Una revolución más allá de la igualdad

Entre discursos que gritan crisis y políticos que se ensordecen con su propio eco, la voz de una mujer catalana suena contundente. Se trata de Remei Arnaus i Moral, profesora de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona e investigadora de Duoda – Centro de Investigación de Mujeres: “la crisis es, fundamentalmente, del orden simbólico, pues se ha agotado una forma de ver y estar en el mundo”

En Europa, ya hace tiempo que se habla de crisis; quizás ya hace tanto, que empieza a perder lo que el asunto pueda tener de circunstancial. En este momento mutante, donde se ha abierto una grieta en la estructura social, ha estallado también un discurso; aquél que en un juego de libre asociación, después de “crisis”, dice “financiera”. Lo que interesa es lo que implica pensar la crisis en esos términos y qué exigencias atiende. Pareciera que la mencionada fórmula legitima propuestas como el copago judicial, los recortes y supresión de las ayudas sociales o la privatización de la sanidad y de la educación, más tendientes a subsanar los requerimientos de los mercados y los bancos que las necesidades básicas de la ciudadanía. Si a quien carcome la enfermedad es a las finanzas, allí el remedio…

¿Pero puede ser pensado el escenario actual tan unidimensionalmente? ¿Qué arraigado sistema de valores retiene a la política moderna de caer definitivamente al precipicio al que se enfrenta? El panorama actual, donde abundan las metáforas del derrumbe y la decadencia, en un escenario en el que la democracia representativa se endurece hasta volverse estanca, invita a  mirar por detrás del enunciado de la crisis política para descubrir que lo que se está agotando son también paradigmas de interpretación de la realidad. Para ensayar respuestas a estas preguntas, darlas vueltas y reformularlas, dialogamos con Remei Arnaus i Moral, profesora de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona e investigadora de Duoda – Centro de Investigación de Mujeres de la Universidad de Barcelona, donde se desempeñó como directora entre el 2001 y el 2009. Desarrolla su estudio e investigación en la práctica y en la experiencia de la relación educativa como mediación viva y creativa, y profundiza en los aportes de las mujeres al ámbito universitario. Para ella, “la crisis es, fundamentalmente, del orden simbólico, pues se ha agotado una forma de ver y estar en el mundo. Tiene que ver con muchos movimientos sociales, pero sobre todo con el movimiento de las mujeres, que hemos dicho basta al patriarcado. Un ‘basta’ que se extiende a toda una visión y un modelo cultural, polí­tico, económico, ecológico, educativo y que implica, a la vez, un cambio en el sentido de las relaciones entre seres humanos y entre cada uno consigo mismo.”

El concepto de “patriarcado” ha sido elaborado por las diferentes corrientes del feminismo para referirse a la dominación masculina y las relaciones de poder a través de las cuales los hombres subordinan a las mujeres; como un sistema global que impregna la economía, la familia, la arquitectura, la política…: cada elemento de nuestra sociedad. En este sentido, desde Duoda (recibe el nombre de la condesa de Barcelona del siglo IX, que escribe un libro para que sus hijos, arrebatados por su padre, se educaran según sus deseos) se afirman en la diferencia sexual para rescatar la especificidad de la condición de las mujeres. Definen su política como la práctica de una relación sin fin – relación no instrumental – orientada por el sentido libre de la diferencia sexual, y se enmarcan en la tradición de los grupos de toma de conciencia que proliferaron en los años 60’, donde las mujeres buscaron autonomía de los partidos políticos. A través de esos grupos, las mujeres comprendieron las relaciones entre los aspectos individuales de su experiencia y lo público; lo personal se volvió político. Remei estableció sus primeras relaciones con el feminismo hacia fines del 70’, cuando se abría en España el período democrático, tras la dictadura de Franco. Con el franquismo, la mujer dejó de tener los derechos que la Constitución de 1931 le había otorgado, como la igualdad con respecto al hombre y el derecho a voto (restituidos con el retorno a la democracia), y fueron condenadas al papel de madres y esposas. Remei recuerda que “era un feminismo más reivindicativo que se plantaba más en la lucha por la igualdad y centraba sus discursos en la carencia de las mujeres. Hubo un momento en que eso me cansóHasta que encontré en la Librería de las Mujeres de Barcelona la revista Duoda y vi que se hablaba de algo que me llamó la atención: el reconocimiento de la autoridad de las mujeres, y cómo eso hacía acrecentar el sentido de nuestro vivir y nuestra existencia en relación con otras y otros”. No era solo otro enfoque; era otro lenguaje. Se hablaba de abrir espacios de libertad dentro de nosotras mismas, y no solo de luchar porque nos otorguen más derechos desde fuera. Se iba hacia una definición autónoma del ser mujer, a partir de la escucha recíproca y de darle sentido a la propia experiencia. La igualdad implica hacer del otro – el hombre – el horizonte que desear, mientras que la diferencia deconstruye un igualitarismo que no se cuestiona el modelo del mundo y que no se desplaza de los paradigmas marcados por la sexualidad masculina. De hecho, la igualdad ha sido propuesta por los varones, a través del movimiento de la Ilustración. Reafirmar la diferencia implica discutir con la teoría de los derechos humanos universales tan amplia y abstracta que parece cancelar todo conflicto, y abrir el juego para un análisis sociopolítico de la experiencia de las mujeres, arraigado en un fuerte sentido de comunidad e intersubjetividad. Había una necesidad simbólica de existencia: “Me interesó mucho porque vi en ellas que se fijaban en la parte del ser mujer que puede desarrollar su libertad, en el espacio del deseo. Eso me abrió mucho la mente. No era la “falta de”, sino que había todo un espacio en el que reconocerte y tomar conciencia de una libertad que está más allá de toda reivindicación. Por ser mujeres, ya podemos desarrollar un sentido libre de ser mujer. Pero siempre con otras. La libertad es relacional, no individualista como la de los Derechos Humanos y de la Revolución Francesa.”

Remei comenzó sus estudios superiores en el Magisterio y luego se especializó en Filología Catalana. Una vez más, Remei intentaba nombrar y darle voz a aquello que estaba silenciando: en los cuarenta años de dictadura militar (desde la Guerra Civil Española en 1935 hasta la muerte de Franco en 1975) el catalán no se enseñó en las escuelas, puesto que en 1939 se prohibió su uso público, para imponer el predominio del español, “el idioma del imperio”. Desde esos años de formación, mucho ha pasado: “Hace 25 años estoy en la Universidad, y veo que no es un ámbito para transmitir conocimientos asexuados, fragmentados, encapsulados, descontextualizados, sino que se trata de que puedas transmitirlos desde tu propia experiencia y  tu propio vivir, para repensar la vida que llevamos.. En la educación se pone mucho en juego de una misma.” Para Remei, el conocimiento descarnado y desvinculado de la vida forma parte del mundo patriarcal. Y cada vez, vamos encontrando más elementos que han entrado en crisis: las epistemologías dominantes, el sentido que orienta la educación y las relaciones en las instituciones escolares también se han agotado. “Hay mucho cansancio en la Universidad, por no sentir que lo que te explican te interpela como mujer. Si el conocimiento universitario no interpela la experiencia de vivir y no se abre a lo que las mujeres han aportado, este modelo se agota. Ya no tiene sentido una visión de la pedagogía y la didáctica tecnificada, homogeneizante e impersonal. El movimiento de la vida no va por ahí.” La universidad se ha replicado como otro epicentro de la crisis, y hoy da cuenta también de la disminución de la calidad de la formación, precarización laboral de docentes y recortes presupuestarios en todas las áreas. En esta zona de emergencia, algo empieza a germinar. En un artículo que Remei publicó en Duoda (“El sentido libre del ser universitarias en el presente”) en co-autoría con Ana M. Puissi, se expresa: “Veo a chicas y chicos, a universitarias y universitarios, tejiendo relaciones con el placer de la relación y autoorganizándose creativamente una y otra vez fuera de los dispositivos de la delegación y la representación, los veo deseosos de volverse irrepresentables e inalcanzables por ideologías viejas y nuevas (…); leo sus documentos de protesta y propuesta, aprecio su capacidad de análisis a partir de sí y en relación con otras y otros, lecturas y análisis más perspicaces y maduros, por ser más libres, que muchas publicaciones científicas y politológicas; no se me escapa su determinación de querer estar en primera persona y defender, además del suyo, el futuro de este extraño país nuestro y una civilización de relaciones donde la cultura y la formación sean bienes personales y colectivos irrenunciables. (…). «No pagaremos nosotros vuestra crisis», dicen. Con inteligencia política han escogido la palabra crisis para nombrar no sólo la catástrofe económica-financiera, sino aún más la caída de todo un modelo de sociedad y civilización, la caída que desde la política de la diferencia hemos llamado final del patriarcado.”

