Feliz

Gustavo Nielsen es arquitecto, escritor y jugador de metegol. Con cuatro compañeros, creó Galpón Estudio, un lugar destino a la creatividad. Quiso ser Horacio Quiroga con las palabras y terminó con un proyecto arquitectónico en Misiones compartiendo una pintura alucinógena con coatíes. He aquí el retrato de un hombre alegre. 

Es una tarde de jueves, como cualquier otra de este verano prematuro, pero casi, porque nos atrapa un viento fresco que parece dibujar signos de admiración sobre nuestros hombros descubiertos. Quizás es por eso que sorprende verlo a él con una gota de sudor corriendo al costado de la frente; hasta se diría que tuvo que tomar aliento para el primer saludo y las presentaciones pertinentes. Pronto confesará que nuestro timbre puso fin a un acalorado torneo de metegol y que es eso lo que explica los colores de su cara. A paso largo avanzamos siguiendo su espalda por el angosto pasillo y Gustavo Nielsen nos invita a pasar al espacio de trabajo que comparte con sus socios arquitectos y diseñadores: el Galpón Estudio. Efectivamente, en el centro de los escritorios y debajo de un techo altísimo, está la mesa de metegol, sobre la que todavía se adivinan las huellas de la última jugada; justo en frente, un tentador videojuego completa el escenario y vuelve incomprensible que acá haya gente trabajando. Pero la hay. Y Gustavo es uno de ellos. Quizás lo extraño es lo mucho que lo disfruta, y la verdad es que en su cara eso se nota.

Un rostro puede pensarse como el rebote de la luz y la densidad de la sombra, en el que la emoción se desliza, se revela y se niega a la vez. El rostro de Gustavo Nielsen es también un mapa de múltiples historias, como si en cada surco de la cara se plegara uno de esos libros de “Elige tu propia aventura”. Está el escritor multipremiado, que vive bajo su piel desde la niñez, mientras crecía la fascinación de un lector cautivado. Está el dibujante que devino arquitecto y hoy concreta sueños como el Galpón Estudio, paraíso personal que se esconde en un fondo de manzana en el barrio Chacarita. Está el tipo de mirada seria, que reflexiona sobre las posibilidades comunicativas de la letra y del diseño. Pero a la vuelta de la mejilla se asoma el jugador empedernido de ping-pong y metegol. Casi como hilo conductor de las distintas facetas está el fundamentalista de la risa, de esa risa bien estridente y contagiosa que se sube a la cabeza y se convierte en el eco de una risa colectiva incontenible. Sobre todo, Gustavo Nielsen es un tipo feliz, que se la creyó cuando hizo falta y las cosas las fue haciendo como quiso; lo mejor es que le salieron bien y las sigue disfrutando como cuando solo las proyectaba en sueños.

– Entre la literatura y la arquitectura es un desequilibrio total, no hay ningún equilibrio, en algún momento hacía una cosa por un tiempo y después la otra. Ahora el Galpón empieza a ocupar mucho sitio y es mucha responsabilidad, y con el trabajo del Monumento a la Memoria de las Víctimas del Holocausto Judío, los próximos seis meses voy a estar clausurado. Lo que pensé, pero esto es un secreto así que no se lo digan a nadie, que tal vez puedo hacer el monumento y limpiarme de todos los suplementos, de todas las notas, y ponerme a escribir una novela que la tengo ahí, de 7 a 9 me pongo a hacer eso… Que lo voy a hacer, pero digamos que no lo voy a hacer, para la Nación voy a hacer solamente el monumento. Y después engancho el Iguazú en Concierto 2014, así que sin trabajo voy a estar recién en septiembre del año que viene, como para sentarme a escribir, no menos que eso. Cada vez se proyectan más cosas para adelante… ¡Y lo mejor que tiene es que son todas cosas buenísimas! No hay ni una cosa que diga “uy, qué plomazo”, ya no quiero eso, quiero hacer solamente las cosas buenísimas. Hace como cinco años que decidí que no quería más clientes y dije “quiero trabajar con objetos más grandes, quiero trabajar con luz, quiero hacer espacio público”… y estoy haciéndolo, o sea esas cosas que te proponés y te van pasando, está bueno. Entonces no me puedo quejar, pero sí tengo un problema con los tiempos, cada vez más.

