“Las actitudes de algunos periodistas son muy peligrosas”

Diego Latorre analiza las miserias de la comunicación a la misma altura que las del fútbol. Dice que el periodismo se aprovecha del ganar como sea. Le apunta a los máximos dirigentes de la pelota. Y dice que ganar es ser un ejemplo para los jóvenes.

Diego Latorre quiere encontrar el libro de crónicas deportivas del mítico periodista norteamericano Gay Talese. El living de su casa tiene, en cada lugar en donde se puede apoyar algo, un libro que espera ansioso el contacto con sus ojos. En una mesa de luz, un aparato de alta tecnología le guarda algunos relatos que tiene seleccionados. En otra, hay algunos textos del escritor mexicano Juan Villoro y una biografía de Pep Guardiola que le acaban de regalar por su cumpleaños. Está en un sillón tan amable que justificaría quedarse el día entero clavado entre los almohadones. Pero en esa marea de libros es difícil estar tranquilo. Es algo que ni él logra. Después de una hora y media de charla, dice: “Pará boludo, te voy a leer sólo una parte, que te va a obligar a buscar esto”. Gira su cintura hacia el lado izquierdo y saca de la biblioteca la novela El Manantial, de Any Rand, que le recomendó el entrenador del Manchester City al periodista Fernando Pacini y este a él. Extrapola muchos personajes a la realidad y se molesta. Como lector, como ex jugador, como comentarista y como comunicador, algunas cosas no le cierran y todavía se siente parte de la cancha como para discutirlas.

– ¿Qué es ganar y qué es perder en el periodismo?

– Ganar significa una línea. Un modelo a seguir. Un ejemplo. Eso: un legado. Algo que deje huella en la gente inteligentemente, en la que quiere utilizar el pensamiento. Ser congruente. Dejar un legado. Una forma de comportarse. Ser consecuente con lo que uno dice. Poder resistir un archivo. No significa que puedas opinar de diferentes maneras. Hablamos de cosas profundas. Ser un ejemplo para los jóvenes. Todo ese tipo de cosas. Aún así, ganar es siempre circunstancial. Yo soy de los que creen que la derrota y la victoria nos va a tocar a todos y nadie le puede escapar.

100_1689– ¿Cuál es el mensaje que se da sobre ganar y perder generalmente?

– El mensaje básicamente es siempre el mismo: no importan los medios. Es una trampa, quizás, producto del fútbol mismo.  En un partido, suceden cosas inesperadas, propias de un juego en el que interactúan muchos actores, jugadores, público, factores que no responden a ninguna lógica, ni siquiera a un entrenador. Todas esas cosas que intervienen en un partido, torneo, pueden hacer que se dé un resultado que no es acorde a lo armado. Un resultado puede depender de la suerte o la falta de suerte más que de una cuestión estructural ligada a una idea de juego. En el fútbol argentino, sucede mucho eso. Hay equipos que rompen con ese molde: Huracán del 09, el Newell’s de Martino, o Vélez. Pero en muchos de los partidos, los resultados se dan casi sin consistencia. Sin nada ligado al conocimiento o a factores deportivos. Por eso, la línea que se baja es esa: el éxito puntual se hace como culto. Él fútbol argentino tiene eso. Podés prescindir de los medios y te encontrás con el éxito o el fracaso de forma inespertada. Reina la casualidad y ahí se hace la construcción del relato: de lo puntual, de lo azaroso, que se hace permanente y se festeja como permanente.

– ¿Cómo se construye ese relato en algunos medios de comunicación?

– Con el mismo oportunismo con el que se dan las cosas. El medio de comunicación percibe que hay un público ávido de tener éxito o de triunfar en el día a día en las pequeñas cositas. Eso sí, si bien hay una búsqueda desesperada por esos triunfos, también hay una celebración mínima. Se dan tan rápido esas cosas que no se llegan ni a disfrutar. El plazo en el que uno goza de algo es muy corto.

– ¿Pero es redituables para el medio?

– Sí, claramente. Porque lo instantáneo se consume rápido. Fijate que los temas se tropiezan. Lo que hoy es novedoso mañana ya es viejísimo. La gente ya tiene esa cultura incorporada: a ver qué dice, a ver qué pasa. Ni siquiera sabe si es verdad lo que está consumiendo, pero, bueno, lo consumo. Aunque en el fondo hay un público que reflexiona un poco más, que aspira a otra cosa, pero que todavía está de costado.

– ¿Los medios construyen esta situación deportiva o se aprovechan de la situación deportiva?

– Se aprovechan y, obviamente, se inclinan hacia ese lado. Se hacen eco de lo que pasa y, concientemente, buscan ese tipo de funcionamiento de las cosas. Buscan ese tipo de constumbre para hacer de eso el negocio. Es un marco de mucha urgencia, de mucha desesperación y de mucha histeria, y yo creo que los medio se hacen mucho eco de eso. Un campeonato de 38 fechas, con una semana larga, con técnicos más respetuosos, con protagonistas más formados, con dirigentes más responsables y demás, obligaría a otro tipo de periodismo. Y yo no sé si muchos periodistas estarían aptos para eso. Lo grave, en realidad, es que esto, que debería ser una situación de emergencia, ha preparado gente para moverse naturalmente dentro de esto. Eso se vuelve muy duro.  Para cambiar la tendencia en que nos movemos, tiene que haber un cambio de raíz, y uno que tiene que cambiarlo es un periodista mucho más preparado y mucho más protagonista para otro escenario.

– ¿Cómo ves que se da la preparación de ese periodista que llega ahí?

– Lo que pasa es que habría que discernir: una cosa es la preparación de una escuela de periodismo y otra cosa es la selva o la noticia o la primicia o los conductores de programa que responden a una lógica de operación. El chico puede salir con todas las intenciones del mundo, pero está un poco en una cárcel. Con un mundo con el que tiene que convivir en la primicia, en la noticia fácil o en la pregunta punzante a un protagonista. Todo eso forma parte de una mecánica de trabajo que demuestran las reglas que hoy están en juego. Es difícil. Porque hay un pibe al que lo someten a representar cierta audacia, que, en realidad, todos sabemos que es preguntarle a un jugador -que, quizás, no tiene un nivel cultural suficiente o que está en un momento de irascibilidad por el dolor que genera una derrota- algo que en la velocidad no va a poder pensar demasiado-. Son maneras perversas para todos, pero no podemos salir de ahí.

– Es un término interesante el de la “selva”, ¿qué actores inciden en esa selva?

– Todos inciden. Desde nuestra curiosidad (morbo, diría yo) hasta el presidente de la AFA, que es el que ha llevado a nuestro fútbol argentino a la decadencia. Nuestros formadores, nosotros, creo que estamos todos enganchados.  El problema es que todos nos sentimos un poco impotentes de no poder cambiar las cosas. Obviamente, los dirigentes del fútbol argentino son los máximos responsables. Por hacer del fútbol argentino un lugar sin paz. Algo que le conviene a la industria: vender a los jugadores a los cinco partidos. Los jugadores se van sin saber dónde. Los empresarios ganan plata. Todo se va encadenando.

– En todos los procesos que mencionás, la velocidad en las cosas se muestra como un gran enemigo.

– Sí y lo grave es que el futbolista, a raíz de todo esto, está cada día menos comprometido con esta profesión. Todo esto que está pasando tiene repercusiones: cada vez hay un juego más individualista y más personaje. Eso hace que la pasión  disminuya. Nos tenemos que hacer cargo de haber generado a ese jugador, al que lo rodean tipos que los quieren vender a los cinco partidos. El fútbol argentino tiene que reconocerse responsable de haber formado a un jugador que a la quinta fecha se quiere ir. El hincha dice: “No existe ya el amor por la camiseta”. Pero no existe el amor por la camiseta porque ya no existe el amor por el juego y qué vas a hacer con eso. Yo, a veces, me río, y es una risa trágica, que al público no le importa si el defensor sale jugando o no. El otro día leí una frase de Jorge Valdano que decía que el hincha se ve mucho más humillado cuando su jugador no pone toda la entrega física que cuando no responde futbolísticamente.

– ¿El periodista es responsable de eso?

– El periodista es víctima y parte de.

– ¿El jugador?

– Todos somos partes y víctimas a la vez. Está esa ambiguedad. Víctima porque solos no podemos hacer revoluciones, se hacen de a muchos. Y parte porque, sin quererlo, no tenemos la iniciativa y tenemos una conducta muy semejante al resto. Creo que hay rebeldes sueltos, creo que hay gente que protesta por su cuenta, creo que hay gente que pide un fútbol mejor, pero que está atrapada. Pero no se sostiene mucho. Sólo un demente puede estar feliz y ser parte de este fútbol: vas a la cancha y los partidos te los ponen a cualquier cosa o sólo los socios pueden ingresar a un estadio o los accesos son un desastre.

– Para ser comentarista de un partido, ¿es importante saber del juego?

– Sí, claro.

– ¿Qué es saber de fútbol?

– Saber de jugadores. Hay que tener cierta percepción de qué es el juego. Es algo que no lo da ni la Academia ni la experiencia. Digo, no sólo. Porque el futbolsita no siempre juega desde la conciencia de lo que está ejecutando. Lo hace instintivamente. Hay centros, por ejemplo en Alemania y en España, donde les están enseñando a los chicos a pensar y a razonar, a entender movimientos no para automizar, sino para comprender cómo funcionan las cosas. Si yo juego de cinco y me la dan de espaldas, tengo que rebotar, porque si giro y la piso, probablemente, la pierda. O perfilarme para recibir. Cómo avanzar lateralmente para no perder la pelota. Cuestiones que tienen que ver con la técnica y con el entendimiento, a la vez. Yo creo que hay una zona gris que no te la dan ni los libros ni jugar. No creo, en realidad, que haya libros que sirvan para saber del juego. El libro te va a ayudar a desarrollar un conocimiento que ya tenés. Aún así, cuantas más herramientas tenga el periodista para juzgar, mejor. Lógicamente, siempre va a haber una parte que va a quedar vacía. Para juzgar a un equipo tengo que entender qué pretende un entrenador y no siempre él te lo va a decir. Hay una parte chiquita que le corresponde al tipo que está jugando y al técnico que está ejerciendo su rol.

– ¿Saber de fútbol es un antídoto contra todas las problemáticas que mencionás?

– Entender y saber de fútbol te ayuda a argumentar. Hoy se tiran frases o juicios de valor que no están apoyandos en argumentaciones. Suecede otra cosa que me parece muy maliciosa que es la manipulación. Cuando determinado periodista considera que un equipo juega de una determinada forma y ese equipo no consigue el resultado lo critica despiadadamente, y no importa si ese equipo cuenta con un capital de jugadores o con un presupuesto o con una jerarquía en sus ideas para desarrollar un estilo de juego. Las actitudes de algunos periodistas son muy peligrosas y atentan contra el oficio.

– Hablás de argumentaciones y de fundamentos. Para llegar a cualquiera de esos puntos, evidentemente, una persona debe ponerse en cuestión las cosas. Cuando eras jugador, ¿te las cuestionabas?

– Poco. Cuando era jugador me ponía en cuestión pocas cosas. Por eso, logro entender a los futbolistas. No digo su despreocupación por el juego porque yo siempre me preocupé. Cuando jugás al fútbol lo que tenés es instalado un chip de la competitividad: jugar, ganar, tratar de hacerlo lo mejor posible, responder a las necesidades del equipo y a las consignas del entrenador. Pero no me cuestionaba otras cosas. Cada vez fui teniendo más interés por descubrir lo que me iba pasando en el fútbol, por lo que iba haciendo, por cada entrenador que fui teniendo. Quizás, era una cuestión inconciente porque estaba más cerca el retiro. Cuando era pibe no me las cuestionaba y tal vez esté bien que así fuera. Digamos, el futbolista tiene que sobrevivir por sus propios medios. Pertenecés a una institución, tenés a un entrenador, pero nadie te enseña nada. No te explican cómo vivir del éxito. No te enseñan a estar alerta cuando viene un representante. Hay cuestiones del fútbol que vas experimentando de la marcha y vuelve a todo más difícil.

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– ¿Qué fue lo que te sedujo de la comunicación?

– Yo no hablo para convencer a otro. Tal vez, es una descarga personal. Expreso mis ideas, lo que siento por el fútbol, y me acerqué a la comunicación, tal vez al principio, como una forma de canalizar la impotencia de no jugar al fútbol.

– Pero, más allá de eso, le dedicaste mucho tiempo a mejorar como comunicador.

– Yo soy muy perfeccionista. Cuando fallo, me cuestiono mucho.  Y lo que es más curioso es que no es que lo hago porque me guste lo que hago: directamente, yo no me permito fallar. Mis viejos me pusieron esa autoexigencia muy alta, nunca estaban demasiado conformes con lo que yo hacía, y se me fue pegando esa idiosincrasia. Es más lo que a mí me duele no estar a la altura, que lo que los demás o la actividad misma me exijan.

– Volverte un tipo que hace goles debe ser bastante difícil, ¿cómo te formaste como periodista?

Yo creo que la primera virtud que tuve, apenas terminé de jugar al fútbol, es saber escuchar. No se puede ser un buen comunicador sin saber escuchar. Pero me cuesta aprender a moverme. Yo tenía, dentro mío, algunas ideas, por supuesto sin orden. Eso después tenía que resolverlo en el medio del partido. Quizás, eso me costó un poco. No sabía cómo darle prioridad a lo que creía que darle. El trabajo del comentarista es de síntesis. Yo estaba muy conciente de lo que quería. El sentido común me dio capacidad para centrarme en algunas cosas que eran innegociables: síntesis, conceptualización y respaldo con fundamento. Si en cien palabras, podía hacer 25, las hacía. No quería decir obviedades. Frente a eso, prefería quedarme callado. Yo tenía que aprovechar mi tiempo, que era corto, porque la pelota la tiene el relator, y sabía que en ese tiempo tenía que devolverle la pelota redonda.

– ¿Cuál es esa altura?

– Mi propia satisfacción. A veces, no la encuentro tan fácil. Lo que ocurre es que no logro encontrar en el periodismo lo que encontraba en el fútbol, sobre todo en mis primeras épocas como jugador. No logro repatriar eso que sentía por el juego cuando era adolescente.

– Alguna vez, Juan Manuel Herbella dijo que él extrañaba el ruido que hacían los tapones en el camino previo al entrar a una cancha.

– Sí, inconcientemente, seguís por la vida buscando esas sensaciones. Yo sigo buscando el ruido del tac, cuando le pegás a la pelota. No sé, es difícil. Yo lo que sentía en el fútbol, ahora no lo siento. El carácter nuestro de estar en la competencia, siempre en contacto con la naturaleza, estar con un entrenador, tener compañero, estar cinco días entrenándote para jugar el fin de semana, todo eso no lo repetís. Eso da tristeza. Por más que hoy haga otra cosa, eso lo voy a extrañar.

– ¿Sentís esa tristeza cuando comentás?

– Lo que más me duele en esto es no sentirme parte de la acción. Uno cree a veces como comunicador que es parte de algo porque cuenta algo, pero vos no estás produciendo hecho. Yo antes producía hechos. No puedo todavía domar ese sentimiento. Ahora me toca contar por qué Boca le ganó a River o River a Boca. Antes yo jugaba ese partido.

– ¿No encontraste ninguna sensación en la comunicación que se comparara con hacer un gol?

– No, hacer un gol es lo máximo. Creo que hacer un gol es la felicidad misma.

– ¿El periodismo juega mal?

– El periodismo en muchos casos, con esto de ser populares y darle siempre la razón a la mayor cantidad de audiencia, se ha despersonalizado. Esto de la exageración, de la imprudencia, del afán de sobresalir, hace que se genere una competencia de quién dice la primicia, quién dice el comentario más extremo, y así nos estamos corriendo de una de las premisas que debe tener el periodismo que es la búsqueda de la verdad como el motor imprescindible. El periodista, en esta sociedad del espectáculo, empieza a banalziar o a frivolizar las cosas que son esenciales y a darle un segundo lugar a lo esencial. Se escucha una audición deportiva y se escucha media hora hablando del vestuario como si eso fuera el estandarte o el símbolo de un programa de radio. Entre el protagonista que tiene miedo de contestar y el dirigente que no dice la verdad, al periodista le quedan pocos lugares para ir indagando. Entonces se tiran miserias que venden bien. Todos tenemos un costado de frivolidad, y los programas se construyen de hipótesis y de conjeturas. Yo creo que haría falta un ente superior, o de las mismas empresas, o del mismo público, que castigue este tipo de acciones. Sino mañana borro lo que hoy digo. Ya que la credibilidad no es un bien en el que el público pueda dar por cantidad de aciertos, sino más bien por la permanencia, entonces tendría que haber un ente que regule. Sería mucho más saludable.