El olvidado infierno de Avellaneda

Esta es una de las tantas historias del fútbol argentino que empiezan con poder, siguen con violencia, parecen terminar con muerte, pero no: culminan con injusticia. Esta es la historia de Christian Leonel Rousoulis, un pibe de Independiente que sólo fue una vez a la cancha.

Nada podía quitarle la convicción. Eran sus gestos. Porque incluso mientras masticaba ese último choripán en la feria de Villa Domínico, no abandonaba la sonrisa que siempre tenía pegada al cuerpo. Era parte de él: no importaba cuándo ni cómo. Por eso, ese domingo 22 de diciembre de 1996 en el que el calor pesaba como suele pesar cada fin de año bonaerense, no dudó cuando un amigo del barrio lo invitó a dar una vuelta. Tampoco titubeó cuando supo, desde un comienzo, que al compañero de aventuras le faltaría plata y que debería pagarle el almuerzo. Tan sólo, una vez más, pensó en la fenomenal alegría de pasar un rato con un socio del barrio.

Y a nadie que lo conociera le podía resultar raro: la felicidad era argumento constante en la vida de Christian.

Así vivía, así respiraba. Christian era parte de los que se animan siempre a favor de la existencia. Tenía 26 años y vivía en una Argentina que cada día iba quebrándose más y más los tobillos en el desempleo y en la pobreza del neoliberalismo. Como un visionario de todo lo que podría llegar a suceder, había decidido dar un salto hacia un nuevo vuelo que lo llevaría a trabajar a una ciudad que quedaba a una hora de Atenas, en la Grecia donde se enclavaban los orígenes de su historia familiar. Imaginó que era un cambio necesario. No porque ya no se divirtiera en el segundo piso de esa enorme casa que sus padres habían construido en Villa Domínico. No porque se hubiera aburrido de esos amigos que había encontrado en Avellaneda y no en Congreso, donde sus días transcurrían con intensidad antes de irse para el Gran Buenos Aires. No, tampoco, porque hubiera dejado de querer tanto como quería a su hermanita menor. Era, tan sólo, porque viajar a Europa el 2 de enero que se venía tenía que ver con seguir soñando: con ir a conquistar otro mundo con su alegría.

Christian no había terminado el secundario. Apenas le quedaba un puñado de materias que rendir, pero la posibilidad de irse a Grecia junto con sus abuelos paternos lo seducía mucho. La primera idea era que viajara unos días antes de que terminara el año, pero se negó: no quería dejar de pasar las fiestas con su hermana y con su mamá. Total, algunos días más no iban a moverlo de ese proyecto que lo atrapaba con una emoción profunda. Una que latía tan fuerte como para dejar de lado los estudios o la enorme amistad que sostenía con sus amigos del barrio, esos a los que se había asociado sin importar la diferencia económica que siempre los separaba: como sucedió el 22 de diciembre de 96, Christian solía financiar el alimento de sus compinches sin pedir que le devolvieran algo.

Algo de nómade tenía aquel muchacho que había pasado de Congreso a Villa Domínico con muchísima felicidad y que ahora planeaba irse bien lejos, a un lugar que sólo había conocido en alguna vacación familiar. Algo que suelen llevar adentro los buscadores de dulzuras. Algo que, quizás, sus papás habían pensado para él desde el momento en que decidieron ponerle Christian Leonel. Un nombre que en cada detalle tenía una explicación: Christian, por el corazón valiente de Cristo y Leonel, por la potencia inapelable que suele tener el león en el centro de la selva.

Christian, entonces, se lanzaba a ese recorrido solitario. Al menos, en un principio. Porque su papá era un embarcado que solía recorrer el mundo y que pasaba mucho por Grecia. Y su mamá y su hermanita también planeaban irse con él a armar los días en la tierra de Platón y Aristóteles. Todo era parte de un proyecto que se había construido con la sigilosidad de un cálculo combinado perfecto, todo era para encontrarle otra puerta a la felicidad.

Pero en el medio, poco más que una semana antes, pasó el infierno.

Todo un infierno que llegó sin ninguna explicación.

Porque ni con el pulmón diciendo basta. Ni con el intestino grueso hecho migajas. Ni con dolor constante de dos puñaladas puestas a flor de piel. Ni con el cuerpo recostado contra una camilla. Ni con el comienzo de una madrugada que no lo dejaba volver a casa. Ni con los sueños que se le iban derrumbando a la vista, Christian tendría la oportunidad de entender la infinita desgracia que podía suceder en un lugar que, hasta ese día, desconocía.

