The Rati Horror Show III

A Brian Hernánez, 13 años, lo mató un policía que tiró de un auto a otro sospechando de más y mal; cuando vio el desastre, le plantó un arma y bolsas de jala de Poxiran a los amigos que iban con él. La justicia interpretó lo que él no había podido explicar, y lo dejó libre. Otra historia de vida frustrada por lo fácil del gatillo, en una provincia donde la infancia es difícil.

El sueño (Voz de Brian)

Una noche, Mamá me soñó jugando al ping pong. Yo estaba feliz. Nunca me había visto jugando al ping pong. No tenía mesa y mis amigos tampoco. En San Lorenzo, uno de los barrios del Oeste de Neuquén, no hay ni plazas para que nos divirtamos. Pero me pudo ver divertido, como era, para que la última vez que me viera no fuera muriendo, en sus brazos, en el hospital. Ahora todos los días me encuentra cuando la abrazan mis amigos cada vez que se cruzan cerca de casa.

Otros chicos, además, le dicen que no denuncian cada atropello de la policía, no por códigos – como la policía le dijo a ella- sino por amenazas.

 El hecho (Voz de Elizabeth)

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La noche del 19 de diciembre se convocaron con sus amigos, todos de 13, 14 años para sacarle el auto al padre de uno de ellos. Brian se escapó mientras nosotros dormíamos.

En eso un vecino empezó a gritar que los chicos habían chocado. Cuando me di cuenta, la puerta estaba abierta: Brian había salido. El vecino nos dijo que estaba detenido en la comisaría de menores, que eso le había dicho la policía. Pero la policía me dice que mi hijo no estaba ahí. Recién a las 8 de la mañana una mujer policía me dijo que había un chico en el hospital Heller (que es de lesiones leves). Yo supuse que Brian se había hecho el desmayado cuando chocaron. Pero fui al Heller y no estaba. De ahí me mandaron al hospital Castro Rendon, donde dijeron que había ingresado un chico de la edad de Brian como NN, alrededor de las 3 y media de la mañana. Me acerqué y lo reconocí.

El médico me dijo que Brian tenía un disparo en la cabeza que le había atravesado el cráneo y que estaba en un coma irreversible, con muerte cerebral. Fue terrible para mí. Creí que le habrían querido robar las zapatillas o algo en el barrio, ya había pasado eso. Me quedé en el hospital esperando a los amigos de Brian. Cuando llegaron, los chicos me contaron qué pasó con la policía.

Hoy sé que vivo en una dictadura, que en cualquier momento nos puede pasar algo por la presión que estamos teniendo. Esta sociedad todavía tiene formateada la cabeza por la dictadura. Hay mucha gente que apoya la muerte de un chico por un policía.

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 (Voz de Brian)

De mañana, me levantaba mamá. Yo ya perdía el sueño cuando se despertaba ella, porque dormíamos en el mismo cuarto. Entonces iba a la escuela, jugaba a la bolita, a la pelota, a la Playstation, tomaba la leche y…

-Voy a callejear.

-Braian, no vuelvas tarde. ¿Llevás el celular? ¿Salís con esas zapatillas? Tené cuidado.

-Mamá, nos conocemos todos. No pasa nada. ¡Y ya hice la tarea!

Yo comía un asado en la cuadra. Giraba con amigos. Volvía temprano. Alguna travesura hacía… Tenía 13 años.

Esa noche, recién empezadas las vacaciones, con mi premio por llegar a escolta –primer paso a llegar a ser guardaparques- hablamos con mis amigos por Facebook y quedamos en encontrarnos. Éramos siete y salimos con el auto que estaba tuneando el padre de un amigo, una coupé polarizada.

Volviendo a casa, un patrullero nos hace luces. Seguimos. En eso vemos que para otro, unas tres o cuatro cuadras más adelante, con las luces apagadas. Mis amigos escuchan el disparo que me da en la cabeza. Seguimos. “No frenamos porque creímos ya que nos iban a fusilar”, le explicaron a mamá.

Cuando frenamos, habían bajado dos policías – un hombre y una mujer. El que disparó fue el oficial encargado del móvil, Claudio Fabián Salas. La bala de su arma reglamntaria había atravesado a la luneta y de casualidad me dio solo a mí. Yo iba atrás con otros cuatro chicos. Kevin iba en mis brazos. Se bajó del auto y sintió cómo caí contra su campera, que se la manché con sangre.

“Uh, no, son menores. Maté a un menor”, dijo Salas cuando nos vio. Les pusieron la cara contra el piso a mis amigos para que no vieran nada. Rompieron la luneta trasera para borrar la entrada de la bala. Gabriel vio cómo me sacaron, como un perro, por la luneta del auto y me dejaron en la mancha de mi sangre. La ambulancia llegó en silencio, y se fue en silencio.

 El encubrimiento (Elizabeth)

Ahí empezó el encubrimiento. Cuando los chicos notan que Brian está herido, paran. Los policías los empiezan a sacar del auto a los golpes, a los tirones. Se dan cuenta de lo que había pasado con Brian. Este policía monta todo un operativo de encubrimiento: le ponen un arma plantada a los chicos para decir que había sido en defensa de su compañera porque creyó que le iban a disparar. El peritaje del arma que le plantan da que es un arma que no funcionaba. Y que rompieron la luneta del auto para que no se viera el agujero del disparo. El policía se declara culpable, va a prisión y Brian fallece a los dos días, de muerte cerebral. Se fue en mis brazos, como vino al mundo. Eso me da mucha tranquilidad. Continué la lucha yo con mi hijo Alejandro, que tiene 17 años.

