Garrafa, ojalá estuvieras acá

Carta abierta al máximo ídolo de los hinchas y vecinos de Banfield: José Luis “Garrafa” Sánchez. La historia de amor de un club con un barrio. Y la de una dirigencia que no tuvo complejos para quebrar ese vínculo de identidad y pasión.

Querido Garrafa:

Cómo y dónde estarás, José Luis. Ahí arriba, suponemos, tirando caño y contracaño a todos los santos, engañando a Dios en los penales y metiéndole sombreritos al cielo. Se te imagina feliz, Garrafa, como siempre, como se te veía por el barrio: sencillo, con la gente, auténtico. Y no es la intención entristecerte, para nada, sino poder contarte que las cosas que hacías vos en la cancha se están volviendo nostalgia por las forradas que se mandan los de saco y corbata en los escritorios. Nunca te gustó meterte en esa parte, ya sabemos: mucho número, documentos, firmas y eso que no tiene nada que ver con la pelota. Pero, vos sabés, cuando los dirigentes hacen mal las cosas a propósito terminan lastimando al fútbol también. Y a la gente, claro, que solo quiere que tipos como vos les vayan robando sonrisas. Y, sobre todo, se daña al club, o sea, al barrio. Por eso, con el cariño que se hace cada vez más grande, y con el lagrimón que implica recordarte entre nosotros, desde acá abajo te tiramos esta carta, hecha un avioncito de papel, para que puedas leer qué le hicieron al club que te vio brillar y que tanto quisiste: Club Atlético Banfield.

“Ser ídolo es jugar e intentar jugar siempre bien al fulbo”, eso lo dijiste vos, ¿te acordás?, cuando recién empezabas a asomar en las primeras divisiones. Qué manera de jugar, Garrafa. Y qué manera de entender los que otros no: para que la gente te quiera hay hacer bien las cosas, o por lo menos intentarlo siempre. Lo tuyo era en la cancha y cumpliste. Lo de otros fue en la gestión de un club de barrio como el Taladro y la cagaron entera.

Si caminaras hoy por el barrio… Es un monumento al club. Y vos aparecés en cada manzana, pintado y presente, con alas, con la pelota en los pies, con la sonrisa pegada en la cara ¡Con una aureola! Y ahí nomás lo entendés, Garrafa. Banfield, el barrio, es Banfield, el club ¡Son lo mismo! Se respira así, y la gente lo siente así: pintan sus propias casas, los cordones de las calles, las plazas, los negocios ¡Todo!  ¡No sabés lo lindo que está! Cuánto te quiere la gente, Garrafita. Cuánto quieren al club. La identidad se palpa en la calle, en los vecinos, en los socios y en los hinchas: todo es verde y blanco.

Pero Banfield sangra, Garrafa. Volvió a la B Nacional, de donde vos lo rescataste en el campeonatazo del 2000/2001, cuando volvió a Primera. Pero eso no es lo peor. El resultado deportivo va y viene. De hecho, se consiguió el primer título de la historia en el 2009. Hace poquito. Y se festejó como loco, obvio. Pero qué tendrá eso que ver con la idea de club, con el concepto comunitario de una gestión deportiva. Nada. El título llegó como también llegó el descenso: jugando bien o mal, teniendo culo o no teniéndolo. El problema real es que Banfield tiene un pasivo de 120 millones de pesos. Y que en los últimos 15 años se quiso cubrir todo con el fútbol profesional. Y vos sabés que el barrio es más que eso. Pero, viste cómo es, si ganás lo tapás con los resultados, si perdés te quebrás para adentro.Portell

Banfield tuvo el mismo presidente 14 años, Garrafa ¡14 años! Del 98 al 2012. En ese entonces, cuando asumió Carlos Portell, el club estaba en la B. Había fracasado el proyecto deportivo de Atilio Pettinati (presidente del 96 al 98), que consistió en conformar un equipo para ascender, con altos salarios que no se pudieron ni pagar. Pura ambición. Quisieron ascender rápido y corto, y les salió mal, porque no se ascendió y el club quedó hasta las tetas. Ahí nomás gana Portell y empieza su reinado. Apenas asumió dijo que Banfield no tenía agua, luz ni teléfono. Se llegó a pensar en vender la sede social, donde ahora se impone tu estatua. Bajísimos ingresos y mucha deuda. La consecuencia era cantada: concurso de acreedores. Y se llamó nomás a concurso. Banfield quedó al borde de la quiebra.

Pero, de repente, un tipo pelado y desfachatado llegó al club, sin mucho bombo y platillo, se calzó la 10 y le hizo ganar el título de la B Nacional al club. Vos ascendiste a Banfield, Garrafa. En una cancha de fútbol. Que nadie se confunda: el éxito deportivo no es éxito institucional. Llegó de casualidad, porque vos no eras un tipo de renombre. Se había armado un plante tranqui. Pero la rompiste toda, viejo, qué querés que te diga. Con tus gambetas quemaste todos los esquemas. Y el logro deportivo llegó casi sin querer. Pasó al revés que en la gestión del 96. Y ahí nomás la pelota anduvo derecha y los éxitos se sucedieron. Se logró, es cierto, estabilidad futbolística. Que conllevó estabilidad económica: se vendieron muchísimos jugadores del club. El circuito virtuoso empezó a funcionar. Pero, ojo, no hubo crecimiento social, los socios no aumentaron. El estilo de conducción de Portell no fue incluyente con el barrio y la familia, es decir, con Banfield. Pero el fútbol escaló y eso copó todo. La gente lo eligió en cuatro oportunidades. Aunque la última fue con un fraude escandaloso. La pelota escondió incluso lo que era obvio: un esquema político que no se sustentaba en la idea de club original, sino en vender jugadores al exterior por millones y millones. Y si de eso depende un club entero estás al horno. Porque en algún momento dejás de vender: no es una variable regular. Frenan los ingresos, pero vos seguís pagando. Y te quebrás. Se vendió apresuradamente, los jugadores no completaban ni un torneo en el club. El único que jugó más de una temporada como titular fue Darío Cvitanich, que terminó siendo la venta más abultada de la historia: 11 millones de dólares. De los cuales solo quedaron 6 para el club. El resto lo mordieron los impuestos y mediadores innecesarios (ñoquis, amigos de Carlitos).

