La dureza de las manos

Lo que alguna vez algún vecino llamó mano dura se convirtió hace tiempo en una práctica cotidiana conocida como Gatillo Fácil.
Lo que alguna vez algún vecino de ese vecino llamó mano dura se convirtió en un policía aplastándole los huevos a un pibe de quince años.
Lo que alguna vez algún vecino de ese vecino del otro vecino llamó mano dura se volvió parte de la peor pesadilla de una familia que perdió a su hijo porque su hijo, que no tiene la culpa de ser pobre y de no ser educado y de no tener para comer y de no tener plata para ser lo que una sociedad te pide que seas, decidió robar y alguien se abusó de él y lo mató.
Lo que alguna vez algún otro vecino de ese vecino del otro vecino llamó mano dura se transformó en una oportunidad para que las mismas fuerzas del Estado -con otras o las mismas gentes entre sus filas-, que en otro tiempo de la historia torturaron a 30.000 personas por pensar lo que pensaban, volvieran a desaparecer cuerpos.
Lo que alguna vez algún amigo de ese otro vecino del otro vecino llamó mano dura se volvió un plan sistemático de pibes desesperados a los que la policía obligó a robar para ellos y a liquidar, después, en caso de que no lo quisieran hacer, porque la voz social de esa mano dura desautoriza a cualquier pibe que quiera denunciar lo que quiera.
Lo que alguna vez algún compañero de ese otro vecino llamó mano dura se transformó en una injusticia de otra injusticia más grande: se empezó a matar pibes, a torturar pibes, no a cualquier pibe, por ser pobre, por -en eso, siendo un estado y no una esencia- drogón, por ser -ocasionalmente y empujado por las circunstancias- ladrón, por ser parte de una esquina, por ser una oportunidad de poder, por ser pobre.

DSC_8323