Cáncer de regalo

La inocuidad del electromagnetismo sobre la salud humana nunca fue comprobada científicamente, pero Ezpeleta es el resultado tumoral de la experiencia. Con más de tres décadas de funcionamiento, la subestación eléctrica Sobral ha propagado la enfermedad sobre quien viviese cerca. Aún así, no es considerada como antecedente válido para paralizar el funcionamiento de subestaciones en zonas urbanas.

En una cocina de Ezpeleta, partido de Quilmes, Beti, Nené y Gladys toman café y comen buñuelitos. Por la ventana no se adivina movimiento, es la hora de siesta y este es un barrio muy tranquilo. Hasta acá: típica escena de una tarde cualquiera en el conurbano. Pero, si se estudia mejor el paisaje que enmarca la ventana, un elemento extraño salta a la vista y da una pista, indicio de que en este barrio sí pasa algo. La invisibilidad del electromagnetismo no implica que no sean visibles los efectos en el cuerpo de las personas que viven allí. Por la esquina de esta tranquila cocina pasan los cables de alta tensión que salen de la subestación eléctrica Sobral. La banda sonora que inunda la cocina no es una charla de revista de corazón, es La Lucha -así con mayúscula-, la que ocupa las palabras y el tiempo de estas mujeres. Luchan contra esa subestación, que ya se cobró la vida de alrededor de doscientas personas, enfermó a otras tantas y diariamente irradia sobre sus cabezas dosis mortales de electromagnetismo.

00 606 –      Mi marido hace ya quince años que falleció, y el chico de allá del corralón antes que él, ¿cómo se llamaba?

–      Gabi, que falleció de cáncer de piel.

–      Y el hijo de Norma, que tenía trece años…

–      Sí, Fabián, que se enfermó a los doce y falleció a los trece.

–      Después que empieza el marido de Beti al poco tiempo se enferma la hermana de él, con los mismos síntomas, ella falleció tres meses después que él.

–      Falleció un año antes que mi papá, que tenía cáncer de pulmón.

–      Y la chica de allá, que el marido tenia leucemia, ahora le tienen que hacer rayos a ella.

–      En esa cuadra estaba Miriam, que la tuvieron que operar de urgencia en la cabeza, cáncer en la cabeza tenía, aparentemente ahora va a estar bien.

–      Otra señora por acá con cáncer cólon, jóven.

–      Y el muchacho de la otra cuadra, con cáncer de tiroides.

Las tres vecinas mueven las manos y señalan las casas de los alrededores, donde están los muertos o los enfermos, tan cerca que se ven sus casas por la ventana. El cáncer ya es como un resfrío en ese barrio: tarde o temprano a todos les toca, en sus cuerpos o en el de un familiar o amigo. A Gladys, Nené y Beti les da miedo sentarse para agregar a las nuevas víctimas al mapa de la muerte, pero calculan que ya son doscientas las víctimas mortales, entre ellas familiares suyos.

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mapadelamuerteLa única manera que existe para que el electromagnetismo no dañe a la salud es que las personas no estén expuestas a 0,3 o más microteslas. La microtesla es la unidad de medida del electromagnetismo, mide la cantidad de ondas electromagnéticas que llegan a un determinado lugar. Estudios que hicieron los vecinos de Ezpeleta con el biólogo Raúl Montenegro, mostraron que hay zonas alrededor de la subestación a las que llegan hasta 9 microteslas.

Las empresas eléctricas no reconocen el estándar precautorio de los 0,3 microteslas. Estas últimas y el propio organismo nacional de regulación, el ENRE, ‘adoptan’ el estándar ambiental de la obsoleta Resolución n° 77/1998 del Ministerio de Economía y Obras y Servicios Públicos de la Nación, que es ambiental, no sanitario. Para ellos el principio de precaución que establece la Ley Nacional 25675 no existe. Argentina sigue sin tener límites legales de exposición a los campos magnéticos. “Hasta tanto este vacío se complete sostenemos, en base al principio de precaución y la buena ciencia que las personas no deben quedar expuestas a campos magnéticos iguales o superiores a 0,3 microteslas”, resalta Montenegro, Presidente de FUNAM (Fundación para la defensa del ambiente).