nielsen

– ¿Qué es Galpón Estudio?
 Es una sociedad que surgió hace seis años con Leo Ferretti, Ramiro Gallardo y Max Zolkwer, y a la que después se sumó Enrico Rovaletti. El lugar de trabajo es algo que había soñado siempre, porque todas las sociedades en las que estuve terminaban en mi casa, al ser soltero y sin hijos… y odio tener el estudio en mi casa. La idea era conseguir un lugar todo lo contrario a lo que uno piensa: el más grande que hubiera, arreglarlo y subalquilar una de las plantas. Con el subalquiler no ganar dinero, sino pagar todos los gastos que genere el lugar. La idea que aportó Enrico es que haya muchos saberes, gente que hace cine, diseño industrial, gráfico, artistas plásticos, arquitectos; cada uno comparte con los demás su saber gratis, nos asociamos a riesgo para ver qué sucede. Se hace mucho trabajo a riesgo en arquitectura, pero es todo trabajo feliz, porque son siempre cosas lindas, solucionar problemas a la gente y a la ciudad. Está bueno porque se empezó a clonar esta experiencia, algunos tipos que estaban acá salieron y se armaron su propia cosa igual… sobre todo galpones como éste que en Buenos Aires hay un montón. Son fondos de manzana que no te sirven como galpón porque no podés entrar autos ni nada, son demasiado grandes para ser vivienda… suelen ser unos clavos. Esto mismo con una entrada para autos es carísimo, en cambio con una entrada peatonal, con zaguán, un pasillo gigante, el ph se convierte en algo accesible si tenés una buena idea. ¡Y ahora me estoy por clonar a mí mismo! Mientras dure el trabajo para el memorial, me voy a ir otro galpón.

– ¿Cómo es ese proyecto?
– Ganamos un concurso hace cuatro años. El Gobierno de la Ciudad decidió pagar la plaza, que hoy es la Plaza de la Shoá, le tocaba poner a Nación la misma cantidad de dinero para el monumento y se completaba el total con una donación de la DAIA. Pero en estos años no se registraron donaciones, entonces ahora Nación decidió pagar todo, y esto es una primicia porque lo acaba de anunciar y se va a dar a conocer en un mes. Para hacerlo, a mí la idea del galpón me gusta mucho, así que vamos a subalquilar un galpón al cheLA (Centro Hipermediático Experimental Latinoamericano), que es un centro de artes audiovisuales en barracas, es muy interesante lo que hacen, de punta en innovaciones técnicas… Como el monumento necesita de un hormigón bastante nuevo, con mucha viscosidad porque necesita copiar unas superficies como huellas, entonces pensamos hacer equipo de desarrolladores ahí.

-Contanos un poco esta idea de las huellas…
– Tiene que ver con que… por ejemplo, el Museo del Holocausto en la calle Montevideo, entrás y está buenísimo cómo adaptaron el edificio viejo de la Ítalo, la compañía de electricidad, y los objetitos son importantes pero están exhibidos en vitrinas tradicionales, ni siquiera diseñadas por el arquitecto. El arquitecto terminó de diseñar el lugar y de darle la onda de un espacio de pensamiento, recogimiento, meditación, reflexión, y de golpe vienen los objetos… Le pasó a Libenskind en la ampliación del Museo del Holocausto de Berlín, no es que le pasó a don pepe o a Nielsen que es como un don pepe, digamos. Las cosas siempre quedaban fuera de escala, porque los espacios de Libenskind son muy raros, muy altos, muy tortuosos… A la parte vieja le caen bien las vitrinas, a un academicismo alemán muy austero, pero cuando entrás al otro espacio es una locura, es como si fuese el Titanic en medio de la tormenta, hasta el piso está como inclinado, las paredes son todas raras, las vigas cruzan los accesos… a todo eso una vitrina tipo pecera no le cabe ni ahí. Entonces, nuestra idea era hacer un museo antropológico, hacer un corte y mostrar todos esos objetos como huecos, como si fuera la memoria del objeto, como si hubiera que adivinar qué va a ahí o llevar el objeto para comprobar si cabe. Esa es la idea. Por suerte ahora la vamos a hacer.