Las cifras son contundentes, Garrafa. Hubo ingresos por 200 millones de pesos en la era Portell y se registraron gastos de solo 15 millones de pesos (entre la platea nueva, el colegio, el predio de Luis Guillón y el gimnasio techado). Nadie entiende cómo, entonces, el pasivo de hoy es de 120 millones. Se esfumaron 185, que no aparecen, y no hay con qué pagar los 120 de la deuda.

Portell quiso cambiar la esencia del club, Garrafa. Eso es lo nefasto. Con un modelo personalista y de superficialidad deportiva. Amigo de Duhalde, se manejó con las reglas de la política vacía: cuando los resultados son buenos todo es un viva la pepa, cuando son malos la gente reacciona, pero suele ser tarde. Tipo el menemismo, Garrafa. Tal cual. Años de lujos futbolísticos fundados en ninguna estructura real. En nada sólido. Con contrataciones infladísimas que el club no podía pagar. Con planteles que no se correspondían a la capacidad del club. En ese tole tole llegó el título. Alegre, pero manchado de irresponsabilidad política. Y después, cuando el agua baja y la euforia también, todo vuelve a su lugar: la realidad. Banfield estalló en su propia crisis, se partió en mil pedazos y siguió optando por presupuestos inflados e irreales. Pero los resultados no acompañaron y todo se evidenció. Hay un dato que es muy gráfico, Garrafa, como para entender el título y el posterior descenso en tiempo récord: en la campaña que Banfield se termina yendo a la B todavía contaba el torneo de campeón en el promedio. Increíble. Incluso con el puntaje de campeón la verdad lo atropelló.

El club es de los sociosBanfield es el barrio desde siempre. A la sede iba la gente después del trabajo, había bailes, actividades de vecinos, de interés social. Eso cuentan los viejos. En la década del 60 había 16 mil socios. Hoy hay menos de 10 mil, cuando la estructura podría sostener a 25 mil si se quisiera. Pero hace años que la perspectiva social y comunitaria del club se desprecia desde la gestión. Por suerte el sentimiento de la gente siempre fue el mismo. Aunque los resultados a veces marean la esencia no cambia: Banfield siempre se recupera a partir de la base, de los socios. Y esta vez no fue la excepción, porque cuando Portell y los suyos renunciaron en masa ante el estrepitoso descenso, porque al parecer si el fútbol no va bien las ratas huyen del barco, el club quedó acéfalo. Y la cabeza la pusieron los socios. Bancaron la parada más difícil en el peor momento. Con la tristeza del descenso y con la contundencia de los números rojos. Se llamó a elecciones y ganó el histórico rival de Portell: Eduardo Spinosa, de la agrupación Unión Banfileña. Quien rápidamente reestableció el lema del club: “El club es de los socios”. Desde la nueva gestión, que no lleva más de un año, se está haciendo una auditoría. Cuando termine Portell va a tener que dar muchas explicaciones acerca de los billetes que desaparecieron. Hubiera sido bueno, Garrafa, que la AFA hubiese actuado como un organismo de control serio. Ya que en el club oposición no había. Grondona pone muy pocas reglas. Y poco claras. No hay castigo ni control para los planteles profesionales sobrevaluados. Se planifican presupuestos fantasiosos, se gasta más de lo que se tiene y la AFA hace vista gorda. Así sale campeón cualquiera, pero después el club queda en coma. Dicen que van a castigar, que los clubes con deuda van a tener sanciones, pero después se aplica el siga siga. Si la AFA no controla, las gestiones empresariales de los clubes se descontrolan. Y si dejamos librada la identidad de un barrio a la honestidad de los dirigentes del fútbol, que son casi todos empresarios, olvidate Garrafa. Estamos jodidos.

Hoy Banfield se está reconstruyendo. La quiebra, por suerte, no es un peligro, porque el concurso de acreedores ya venció y hay que esperar un largo plazo para volver a convocar. Pero el socio tiene que meterse de cabeza, debatir, hacer de Banfield un club plural. La esencia que nunca van a poder matar los dirigentes tiene que ser el alma del club también. Desde la gestión, desde la tribuna, desde la calle: un mismo sentir.

Sería bueno que estuvieras acá y pudieras explicarle a la gente de la oficina qué significan los colores para su gente. Porque no lo entienden. No les importa.

Acá todavía vemos tus videos por youtube. Incluso te hicieron un monumento. Y un documental. Y un montón de pintadas. Y la estatua de la que ya hablamos. Para poder cuidar la sonrisa, viste.

Un fuerte abrazo, Garrafa.
Siempre gracias.