“Estamos vendidos”

Tienen fecha de desalojo para el 11 de noviembre. Son 32 familias a las que no se les permite pagar por su habitación y se las obliga a irse sin dónde ir. En pleno Almagro, la Ciudad no escucha. Su Gobierno la quiere hacer sorda.

Dos chicas llegan a su casa. Llevan guardapolvo y una mochila cada una. “¿Entran?” Invitan a pasar con cordialidad natural. Adentro habrá alguien que cuente cómo es que ese caserón del Abasto no les pertenece. Que ese gesto tranquilo es en verdad desesperado. Entren: adentro habrá alguien que cuente el miedo a quedar afuera.

casatomadagallo-1435Lucrecia, abuela joven, saluda en el zaguán interrumpido por una moto de delivery. Prende una luz que deja ver el cuarto: cuidadísimo. Paredes recién pintadas. Los marcos de madera, brillantes. “Esto lo cuidamos entre todos”. Lucrecia se enorgullece, y al instante se avergüenza. Su vida y la de su familia, y la de la familia de su familia, lleva la contradicción de la incertidumbre. “¿Sabés lo que es no saber dónde vas a vivir mañana?”. La familia de su familia: los bebés.

Hace 2 años, 32 familias alquilaban una pieza en este hotel familiar, desde hace más de 10 años todas, algunas hasta 20. Hace 2 años, a sólo dos días de haber pagado el mes, los sentenciaron: se tienen que ir.

No se saben las razones, qué se hará con este edificio, ni tampoco el por qué de la desaparición de la dueña poco antes de la noticia del desalojo. Desde entonces, desde diciembre del 2011, las familias dialogan con una “intermediadora”. Esta figura híbrida, incolora, es una abogada que dice responder a un solo mandato: desalojar la vivienda. Las familias siguen proponiendo pagar mes a mes el alquiler de las piezas, como lo hicieron siempre, pero no hay caso. “Quieren a toda costa dejarnos afuera”.

 

El 6 de julio tuvieron el primer intento de desalojo, y lo evitaron. Lograron junto a organizaciones, partidos políticos y otras familias que habitan en casas también amenazadas de desalojo resistir a las guardias de infantería y los grupos de choque. Los desalojos, muchas veces, son cuestión de número: quienes son más, se quedan.

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Imagen: NosDigital

La casa se mete hacia adentro y cada pasillo va dando entrada a las piezas. “Acá vive una familia con 5 nenes. Acá vive un señor con un nene. Acá el abuelo. Acá viven dos chicos. Acá vivo yo con mis dos nenas”.

Desde que les dijeron que tenían que dejar la casa, de un día al otro, sin alternativa, de las 32 familias quedaron 22. “El resto, por la cuestión del desalojo se fueron yendo para asegurarse otro lugar”.

 

¿Dónde? El Gobierno de la Ciudad parece salirse con la suya: “En Provincia”.

 

Los hoteles familiares – que albergan familias con niños, personas mayores y discapacitadas- parecen ser una especie en extinción en capital. Esos grandes caserones de principio de siglo, de techos altos, puertas de chapa, persianas de madera, pasillos chorizo y cuartos grandes, van cambiando su funcionalidad al ritmo del termómetro inmobiliario. Y son tiradas abajo para construir coquetos edificios, o son compradas para hacer hoteles pero boutique, o simplemente vendidas a precios módicos, con familias adentro.

El desalojo concretado el 25 de agosto en Independencia 2969 es un espejo de esta historia: otro hotel familiar vendido por los dueños, de un día al otro, y las familias sin alternativas más que su propio rebusque.

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Lucrecia: “Nosotros salimos a buscar en Capital pero con el tema de que tenemos chicos en ningún lado te reciben, no quieren saber nada”. Su vida y su rutina, que transcurre desde hace 20 años en Capital, deberá trasladarse varios kilómetros. “Mis nenas van desde jardín al colegio de Mario Bravo, y ahora van al mismo colegio a la secundaria”.

En la casa se respira tranquilidad. “Están todos trabajando”. Alguna puteada por el partido de Arsenal, no más. “Yo porque no puedo trabajar, estoy con licencia porque me operaron de la columna”. Lucrecia siente que tiene que excusarse. “Me siento muy mal, porque el único sostén de la familia es mi hija de 29”. Su hija tiene dos hijas, sus nietas. Entre las dos familias son 10. “¿Quién nos va a tomar para que vivamos?”.

La nueva prórroga de desalojo les da hasta el 11 de noviembre. “La oficial de justicia nos dijo que nos iba a sacar aunque seamos 500 personas”. Así los trata el poder judicial.

Así el poder ejecutivo: “Lo único que nos ofrecen es un subsidio por seis meses. La idea es juntarnos entre todos para pagarle a los propietarios por seis meses más”. ¿Y después?

Lucrecia no responde, pero sintetiza en una frase la impotencia, la incertidumbre y la negociación de la vida que significa esta historia:

“Estamos vendidos”.

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