Cuatro horas después del disparo, aparecieron dos de los chicos que habían logrado salir porque los padres hicieron lío en la comisaría para que los soltaran. Habían sido víctimas de tortura, les pegaban en las cabezas, los amenazaban con las armas, les apretaban la cabeza contra la mesa, les obligaban a decir que ellos traían a Brian muerto en el auto. “Ustedes tienen que hacerse cargo”, les decían uno por uno a los menores. “Vos decí que tenías un arma”, les repetían durante tres horas, mientras los padres no se habían enterado. “El arma es tuya, hacete cargo de lo que hiciste”, gritaban.

El fogonazo no existió, el arma no se disparó, demostraron los peritajes. Tampoco estaban drogados, como decían los policías. “Ustedes estaban con Poxiran”, decía una mamá confundida. La policía le había mostrado unas bolsas que no eran de los chicos.

Después me pedían que no hiciera las marchas, que no diera a conocer el caso. Me decían que las agrupaciones que se acercaban venían para sacar provecho para ellas. Nosotros, cuando Salas quedó libre, fuimos a hacerle un escrache en la casa. La policía nos reprimió con balas de goma. Durante un mes tuve el pie infectado por un balazo. Mi hijo Alejandro recibió balas de goma en el rostro.

El asesino

Cuidaba que no viniera gente de otros barrios a robar en los kioscos. Me dijeron que cobraba coima para dejarlos pasar y que compraran drogas ahí. Salas creyó que el auto de Brian era de gente de otros barrios que ponía en riesgo su negocio.

La justicia

Alrededor de dos semanas después, el juez Marcelo Muñoz lo deja libre a Salas por falta de mérito, aunque se hubiera declarado culpable, porque según Salas, él creyó que los chicos iban a disparar. Lo que hizo el juez fue poner más detalles en su voz: seguramente Salas se confundió porque los chicos habrán prendido un encendedor o un celular. Eso no lo dijo Salas, lo dijo el juez; está en su informe. Salas dijo que vio un fogonazo. El primer patrullero que cruzó a los chicos los comunica diciendo que identifiquen una coupé fuego de vidrios polarizados que iba a alta velocidad. Según Salas, escuchó que iban armados. El mismo policía que radió dijo que no había dicho que iban armados. ¿Cómo puede ser que alrededor de las 3 am una coupé con vidrios polarizados, hayan visto un arma color negro? Si en el día no podés ver quién va en ese auto, ¿cómo vas a verlo a la noche? La justicia corrupta de Neuquén terminó dejándolo libre por falta de mérito. La apelación lo volvió a meter preso. Parece que el juicio va a ser en 2014.

Enseguida, apenas Brian estaba internado, fui a la fiscalía a hacer la denuncia. Actuó en seguida Zainuco, una agrupación que en Neuquén trabaja en defensa de los presos o víctimas policiales. Lo que hicimos fue una apelación porque tenemos miedo como familia de que Salas, libre, nos haga algo. Él no tiene restricciones. Ya creemos que se tendió a la fuga porque ayer lo citó el juez de turno y Salas no se presentó. Sabemos que Muñoz fue quien facilitó esta instancia para que Salas se pueda ir. Iniciamos un juicio político contra Muñoz.

Más amenazas

Cuando yo salí a denunciar lo que había pasado, comenzaron a amenazarnos. A Alejandro le dijeron que si no se callaba, iba a terminar como su hermano, en nuestra misma vereda, con vecinos de testigos. Todos los días pasándonos el móvil, mirándonos fijamente, insultan a mi familia cuando pasan a paso de hombre por delante. Me habla el subsecretario de seguridad, Pereyra, pidiéndome que me reúna con él. El mismo que mandó a reprimir cuando fuimos al escrache. Por eso pedimos la renuncia del Ministro.

A Alejandro lo tiraron de la moto. Le tiraron el móvil 89 encima.

Choque desde atrás contra el auto de Ely. Para. La chocan de nuevo. Para. La chocan. Acelera. La chocan. Se apoyaba en el auto y la empujaba, hasta que bajó en la rampa del casino.

Un hombre estacionado en la puerta de la casa. Horas. Cuando el abuelo de Brian salió a preguntar, el hombre se fue. A los familiares de Carlos Fuentealba, docente asesinado en un corte de ruta en Neuquén, les pasó lo mismo.

Lo que se torna cotidiano

Los chicos en Neuquén tienen dos opciones: pueden morir o estar presos. Otra alternativa: Sergio Ávalos hace diez años desaparecido.

Matías Casas, 19 años, recibió 4 balazos por la espalda por parte de un sargento.

Cristian Ibazeta, el único que se animó a denunciar las torturas con picanas eléctricas en la Unidad 11, apareció muerto con 31 puñaladas. La policía dice que se las hizo él solo. 31 puñaladas él solo.

Mi hermano de 21 años estaba por egresar de la policía. Nuestra familia es toda de trabajadores de la educación. Nunca habíamos tenido problemas con la policía, es más, creíamos que estaba para cuidarnos.

Haciendo un curso de tres meses te dan un arma para salir a la calle. Te hacen creer que sos un dios. Que de vos depende la vida de todos.

Los chicos no tienen espacios verdes.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital