“Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero”

Osvaldo Peredo fue el 10 del Sporting de Barranquilla, modelo publicitario en Maracaibo, vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y empleado en una fábrica de bolsas pero siempre fue cantor de tango.  A los 83 años, de madrugada, cuenta cómo llegó a vivir del dos por cuatro, que en parte gracias a su presencia en los bares de Almagro volvió a ser cotidiano entre la juventud porteña.

 

Fotos: NosDigital
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Cuando la luz roja del grabador se prende, el reloj marca las 3:36 de la mañana del miércoles. No es la hora habitual para hacer una entrevista. Mucho menos si el entrevistado ya pasó la barrera de los ochenta años. Pero Osvaldo Peredo no se mueve entre los límites de lo habitual. Recién se acaba de bajar del escenario de Sanata Bar donde se cantó unos tangos para calentar la noche del invierno. Mientras él entona Como dos extraños, detrás suyo, en el mural del fondo, se ve pintada la imagen de Alberto Castillo agarrando el micrófono, acompañado por un guitarrista a su derecha. Unos pasos adelante está él, acompañado por Leandro Nikitoff en la guitarra, casi como si fuera un espejo de la pintura de Castillo. Osvaldo, al cabo, es eso: la representación actual del tango de antaño.

“Cuando murió Gardel yo tenía cinco años. Vi todo el crecer del tango y el decrecer. Cuando murió, no sé por qué, un hombre estaba sentado en el escalón de la puerta de mi casa y vino con el diario bajo el brazo para decir: murió Gardel. No había la comunicación que hay ahora, que se sabe la noticia desde antes que suceda. Yo viví ese tango. Ese Buenos Aires con más identidad que ahora”, empieza a narrar Osvaldo, con una copa de vino en una mano y una empanada en la otra. En el Boliche de Roberto, esa esquina mágica de Bulnes y Perón que ahora está clausurada por disposición del Gobierno de la Ciudad, Peredo arrancó hace veinte años la resistencia del tango. “Ya era una cosa de viejo. Hubo una época en la que los pibes que querían hacer tango no tenían donde ir. No era que prendías la radio y escuchabas a Troilo, a Pugliese. Esos pibes tenían que ir a una biblioteca para ver quién era De Caro. Para la juventud llegó a ser una música de afuera”. Así fue como empezó a crecer el mito de este hombre que nació en el 30, pero cantaba tangos en la madrugada para pibes que andaban con la remera de Bob Marley y encontraban en esa esquina el lugar ideal para una noche de borrachera. Después de algunas sobremesas compartidas, esos jóvenes descubrieron que Osvaldo no sólo es el cantor que los hacía reencontrar con sus ancestros. Es una historia de vida increíble.

osvaldo tangueroLa de un tipo que jugó de cinco en la tercera de San Lorenzo, que fue empleado del Servicio Meteorológico Nacional mientras cantaba en la orquesta de José Zacanino, en Pompeya, que se fue a jugar a la pelota a Barranquilla, donde no anduvo con el fútbol pero aprovechó el boom del tango en Medellín por la muerte de Gardel para mudarse allí y grabó unos cuantos discos. Después siguió cantando en Maracaibo, Venezuela, donde también fue modelo publicitario. Hasta que un día decidió volver vencido a la casita de sus viejos. Llegaba de pegarla con el tango en Colombia y en Venezuela. Pero acá el tango ya no era casi nada. “Allá en el Norte terminaron la guerra y vinieron acá a vender blue jeans, películas, el idioma, pero no pudieron contra nuestra identidad. Hoy hay un montón de jóvenes a los que les gusta el tango. Y es lógico porque antes no lo mostraban. Si vos no lo mostrás, es difícil. Si no sabés cómo es el plato de fideos, ¿cómo sabés que es rico el fideo? En esa época, iban a un baile y decían si con Troilo hacés 60 mil mangos, tomá 70 que te traigo al Club del Clan”, cuenta, para explicar por qué debió laburar de vendedor de libros, albañil, portero, cuidacoche, taxista y hasta en una fábrica de bolsas mientras se dedicaba a hacer lo que hizo toda la vida: cantar tango. O contarlo: “El tango es contarlo, más que cantarlo. El cantor tiene que cantar bien, pero es más contar lo que otra cosa”.

