Rock, familia y autogestión

La Escuela del Desaprender se fue de gira y NosDigital se subió al micro. Lejos del mito del descontrol, una banda de rock que se sostiene desde el compartir y la horizontalidad.

– ¿Qué es para ustedes la autogestión?
– “La autogestión para nosotros es algo que no elegimos, sino que es una obligación”.

Obligación un poco impuesta que estrecha los caminos para las bandas under. Obligación un poco elegida más allá de las puertas que se cierran o se abren. Obligación que por fuera de los límites que la establecen no deja de ser realidad. La autogestión es ante todo arremangarse y estar dispuesto a la construcción, así lo viven, haciendo.

Diego, baterista de “La Escuela del Desaprender” da la respuesta en plural unificando su voz con la del resto que conforma el equipo: Gastón (Voz), Gonzalo (Guitarra), Dieguito (Guitarra y voces), Juani (Bajo) y Damián (Saxo y armónica). Juntos desde hace unos años edifican desde la música encarnada en un rock potente y directo un grupo de pertenencia.

El micro espera donde las cosas empiezan a surgir, en Valentín Alsina, en el medio de una calle que marca el principio del fin de semana. Extremadamente temprano para un sábado y para el rock, los únicos que agitan son los que el fernet los delata como girosos. El resto se refugia en el mate y en las colchas. Los músicos terminan de subir los instrumentos al micro. El manager – puteada de por medio – tilda nombres en una lista. Todos laburan. Alguien pone primera y se anticipa la partida hacia Rosario.

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Primero fue una combi, después fue otra combi, después un bondi y una combi y terminó siendo un micro larga distancia y salió. No lo podíamos creer”.

En el primer piso del micro se vuelve a agarrar la lista y preguntar por los que faltan. Hay que hacer tres paradas antes de agarrar la ruta. El pibe que sube último tiene que recorrerlo entero para encontrar el único asiento vacío. Hay que anotarse en una lista con nombre, apellido y documento, la cuestión es organizada. De a ratos, para pedirle el apellido a alguno, los llaman con su apodo de Facebook y se presentan ahí mismo. Para varios es la primera vez que viajan con la banda y ni siquiera se conocen, pero todos se saludan y ninguno queda fuera de la charla.

El viaje se empieza a tejer como una telaraña de relaciones casi naturales, nada es forzado, todo fluye y se aleja del imaginario del micro con la banda y las heladeras llenas que viajan cómodos para llegar a destino y bajar con lentes negros y capuchas que escondan las ojeras. De esas cosas que vemos en películas no pasa nada. Mezclados están la banda con su familia, muchos con sus mujeres, novias, incluso el padre de alguno comparte el viaje y están también sus propios seguidores. Las energías se perciben diferentes porque no hay escalafones que marquen quién está arriba del escenario y quién está abajo, el fernet rota de mano en mano y toman todos juntos del mismo vaso, todo se vuelve circular, compartido.

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A nosotros nos interesa que la gente, más allá del show, nos conozca cómo somos y también conocerlos a ellos. Por ejemplo, tenemos en la sala un lugar atrás que era un parque lleno de pasto que lo cortamos y ahí tiramos un par de parrillas y hacemos choriceada. Viene la gente, se juntan ochenta personas, ponemos música con todos los músicos ahí y la pasamos bárbaro. La idea es que la gente te conozca de otra manera, que puedas relacionarte con ellos”.

Todos mezclados y con lluvia, se llega a Rosario. Algún que otro dormido entrega la plata del viaje, algo así como $200 por cabeza, lo mismo que algunas grandes empresas te cobran sólo por llevarte. La guita queda en un segundo plano, no es un viaje para sacar un rédito económico, se cubren solamente los gastos necesarios para que la música llegue.

Desde los parlantes, el rock que se desprende de un pendrive que la banda había preparado empieza a dejarnos manijas. Da la sensación de que pensaron cada detalle; por eso, cuando bajamos del micro, la carne del asado está sobre la mesa larga de la casa que nos espera y el fuego ya está prendido. Los músicos son los primeros en agarrar la sal, empezar con las preparaciones previas al asadito y repartir las bebidas. El almuerzo culmina el compartir. Sentados juntos está el pibe con la remera estampada con el logo de la banda contando cómo llegó hasta ahí y quizás el mismo cantante es el interlocutor de la charla.
Se tejen relaciones y la red va haciendo que te sientas parte de un mismo grupo. Son lazos horizontales, todos con igual importancia para sostenerlas. Cuando se dejan los cubiertos la charla sigue, algunos cantan retruco, improvisan una zapada y caldean las gargantas para la espera.

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La idea es dar la comunión entre todos, por eso siempre recalcamos lo de la familia desaprendida. Nos interesa eso, no lo que es el show de la banda arriba y el público abajo. Si no hubiera escenario, nos gustaría estar ahí metidos tocando en el medio”.

Camino al show el pen drive ya no suena, esta vez suena el disco de La Escuela y una corriente enciende los cuerpos. Aparecen las banderas y alguien de la banda le dice al que tiene en la mano la bolsa con las remeras que reparta una a cada piba, ninguna se queda sin el logo pintado en el pecho mientras otra vez los músicos son los que cargan los instrumentos.

Todo lo cosechado durante el día se hace carne. La energía fluye sola, va, rebota y vuelve retroalimentada. La fiesta abajo es una continuidad de lo que pasa arriba del escenario. Todo se vuelve una misma sintonía cuando el rock estalla desde las remeras hacia ellos. Los vínculos quedan sellados y parecen poner en marcha el micro de regreso con la energía compartida de un grupo que se afianza. La estructura formal de un recital se diluye, los unos y los otros se comen el escenario y lo desaparecen. La banda sigue creciendo. Siempre a lo ancho, siempre horizontalmente.

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