– ¿Cómo es la dinámica de los concursos?
– Casi todo lo que pasa en este estudio es por ganar concursos, porque somos todos clase media, no disponemos de capital… el metegol no rinde tanto, nosotros jugamos al metegol y al pingpong viste, más rasca no podemos ser. Ahora estamos haciendo unas cuantas cosas con el Estado, que nos está yendo muy bien, pero son todas por concurso… ya sea lo de Tecnópolis, lo de Misiones. De todas maneras, nos gusta concursar y nos parece que está bien, hay como una especie de compromiso grande… Suponete, Misiones, van a venir 700 niños de todo el mundo, 150 periodistas, va a haber 5 mil personas que lo van a mirar… entonces todo eso es muy grande, el suceso, lo que pasa, tampoco se lo podés dar a cualquiera.

-¿Cómo fue esa experiencia?
– Fue rarísimo, nos habían advertido que era un plomazo la selva, o sea es en frente al Sheraton, pero esos 400 metros son la vida, una cosa es estar en el Sheraton tomando un café y otra es estar en el medio de la selva, en la peor época de lluvias. El primer día llegamos, seis de la mañana pusimos unos focos, habíamos llevado el almuerzo para trabajar todo el día. De repente aparecen unos monitos y les empezamos a sacar fotos “uy, los monitos”, y de pronto uno se empieza a acercar, un pasito más, un pasito más y tuc agarra las dos bolsas con los sanguches y se va corriendo. Parecía un dibujo animado. Vuelvo al Sheraton, pido 30 de jamón y queso, cada uno 50 pesos… una pesadilla. Después, hicimos una especie de tótems donde iban las publicidades, las telas estaban preparadas para exteriores y eran con doble pintura preparada para el cambio de luces, unas pinturas que absorbían la luz. Resulta que la pintura era dulce y los coatíes se volvieron locos. Era como que se drogaban, porque pasaban corriendo y comían un poquito. Entonces parecía que estábamos cagando la fauna de Misiones… En un momento me dio curiosidad y arranqué un pedacito, un día que llovía a cantaros y nosotros trabajando ahí, viste cuando decís “¿qué hago acá?, ¡qué boludo que soy!”, me lo pongo en la boca y claro te daba, guauu, qué es esto, como si fuera un LSD terrible. Era súper tóxica, pero dulce, entonces los coatíes se la morfaban y se iban de pepa, re contentos. Después te daba dolor de cabeza, feroz. A la tarde pasaba uno y decía “uh, tengo un dolor de cabeza”, y ya sabías que era otro boludo que había probado. Todos mis socios, los albañiles, todos drogados. Es que te llamaba la atención…

-¿Y con los concursos literarios qué pasa?
– Los de la literatura te sirven aún si no ganás, porque vos pulís tu novela o tu libro de cuentos, te sirve para corregir. En cambio los de arquitectura no, porque están pensados para un lugar y propósito específico. También unen a los grupos, los concursos y las comidas nos unen mucho en el galpón… y los juegos también. Esas cosas que te sacan de la rutina. Como las notas que escribo en Radar o en Brando, me gusta explicar un tema complejo a alguien que no sabe de ese tema, es como un desafío… y que además le guste, para mí las notas te tienen que gustar, como una aventura, de un tema que quizás no te interesa, pero te leíste la nota hasta el final. Como los libros de autoayuda, viste esos que están buenísimos, “La dieta médica Scarsdale”, los libros que están bien escritos los leés sin que te interese lo que está pasando, por más que no te haga adelgazar, te convertís en un soldado de Scardale, durante un tiempo estás hablando de esas cosas y decís “¿qué me pasó?”. Y lo logró con buena prosa, es fantástico. Tiene algo de manipulación muy fuerte la escritura, agarrás a alguien y lo convencés. Hay otras manipulaciones en el arte que son tremendas, tenés que pagar una entrada, te apagan la luz, algo pasa que te tienen que retener y un libro si te retiene es mérito del libro.

