaban a fumar. Estos porteños con los puchitos… Eso también habla de una identidad de banda, de grupo, ‘Ana Prada y los Pucheetos’. Más allá de que en este proyecto hay un nombre propio adelante, se nota en el escenario que el trabajo es colectivo. Y a parte nos queremos y nos divertimos, siempre que viajamos juntos parece un viaje de egresados”. Reconoce en la capacidad de comunicarse en el escenario a través de la música y las sensaciones un valor fundamental, dado que la música es un ámbito en el que se juegan los egos y las emociones de las personas. “No siento que estoy sola en el escenario, si bien el primer disco se llama soy sola, mentira. Es un trabajo de equipo, desde la producción, los músicos, la prensa, yo me subo acompañada”.

Y de esa exposición de estar al frente de un trabajo, lo que más le gusta, lo que le da sentido a todo el resto, es la devolución de la gente: “Estar en contacto con la gente, ver cómo impactan las canciones, que sirvan para algo incluso. Guauu, esto es el éxito, lo enorme poquito que una puede producir en alguien, en una persona”. En este año, tuvo unos cuantos de esos momentos en que todo toma otra dimensión:

– Me contaba una muchacha de Viedma por Facebook, que había tenido un bebé prematuro y estuvo muchos meses en la incubadora, entonces le ponía mi música en unos auriculares esterilizados. Por ejemplo, “Tentempié”, que era una canción que lo tranquilizaba cuando estaba embarazada. Cuando lo leí se me caían las lágrimas. Eso es lo que vale. Otra me dijo “encaré a mis viejos sobre el tema de mi identificación sexual con tu tema ‘Soy pecadora’ o ‘Tu vestido’”. Ahí te das cuenta que sirve para algo. O “conocí a mi novia en Punta del Diablo y nuestra banda sonora fue tu disco”, qué increíble, ¡cuánto amor!

-¿Disfrutás también de los procesos anteriores al vivo?

– Tenés la etapa de composición, que aunque estés laburando, estás como sensibilizada y muy como abierta a todo, de pronto escuchás alguien que dice “oh, el jacarandá llueve…” y decís “uh, qué frase”, todo te parece que puede ser poético o material. Después viene la pre-producción, para ver adónde van esas canciones, qué sonidos, qué universos, qué instrumentos, qué instrumentistas… re mágico también, yo siempre trabajé con productor artístico así que ese siempre fue un proceso compartido. Y después la magia de meterse en el estudio, siempre surgen cosas distintas, siempre crece. Después que termina ese ciclo, viene el período de presentar el disco, el momento de disfrutarlo, de ver qué le pasa a la gente. El disco empieza como a decantar y van surgiendo esas dos o tres que más pegan, como pilares. También la promoción, las notas, te hace dar cuenta de un montón de cosas, desentrañando tu trabajo por dentro, reflexionando, yo no me haría la mitad de las preguntas que me hacen ustedes por ejemplo, voy lo hago y punto.

– También has compartido tu música con otras artistas. Este año grabaste un disco con Teresa Parodi…

– Sí, lo compusimos juntas. Cuando me acuerdo que empecé en enero ya metida en un estudio no puedo creer que todavía no terminó este año, con todo lo que  pasó en el medio… Con Teresa fue maravilloso el encuentro. He tenido la suerte de que grandes mujeronas de la música y con grandes trayectorias han sido muy generosas conmigo y han compartido su escenario, como también Liliana Herrero, Yusa, Queyi… Creo que la música es un interesante ámbito laboral donde la mujer se puede expresar y ser respetada, aunque haya sido tradicionalmente dominado por los hombres. En Uruguay hay muchas cantautoras: Laura Canouras, quien abrió esa brecha entre ser intérprete y compositora, Mariana Ingold, Estela Magnone, que son como de la primera guardia, que salieron del rol estereotipado de ser coristas eternas y tomaron la posta de estar al frente de un proyecto como solistas. Hay mucha movida femenina, de mi generación. Malena Muyala, Samanta Navarro y yo tenemos la misma edad, somos las tres chanchos en el horóscopo chino y nos matamos de risa con eso. Ahora voy a cantar en un festival en el verano para aldeas infantiles en Uruguay y están Fernando Cabrera y Jaime Ross, y después somos cuatro cantoras, o sea que hay posibilidades de inclusión de mujeres en las programaciones. Creo que en general la mujer está conquistando espacios, en un mundo que por suerte está cambiando, estamos creciendo como sociedades, en el avance de estas luchas. Pero hay resistencias a esos procesos. Ahora estamos en el mes de la violencia contra las mujeres y este año ya son muchas las muertas en Uruguay por violencia doméstica, es algo que sigue aconteciendo. Y las mujeres seguimos vedadas de lugares de poder, si competimos con un hombre por un puesto de trabajo, estamos en desventaja, tenemos que hacer más mérito. Pero hay un orden que va transformando. Sobre todo en los roles, por ejemplo mis músicos, tienen horarios extraños de trabajo, entonces pasan muchas horas en la casa y se hacen cargo de sus hijos. Los gurises también tienen otra relación con los padres, yo escucho que gritan “tengo sueño, papá”, antes era imposible, era “tengo sueño, mamá”. Creo que desde el arte y la música se va concientizando, y desde distintas manifestaciones, como los grafitis.

– ¿Te sentís interpelada por esas luchas a la hora de componer?

– Me inscribo en una tradición de canto popular muy ligada a la lucha. Sobre todo con el resurgir que se dio con la vuelta a la democracia. Después las luchas fueron cambiando, en mi momento de componer quizás me tocó reivindicar cosas que tienen más que ver con el género, con el rol de la mujer, las minorías sexuales, cuestiones que tienen que ver con mi realidad y que se traducen en mis canciones o por lo menos son cosas que yo dejo salir y no me pongo trabas en eso.

– ¿Qué recuerdos tenés de haber crecido durante la dictadura?

– Me acuerdo que muchos artistas uruguayos estaban prohibidos, entonces mi papá sacó los discos de la casa, sobre todo porque si no después con mis hermanas íbamos y los cantábamos en la escuela, y ya la directora lo había llamado para decirle “calle a la nena, que está cantando canciones subversivas, los van a meter presos”. Estábamos amenazados por todos lados, así que hasta los 13-14 años hubo discos que no pudimos escuchar, más allá de la transmisión oral. Yo escuchaba a mi papá y  sus amigos cantar esos temas, llorando, y yo pensaba ¿por qué lloran? Con el tiempo fui entendiendo, porque tampoco nos querían contar mucho. Una vez, a mi hermana le preguntaron en la escuela “¿qué es tu padre?” y ella dijo “albañil, tartamudo y tupamaro”. Mi padre no era tupamaro, mi familia era de izquierda por supuesto pero no estaba afiliado, tenía amigos… Pero a los 3-4 años no teníamos idea de nada, era porque escuchábamos esas palabras en casa y las repetíamos. Fue heavy esa época. Y después con la democracia nos reencontramos con esas músicas, Zitarrosa, los Olima…

-¿Te dan ganas de volver al campo?

– Estoy en eso, estamos buscando para comprar algo cerquita de Montevideo, pero campo, algo chiquitito, para irse un poquito para afuera. Para ciudad, ¡Buenos Aires!… ya que vamos a estar en Montevideo, nos vamos un poco para afuera, porque a una hora del centro estás en el medio del campo o en el medio de la costa. Así que sí: campo, huerto, árboles frutales.

Fotos: NosDigital.

ana prada