¿Hasta cuándo habrá sol?

Juan Pérez se pone la mano sobre los ojos, formando una visera. El sol no lo dejar ver hacia delante. Igual sabe que el caballo que arrastra su carro va a seguir el camino, estoico, derecho. Casi como si supiera donde queda el club en el que están dando las donaciones. La meta es el colchón. Ojalá consiga dos así puede dormir con su mujer en uno y los chicos en otro. Llega. Espera. Después de varias horas se los dan. También recibe ropa. Lavandina, agua. Se sorprende por la cantidad de gente que está donando cosas.

En el camino de vuelta se siente más calmado. El sol sigue pegando y ya puede ver a lo lejos la esquina de su casa. La tierra platense está seca. Lo peor ya pasó, ahora queda seguir delante, piensa. También imagina todo lo que le va a costar y se le estruja el estómago. Pero hay otra cosa, algo más que lo inquieta. Cree que es la bronca. La muerte trae bronca. Quiere saber quién o qué es el culpable de que varios de sus vecinos estén muertos. La idea de que sólo fue la lluvia no lo convence demasiado.

Decide parar con el carro una cuadra antes de llegar. Necesita pensar un poco antes de seguir limpiando su casa. Más que nada quiere sacarse ese nudo en la garganta que se le generó recién. Se recuesta todo lo que puede sobre el respaldo del asiento y pone los pies sobre el caballo. A veces le gusta recostarse así y mirar alrededor. Ahora observa y recuerda. De cuando era chico y en esa misma esquina de su casa había una laguna y todas las manzanas eran baldíos enormes. Ahora está todo construido por varios kilómetros más, hasta el arroyo y más allá. Arroyo que cambiaron su cauce y rellenaron su cuenca. Puro cemento.

Cierra los ojos y viaja por los lugares de su infancia. En todos ellos ahora hay barrios cerrados en terrenos elevados, autopistas y construcciones de todo tipo, incluso en terrenos bajos donde no se podía construir. Zonas de amortiguación de las inundaciones, les llaman. Las autoridades autorizaron rellenarlas y vender esos lugares como lotes. Así nacieron muchos barrios, él se acuerda. No sabe por qué, será por esa manía siempre suya de dejar volar la cabeza, que se le aparecen todas las construcciones a la vera del río, los arroyos entubados, los humedales rellenados y los polos industriales que se levantaron en las últimas décadas. Su mente se pone gris. Cemento, cemento, cemento, cemento, cemento.

Abre los ojos. Esta asustado. Ahora sabe, se da cuenta, es lógica pura. El agua busca fluir. Por arroyos, cauces, hacia el río. Esos arroyos no están. Las zonas bajas están llenas de cemento. El agua no encuentra rumbo, no fluye, y se estanca. Adentro de su casa.

Se inquieta, su corazón late cada vez más rápido, tiene miedo. Se percata de que sólo le queda rezar para que algo así no vuelva a suceder. Y él siempre fue ateo. Piensa en los funcionarios políticos, los empresarios y sus medios de comunicación. ¿Qué van a hacer ellos? ¿van a frenar todas las obras que tienen planeadas? Se le vienen a la mente montones:

– La construcción de la Nueva Costa del Plata en las costas de Bernal y Avellaneda, lo que provocará la perdida de la reserva y los humedales de la región. Los humedales que destruyen son los reguladores de los procesos hidrológicos y ecológicos y, entre muchas funciones, actúan como una esponja previniendo y mitigando inundaciones.

-El Camino costanero en Berazategui, a lo largo de 5 km, que producirá el relleno de los humedales y generará un dique de contención de las aguas que corren naturalmente de oeste a este, buscando el Río de la Plata.

– La negación del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires a reglamentar la Ley de Bosques Nativos porque está a la espera de cerrar todos los negocios inmobiliarios que están proyectados en la costa del Río de la Plata (desde el Delta hasta Ensenada).

Y esos son solo ejemplos de una sola zona, casos así hay en todos lados. Por un momento se paraliza. El cuerpo le va a volar en mil pedazos si no para de pensar. Se para de golpe, sacude la cabeza y las manos. No se puede dejar llevar, tiene que volver a su casa con su mujer, sus hijos y sus vecinos. A limpiar, a tirar los muebles arruinados, a empezar de cero. A seguir viviendo. La tarea es demasiado enorme para ocupar la cabeza en otras cosas. El caballo arranca, Juan se rasca la nuca: el sol le hace picar. Por suerte volvió a salir, a secar las calles. Sí, por suerte, piensa. Por suerte y por ahora…

Foto: NosDigital