Sueños de campeón

A Daniel García lo mataron en un ataque entre barras del que no tenía nada que ver. Tenía 19 y ya pasaron 18 años, fue después de un 4-0 con el Bati de goleador en la Copa América de Uruguay. Un asesinato con nexos interminables de peso en la política y la Justicia, que explican cómo no hubo ni siquiera un solo detenido.   

El 11 de julio de 1995 estaba en Paysandú, Uruguay, en el estadio Parque Artigas. Había ido con mi familia a ver cómo Argentina ganaba su segundo partido de la Copa América y me ilusioné con el campeonato: fue baile a Chile y un 4 a 0 rotundo. Volví al hotel alegre, con la certeza de que me iba nada me iba a borrar la sonrisa por esta goleada, pero prendí la tele y todo se transformó en pura tristeza.

Tan sólo 45 minutos después del pitazo final del encuentro y a una cuadra de la cancha, hombres encapuchados habían atacado una Traffic con palos, cuchillos, cadenas, botellas de vidrio rotas y estiletes. En esa emboscada, Daniel Hernán García­, que tenía 19 años, falleció por las puñaladas que recibió, mientras que otras tres personas quedaron gravemente heridas. Pasaron más de 18 años y la causa prescribió.

Años después, la conocía a ella y me explicó por qué no hubo nunca ni un detenido por la muerte de Daniel. Ella es Liliana Suárez, su madre, que denunció desde el primer momento que los responsables estaban ligados al poder político, que eran barras bravas y que eran del grupo de choque de Juan Carlos Rousellot, ex intendente de Morón. Pese a que los acusados están apuntados con nombre y apellido, gozan de una plena libertad, culpa de ese innegable apoyo político. Hoy por hoy, busca nuevas pruebas para reabrir la causa y conseguir eso mismo por lo que pelea desde que le mataron a su hijo: justicia.

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De a poco conocí su historia. Daniel García estaba en quinto año del secundario, pero también trabajaba por la mañana de taxista, en el mismo auto que manejaba su papá Pablo por la tarde. Ganaba su propio dinero y no dudó en aceptar la propuesta que le hizo un compañero del Liceo Nº 11 de Villa Urquiza: por 50 pesos ir y volver en el día a Paysandú para ver el partido, con la entrada incluida.

Quiso convencer a su papá, pero él no quería perder esas horas de trabajo y se negó. Dijo que no, pero inmediatamente le hizo una promesa: si el equipo que dirigía Daniel Passarella llegaba a la final, iban a ir juntos en el taxi hacia Uruguay.

Argentina quedó eliminada en cuartos de final y a Daniel García lo mataron cabecillas de las barras bravas de Deportivo Morón y de Tigre que respondían a Rousselot, ese mismo día en que se hizo la promesa.

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Daniel era hincha de Boca, pero ese fatídico día se había puesto para viajar una camiseta de Platense que le habían regalado. No lo hizo en forma casual, su amigo le había comentado que estarían rodeados tanto de hinchas del Calamar como de Defensores de Belgrano. Se juntaron en Saavedra y allí se subieron a una de las dos combis que salían rumbo a Paysandú.

Pese a que era menor de edad y que no llevaba ningún tipo de autorización, cruzaron la frontera sin ningún tipo de problemas y no tuvieron que atravesar ningún tipo de control en ninguno de los dos países, al igual que me pasó a mí. Llegaron una hora antes del comienzo del partido, canjearon la entrada y vieron cómo Argentina le ganaba 4 a 0 a Chile con dos goles de Gabriel Omar Batistuta, uno de Diego Simeone y otro de Abel Balbo.

A las 23.15, cuando sólo habían pasado 45 minutos de la finalización y con Daniel ya sentado en la Traffic que lo iba a llevar nuevamente hacia su casa de Villa Urquiza, comenzó el horror. Desde la combi vio cómo un grupo de hombres empezaba a romper el otro vehículo en el que habían viajado y se bajó a tratar de ayudar. Ni bien descendió observó cómo otros tres compañeros de viaje eran atacados e inmediatamente le tocó a él: recibió tres puñaladas. La última de ellas dio en la aorta, al lado del corazón, y a los pocos segundos cayó desplomado sobre la vereda de las calles Joaquín Suárez y Boulevard Artigas. La policía nunca apareció en el lugar – testigos aseguraron después que vieron un patrullero, pero que no quiso intervenir – y media hora después, cuando finalmente apareció la ambulancia, falleció desangrado mientras se dirigía al hospital Escuela del Litoral de Paysandú. Los otros tres heridos, Martín Vera, Gustavo González y Sebastián Portilla, salvaron sus vidas de milagro.

