“¿Tengo que ofrecer pomada hemorroidal para que me paguen el sueldo?”

El Ruso Verea es el tío copado que todos querrían tener. Su éxito es ser auténtico. Aunque vivió el rock y el fútbol desde adentro, lo vive como si fuera amateur. O como si el profesionalismo fuera otra cosa.

Hay un futbolista que de joven, en los 80, aparece en un entrenamiento con suecos de madera, una remera con el logo de Led Zeppelin en el pecho y un collar de ahorque de un dogo que se le murió a un matrimonio amigo, que eligen darle ese presente porque piensan que él y su mujer arman una pareja tipo Sid y Nancy –el emblemático romance entre el bajista de los Sex Pistols y su novia, una fanática de la banda- . Hay un pibe que, en los 70, no podía tener el pelo largo porque sino no lo dejaban entrar al colegio, que todos los días le examinaban el cuello para ver hasta dónde le llegaban los cabellos y que, aunque esa vez la peluca estaba en regla, un día no lo dejan pasar porque en su carpeta había una foto del Flaco Spinetta. Hay un muchacho de 22 años que, en el 79, después de pasar seis días concentrado para un partido pasa a buscar a su novia con la adrenalina que guardó su cuerpo adolescente durante la convivencia en un hotel con un plantel de fútbol, la lleva a cenar, después se meten en Pigalle, frente al cementerio de la Recoleta, y en el medio de una noche de felicidad se encuentra con el Ejército, que manda a los hombres de un lado, a los mujeres del otro y se lleva en cana por su apariencia a Sid y Nancy versión criolla. Hay un tipo que, en el 90, le proponen hacer un programa en la radio más escuchada del país, le preguntan cuál es la idea y él responde: ‘excitación y bardo hasta las tres de la mañana’. Hay un hombre de casi 40 que una mañana va a conocer al Flaco Menotti vestido con un pantalón de cuero, una camiseta de Sepultura y unas ojeras que llegan hasta el piso. ‘Mi tío me dijo que el otro día por radio usted dijo que en la final del Mundial 94 fueron todos unos burros que jugaron como el orto y que pateaban los penales todos cagados. No se quién es usted, me aconsejaron que lo tenía que conocer. Lo veo y pienso mamita, pero bueno, acá estoy’, se presentó Menotti. Todos esos personajes son un solo tipo.

Fotos: NosDigital
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Son Norberto Verea, un tipo que hace 23 años vive de hacer algo que haría de todos modos, aunque no hubiera sueldo ni micrófono: hablar de rock y de fútbol. “Ese es el halago más grande que tengo hacia mí mismo. Soy esto que ven, todo eso lo tengo yo. El que escucha lo que digo sabe que yo soy eso. No tengo duda que si no tuviera un micrófono diría lo mismo. Yo empecé a hablar de fútbol y dije que era hincha de Independiente. Esas cosas no se dicen, me aconsejaban. Jugué al fútbol, soy un fanático del juego, es el deporte que amo, me dan la chance de comentarlo, no puedo mentir y decir soy de Unidos Venceremos, no soy de ningún equipo grande”, dice el Ruso, que nos atiende con una remera de Los Ramones y después de las 13, porque antes de esa hora nunca se abre el sarcófago para él. Son más de dos décadas de éxito: por el reconocimiento ajeno y, además, por la autenticidad de Verea de poner la lupa sobre sus dos pasiones siempre con su propia mirada. “Por lo general, la notoriedad puede transformarte en un pelotudo. No nos olvidemos que los medios permiten que tipos sin jerarquía se transformen en millonarios por hablar pelotudeces del medio artístico. ¿Entonces a quién hay que seguir? ¿En qué lugar te vas a parar? Es más fácil ser Fantino o Santiago del Moro. Ahí también estamos nosotros como receptores, como tipos que elegimos. Hay que hacerse cargo. Y eso no es fácil. Porque hay que meterse el dedo en el culo a un mismo. Decir yo escucho esto, miro esto, leo esto”, razona el Ruso, ex arquero de Independiente, Talleres de Remedios de Escalada, Deportivo Español y Chacarita.

Su notoriedad, sin embargo, no le llegó en el arco sino en los medios: en los 90 agarró la trasnoche de Rock and Pop con la Heavy, donde en plena época menemista transformó en un boom una cosa insólita. “Éramos tipos que ponían Metálica, Motorhead y de ahí para arriba lo que venga. Podía transformar esas tres horas en una pasatina de música pero yo empecé a tirar algunas líneas al aire y me di cuenta que había un rebote muy diferente. Una vez hablé 40 minutos seguidos. Una locura. Llegué a las 4:30 a casa y la flaca me dijo: ‘vamos a tomar mate’. Yo estaba chocho. Y la loca me dice: ‘¿vos te creés que sos Martin Luther King, pensás que los pueblos te van a seguir a vos?’ Era un adolescente mediático”, define aquella primera experiencia.

-¿Y cómo aprendiste a manejar esto de usar un micrófono y ser un formador de opinión?
ruso verea-Yo no soy un tipo que se preparó para estar en los medios. Después hay muchos que se meten por la notoriedad y por algo que no tiene que ver con lo informativo. Si hay algo horrible que le pasó al periodismo es la farandulización. Creo que nunca me comí ni vendí la fascinación del medio. Esto de que el que lo dice tiene la posta, de lo dijeron en la tele. Yo no subestimo al que escucha, por eso no le digo cuál es la posta. Hay algo que tenés que saber entender una vez que transitás mucho los medios. Los medios a los pelotudos los usan de pelotudos. A los muy inteligentes, los ponen a prueba todo el tiempo para ver en qué lugar los pueden comprar. Esa es tu lucha todos los días: que no te tomen de pelotudo y que no te compren. La idea del tarate conmigo está instalada. Y vende como la puta que lo parió. ¿Por qué tengo que ofrecer pomada hemorroidal para que me paguen el sueldo? No. La concha de mi hermana. Mirá que Niembro te vende pararrayos en un partido.

El Ruso es el Ruso porque es el hijo de la Rusa, como se le decía en el barrio a cualquiera que fuera más o menos rubio. “En realidad, Verea es más vasco que la mierda”, aclara. Nació en Gerli, en 1957. Y esa, aunque diga que no se preparó para estar en los medios, esa es su verdadera su escuela: el barrio y la familia. “Yo vengo de una familia muy grande, por parte de mi vieja llegamos a ser 118. Mi mamá es la hermana mayor de cuatro hermanas, pero es la hija de un señor de 13 hermanos y todo esto ramificado de a cuatro o de a cinco hijos. Nos juntábamos en un club para los cumpleaños de la abuela. Creo que también todo eso es parte de mi idea de periodismo. Cuando pregunto algo, tengo incorporados todos esos quilombos. Igual creo que no tengo el oficio de periodista. No sé si puedo escribir 50 líneas como hace Pagani, pero tampoco puedo hacer por televisión lo que hace Pagani”. Fue en el Sur y en ese hogar numeroso y ruidoso donde empezó a entrenar el oído en esto de escuchar música. “En casa se escuchaba de todo. Mis viejos bailaron tango para la orquesta Tanturi. Mi abuela venía con el mate y se quedaba escuchando el tango que pasaba la radio. Mi tía Nélida, la hermana mayor de mi papá, fue actriz de cosas como Chispazo de tradición, un éxito radial. Desde muy chiquito pasaba largas horas de la madrugada escuchando jazz, swing, tango. Ahora vos podés llegar a las 4 de la mañana y mi vieja, con 85 años, está escuchando Eladia Blazquez, o Pappo’s Blues, porque conoció a Pappo y le quedó esa cosa del blues. A mi mamá para los 80 años la llevé a ver a U2 en River”. Además del barrio y la familia, lo formó la lectura. “Yo en la época que concentraba leía mucho. Cuentos y revistas sobre todo, unas revistas de aquella época que eran alucinantes, que formaban parte de la editorial de Humor. Ahí apareció un cuento que jamás olvidaré ‘Un hombre cuidadoso muere’, la vida de un hemofílico al que le ponen trampas para cortarlo. Emocionante. Estaba el Flaco Catalano –mítico arquero de Deportivo Español- en la pieza conmigo y se lo leí completo. A vos te acercan José Ingenieros y depende la edad que te toque te puede pegar una patada en el culo gigantesca. O lees Marechal y decís la puta que lo parió. O los tipos que hacían crónicas del fútbol eran otra cosa. Ardizzone, Panzeri, tipos que manejaban otros léxicos, sabían las palabras que ponían. A Soriano también lo lees”.

ruso vereaHablar una hora con el Ruso es como charlar con ese tío copado que todo adolescente quiere tener porque las vivió casi todas. Tiene 56 años, pero mantiene el fuego sagrado. “Sigo siendo una esponja. Si veo a los pibes, trato de aprender qué les pasa. La esperanza es una de las cosas que te llevan a levantarte. ¿Sino para qué mierda salgo a la calle?”. El tipo apareció en la película de Adiós Sui Generis, pero los metaleros todavía lo acusan de careta por eso. “Nosotros de pibes no teníamos este quilombo de que te metan en cajas. Es difícil explicar todo esto de ahora: hablar de hippies o no hippies, si sos heavy de verdad o de mentira”. El flaco grabó el spot de Black Sabbath, que por primera vez viene a la Argentina, fue al segundo show de los Violadores en el Auditorio Buenos Aires, vio el cuarto recital de Sumo, fue a ver juntos a Pappo, V8 y Violadores en San Miguel, se daba una vuelta por el Café Einstein desde el segundo día que abrió, iba a ver a Geniol con Coca mientras en la Argentina nadie sabía que había tumbas NN. El chabón, también, te explica lo que es el rock, en una entrevista o cuando irrumpe con un recitado en el medio de un show de La 25: “El rock es un contexto en el cual hay un sonido, y a partir de ahí se ramifican cosas. La actitud te lleva a al compromiso. Compromiso y actitud hacen un movimiento. Después está todo lo que incorporás, lo musical por el placer de la música”. Y también lo que es el fútbol. O lo que no es: “Trato de ir en contra de la mediatización. Vos escuchás lo que se dice y pensás ‘¿qué hago?’. Dicen: si perdemos un Mundial que se caiga el avión. Si no ganás no existís. Es de vida o muerte. El 9 le saca la leche a tus hijos. Yo no saco entrenadores, ¿pero cuánto aguanta este técnico en el cargo? A mi me gustan los proyectos a largo plazo, pero lleva cinco partidos sin ganar. No. Eso no es”. Por esas cosas, Verea es un referente para alguna parte de la juventud: “Por la calle a vecesme gritan genio, pero yo no salí de una lámpara; me dicen maestro, pero no tengo ninguna vocación didáctica”.