Veinte años después de arrancar casi en soledad en el Boliche de Roberto, donde dicen que cantó Gardel, Almagro volvió a ser barrio de tango, luna y misterio. Y mucho tuvo que ver Peredo en eso. Sanata Bar, el Club Atlético Fernández Fierro, La Catedral, el Banderín, el Almagro Tango Club y Musetta son reductos tangueros que le dan color al barrio. “El tango en el año 40 venía muy bien. Después lo bocharon, por intereses no sé de qué tipo lo escondieron. Al no mostrarlo, se pierde. Si vos vendés lindas camisas pero no las mostrás, no las vendés. El tango es lo mismo. Ahora no se pudo esconder. Salió y, de a poquito, está volviendo. Hay una cantidad de jóvenes a los que les vuelve a gustar el tango que no se puede creer. Y cuando hay una persona grande con referencia del tango, de la generación que hizo el tango, tratan de aprovecharlo. De todo hay un momento espectacular. Y yo noto que a los jóvenes les gusta ese tipo de tango. Yo soy de la generación que hizo el tango. Las vi todas, y me quedo con ese tipo de tango”, explica su influencia en esta recuperación tanguera, mientras mueve sus dedos gruesos con su distintivo anillo en el dedo meñique que dice Osvaldo J Peredo. Aunque él es tan auténtico que no se adjudica ningún mérito en eso: “No es mi intención transmitir, yo canto nada más. Canto de acuerdo a mi forma de sentir el tango y a lo que viví. No lo siento como una responsabilidad ser de otra generación. Lo de Almagro lo empecé yo porque me gustaba, sin intención de fomentar nada. Las otras músicas no son el sonido nuestro. Los jóvenes no saben, porque no vivieron esa época. Éramos nosotros. Mandaron esa música para hacer negocio, para ganar guita”.

osvaldo tangueroSi  el sueño común para cualquier adolescente de nuestra generación era ser estrella de rock o futbolista, en los 40 la cosa no era muy distinta. Era el bandoneón y la pelota. “Jugar al fútbol era mi sueño de joven. Yo nací en el 30, en Loria e Independencia, Boedo. El fútbol siempre fue un sueño, era muy romántico, mucho más que el de ahora. Se soñaba con ser jugador, pero no para ganar guita, sino porque era lo popular. Por eso fui a San Lorenzo, de donde soy socio vitalicio. El tango –cuenta, con la satisfacción de ser cantor y haber sido futbolista- era lo de todos los días, de la mañana a la noche sonaba en la radio. Era lo común, no había que implantarlo como ahora. Éramos todos locos por salir a la calle para jugar al fútbol. Y con el tango lo mismo: salías y encontrabas la pelota de goma en los adoquines y escuchabas el tango que sonaba en alguna radio desde la vereda”.

-Y en todos estos años qué cambió más: ¿el fútbol o el tango?

-El fútbol se hizo demasiado comercial. Dicho por ellos, eh: los muchachos no sienten el fútbol. Entrenan un rato y se van no se adónde. Oí decir eso, yo no estoy en contacto con nadie del fútbol. Pero antes los jugadores entrenaban poco, dos veces por semana, pero sentían el fútbol. Jugaban en la calle, en el potrero. Éramos más nosotros. Después te invaden. Como en esa época estaba la guerra, no podían venir a joder acá, a meterse en nuestra vida. Por la calle pasaba un tranvía cada quince minutos. Antes éramos jugadores de potrero, ahora somos jugadores de gimnasio. Antes éramos cantores de esquina, ahora somos cantores de conservatorio. Antes éramos todos cantores de esquina y jugadores de potrero. Me parece que a los cantores de conservatorio les falta un poco de ese sentimiento que digo.

osvaldo tangueroLa pelota fue el atajo al tango. En el 53, en un velorio, se cruzó con el padre de Walter Perazzo, el exjugador de San Lorenzo, que lo convenció de ir Barranquilla, a jugar para el Sporting. Estaba terminando la época dorada del fútbol colombiano con Alfredo Di Stéfano como emblema. “Ya tenía 23 años, había dejado de jugar a los 17. Allá jugué de 10, aunque en realidad era 5. Llegué sin estar entrenado y se me cayó la posibilidad. Jugaba bien, pero para todo hay que estar preparado. Yo si entrenaba todos los días como hacen ahora, la hubiera roto. Se acabó el fútbol y Carlos Gambina, un jugador de fútbol de San Lorenzo, me dijo venite para Medellín que gusta mucho el tango. Ahí empecé a grabar. Después pasé a Cali, a Bogotá, a Venezuela. Estando en Maracaibo hasta canté boleros en televisión. Me gusta el bolero, pero a la semana ya estaba. Necesitaba esto”. Esto, obvio, es el tango. “El tango no es triste: es la vida. Por eso la nostalgia, porque en la vida hay tristezas y alegrías”. Cantar en Medellín, donde fue la muerte de Gardel, pero a la vez el nacimiento de su carrera como cantor profesional, es otro de las realizaciones de Peredo. “Los fenómenos fueron los que no tuvieron ninguna guía, ellos lo inventaron a esto. Yo no tengo veinte años. Antes que todos está Gardel. Yo lo puedo decir, otros no porque nacieron después. El principio de todo es Gardel, ahí está todo el tango. Después te pueden gustar otros tipos. Es raro decirlo, pero su muerte fue un beneficio para nosotros”, asegura. Allí, en Colombia, grabó unos cuantos discos que ni siquiera él atesora. En Argentina, la posibilidad de editar un disco se le demoró hasta los 77 años. Pero le llegó.  “Me tocó tarde. Bah, no se si me tocó. Estoy pasando un buen momento. Más que todo tengo el reconocimiento. Lo mío fue de laburar. No es porque uno lo buscó. Se dio, maduró el proceso. La vida puede más que nosotros. Nosotros proponemos algo, pero se da cuando quiere la vida. O cuando quiere qué se yo quién. Sobre todo fue por la insistencia. Muchas veces lo ves en el deporte. No es tanta la calidad sino el insistir. Hay tipos que tienen calidad y resuelven algo en dos segundos, pero si no tiene insistencia después lo pierden”, valora, a los 83 años.

-¿Cuál fue su formación como cantor?

-Cantar, cantar y cantar. Fui a algún profesor, esto y lo otro. Pero aprendí de los fenómenos: Troglio, Pugliese, escuchando a Gardel. Tuve mil referentes porque ellos abrieron el camino. Esos músicos jóvenes que creen que inventaron el tango están equivocados. Lo inventaron otros. Nosotros podemos empeorarlo o mejorarlo. Pero si no hubiera sido por ellos, estaríamos haciendo otra cosa. Saltos mortales, tal vez. De algún profesor se pudo aprender también. Pero lo primero es que tenés que ser cantor. Si sos tornero, sos tornero, no sos cantor. Después no es sólo técnica, porque esto es música popular. Hasta en la música lírica: si cantás ópera de una manera fría, no sirve. Tenés que contar la historia.

La historia, en este caso, es él. Por eso la puede cantar y contar. Como lo hace un abuelo en la sobremesa, él lo hace arriba del escenario. Cantando tangos en Buenos Aires como hizo toda la vida. Aunque en los últimos veinte años, la diferencia la siente en el alma y en el bolsillo. “Hace un tiempo que vivo de esto. Siempre canté, pero hace unos veinte años tengo la posibilidad de ganar unos sopes. Es lindo poder vivir de lo que a uno le gusta. Supongo que es una realización para cualquiera. Para mí lo es. Si te gusta ser pintor, querés vivir de la pintura. Tuve que ser empleado del estado, vendedor de libros, pintor, encargado de edificios, taxista. Tantos laburos que ya me olvidé. Siempre fui cantor. Ahora soy sólo eso”.

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