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Ese día Liliana Suárez veía cómo pasaban las horas y se impacientaba porque su hijo no regresaba. No podía dormir y manejaba su intranquilidad hablando con su marido Pablo, que la intentaba calmar diciéndole que seguro había mucho tráfico y que estarían en camino. Ella dice que en ese momento presentía algo y el primer susto le llegó cuando encendió la radio: ahí escuchó que había heridos en grave estado en las cercanías del estadio. inmediatamente pensó en su hijo Daniel. A los pocos minutos se enteró por la misma vía que su hijo había fallecido.

“Nadie me llamó, yo me entero por la radio que había un chico muerto que se llamaba Daniel García y que había otros tres que estaban siendo operados. En ese momento lo único que deseé es que haya sido un error y nos fuimos en el taxi con mi marido y mi hijo más grande para allá”, recuerda Liliana.

Al intentar cruzar la frontera, los paran y los demoran un largo rato. Pese a las explicaciones y al ataque de nervios que todos estaban sufriendo, los policías uruguayos les impidieron el paso por unos largos minutos. “Nos revisaron todo y no se les movió un pelo cuando les dijimos que teníamos que ir a buscar a nuestro hijo que nos decían que estaba muerto. A la distancia me lamento porque si esto mismo hubieran hecho cuando viajaba Daniel, no hubiera pasado porque era menor, al igual que la mayoría de los que viajaban”, se lamenta Liliana.

Al llegar y confirmar la triste noticia, siguieron las pesadillas: no les querían entregar el cuerpo. Liliana sentía que ella también se moría. Estaba bloqueada, no sabía qué hacer para que las autoridades locales entendieran su reclamo y dejaran que toda la familia se despida de Daniel. Tuvieron que ir a hablar con Guillermo Camarotta, quién por ese entonces era el cónsul argentino en Uruguay, para que los dejaran. “Hasta el día de hoy ni él ni yo ni nadie sabe por qué no nos permitían ver el cuerpo”, agrega.

En ese mismo momento ella empezó una investigación que no fue acompañada nunca de buena voluntad, ni por la justicia ni la política, ni del lado uruguayo ni del argentino.

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Liliana perdió la cuenta de la cantidad de veces que viajó a Uruguay. Allí se reunió con un incontable número de funcionarios, políticos, policías y testigos que siempre le prometían algo que le hacía mantener la esperanza, pero que en todas las oportunidades terminaba en la nada. “Me cansé de las mentiras y de las falsas promesas, me ilusionaron en un montón de oportunidades y siempre me defraudaron. Una investigación judicial si no arranca bien no arranca nunca. Se borraron pruebas, se pisoteó todo.”, aseguró la fundadora de FAVIFA (Familiares de Víctimas de Violencia en el Fútbol Argentino) y quien fue, también, desde la creación la vicepresidenta de Salvemos al Fútbol.

La causa estuvo durante seis años literalmente parada en Uruguay. El juez a cargo, Otto Gómez Borro, fue acusado por querellantes de varios casos de homicidios sin resolver que estuvieron a su cargo y terminaron en la nada. En ese período, Liliana fue hacia la sede social de Defensores de Belgrano y de Platense y llevó a todos los testigos hacia el país oriental. Ella misma se hizo cargo de todos los gastos e hizo que declaren en la causa, ya que el juez no los citaba.

Fue hasta la escena del asesinato y observó que a metros había un puesto callejero que vendía choripanes, algo que todos los jóvenes que declararon ratificaron que también estaba al momento del crimen. Al acercarse y preguntar si recordaba algo, el hombre aseguró que ese día había alquilado el puesto y le aconsejó que por su seguridad dejase de investigar, ya que por miedo nadie iba a querer declarar.

Liliana nunca le hizo caso, nunca paró de investigar y tiene bien en claro quiénes fueron los responsables: barras bravas que respondían al ex intendente de Morón, Juan Carlos Rousellot.

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Pasaron más de 18 años y sigue sin miedo de decir en voz alta el nombre de los que asegura que son los asesinos de su hijo.  Su principal acusado es Máximo Zurita, quien era apodado como “el gordo cadena”. Fue uno de los líderes de la barra brava de Deportivo Morón y el propio ex intendente lo había puesto a trabajar en la Municipalidad. Tenía protección política y policial, al igual que los otros dos apuntados, que eran sus secuaces. Ellos son Ramón Toledo, quién era llamado “Negro Café” y Mario “Pájaro” García. Además, Roberto Britos y Rubén Lézica son los apuntados por parte de la barra de Tigre.