-¿Y cómo lo manejaste para que la notoriedad no te cambie?
– Con 33 años, la idea del conocido o no conocido la manejaba porque jugué al fútbol profesionalmente en el ascenso. Ya conocés la cosa de que cuando vas de pibe a un boliche no te dejaban entrar por el aspecto. Yo era un secuestro. Desde los 17 años fui un desastre vestido. Hermosamente desastre. Y cuando jugás en Primera te empiezan a invitar a los lugares a los que no te dejaban entrar. Entonces te das cuenta de lo estúpido y patético de la notoriedad. Todas esas evaluaciones las vas haciendo. El medio es muy lindo pero es muy hijo de puta. Calculá que me decían drogadicto, inservible, que le decían a mi vieja ‘qué pena tu hijo, tan inteligente y mirá lo que es’. En Independiente, los entrenadores, los dirigentes me decían: ‘Verea, si usted cambiara la imagen lo tomarían más en serio’. Yo era un profesional de la concha de su hermana. Sabía cuidar mi forma, pero por mi imagen parecía que estaba colgado de un alambre. Esa misma gente ahora le dice a mi vieja: ‘qué groso tu hijo, no cambió nunca’.

ruso vereaQue la apariencia es un prejuicio el Ruso lo aprendió casi antes que su oficio de arquero, ese que aprendió de mirar al Loco Gatti. “A los 15 años un día piden permiso, entran a la división y el que entra con cuatro pibes más es Cavilgia, el Negro Caviglia, el hijo del Doctor Caviglia. Yo iba al privado de Wilde. Para nosotros era el concheto Caviglia, pero resulta que era el que había armado un levantamiento para que no nos aumentaran la cuota tres veces más de lo que valía. Entonces el concheto Caviglia, que para nosotros no era de barrio, fue el que paró el colegio. Ahí no discriminé más a nadie. Antes conozco a la gente”. Por eso, porque la apariencia es una cosa que parece pero no es, Verea se clava el traje casi todas las noches en la tevé por cable: “Me considero medianamente lúcido para que si me llaman de ESPN y me piden que me ponga un saco y una camisa, puedo elegir entre hacerme el rockero duro que dice en esta no tranzo o perderme la chance de estar en Hablemos de Fútbol con Perfumo, Capria y decir lo que siento absolutamente libre. Yo me someto a que me digan que me puse la careta. Todos los días me disfrazo, sí. Yo soy esto, todos los días me tengo que mirar, respirar hondo, que me maquillen y me vistan de muñeco de torta. Pero no careteo lo que digo. Lo otro, es envase. Hace 20 años, tal vez, no lo hacía”.Otras cosas también las aprendió más de grande: “Ahora estoy mucho más escéptico. Estoy con esta cosa de poco y de lo mejor: se los recomiendo. Mucho y malo es horrible. ¿Te gusta el vino? Tomate uno que esté bueno, no uno que te queme el hígado, la garganta. ¿Te gusta el whisky, conociste el Bourbon, el Jack Daniel’s? Bueno yo te voy a dar uno: Marker Marks. Todavía está hecho a goteo. Te tomás un shot corto y te vas a acordar del Rusito Verea. Esto lo vas cambiando con el correr del tiempo”.

A los 56, con la notoriedad encima, sus preocupaciones también son auténticas. “Me están carcomiendo tres cosas. La primera es si Independiente se va al descenso o no. La concha de mi madre, nunca pensé que me podía afectar así. Tengo que comentar los partidos y es un ejercicio terrible. Termina el partido y me quiero ir a bañar y que se acabe el día. Lo que más me condena y lo que más sufro es el placer de los otros. La verdad yo no voy a los velorios a reírme. Para darte una figura dramática, no creo que esto sea un velorio. Pero acá entran a tu velorio y se cagan de risa. El goce de la gente que te dice ‘se van eh’. Después, tengo una situación familiar con enfermedades y cosas menos superficiales que la de Independiente que tenemos que contener con mi mujer. Y la tercera es que, en todos esos quilombos, tengo que componer con la flaca lo que fuimos siempre. Esto de querer ir a ver a Serpentor porque cumple 15 años con el trash metal, para ver qué es, para ver las nuevas camadas de pibes y para seguir siendo nosotros”.

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