La libertad de la música propia

Ángela Parodi y Julieta Lizzoli son las protagonistas del ciclo “De la raíz a la copa”, que se hace los segundos viernes de cada mes en Jalapeña. Cada fecha, el repertorio de un compositor clásico. Reflexionan sobre el valor de la música popular, la relación de los jóvenes con el foklore y los vericuetos de la música independiente.

No me ufano por esto / siento que crezco / a pesar del machete / reboto fresco. Así dicen los versos de “De la raíz a la copa” (Pepe Nuñez – Juan Falú), canción que nombra el ciclo protagonizado por Ángela Parodi (voz y bombo) y Julieta Lizzoli (piano y voz). Versos que bien podrían referirse a la música popular, que resurge, se expande y actualiza como esas plantas que crecen en las grietas del hormigón, y llenan de vida el más concreto de los espacios. También como estas dos mujeres, que exploran la libertad y el compromiso de una música propia, de un decir nuestro y un sentir de todos. Una vez por mes, desde mayo a octubre, recorren el repertorio de autores clásicos en el escenario de Jalapeña, un espacio nuevo, emplazado donde funcionara el mítico Empujón del Diablo. Se trata, entonces, de elegir una herencia, reactivarla y conservarla con vida.

Julieta: – La música popular fue lo primero que hubo acá en mi casa, que mi mamá me hacía escuchar cuando era chiquita. Pero de todo, Mercedes Sosa y, bueno, Fito Páez, ¿crecimos en los 90’, no? Aun cuando comencé mi educación musical formal y me puse a estudiar música académica, el folklore siguió estando… y después me llegó el tango.

Ángela: – En mi caso, cuando me volqué al canto, me dije que quería algo que realmente pudiera expresar y que sea mi lugar. Me parece que, en este momento en el que el folklore está más aceptado, hay que aprovechar. Porque si ves a alguien joven haciéndolo, te va a llegar más. Y está bueno que se construya esa cultura de acá, con el folklore, el tango, la murga. Rescatar lo que es propio. Quizás en el ámbito académico lo que más se valora es la complejidad, pero te tiran un poema de Yupanqui y te cagan… Te sella la boca, andá a decir algo así.

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En una tarde-noche en mitad de la semana, y también en medio de dos de las fechas del ciclo, pedimos permiso a los instrumentos y nos dedicamos por un rato a las palabras. Pero la música se cuela por todos lados; estamos en la casa de Julieta, rodeadas por un teclado, equipos de sonido, partituras y más. Antes de tocar juntas y mucho antes de dar entrevistas, Ángela y Julieta se conocieron. Y lo hicieron en la carrera de folklore del Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla”, que dicen “es todo un tema aparte” (y lo será). La música las encontró de nuevo en el verano, cuando Ángela tenía un ciclo en la Peña del Colorado y un día su guitarrista se fue de vacaciones. Fue así que la llamó a Julieta para que la acompañara y descubrieron algo que conservan como oro: la comunicación el escenario.

Julieta: – Esa viene siendo la herramienta para llevar adelante un ciclo en el cual te tenés que aprender doce temas nuevos por mes. Es el elemento que nos permite improvisar, más allá de las cosas pautadas, y también recuperar lo lúdico.

Ángela: – Es un poco la idea general de la música popular. Porque en la música mal llamada “clásica”, digamos, la música académica, todo está súper pautado y estudiado y tenés la partitura, que si te movés de ahí, está mal. Entonces, intentamos reivindicar todos estos elementos propios de la música popular que son los que nos gustan a nosotras, que por ahí está medio bastardeada. Los autores son una excusa, quedan afuera un montón, pero mechamos tres muy conocidos y tres desconocidos para el público que no escucha específicamente folklore, y la idea es llevarlos al lugar que creemos deberían tener, pero tampoco quedarse en una visión tradicionalista. Nos gusta entreverar, sacar algo de otro estilo. Estudiamos música de muy chicas y hemos hecho de todo: rock, jazz, ella toca tango… y nos gusta mezclar.

Hablar de comunicación les queda chico. Cuando empieza la música, se funden en una interpretación sincera y generan un clima de abrazos, de miradas y risas cómplices, de manos repiqueteando contra las mesas, de palmas que se unen en su solo aplauso. Entre ellas y el público la distancia es de apenas unos centímetros que levantan el escenario, porque en cada cuerpo resonante vibra su canto y su música. Termina el espectáculo y se integran entre las mesas, comparten un vino y hasta se bailan una chacarera. Una vez más, de lo que se trata es del encuentro. Y a esos fines, las peñas son el lugar privilegiado, y se han convertido en los últimos años en uno de los espacios de socialización predilectos entre los y las jóvenes.

Ángela: – Es que es muy accesible, a todos nos gusta salir, tomarnos un vino, comer una empanada con amigos. Y que la gente empiece a bailar está buenísimo. Está muy bueno bailar cumbia, pero bailarte una chacarera o dos pasos de tango es muy importante.

Julieta: – Y la milonga ni hablar, tenés que abrazar a alguien que ni conocés y tratar de caminar con él. Yo hace dos años y medio voy a la misma milonga todos los jueves, y es como una familia. Es un valor que los jóvenes puedan encontrar un espacio de pertenencia y de relación con la cultura.

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La observación obligada, casi obvia, tiene que ver con que son dos mujeres interpretando a compositores varones y surge la reflexión en torno a las representaciones de género en el folklore argentino tradicional. Recuerdan la fecha de julio, con repertorio de Peteco Carabajal, en la que compartieron escenario con un cuarteto de cuerdas, integrado por tres mujeres y un varón. Destacan que se eligieron porque les gusta tocar juntas, no por el hecho de ser mujeres. Pero a la vez señalan que hace diez años era inimaginable, que es una realidad que antes no existía.

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La apertura fue con temas de Atahualpa Yupanqui; le siguieron Peteco Carabajal, Chacho Muller y Pepe Núñez. Aún restan dos fechas del ciclo, el 13 de septiembre el repertorio será de Juan Falú y contará con su presencia como invitado, y el 11 de octubre, le tocará a Raúl Carnota. Dicen que eso que empezó como una idea loca en una charla de patio y mates se pasó volando, y no paran de pensar en lo que se viene, que seguro será mucho. Admiten que el desafío de preparar un repertorio mes a mes las mantuvo activas y les funcionó, pero es una rueda que nunca termina.

Julieta: – El balance es de mucho aprendizaje, de mucho crecimiento en el vínculo entre nosotras como músicas, como personas. La vida de las dos está totalmente atravesada por el ciclo y viceversa. Nos acompañamos mucho. Es una especie de piloto de lo que puede llegar a ser un proyecto más grande. Es un desafío tremendo, dadas las condiciones de vida de ambas, de los proyectos distintos, es mucha carga. Nosotras no tenemos representante, nos encargamos de todo. Quizás de afuera, parezca que es subirse al escenario, tocar un par de temas y listo. Pero hay que ocuparse de acordar las fechas, los invitados, los ensayos. La verdad es que la nueva destreza que tiene que tener el músico hoy en día que se quiere autogestionar es todo lo que tiene que ver con la administración y la difusión.

Ángela: – Y más con todo lo que ofrecen las redes sociales y la tecnología, tenés que estar todo el tiempo poniéndote al día. Mismo con el sonido, la peña tiene sus equipos y todo, pero tenés que ser el fletero de tu piano, tenés que ser tu propio representante, manejar la convocatoria, que para eso Facebook nos sirve un montón, sacar fotos y ponerlas lindas para subirlas, filmar los videos, que por suerte tenemos a alguien que nos ayuda, pero después los tenemos que editar, subirlos. Es un montón de tiempo que le aplicás a eso, pero es tiempo en que no estás pudiendo ensayar. Después llegás al escenario y decís ‘uy, hubiera usado esas horas para preparar mejor esto’. Pero en lo artístico, estamos tan acostumbrados a ocuparnos de todo, que parece que querer contratar a alguien que diseñe los flyer, se ocupe del sonido o de armarnos una página web son pretensiones mundanas. Pero si vos hacés un laburo que te requiere estudio y un montón de dedicación, está bueno que se reconozca eso, que se valore.

El paso que sigue es una fecha a fin de año con “los mejores momentos del ciclo”, en donde interpretarán dos o tres temas de cada uno de los compositores que fueron recorriendo en el año. El formato será diferente. Estará pensado como un espectáculo y se va a hacer en un teatro, esperan seguir contando con invitados y ensanchar un poco el escenario, para salir de un plano tan íntimo. Y se apuran en decirlo: lo que verdaderamente esperan es poder grabar, quizás el año que viene.

Ángela: – Para hablar de una grabación, necesitás mínimo 20 mil pesos, y esa es plata que tenés que tener vos, no la vas a hacer tocando. Hay subsidios del Fondo Nacional de las Artes, pero dan para tres o cinco discos…así que imagínate. Está la Ley de Mecenazgo, también hay préstamos, pero no se da abasto. Está lo del crowfunding. Todo esto te dice que los artistas están necesitando guita, no es que esperamos que nos la den así nomás, pero no hay cómo gestionar ese dinero que se necesita para producir las cosas. Lo mismo con los espacios para tocar. Estaría buenísimo que los espacios estuvieran en mejores condiciones, yo entiendo que son lugares privados, pero se gasta plata para un montón de cosas, subsidios y eso… la verdad es que se tendrían que valorar más y poner a punto esos lugares.

Y hablando de público y privado, de la puesta en valor de la cultura, mientras tenemos esta charla, el Manuel de Falla se cae literalmente a pedazos.

Ángela: – Nuestro conservatorio ahora está en asamblea permanente, pero estuvo por cerrar, porque no había ni papel higiénico; está bien lo podemos llevar, pero si no hay plata para eso es porque no hay nada. Se había dado de presupuesto anual cero, ¿entendés? Al final, les dieron 90 mil pesos, y yo, que no entiendo de esas cosas, sé que no alcanza para nada. No es fácil, eso se traslada, si desde las instituciones estamos así, lo independiente imagínate.

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