“En todo momento que estuvo Rousellot la Municipalidad fue cómplice. Les pedíamos fotos de los implicados y nos daban unas que parecían de cuando tomaron la primera comunión. Se tomaban todo a chiste, una vez que se fue por suerte me quisieron ayudar un poco más, pero no fue suficiente”, cuenta Liliana, quién recibió el apoyo del actual presidente de Deportivo Morón, Diego Espina, quien también declaró en la causa.

Los implicados formaban parte de la fuerza de choque del ex Intendente y trabajaban, también, en una feria cercana a la municipalidad, que fue cerrada en 2007, cuando Martín Sabbatella era el Intendente, por las reiteradas denuncias que aseguraban que allí se vendía todo tipo de drogas que financiaban a la barra brava.

“Nunca sentí temor por lo que me enfrentaba, juré ante la tumba de mi hijo investigar hasta las últimas consecuencias y eso es lo que voy a seguir haciendo, pase lo que pase”, se enorgullece Liliana, que además agrega que los implicados no forman más parte de la barra brava, pero que siguen yendo a los estadios, tanto de Morón como de Tigre.

Jorge “Zurdo” Ruíz era el principal líder de la barra brava de Morón en el momento en que mataron a Daniel García. Entre 2010 y 2012, fue elegido como presidente del Gallito. “En el caso puntual del asesinato de mi hijo no tuvo nada que ver, pero sabe bien qué pasó y en todo ese tiempo no me ayudó en nada”, asegura Liliana.

Los acusados declararon después de diez años de insistencia y solamente por escrito, a través de un exhorto judicial y de un cuestionario que, según Liliana, estaba mal hecho, con preguntas absurdas y que no iban al fondo de la cuestión. “Mi consuelo es que ellos están apuntados por la sociedad, sólo falta que actúe algún día la Justicia”.

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Liliana viajó recientemente junto con la Defensora del Pueblo, Graciela Muñiz, rumbo a Paysandú para volverse a reunir con el actual Cónsul argentino en Uruguay, Roberto Conde, quién puso a cargo a un abogado de Derechos Humanos. En Uruguay, las causas por homicidio prescriben luego de quince años, la de Daniel ya lleva 18, pero Liliana presentó nuevos documentos para que se reabra y tiene la esperanza de que de una vez por todas le entregarán el video de seguridad del estadio.

Mientras tanto sigue, firme y sin vacilar un segundo. Recordando con alegría y sin derramar ninguna lágrima por su hijo para que su familia la siga viendo así, con fuerzas y entera. Luchando contra las fuerzas políticas, contra la injusticia de la justicia, sin recibir ninguna ayuda de la AFA, que además se desliga de la responsabilidad acusando a sus pares de Uruguay. Una misma organización que cuando se jugó la Copa América de 2011 en el país – hasta coincidió con la fecha de aniversario de la muerte de Daniel – se negó a que los jugadores ingresen al estadio con una bandera en su homenaje. Sin embargo, Liliana llevó la bandera y la posó en las afueras del estadio Ciudad de la Plata, mientras se jugaba la final entre Uruguay y Paraguay.

Luego de insistir, pudo lograr que en el partido amistoso entre Argentina y Brasil que se jugó meses después en Córdoba dieran una vuelta olímpica por el estadio Mario Alberto Kempes, algo que generó la ovación de toda la gente. Luego del partido, fueron a los hoteles de los futbolistas, en donde brasileños y argentinos se sacaron fotos pidiendo justicia por Daniel.

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Desde este 11 de julio que se juega la Copa Daniel García. Allí, veinticinco chicos de ocho años jugaron en Lugano un torneo relámpago de dos horas con el valor que más recuerda Liliana de su hijo como bandera: respetar al otro. Allí se levantaba al rival si había una falta, se hacía una ronda previa en donde se saludaban todos y se abrazaba obligatoriamente a quien hacía un gol. “Cada aniversario siempre es un día feo, con lluvia y con muchas sensaciones. Este torneo fue algo distinto, fue una sorpresa, una alegría y una forma de mostrar que el mensaje educativo de Daniel sigue vivo. Lo recuerdo con mucha alegría y la mejor forma de homenajearlo es honrarlo con una sonrisa”.

Todos los años se jugará este nuevo certamen, en dónde cada chico que juegue se preguntará quién fue Daniel García, ese pibe que tenía tan sólo 19 años. Mientas tanto, Liliana Suárez no parará hasta que se reabra la causa y hasta que los culpables del asesinato de su hijo estén presos.

En definitiva, no parará hasta conseguir eso por lo que lucha desde el día en que le mataron a su hijo: que se haga justicia.