“Quedó una dictadura”

El papá de Juan sabe que a su hijo lo mataron. También sabe que en San Pedro, Jujuy, no es el único caso. La Policía entra a casas, patea puertas y levanta chicos de los barrios marginales. Trampas con paco. Abogados que aseguran no tener tiempo. En Argentina, el infierno.

A una cuadra de la estación de micros de San Pedro, Jujuy, unas chapas escritas con tiza hablan de injusticias cotidianas. Proponen, como respuesta, la acción del pueblo. Parece lo que estaba buscando. Aprovecho mi soledad, mi tiempo libre. Sé que si falla esta investigación, sigo de vacaciones, o sigo la Ruta 34 a ver en qué anda Ledesma, en qué anda Tartagal. En una casa me dicen: “Son de Marcelino Romero, se lo respeta mucho. Preguntá al lado”.  Voy.

-¿Conoce a Pablo Juarez? Sé que milita contra la represión policial y vi un graffiti “Dr. Juarez, el pueblo está con usted”.

El señor, vestido de entrecasa, con la puerta abierta y la reja cerrada, no lo conoce, pero me recomienda preguntar en la peluquería de esa misma cuadra. Cree que es familiar de la dueña.

– Pero esperame un poco.

Se va y vuelve al rato con unos papeles. “Polémica entre el cerebro y el músculo. Los protagonistas de esta discusión son un abogado y un albañil, el primero representa a los trabajadores teóricos e intelectuales, que son dueños de un poder valorado por esta sociedad; el segundo representa a la CLASE OBRERA, muy especialmente al 90% de los obreros que nacen, viven y mueren pobres en esta sociedad mal gobernada”, dice impreso en máquina de escribir. “UNA ENSEÑANZA EJEMPLAR DE PADRE A HIJO (Cuento)”, “LO MÁS GRANDE QUE HAY SOBRE LA TIERRA ES EL OBRERO” y  el único impreso en computadora: “33 Consejos para la perfección humana”. Prometo leerlos más tarde.

En la peluquería me dicen que ese Juárez no era a quien yo buscaba. Vuelvo a girar sin rumbo, buscando un lugar donde parar. Una mochila enorme y un aislante hacen que me vea raro en el silencio de la calle. Las pocas personas que encontré –la mayoría andando en moto- pararon amablemente y me mandaron a hoteles de lujo, a la nada, a la mierda y a un telo. Preferí la nada, el calor quemante de la plaza. Leí los papeles y volví a arrancar. Encontré un hotel que parecía barato. No lo era.

Llamé otra vez a ese supuesto número de Pablo Juárez en el que nadie me había atendido tantas veces. Me atiende. Arreglamos la entrevista para la mañana siguiente en la plaza central.

Vino con el padre del único caso de asesinato que se conoce hasta ahora. Nos metimos en un bar.

-Hablé con Marcelino Romero. Me mandó a una peluquería y me dijeron que nada que ver con vos. Vi también unas pintadas.

-No, nada que ver conmigo. Ese… bueno, mejor dejalo ahí.

Cuando las demás mesas no miran, me cuentan que los mandan de un lado para otro, que les dan un abogado que está a cargo de los juicios de lesa humanidad y no tienen tiempo. Casos de tortura que se ven por semana: 10. “¡10 que se ven!” Mayormente a los mismos chicos, que no pueden defenderse, de barrios sin recursos, que van a un boliche y son levantados sin ninguna razón por policías borrachos. Les pegan, les roban.

Juan Gómez: Yo pasé la dictadura siendo joven. Veía todos los días lo que hacían. Se fueron, pero quedó una dictadura apoyada por los gobiernos de turno. Ahora le toca a cualquiera. No le importa si tienen orden de allanamiento o no. Entran, golpean bebés, te rompen todo, te ponen armas en las cabezas.

Se calla y mira por la ventana. Lo mira a Pablo y señala un auto de policía.

-Ese es de la Brigada de Barbosa –me dice Pablo-. No te preocupes, Juan.

– A mi hijo, Juan Martín, “Sonrisa” -le decían porque se llevaba bien con todos-, lo detuvieron por última vez el 3 de noviembre de 2011. Lo torturaron y recién el 4 lo llevaron al hospital La Esperanza, que es donde los médicos son cómplices porque nunca hacen la denuncia. El agente Barbosa, la mano fuerte de la Brigada de Investigaciones, lo esposó con otros dos, le tiraron agua hervida. El 6 hice la denuncia. La información de Tribunales rápido le llegó a la policía porque abogados, fiscal, ayudante de fiscal, abogados, jueces, son todos una familia. “¿Cuánto quiere tu viejo para quedarse piola?”, le preguntaron a él. Si me hubieran hecho caso, mi hijo estaría vivo. Para colmo, de todas las detenciones que tuvo, nunca le comprobaron nada. Después de un proceso de recuperación de adicción al paco –el Rey de San Pedro-, el 17 de junio fue la primera vez que salió solo. No volvió. Cualquier persona te va a contar que saben quiénes son los que venden y que tienen que ver con la policía. A él lo obligaban a ir a Jujuy a vender paco.  La gente me contó el recorrido que él hizo. Tengo entendido que también lo llevaron a Bolivia.

Me cuenta que lo mataron en la casa de un policía, que apareció incrustado en el ventiluz del baño, por el que claramente se hubiera dado cuenta de que no pasaba. Estaba asfixiado por su campera. La policía dice que quiso entrar a robar. Juan está seguro de que lo hicieron ir con alguna excusa y ahí lo asfixiaron entre varios. Las versiones de cómo lo encontraron fueron difiriendo con el paso del tiempo y según quién las dijera. El celular de Sonrisa le llegó a Juan reseteado y sin bolsa, por lo que no lo puede ya peritar. Una señora de edad que vive en la misma cuadra donde mataron a Martín asegura que esa casa es un aguantadero, que nadie va a entrar a robar ahí.

Al hermano de Juan lo levantaron en diciembre mientras trabajaba. De las ocho personas que había, solo lo pararon a él. Lo desfiguraron a golpes al grito de: “Si siguen jodiendo con el tema de Sonrisa, ya saben lo que puede pasar”. La protección para la familia todavía no llegó. Al hermano de Sonrisa, Daniel, también lo agarraron. Dijeron que tenía marihuana, pero no existió ningún secuestro. “No lo trataron mal porque no les dimos tiempo”, dice Juan. “¿Tu viejo es quilombero? Se viene con todos los Derechos Humanos encima”, le preguntaron a Daniel. Cuando Juan se retiró de la comisaría, cerca de las 17, Daniel pidió ir al baño. Cuando estaba ahí, un policía lo chicaneó, él contestó y lo amenazaron:

-Vas a necesitar una manito, ¿no?

.-Sí, traé la tuya.

-Ya te vamos a dar todas las manos que vos quieras cuando te metamos en el calabozo.

A Walter, tío de Sonrisa, el 26 de enero, lo volvieron a agarrar. “Le hicieron una cama. Estuvo 33 días porque le pusieron paco en el auto. Salió porque pude ponerle un abogado. Lo que consta en el expediente es que le secuestraron tres gramos de paco. Lo que salió en los medios es que es jefe narco, con auto de alta gama de dudosa procedencia, que desbarataron a la banda. Cuando logramos retirar el auto, le faltaba una de las llaves. Nadie se quiso hacer cargo. Vamos a tener que hacer otra llave porque en cualquier momento pueden agarrar el auto y meterle droga adentro. No es fácil para nosotros cambiar la cerradura por el costo”.

-El fiscal Catán y el ayudante, Flores, se lavan las manos como quieren –dice Pablo-. Catán, enviado por el juez Samann, retiró todo tipo de documentación que había en las comisaría entre los años 73 y el 84. Nunca dieron aviso a ninguna otra fiscalía. Flores entra a las comisarías, a las celdas, insulta a los chicos, los patea, los escupe. No hay contención del Estado, todo lo contrario. Nos cansamos de discutir con la asesora de la secretaría de Derechos Humanos de la provincia, María Luciana Eichenberger, que dice que no tiene poder para actuar. ¿Quién le tiene que dar poder? Recién cuando el Alem la llamó hizo algo. María Luciana Eichenberger se manejó de una forma totalmente déspota. Ni siquiera tomaron las denuncias. ¿Dónde están acá los derechos humanos de los pobres? No hay un abogado estatal para lo que está pasando en San Pedro. En ningún momento hubo una respuesta del estado. “Es un problema judicial”, nos dijo el subsecretario de Derechos Humanos de la Nación, Luis Alem. “Vayan a Acceso a la Justicia”. Cuando fuimos al ministerio de Justicia para hablar con el viceministro, nos atendió el secretario de su secretario y nos dijo que lo tenía que ver Derechos Humanos. Hablaron con Juan Manuel Civila. Él fue sincero: no se podía dedicar porque los juicios de lesa humanidad le quitaban el tiempo. Por eso vamos a volver a Buenos Aires para conseguir que traigan un abogado que se dedique.

Terminamos la entrevista y Pablo me invita a seguir investigando juntos. Me lleva a lo de la madre de otro chico perseguido. Al hijo de Gladys lo metieron en “el tema drogas” a los 14 años. Primero le regalaban, después tenía que vender tres de los cinco paquetes. Hasta que se consumió todos y lo obligaron a robar, después de enseñarle, para pagar. El doctor Samann prometió buscar un lugar para que se recuperara. El lugar solo existió para las cámaras de fotos. Después era chamuyo. Ni un psicólogo. Le tuvo que llevar comida. Al otro día tenía una hematoma en la cabeza y la planta de un borceguí marcada en la espalda. El cuartelero había abierto las puertas para que quien quisiera violara a los que hubieran violado. Gladys le pidió que no se metiera. Él prometió mantenerse apartado, pero le pidió 20 pesos para comprarle marihuana al cuartelero, así no le pegan. Las pastillas para el tratamiento de conducto que dejó no le llegaron al hijo. La respuesta del fiscal Samann, dice Gladys: “Bueno, ¿qué querés? Si tenés un hijo delincuente ¿querés un hotel 5 estrellas?” Cuando amenazó con ir a algún organismo de derechos humanos, el hijo salió libre.

“Así se repitió dos veces más -sigue Gladys-. La cuarta, el doctor Froilán Flores me dijo que mi hijo era consumidor y que entonces lo iba a tener tres meses para que aprendiera. ‘Usted se acuerda de Gómez, el que murió en barrio Bernacchi. Yo creo que no le gustaría que su hijo muriera así’. Nunca supe cómo interpretar eso”.

La quinta vez, el 15 de noviembre, ni importó que la ropa de su hijo y la de quien había robado una moto fueran similares, ni que la que llevaba no fuera una Tuning. La denunciante dijo que el hijo de Gladys no había sido. No importó.

Cuando Gladys, en 2010, denunció ante la policía a quienes vendían, le rompieron la puerta de la casa.

Ahora, si intenta trabajar, la policía les avisa a los patrones que él se droga e inmediatamente pierde el trabajo.

-Cuando mi hijo consumía, los narcos entraban a mi casa y a la de mi mamá y se llevaban todo.

-¿Conoce muchos casos como los de su hijo?

-Sí.

Vuelvo a lo de Pablo. Me cuenta la historia de Diego Constancio, un pibe de 23 años. Se tuvo que ir de San Pedro para que dejaran de perseguirlo.  Lo detuvieron por denunciar que el agente Facundo Quiroga, de la Brigada de Toxicomanía, tiró un paquete en un cajón de gaseosas mientras hacía un allanamiento a un kiosco. Antes de declarar, lo amenazaron con matarlo, con hacerle la tortura “submarino” y hasta con desaparecerlo. Por eso se tuvo que ir un tiempo de San Pedro.

Me encontré con Diego para escucharlo de su boca, pero la historia seguía:

-A la salida del baile, nos decían “Andá a dormir”, y nosotros no íbamos. Ahí nomás nos metían adentro, así, por borrachos. Después de lo del kiosco me pasó que un sábado a la noche no quería salir para trabajar el domingo. Me levanté a las 10. Bajé para ir a laburar, caminé por el pasillo, así –por las señas, parece ser angosto-, de mi barrio. Vi que venía caminando uno a mi costado. Del otro lado, otro vago. Miré para adelante y tenía a un patrullero de la Brigada de Investigaciones. “Vení para acá”. ¿Para qué? Yo digo chu, ¿por qué me llevan? Me querían hacer una causa, o no sé si me la hicieron, de un tele, un televisor. No salí anoche. ¿Tengo olor a alcohol? ¿Estoy trasnochado? Me metieron adentro del patrullero. ME llevaron al Paterson, no tenía nada. Después, en la comisaría sí me dieron, en la 9na, donde está Barbosa. Me tiraban de las manos por atrás, cuando estaba esposado. Como a las 12 mi mamá me llevó la comida. No me la dieron. Me la dejaron a las 9 de la noche. A todo eso, me sacaron fotos… Y a la noche me dijeron: “Vení, firmá”. Y yo no sé leer. O sea, más o menos. “Firmá si querés salir. Ah, y una cosita: no vayas a querer decirle a tus vecinos que te trajimos por el tele”.

-¿Viste a los policías en funciones en pedo?

-Sí.

Nos llega un papel con seis nombre, seis edades de entre 15 y 26 años, seis direcciones con sus barrios y seis divisiones distintas de la policía. Salimos en moto. Todos allá se mueven en moto. “El transporte público es muy caro y muy malo”, repiten los sampedreños.

En el Barrio Niño Jesús:

-Manzana [dice un número], lote [dice otro número]. Acá tiene que ser –me dice Pablo Juarez cuando me bajo de la moto.

Meto las manos entre los tablones de madera. Aplaudo.

-No, no lo conozco.

-Sigamos

-¡Eh, [dice un apodo]! Él es periodista –le dice Pablo-. ¿Le querés contar lo que te pasó a vos y en qué andás ahora?

-Aquí en el Norte no hay justicia. Te agarran y si no tenés abogado, te fajan. Tengo 28 años. A los 18 fue la primera vez. Después a los 25 y ahora hace 4 meses. No quiero caer más por el abuso que hacen ellos. Varios chicos sufren mucho ahí adentro. Son olvidados, procesados en San Pedro. Acá no es un lugar para ser procesados. Es un proceso de 9, 12 meses. Cuatro celdas con cuatro personas adentro. Solo 3 horas de recreo separadas. No podés pedir que te saquen al baño. Después, se abusan con golpes físicos, picana. Todo lo que te podés imaginar. Nadie hace nada. No contamos con recursos para contratar a un abogado que haga valer nuestros recursos. Lamentablemente ya estamos acostumbrados y no va a cambiar nunca en esta parte del país. Los abogados del Estado no hacen nada. Te dejan ahí por robo simple, o un supuesto hurto, y te procesan 6 meses.  Llegás a juicio y te condenan. Cuando te levantan, solo lo hacen por fijarse en tu cara. Si un porteño se levanta una moto acá y a cinco metros, yo me levanto otra, me van a parar a mí. Hay mucha discriminación. Mayormente con la gente humilde. Hay changos que sufrieron abusos. Yo personalmente los vi. Bolsa, quemaduras con agua hirviendo, picana, golpes en los riñones. A la mayoría les rompen los tímpanos. A Martín Gómez, todo el mundo lo sabe, lo mataron. No fue un accidente. Lo mató la policía. Tengo miedo de que me vuelvan a detener, no quiero seguir saliendo.

-¿Drogas circulan en las comisarías y las cárceles?

-Si yo tuviera que hablar, amigo… Tengo miedo por mi seguridad. No sé qué puede pasar. Temo por mí, mis compañeros y mi familia. La policía hace lo que quiere.

-¿Seguimos? ¿Qué dice el tercero?

-Barrio Libertad. Se llama así porque los propios vecinos se organizaron para construir sus casas. No dejaron que entrara nadie a aparatear.

Arranca, saltando pozos, esquivando piedras, mirando para atrás para cuidar que nadie nos siguiera. Llegamos, preguntamos un par de veces. Nadie conoce esos nombres. Los lotes cambiaron de numeración. Vemos a unos pibes laburando en una casa.

-Amigo, ¿cómo andás? Estamos buscando a [nombre tal], de [tal manzana y lote]. Somos de derechos humanos. Él es periodista de Buenos…

-Ah, son de derechos humanos, ¿quieren hablar? –dice uno a los demás. Había algunos adentro. Eran siete.

-Vengan, vamos al cuarto –se acomodan, bromean sobre la autoridad del pibito porteño, se piensan apodos y sin mucha introducción, empezaron.

-Yo –dice Chichani, de 23 años, tiene dos tiros de escopeta marcados en la panza. Se los dio el hijo de un oficial retirado con el arma de su viejo- una vez estaba en la plaza, sentado con los compañeros que venían a trabajar. Llegó la brigada, me pidieron solo a mí los papeles de la moto. De la nada. Perdí horas de laburo que ya no me pagan por esa detención. “Vení a dejar los papeles. Si vos no venís, ya sabés lo que te va a pasar”, me decían.

-Ellos hacen así –dice Andrés “Chupito”, que más tarde me enteré que sabe mucho porque es médico de la gendarmería-: entran, revientan y sacan a los chicos, todo.

-¿A todos acá los agarraron?

-Sí –dejan claro siete voces-.

-Yo estaba durmiendo a las cinco y algo de la mañana –vuelve Chichani-, siento un ruido de la puerta. Era la policía de la Brigada de Investigaciones “Todos al suelo”, dicen. Me echaron agua ardiendo ahí nomás.

-Los de la novena –insiste Chupito- hicieron dos veces un allanamiento: “No sabíamos que ya habían venido”, dicen.

-Me dieron picana por la espalda -sigue Chichani-. Cuando vuelvo tarde a mi casa, tengo que ir orillando para que no me agarren.

-Querés conocer la causa y no te dicen –sigue Chupito-. Yo estoy en la medicina y por eso no me joden a mí. A los demás los llevan.

-“La muñeca” Barbosa ya está acostumbrado –sigue Chupito- a golpear a los chicos. Al hermano de Seba lo golpearon solo por ser hermano.

-Los días sábado -habla por primera vez Chemín, que tiene catorce disparos de goma en el cuerpo. Se los dieron adentro de la comisaría 9na- se ponen a tomar pasando la calle 9 de julio y quedan re machados.

-¿Y qué hacen –intervengo- cuando los cagan a tiros adentro de la comisaría? ¿Los llevan al hospital?

-¿Qué te van a llevar al hospital? Hay una médica –vuelve Chupito- que no te hace ningún estudio. Te toma el nombre, te dice que levantes la remera y ni te mira. Y listo. Él –señala a Chichani- tenía el dedo reventadísimo y ni lo vio. Cuando pedimos ir al baño, nos tuvieron diez horas para ir. “¿Cómo hago yo para ver a mi abogado?” “No, eso se ve solo en las películas, me dice Barbosa”. Él me tiró una cachetada que yo esquivé. “Vos me tocás a mí y perdés tu laburo”, le dije, y se disculpó: “Vos ayudá con la causa y listo”. Después se desquitaron con un vago en la celda de al lado.

-¿Es cierto que les dan cinco paquetes y si no venden tres, cagaron?

-Si te negás o te quedás las cosas, te liquidan –dice Chupito-, así como le hicieron al changuito Martín Gómez. Le hicieron la causa de que se había muerto solo. Mentira.

Me cuentan que la fiscal pasa a veces por donde ellos se junten, pasa bien, bien despacio. La brigada también, en un Fiat blanco. Además de todo eso, les roban lo que tengan. Se quedaron hasta con una moto con papeles, dicen. Supuestamente está en San Salvador. Les hacen estar culo para arriba, con las manos en alto, arrodillados, sin apoyar el culo… Lo que se les ocurra para divertirse un rato. También cuentan que se quedan con la comida, que nadie es bueno “adentro”.

Chupito agrega información de otros casos: “Los changos se amotinan, prenden fuego para que vaya el juez. El juez va y también los caga a palos. A algunos ya no les importa nada y se cortan. Nos lo dijo un chico cuando entramos nosotros”.

Efectivamente, mientras estábamos ahí adentro, pasó un patrullero de civil mirando para adentro.

Al día siguiente, estaban cuatro de ellos en una de sus casas cuando entró la policía sin ningún motivo, cerca de las 22. Vieron que estaban con el médico y se calmaron. Dijeron que tenían información de que había dos motos robadas. Revisaron y encontraron una sola, pero con todos los papeles en regla.

Pablo me acompaña a agarrar la mochila. Vuelve a mirar para todos lados. Acelera en la moto, frena. Espera. Deja pasar autos. Avanza hasta la terminal.