En sus clases, Remei aboga por un conocimiento encarnado, sexuado, que desmonte la fantasía de un conocimiento neutro y dé autoridad a la propia experiencia. Este cambio se vuelve tangible en un elemento clave del conocimiento científico: la escritura académica. “Según ese dispositivo, no estás ahí en lo que escribes. En mis asignaturas, hacemos trabajos en primera persona, para reelaborar los contenidos desde tu propia experiencia, desde una investigación más biográfico-narrativa. Cuesta mucho porque venimos de una tradición en la que el cuerpo es algo a controlar y a enmudecer.” Una de las investigaciones de Remei se centra en qué prácticas libres han aportado las mujeres al ámbito universitario. El problema se le planteó cuando se enfrentó con la realidad de que la presencia femenina en la universidad, como en otros ámbitos de la esfera pública, era ya un hecho; sin embargo, parecían no visibilizarse los efectos que esta presencia trajo consigo: “Las mujeres han aportado mucho a la investigación, en la visibilidad de la subjetividad, en desmarcar el conocimiento más abstracto para sexuarlo. ‘Partir de sí’ no es hablar de una, es partir de la propia experiencia para estar en el mundo, pero no es llenarlo de ti. Que tengas presente lo que te pasa en lo que dices. Que no sea una elucubración discursiva separada del cuerpo.”  La tarea de visibilizar lo que las mujeres vienen haciendo forma parte de lo que Remei llama una revolución simbólica, puesto que se van rompiendo los límites de la estructura de significados establecida. La consigna ya no es cambiar La Realidad, sino trasformar mi relación con la realidad; invoca a una práctica más relacional, más libre, más dinámica y que rescata el valor de la singularidad. Se trata también de elaborar un pensamiento con raíces en una subjetividad completa, que reconozca el lugar de los deseos y lo inconsciente, que valorice a la corporalidad y la sexualidad, que no desconfíe policialmente de lo emocional. Para Remei, es hora de dejar ciertas cosas atrás: “El patriarcado preserva relaciones estructurales de dominación y explotación que no tienen sentido ni hacia las criaturas, ni hacia la ecología del mundo, ni para las relaciones entre la gente. No tiene sentido crear conocimiento instrumental para dominar el mundo, tiene que cambiar también la forma de gobernar”.

En medio de tanto derrumbe, hay cosas que se empiezan a mover. Remei reconoce que es muy importante que algunos hombres también se estén repesando: “Hay hombres que también están abriendo un nuevo diálogo entre sí y con el mundo. Ahí también hay una fuerza. ‘No somos el centro del mundo, sabemos que tenemos interlocutoras, somos el otro de ellas, y ellas son nuestras otras’. Esto cambia el mundo. Porque son cuatro mil años de ponerse como sujeto en el centro de todo.” Entonces, se trata de que los varones reconozcan que su mirada no es neutra ni universal, y que se enfrenta a otras miradas. Sin embargo, ninguna revolución se hace de un día para el otro. “Se están recrudeciendo los mecanismos de control tecnológicos, administrativos, burocráticos, claro, el sistema sabe que se alimenta a costa de la creación libre. Pero para frenar ese avance sobre nuestra libertad, es indispensable tomar conciencia de la nueva relación entre mujeres y hombres. A pesar de la revolución del 68’, cuando nuestros compañeros estuvieron en los gobiernos hicieron cosas interesantes, pero no hubo una conciencia de relación entre sexos y de asumir y reconocer a las mujeres lo que estaban aportando al mundo.”

A través de las experiencias, trayectorias y pensamientos de Remei, desandamos y resignificamos un eje central en la realidad social del último cuarto del siglo pasado y el comienzo de éste. Se trata del movimiento de las mujeres, de mujeres en movimiento que crean contextos en donde los deseos femeninos, masculinos, o de cada singularidad, puedan aflorar libremente y entre los que se establezcan prácticas relacionales que generen nuevo marcos cognitivos, culturales, sociológicos y políticos.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital