Paraísos perdidos

Las islas del caribe que por siglos fueron paraísos naturales tan solo esperaron a convertirse en paraísos fiscales. Las Islas Caymán y los miles de millones de dólares electrónicos que el mundo esconde en sus 260 km2.

*Desde Gran Caimán, con gran dificultad para poner un tilde, mayor aún para un signo de exclamación, sin responsabilidad sobre retorcijones o vómitos causados por las sumas de dinero que se mencionan.

Cuando, como ahora, las elecciones de los quince miembros de la Asamblea caimanense se acercan y en los oficinas de los seiscientos bancos, de las empresas de seguros, en los barcos de buceo, en los restaurantes y supermercados se discute si se volverán a extender los permisos de residencia más allá de los siete años, si la isla seguirá siendo un paraíso fiscal, si el multimillonario Kenneth Dart va a seguir construyendo su proyecto de ciudad dentro de la George Town, la capital. La amplia mayoría de quienes lo discuten ni pueden votar, porque son extranjeros, incluso los ingleses, irlandeses, galeses, escoceses radicados en la isla. Pero quien decide tampoco es el caimanense; es el gobierno de Reino Unido, que designa al Gobernador en nombre de la Reina. Desde ese cargo, tiene poder de veto y asigna tareas a los legisladores. El actual es un buen tipo, dicen: invita a todos a tomar el té, pasea por la playa, saluda, comparte a su perro, le presta la casa a su hijo para que haga fiestas, le busca un trabajo común. El viento favoreció su playa -como toda la costa, propiedad de la Reina- y la llenó de arena, entonces siempre es de las más concurridas.

Cuenta la historia que a fines del siglo XVIII, como los caimanenses ayudaron a la tripulación de diez barcos ingleses que se hundieron frente a las costas de Gran Caimán, el Rey Jorge eximió del pago de impuestos a los colonos. Hoy el gentilicio cambió. Son caimaneros, y su fama es de pajeros. Altos cargos estatales solo pueden ser ocupados por ellos, toda empresa tiene que tener un socio ciudadano, “entonces se la rascan y están llenos de plata”. Ya, desde 1962, tampoco pertenecen a una colonia, sino a “tierra de ultramar” inglesa.

La historia, diferente, cuenta que a partir de entonces, se complementó al beneficio impositivo con la posibilidad de tener una cuenta bancaria sin que nadie, ni siquiera otro Estado, pudiera tener acceso a la información sobre ella.

La Reina tampoco es todo en estas islas del Caribe. Estados Unidos también pesan acá, y no solo por esos culos gigantes intentando descender a las profundidades del Caribe o visitando la Ciudad de las Rayas, o por las increíbles preguntas (si se puede pasar por abajo de la isla, que cómo hace el agua para cambiar de color en la profundidad…). Barack Obama, en 2008, su momento más progresista, denunció: “Hay un edificio en Islas Cayman que acoge dieciocho mil empresas. O bien es el edificio más grande del mundo, o bien es la mayor estructura de evasion fiscal existente”. Justo, justo después de que Europa Press publicara que el excandidato republicano Mitt Romney tenía 250 millones de dólares en un banco caimanense para pagar menos impuestos.

Desde que Financial Times publicó que “Islas Caimán pretenden introducir una serie de reformas con el fin de acabar con la opacidad que rodea a las entidades domiciliadas en su territorio y quitarse así la etiqueta de paraiso fiscal”, se esperan reformas. Aunque no se realicen actividades en este territorio, el régimen fiscal es como para aquellos sacrificados caimaneros que salvaron a los tripulantes ingleses y sus riquezas -porque tampoco venían solos-.

El que vino a la Gran Caimán fue Dart. Primero heredó la empresa que fabrica vasos de térmicos, creció hasta poner una fábrica en Pilar, Argentina. Compró bonos bien baratos cuando el Estado estaba casi en quiebra, igual que en Brasil -donde fue nombrado enemigo del pueblo-, y quiso embargarlo consiguiendo un juez adicto, Thomas Griesa. Le paró la fragata Libertad en Ghana. Aunque parece estar perdiendo en este caso de los fondos buitre, mal no le va. Quiere construir una ciudad en la isla que le dio cobijo en 1990, cuando huyó de la mafia rusa -por haber intentado cagarlos de visitante en las negociaciones posprivatizaciones de gas-, de su hermano -a quien acusó de quemarle la casa por haberle birlado gran parte de la herencia- o de alguna otra de sus humildes víctimas financieras, como los mismos Estados Unidos -a donde quiso volver como cónsul de ¡BELICE! para tener fueros-.

En el tercer centro financiero internacial (mil quinientos millones de dólares estadounidenses en pasivos. Más negocios fiscales que habitantes), las escuelas pública solo están abiertas a quienes tienen el status caimanense -no la ciudadanía, porque, nuevamente, son “territorio de ultramar”-. Por lo tanto, Dart tuvo que incluir una en su ciudad. Ahí va su hijo, a quien le cambió el apellido para prevenirlo de malos momentos. Miedo en consonancia con los preparativos antimisiles en el yate donde vive. Miedo en consonancia con la consecuente desconfianza de los caimaneros para ayudar -en caso de que los misiles llegaren a destino- a los tripulantes, desconfianza de los rusos, desconfianza de los yankis, desconfianza de su hermano y desconfianza -¿por qué no?- del enemigo pueblo brasileño.

Pero no es solo eso. También es un tipo que hace donaciones al gobierno caimanense desde la Fundación Dart, donde su cuñada pone la cara. Es, de la misma forma, un muchacho coherente. Como no colaboró en la campaña de Obama, tampoco en la de Clinton, que le replicó una chicana que resbaló sobre el protector solar, si es que pasó los antimisiles: Cuando Dart muera, su cerebro va a mantenerse con vida para que sus hijas no tengan que pagar los impuestos sucesorios.

Tan ratón no es. Su fábrica de vasitos en Pilar vende a precios menores que los costos. Patrocina equipos de fútbol, béisbol, rugby. Hace donaciones como toda una autopista, a cambio de los terrenos que la rodean, pueda seguir su Ciudad, con cinco hoteles -o un hotel y cuatro condominios-, una playa en principio pública, senderos para ciclistas y peatones, el shopping Camana Bay…