“Cada novela encierra un sistema de pensamiento”

El escritor Guillermo Martínez parece tener la fórmula para una buena novela: originalidad, resolución técnica y calidad de la prosa. En esta entrevista también habla sobre el rol de los concursos, la lógica de las librerías-vidriera, su relación con la matemática y el género policial.

La lluvia se adivina en el olor del aire. Un segundo piso, un cielo apenas gris que se cuela por la ventana, un hombre sentado a la orilla de una taza de té vacía. Guillermo Martínez mira hacia afuera y me espera. Doy los últimos pasos que me separan de un saludo casi tímido, que se desdibuja en la humedad de esta tarde de martes. Durante el rato que sigue, acompañados por el repiquetear insistente de las gotas contra el vidrio, recorreremos su devenir por el mundo de las letras, su mirada del panorama literario actual y sus búsquedas como escritor.

El escritor surgió a partir de la lectura. “Creo que casi todos los escritores tienen una relación inicial muy fuerte con la lectura. En mi casa, en particular, mi papá era un escritor amateur (en el sentido que nunca se preocupó por publicar en su vida) pero a la vez, era muy consecuente, muy dedicado, entonces lo veíamos escribir prácticamente a diario y era sobre todo un gran lector”. El recuerdo de su padre irá filtrándose por los intersticios de nuestra charla, reapareciendo de a ratos, como una presencia que subyace. Tras su muerte, él y sus hermanos eligieron algunos de sus cuentos que creyeron más logrados y una novela breve, y los publicaron bajo el título Un mito familiar. Guillermo lo recuerda yendo y viniendo de la Biblioteca Rivadavia, en Bahía Blanca, ciudad en la que nació, trayendo a la casa libros diversos. Lo evoca los domingos por la mañana, leyéndoles un cuento a los cuatro hermanos, invitándolos luego a escribir en un certamen literario de entrecasa. “Ése fue el ambiente en el que me crié: un ambiente de lectura, de intercambio de libros, de juntar libros, de películas”.

Guillermo mira por la ventana y habla rápido, su boca se abre apenas mientras las historias ya contadas corren entre sus labios. Cada tanto, se detiene. Dibuja una pausa hasta encontrar la palabra justa, abre un silencio que lo espera sin prisas, hasta que da con la expresión que buscaba y que le permite continuar. Ahora hunde las manos en la memoria de aquellos primeros años, y entre los resquicios de sus palabras van entramándose las novelas policiales, la colección Iridium, Ray Bradbury, los libros de aventura, Agatha Christie, Borges, Julio Verne, la colección Robin Hood, algo de literatura política, Bioy Casares, Dickens, la colección Capítulo de la Literatura Argentina, la literatura fantástica. “Yo leía en un estado como de absoluta inconsciencia en cuanto a autores, escuelas, tendencias. En mi casa había una forma muy ecléctica de leer”. Y en ese contexto, entre las paredes de una casa que inevitablemente imagino impregnada del olor profundo que respiran los libros viejos, Guillermo empezó a escribir. “En esa época escribí unos primeros cuentos más ambiciosos en cuanto a extensión, temática, etcétera, que fueron germen de lo que luego sería un libro de cuentos que escribí entre los 14 y los 19 años, que se llamó ‘La Jungla sin bestias’, con el que gane un premio de cuentos, el premio Roberto Arlt”.

Su recuerdo nos invita a pensar el rol de los concursos en el ingreso de los autores nóveles al mundo de la literatura. “Los concursos literarios tienen ese costado interesante, como una especie de señal del mundo de que uno va por buen camino, qué se yo, de que hay una posibilidad allí y adelante”. Guillermo retrocede hasta el año 84, cuando vino a vivir a Buenos Aires, y evoca un panorama complejo para quienes comenzaban a escribir. “Imaginate que habría tres editoriales grandes en ese momento. Estaba Sudamericana, Emecé y no sé si había otra más grande. Había unas pocas editoriales, y todas con un catálogo ya constituido y con muy poco ánimo de apostar a autores desconocidos, jóvenes, etcétera”. La situación distaba mucho de la actual, observa, en la que las pequeñas editoriales proliferan, multiplicándose así las chances de publicar un primer libro, aunque sea de un modo más o menos artesanal. “En aquella época si vos no publicabas en Planeta, Sudamericana o Emecé, no había modo de que te reseñaran”. Y los que publicaban en las grandes editoriales, explica, eran aquellos que tenían contactos editoriales, amistades en los medios, o algún nombre en el periodismo cultural. “En ese sentido, los premios literarios para mí fueron providenciales, me dieron la oportunidad de comunicar al margen de todo esto, que yo no conocía”.

Hoy, en los concursos, le toca estar del otro lado. Pregunto cuál es su visión respecto a la producción contemporánea. “Bueno, depende, no muy alentador en cuanto al promedio diría yo, pero siempre hay alguna excepción. La literatura es una excepción en general, ¿no?”. El promedio de novelas que están bien, dice, es de dos o tres en cien. “Y a veces lo que es peor es que la que está bien, está bien de una manera chata, es una novela libre de errores pero nada más que eso”. Premiar novelas simplemente correctas resulta para él decepcionante. Sin embargo, destaca una vez más, la literatura se nutre de excepciones y por supuesto que las hay. Evoca un concurso del Fondo Nacional de las Artes en el que dos novelas fueron premiadas. “Estaban muy bien las dos. Y las dos se publicaron, pero lamentablemente no paso demasiado. Tampoco es que ganar un premio catapulte automáticamente a un autor, ¿no?”

Del tejido de sus últimas palabras desprendo una idea: la publicación. Qué sucede cuando uno publica un primer libro y no pasa nada. “Yo creo que lo difícil, la verdadera prueba para un escritor no es la publicación del primer libro, sino lograr sobrellevar la decepción que casi siempre lo acompaña. Decepción en el sentido de que justamente un primer libro a veces cuesta años. Hay antesalas, hay esperas, hay aplazamientos y luego se publica, y en general se publica en condiciones desfavorables”. En el fluir de su discurso, la librería comienza a tomar la forma de una interminable carrera de obstáculos. “El libro no va a las vidrieras, ahora en las vidrieras de las librerías muchas veces no hay libros, entonces bueno, hay que superar los CDs de la vidriera, las novedades de los tanques de cada editorial que están en las primeras mesas, en la segunda mesa aparecen los libros de autoayuda, en la tercera mesa los de literatura infantil, y claro, van quedando. Es un golpe entrar en una librería y encontrar el libro por el que vos estuviste trabajando durante años, quizá metido por orden alfabético o en un stand del fondo”. Y sin embargo, rescata en esta suerte de dialéctica que creo percibir como constante en su discurso, cuando hay un libro bueno se produce a su alrededor un cierto runrún. “Los escritores y los editores tienen una parte muy desagradable en cuanto a envidia, rencor y resentimientos, pero también son en general buenos lectores. Los comentarios suelen dar en el blanco y hay algunos libros que, a pesar de todo, se hacen ver”.

Momento de encarar lo ineludible. Pregunta gastada pero inevitable, me disculpo, y por primera vez él sonríe con todos los dientes, anticipando con certeza hacia dónde voy. Hablamos de matemática, y el recuerdo de su padre vuelve a aparecer en primer plano. “Fue muy curioso, casi un accidente en mi vida.” Cuenta que durante su paso por el colegio secundario nunca pensó que acabaría estudiándolas. Pero su padre quería que hiciera una carrera que le permitiera vivir, y él eligió ingeniería electricista. “Y mientras empezaba la carrera, que tenía mucha matemática, descubrí algunas ideas muy interesantes y cercanas a la filosofía que tiene la matemática: la definición de infinito, las paradojas lógicas, la lógica como materia, algunas ideas de álgebra, la definición de límite en análisis”. Entonces Guillermo comprendió que nunca sería ingeniero. Pero algo en la formación que había adquirido lo impulsaba a pensar que tampoco quería estudiar literatura. “Hay un modo de estudiar en matemática, una profundidad, que yo no encontraba en las otras disciplinas. Las otras disciplinas son más bien de erudición, hay algo horizontal en el modo de conocer, y a mí me interesó esta especie de ahondamiento que hay en la matemática”. Entonces decidió especializarse en el ámbito de lo matemático que considera más vinculado con las humanidades, y se doctoró en Lógica. “Quedé como muy agradecido a este accidente, porque me dio una manera diferente de ver y de pensar”.

En la ventana empañada se dibuja la curva de un paréntesis, y Guillermo aprovecha para derribar el prejuicio de que sus estudios condicionaron su modo de escribir. “Estar expuesto a la matemática no me hizo cambiar. Siempre digo que si yo quitara de la solapa de mis libros que soy matemático, no creo que nadie pudiera detectarlo”. Excepto por Crímenes Imperceptibles, acota, que sí toma de la matemática los ámbitos, los personajes, el conocimiento. “Yo nunca sentí que estuviera escribiendo como un matemático. Siempre doy el ejemplo de Hemingway: en sus cuentos se pueden ver una cantidad de detalles de cómo pescar con mosca, la pesca en el río, los aparejos, y nadie diría que escribe como un pescador, ¿no es cierto?”. El oficio de los escritores sería entonces solamente una herramienta más en la construcción de la verosimilitud. Observo que quizás pueda vincularse con la matemática la claridad de su escritura. “Bueno, yo diría que siempre fue la clase de prosa que a mí me interesó. Para mí la matemática enseña que la claridad y la simplicidad no tienen por qué ser superficiales. Puede haber profundidad en lo simple también, ¿no?”. En este sentido, para Guillermo es necesario evitar elevar cualquier prejuicio estético a la categoría de axioma. “Cada novela crea un mundo y requiere sus propias herramientas, su propio tono. Lo que es general a todas las novelas que uno escribe será lo que algunos llaman el estilo, o el mundo, o lo que sea. Mi experiencia hasta ahora siempre ha sido así: cada novela me lleva a una especie de sistema de pensamiento diferente, a una escritura diferente”.

La que se abre entonces es una puerta para ingresar en el universo de su producción, explorando cuáles son esos elementos que subsisten. “Yo creo que siempre aparece una línea teórica relacionada con un problema vinculado con el conocimiento. Y por, otro lado, eso está encarnado en una situación dramática, me interesa mucho que mis novelas tengan un costado de crescendo dramático y un momento de quiebre. Es la parte humana y la parte teórica; coexisten esos dos mundos”. Guillermo también señala una constante en cuanto a los vínculos emocionales entre sus personajes. “Me señalaron, sobre todo con mis primeras novelas, el contrapunto que hay entre dos personajes, uno que suele tener algo así como una superioridad intelectual o una dominación sobre el otro, y el intento del otro por superarlo o derrotarlo en algún punto”. Por otro lado, explica, siente un interés hondo por encarar temáticas con un costado atemporal. Es decir, problemas que en ninguna época encuentran buenas soluciones, grietas que no cierran, dilemas humanos: la búsqueda de conocimiento, la reparación de la sociedad respecto a la víctima de un crimen, el crimen mismo. “Y todo lo que puede llevar a un crimen, ¿no? Eso es algo que en cada época se ve de una forma diferente, pero es algo que está latiendo, una especie de pequeña capa de civilización, que ante cualquier fricción un poco violenta, salta”.

Nos enredamos entonces en los vericuetos del policial y sus formas diversas. Crímenes Imperceptibles propone una reactualización del policial de enigma clásico: la inteligencia y el análisis predominan sobre la acción en una sucesión de crímenes vinculados con una serie matemática. Guillermo cuenta que en una ocasión le preguntaron por qué la novela estaba situada en Inglaterra. “Lo que yo dije es que era muy difícil pensar en una novela policial del género de la novela clásica inglesa, de intriga, en Argentina, porque la investigación policial no es confiable en Argentina. Uno tiene una especie de primer elemento de inverosimilitud, que es que no puede confiar en las pistas o en la parte documentada que suministre la policía. No logran ni siquiera preservar la escena del crimen, sacar las huellas, no puede hacerse nada, nada bien”. Entonces, concluye, un policial clásico acá empezaría siempre como una suerte de paso de comedia.

Sin embargo aquella pregunta fue disparadora, y abrió el desafío de pensar una novela policial que sí transcurriera en el país y superara el desafío de que si hay un crimen sin resolver en la Argentina, todos saben que el culpable es la policía. “Entonces se me ocurrió esta variante que aparece en ‘La muerte lenta de Luciana B.’, que es que la policía interviene (si no interviene la policía en una serie de crímenes también es inverosímil), pero se abstiene de investigar, porque hay una sospecha de corrupción alrededor de este crimen de un preso que salía a robar para la policía”. De este modo, en la novela la policía aparece con todo su aparato, pero no profundiza en las sospechas de Luciana porque ya ha encontrado a su criminal. “Y el lector sabe que ese criminal no es la verdadera mente detrás de los crímenes. Entonces aparece el verdadero investigador, que es el narrador, el que puede cotejar las versiones, ¿no es cierto? Se me ocurrió esa variante como puede haber otras; yo creo que todo es una cuestión de pensar sobre el asunto, y dar con una variante que permita también escribir una novela policial de intriga aquí”.

Pedimos la cuenta, y con la tormenta en la ventana nos sumergimos en las profundidades de sus búsquedas como escritor. Guillermo destaca tres elementos cruciales de los que se sirve para juzgar como lector, y a los que aspira al momento de escribir. “La cuestión de la originalidad: que la idea que está por debajo sea una idea que a mí me parezca novedosa, interesante, que sea una vuelta de tuerca con respecto a las cosas que ya se han dicho sobre eso. La cuestión de la resolución técnica: yo lo llamo la maestría en la ejecución, encontrar la mejor manera de contarlo y tomar todas las decisiones que tienen que ver con el punto de vista, la extensión, el tono con el que vas a contar, desde qué momento vas a contar. Y finalmente la cuestión de la escritura: la textura de la prosa, el cuidado en las palabras, una cierta belleza que tiene que haber, una cierta elegancia”. Las tazas vacías quedan sobre la mesa como el recuerdo de las palabras que pronunciamos. Nos despedimos en la puerta. Guillermo y su paraguas negro se hunden bajo una cortina de lluvia cada vez más gruesa.