-¿Cómo empezó tu relación la literatura?
– Quería ser Horacio Quiroga y después Ray Bradbury. Yo creo que si leés las cosas adecuadas en los momentos adecuados te convertís en un súper lector. Pero no sé cómo transmitir eso, no sé cuál es la estrategia, en mí realmente fue el azar, pero es difícil generar eso. Y las campañas en general son raras, no tienen nada que ver con la realidad, del tipo “leer es fácil, leer es divertido”, leer no es fácil. Guillermo Martínez lo dijo en un artículo sobre el arte del florín, que es como subir una montaña leer, cuando terminaste la novela te sentís súper bien, estás ahí arriba, cargado de adrenalina y de arriba ves la vida de otra manera. Pero eso no es una cosa fácil, fácil es mirar televisión. Sin embargo, lo que te da es mucho más, no es diversión, te agrega ideas, te hace pensar, es fantástico. Lo único que le puedo decir a un pibe es eso, “hacelo porque te va a gustar”, y si me dice que le aburre, ya no tengo más argumentos, si te aburre, tiralo.

– Y para la escritura, ¿cómo es tu proceso de elaboración?
– Cuando escribo tengo que estar solo, para hacer una nota podés estar en una tensión y mechar… pero una novela no, una novela si no te metés de cabeza, fuiste. Te absorbe por completo, no te promete nada, porque podés terminarla y que sea horrible y la tenés que tirar, te lleva un montón de tiempo y te lleva toda la cabeza, no hay modo de hacer una novela y hacer otra cosa. Los premios y los concursos te ayudan a romper eso tan solitario… Porque en literatura, vos no leés un libro bueno y lo llamás por teléfono al autor. Ahora tiene un poco más de onda por el Facebook, que te escriben por ahí… Esas devoluciones son como un premio también, si no llega un momento en que no sabés para qué lo hacés, en un punto se vuelve masturbatorio, lo hacés porque te gusta a vos, pero la literatura es un acto de comunicación, no es masturbación, esto también, el diseño, la arquitectura, es pura comunicación.

– ¿Cuándo empieza una novela?
– Yo tengo que tener todo listo para escribir una novela, tomo muchísimas notas de la realidad, tengo que tener todo resuelto, el final, cómo va a ser cada capítulo… A veces cambia, la misma novela te da sorpresas. En “El amor enfermo”, tenía la idea de un tipo que cae por una relación amorosa hasta el pozo máximo y después sube por otra relación amorosa. Pero Saravia, que es el personaje, superó todo, dio besos antes de tiempo, lloró en momentos inadecuados, me volvió loco, hizo lo que quiso. En cierta forma que te pase algo por lo que estás escribiendo, que te modifique es un valor, quiere decir que estás en lo correcto, que estás diciendo algo que tenías que decir. Creo que ahí está lo bueno y por eso es una necesidad, y lo hago desde los 13 años, no es una elección, está en mí.

-¿Dónde creés que está la magia?
-Creo que en la sencillez del acto… vos fíjate que en arquitectura, necesitás guita, materiales, tiempo, un terreno, permisos municipales… en literatura, nada, vos tenés ese cuadernito, te sentaste y escribiste capaz la mejor novela de la historia de la literatura, con esto que está acá arriba de la mesa. Es genial. Ese mínimo medio, no existe, y con eso podés cambiar un montón de cosas, podés emocionar un planeta. A mí me pasa que cuando es algo poderoso lo tengo que escribir a mano, es físico, tenés puesto todo ahí, la computadora también tiene algo físico, pero son golpecitos, en cambio lo otro estás ahí dibujando las letras, tiene algo de continuo. Si vieras la pila de cuadernos Rivadavia que tengo en casa, que ni yo entiendo. Después viene la segunda etapa que es pasarlo a máquina, aunque pasarlo es reescribir, pero ya tenés todo eso, y además te da esa cosa de guaaa, me lo saqué de encima, ese primer gran párrafo de 500 hojas, con eso ya volcaste todo, estás seguro, está ahí.

FINAL