Montenegro, también premio a la Investigación Científica de la UBA, reconoce que “el problema no son solamente las subestaciones transformadoras sino también los tendidos eléctricos de media y alta tensión, aéreos y subterráneos. Todas estas fuentes generan campos magnéticos”. Como en Ezpeleta, donde hay cableado aéreo y subterráneo.

“Científicamente nunca se demostró la inocuidad de los campos magnéticos de frecuencias extremadamente bajas. Existe una significativa y creciente evidencia científica sobre sus efectos cancerígenos y no cancerígenos, incluso a valores muy bajos de densidad de flujo magnético”, explica Montenegro. La Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC), entre otros organismos nacionales e internacionales, considera a los campos electromagnéticos de frecuencias extremadamente bajas como ‘posibles cancerígenos en humanos’.

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La subestación Sobral fue instalada por SEGBA (empresa estatal de electricidad) en 1977, la dictadura militar encontró a los vecinos, que ya miraban a las obras con recelo, totalmente desmovilizados. En realidad, ese predio estaba destinado a ser una salita de salud para el barrio, así como se lee, con toda la ironía que esto le agrega a la situación. Nené, que ya había comprado su casa a menos de media cuadra de ese predio, recuerda cómo llegaron y empezaron a construir, sin dar ninguna explicación a nadie, prometiendo progreso y trabajo para el barrio. Trabajo que nunca llegó, aclara. En la década de los ’90, SEGBA se privatizó y EDESUR, que quedó a cargo de la subestación, haciendo más obras para agrandarla.

Recién en 1996, recuerdan las tres mujeres, empezaron a recolectar información sobre los daños del electromagnetismo y se percataron que la cantidad de enfermos se debía a la subestación. Ese mismo año murió el marido de Beti y un año después, el padre de Gladys. Mientras Nené estaba enferma de cáncer de mama, resuena que el día que llegó del médico que le dijo que la enfermedad iba a acelerarse con la exposición al electromagnetismo, estaban pasando más cables por enfrente de su casa. Entendió que nadie iba a decidir cuándo tenía que morir: así que se plantó frente a los obreros para no dejarlos seguir trabajando. Pararon las obras por solo unas semanas.

En el 2000 EDESUR duplicó la potencia de la subestación. Dos años después los vecinos se resistieron a un nuevo cableado, el municipio, a cargo del radical Fernando Geronés, minó la zona de policías y gendarmes para que apuntaran con sus armas a los vecinos y dejaran trabajar a los obreros. El mismo modus operandi que se utilizó en Berazategui para instalar la subestación Rigolleau el año pasado. Leé sobre Berazategui.

Las manos de las vecinas reunidas en la cocina, que antes señalaban las casas de los muertos, ahora cuentan los años que lleva La Lucha. Dieciséis años. Y contando. Porque siguen luchando para que la subestación se traslade lejos del casco el urbano, para que deje de causar muertes. Las víctimas van a quedar por siempre, y los enfermos también. Pero igual siguen divulgando la situación en su barrio, ayudando a otros lugares con situaciones parecidas como Berazategui y exigiendo que el juez Siauliu de la Cámara Federal Número 2 de La Plata expida alguna decisión sobre el pedido de traslado que hicieron los vecinos hace más de diez años.

Gladys, Beti y Nené seguirán viviendo en ese barrio, donde lo hicieron toda sus vidas, inclusive antes de que instalaran la subestación. Seguirán caminando esas calles irradiadas. Ezpeleta es a prueba de escépticos, ahí sí existe el destino. Detrás de la ventana de cualquier cocina yace clarita la realidad para cualquiera que esté dispuesta a verla: no importa que hayas trabajado y hecho de todo por mantener el control de tu vida, un día puede llegar una empresa y decidir cuándo y de qué te vas a morir.

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