Descenso de la vida

En la promoción del 2007 entre Tigre y Chicago fue asesinado Marcelo Cejas. La causa está en la nada, ni siquiera se sabe si fue la policía o hinchas del verdinegro. A la familia la apretaron para que no pregunte y los vínculos políticos casi no pueden esconderse.

Lo habíamos esperado tanto y lo soñábamos como una fiesta inigualable, pero terminó como una batalla campal incontrolable y un recuerdo horrible dentro de un pequeño momento de alegría. El día del ascenso, ese mismo día que anhelábamos todos los hinchas de Tigre durante 27 años, mataron a Marcelo Cejas, que venía siempre con nosotros a la cancha.

En ese lunes 25 de junio de 2007, todos sabíamos que por cómo venía la mano el partido se podía suspender, pero nadie imaginaba que pasara algo como lo que pasó. Tigre, que había ganado en el primer encuentro de ida de la promoción en Victoria 1 a 0, tenía un penal a favor, ganaba 2 a 1 y el ascenso estaba a sólo un pasito. Pero no había nada por festejar: el ambiente en la tribuna de Nueva Chicago estaba cada segundo más complicado. Rompieron el alambrado, estaban a punto de ingresar al estadio y la policía empezaba con los gases lacrimógenos. No podíamos dudar: le dije a Marcelo que había que irse ya.

DSC_2413-2

-Negro, vámonos que se puso picante la cosa.

-Sí, sí, rajemos que se está por armar.

Tanto Marcelo Cejas como yo salimos primeros, un instante antes de que se colme el estadio de hinchas enfurecidos de Chicago. Afuera de la cancha el clima tampoco era amigable: la barra brava del equipo local había quemado varios micros y nos esperaba para atacar. Llegamos hasta los micros, que estaban en la plaza principal de Mataderos, pero Marcelo apenas subió, se bajó: lo había visto a su sobrino Nahuel, de 17 años, en el medio del tumulto.

-No seas boludo, no te bajés que la podés ligar vos también.

-Está el pibe ahí, no lo voy a dejar. Lo agarro y arrancamos, quedate tranquilo.

Pero no me cumplió la promesa: no lo pudo alcanzar a Nahuel por el vallado policial y a los pocos minutos recibió un piedrazo en la nuca que lo tumbó. En el piso, en una cuestión de segundos, le empezaron a pegar patadas que le quebraron el tabique. Ya inconsciente, le dieron otro piedrazo sin piedad en la cara que le rompió la cabeza.

No lo vi, ya estaba lejos del micro, pero dicen que un veterinario que estaba ahí le hizo los primeros auxilios y su estado mejoró, pero la policía lo quería llevar en una puerta de baño hacia la cancha, para echarnos la culpa de todo a nosotros, los hinchas de Tigre. Tras 25 minutos de espera, apareció la ambulancia que lo llevó al hospital Santojanni, pero después de salvarse de un paro cardíaco, falleció a las 17.30, en el mismo día que había soñado tanto: el del ascenso de Tigre a Primera.

A más de seis años, la causa quedó archivada y en ningún momento se encontró a los responsables de su asesinato y ni del ataque a los otros 14 heridos.

****

Marcelo Cejas tenía 41 años y trabajaba de carpintero en el pequeño taller que había armado en el fondo de su casa. Durante toda esa semana de junio estuvo pensando únicamente en ese partido tan importante para su Tigre, ese equipo por el cuál iba a la cancha desde los diez años. Ese mismo lunes por la mañana había conseguido dos entradas después de tanto insistir: le había dado la plata a su sobrino Nahuel para que se las saque y lo llamó durante cuatro días consecutivos para saber las novedades. Sabía que no iba a ser un encuentro tranquilo y por eso no dejó que fuera Nadia, su hija menor, pese a que siempre lo acompañaba.

Cejas 10

“Mi vieja le decía a él que tampoco fuera, pero en el fondo sabía que era todo inútil porque para él era el partido de su vida. Desde que un vecino lo empezó a llevar a la cancha cuando todavía estaba en la primaria que dejaba todo por ir a ver a Tigre, era su vida”, cuenta Horacio, su hermano.

Al mediodía Marcelo se subió a uno de los micros que salía en caravana desde el estadio de Tigre hacia Mataderos. Antes de llegar, la policía los detuvo y en los cacheos previos reprimió con palos el avance de la hinchada visitante.

Durante el partido, la alegría por los goles de Tigre resultó efímera: en el entretiempo todos se enteraron que la barra brava de Chicago dejó el estadio y empezó a quemar los vehículos de Tigre, pese a los 350 policías que custodiaban la salida.

Con Tigre ganando 2 a 1 y a punto de patear un penal, en la tribuna de Chicago comenzó el caos. Con el alambrado roto y sin policías a la vista, el grueso de los hinchas locales ingresó a la cancha. Adentro, los jugadores de Chicago y de Tigre se escapaban como podían de la marea de gente que venía hacia ellos. Les sacaron la ropa, los golpearon y tomaron por completo el estadio, mientras agredían con palos a los de Tigre que intentaban huir de la escena. Afuera, tampoco había paz: corridas por General Paz y piedrazos entre la policía y los hinchas. Mientras tanto, la gente del Matador trataba de escapar cómo podía de los gases lacrimógenos que había arrojado la policía.

Marcelo Cejas fue de los primeros en abandonar la cancha. Con el celular en la mano, intentó en todo momento comunicarse con Nahuel, su sobrino, a quién había perdido de vista cuando comenzaron los incidentes. Se subió a uno de los micros que estaban ubicados sobre la plazoleta en Mataderos y lo vio correr, por lo que se bajó, pese a los consejos de los que estaban con él. “Tenía alma de padre, no les recrimino nada a los que lo dejaron irse, porque si le pasaba algo a Nahuel él no se lo iba a perdonar”, apunta Horacio.

En ese momento ya habían comenzado los piedrazos entre la policía, los hinchas de Tigre y los de Chicago. Uno de esos impactó en la nuca de Marcelo Cejas. En el piso, recibió patadas que le quebraron el tabique y un piedrazo en la cara que lo dejó inconsciente, con pérdida de masa encefálica. “Lo dejaron tirado en el piso, la policía lo quería llevar con una puerta de baño como si fuera una camilla hasta el estadio para que todos piensen que fue un enfrentamiento entre los hinchas de Tigre”, dijo Horacio, que lo relata como si hubiese ocurrido ayer.

“Hasta el día de hoy dudo si fue la policía o si fueron barras bravas de Chicago, porque las heridas que tuvo se pudieron haber hecho con el bastón policial, pero de algo estoy seguro: no fueron los de Tigre y mi hermano no era un barra como quisieron hacer parecer los medios cuando salió a la luz el hecho”, recuerda con dolor su hermano, que veía cómo acusaban a Marcelo de ser un integrante más de la barra del Matador y no un hincha que quería festejar el ascenso. “A Chicago después le sacaron 18 puntos y no pudieron ir los visitantes al ascenso, esa solución no me devolvió a mi hermano”.

****

Ese día, Horacio – que al igual que su hermano trabaja de carpintero – estaba escuchando en la radio el partido y se imaginaba la alegría interminable de Marcelo. Era su único hermano, tenía seis años menos y lo seguía para todos lados. “Siempre fue mi ejemplo a seguir porque hacía todo con mucha convicción y a pasos agigantados”, relata Horacio, que agrega que Marcelo había terminado el secundario hacía pocos meses y que había comenzado el CBC para estudiar Derecho. “Lo terminó tarde porque fue papá de muy joven, pero tenía mucho orgullo: decía que aunque tenga 66 años se quería recibir”, agregó.

Ya enterado de los incidentes, se paró en la casa de su primo a ver las imágenes y pensó cómo podía ser que los hinchas de Chicago no se bancaran un descenso futbolístico. Llegó a su casa, que estaba al lado de la de su primo, y recibió el primer llamado: “a tu hermano lo llevaron de urgencia al hospital Santojanni, lo lastimaron”, le dijeron.

DSC_2396No pensó que fuera nada grave y le fue a avisar con tranquilidad a su mamá, a dos de los cuatro hijos de Marcelo y a su ex esposa – que estaban todos reunidos- del llamado. Por la televisión ya se hablaba de un muerto, pero él mantenía la calma, mientras su madre se volvía loca de los nervios. “A él le pasaban las mil y una, un mes antes se había cortado la yema de la mano con una máquina. Yo pensaba que como máximo le había pegado un palazo la policía, pero lamentablemente me equivoqué”.

Se pidió un remise y se fue desde San Fernando hasta Liniers. Con él viajaron Nadia y Héctor, los hijos mayores de Marcelo. Ya por Mataderos se seguían viendo los gases lacrimógenos y Horacio pudo comunicarse con el celular de su hermano. Ahí se empezó a dar cuenta que todo podía estar un poco peor de lo que imaginaba. “Hola amigo, estoy en el hospital con tu hermano, pero me estoy yendo porque acá está todo podrido. Me llevo el teléfono, después te lo doy. Me voy, perdón, tengo miedo, pero lo vi mal”, se escuchó del otro lado de la línea.

Llegó al hospital y se encontró con todas las cámaras de televisión en la puerta. Se presentó como familiar y el médico lo llevó por un largo pasillo.

-“¿Cuál es el misterio?”, se apura a decir Horacio ante tanto tumulto.

El médico le respondió lo que no que no quería escuchar: “hicimos todo lo posible, pero falleció antes que pudiéramos hacer algo”.

****

Horacio empezó con la investigación para saber qué le pasó a su hermano esa misma tarde y encontró demasiadas irregularidades. En la comisaría 42 de Mataderos, donde hicieron la denuncia, estaban los mismos policías que estaban a cargo del operativo. Con él y su familia sentados, contaban cómo les pegaban a los hinchas de Tigre. “El comisario los insultó por hacer eso, pero escuchamos claramente cómo contaban que les pegaban a la gente con una suerte de orgullo”, contó Horacio, que recuerda que en esa misma comisaría había plaquetas y agradecimientos para todo el club Chicago. “Uno de los policías después nos enteramos que era dirigente del club y que fueron ellos los que llevaron adelante el primer mes de investigación. Eso nos dolió mucho porque ese primer mes es el más importante de todos porque lo que no arranca bien después se diluye y se borran las evidencias”, y agrega que algunas videos de la cámara de seguridad del estadio se perdieron y que los mismos policías les aconsejaron que no investiguen mucho porque “iban a ser los primeros en caer presos”.

Al tiempo se le acercó la gente de Salvemos al Fútbol y empezó a hablar con los testigos del hecho. Uno de ellos, el principal, un joven de 16 años que se había escapado de la casa para ver el partido, le aseguró haber visto cómo lo golpeaban a su hermano. “El problema es que era menor, pero nos aseguró ver a cuatro hombres encapuchados que lo golpeaban y que uno de ellos tenía puesta una remera de Argentina”, dice Horacio, que añade que esa persona fue identificada en uno de los videos de ingreso al estadio y que tal cual cuenta el joven tenía un tatuaje de una virgen en su pierna.

Esa persona que menciona es Ariel Pugliese, más conocido como “el Gusano”, líder de la facción Los Perales de Nueva Chicago, que al día siguiente del asesinato se fue al interior del país y no volvió por tres meses. “Le pedimos al juez que lo investigue y nunca nos hicieron caso”, relató Horacio. Ariel Pugliese viajó al mundial de Sudáfrica, fue guardaespaldas de Lionel Messi en sus visitas al país y trabajó para el Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. Hoy no forma parte más de la facción que lidera la barra de Chicago.

Ese mismo chico que en ese momento tenía 16 años nunca pudo declarar: cuando llegó la citación, los policías lo sacaron de su casa como si fuera un delincuente y el padre le ordenó, por temor, que no dijera nada. “Ahí murió todo lo que habíamos cosechado, fue una vergüenza”, dice Horacio, que cuenta que la causa quedó archivada en 2011 y que van a luchar para que no la cierren.

La familia Cejas está en juicio con el estado, con el Gobierno de la Ciudad, con el ex CoProSeDe, con la policía y contra la AFA. “Alguien se tiene que hacer cargo, a mi hermano no lo tengo más y no voy a parar hasta que se haga justicia”, grita Horacio, que no volvió a ir a la cancha y que desde el día en que mataron a su hermano no pasó nunca más por el barrio de Mataderos.