“Viste lo que me pasó, es la primera vez que vengo a la cancha”, le dijo a un señor que también estaba herido, mientras lo entraban al hospital Fiorito de Avellaneda, donde los médicos pasarían las horas siguientes tratando de hacer lo imposible para sanar todo lo tremendo que había quedado del partido del domingo que Independiente le había ganado a River. O, mejor dicho, todo lo terrible que había dejado un sector tan específico como violento de hinchas que había ido el 22 de diciembre de 1996 a transformar una cancha de fútbol en espacio para una masacre.

Era de tarde, era todo una humedad y, sobre todo, era una locura que centraba la principal de sus sinrazones en un solo punto: la mirada sedienta de quilombo de la barra de River. O en su estampida, que al salir de la cancha de Independiente había vuelto tierra de nadie la intersección de la avenida Mitre y la calle Italia. O en el saldo que todo eso había dejado: un bar destrozado, gentes escondiéndose en todo lo que encontraran para que no les robaran, montones de pequeños afanos, un padre y un hijo apuñalados dentro del estadio, un pibe con la cabeza destrozada a golpes y un chico de 26 años con dos heridas mortales. Un chico que era Christian.

Apenas le quedaban a Christian dos domingos en Buenos Aires. Apenas algo más de una semana para despedirse de toda su banda de amigos. Por eso, aquel penúltimo domingo agarró su bicicleta y decidió partir cerca del mediodía con un amigo para disfrutar el cierre del fin de semana. Estaba soleado, así que salió con un short, con una remera y con una gorrita que le servía para acomodar uno de sus rasgos más distintivos: un descontrol de rulitos que servían para que cualquiera lo reconociera desde lejos. Aunque ese domingo lo que lo complicó no fueron los pelos, sino eso que los cubría: esa visera roja que tenía un diablo dibujado en el centro.

A Christian el fútbol no le interesaba. Tampoco Independiente. Es que a su papá nunca le había atraído el planeta de la pelota y nadie iba a encontrar en su casa esa imagen clásica de domingo a la tarde en la que padre e hijo se sientan al lado de la radio o enfrente de la televisión para ver algo de deporte. No le interesaba ni se le ocurría hacerlo. De hecho, era hincha del Rojo por una cuestión barrial, ya que en Villa Domínico –donde el club tiene un predio grande donde se entrena el plantel profesional- todos sus amigos simpatizaban con la camiseta de ese color. Es más: nunca había ido a una cancha a ver un partido.

Hasta esa vez.

Ese 22 de diciembre vio que el mediodía pedía salir a recorrerlo y pedaleó hasta la feria del barrio. Aprovechó que su mamá iba a estar ocupada haciendo las compras  para las fiestas, buscó un amigo que lo acompañara en la gira y se fue de excursión por las calles de Villa Domínico. Terminaba el año, terminaba el campeonato de fútbol y su amigo le propuso ir a la cancha a ver un clásico que, por condiciones naturales, parecía que iba a ser lo bastante tranquilo como para no preocuparse: Independiente, que venía haciendo un gran torneo de la mano de César Luis Menotti, jugaba de local contra River, que de la mano de Ramón Díaz ya se había consagrado campeón fechas antes. Es decir: un partido que se jugaba solo para completar las diecinueve fechas del torneo.

Nadie supo dónde, pero en algún lugar de su Avellaneda dejó la bicicleta y se fue a la Doble Visera para estrenarse en una popular. Pagó su entrada y la del amigo porque su compañero no tenía plata siquiera para el colectivo. No le importaba: la experiencia de ir a una cancha es algo que encandilaría hasta a un extraterrestre. Y ahí fueron. Y ahí vieron un gran partido, en el que Independiente desplegó un estilo de los más bonitos y ganó 3-1. Y ahí Christian gritó cada uno de los goles. Y ahí, también ahí, al salir del estadio, pasó todo eso que sólo puede llamarse, una y otra vez, el infierno.

Al menos, su mamá, Nora Tarraga de Rousoulis, lo sigue pensando así, aunque ya haya pasado mucho tiempo. En ella, en definitiva, vive el relato de todo aquello que pasó ese día y que muchos, muchos que lo vieron, se negaron a contar. En ella, entonces, vive todo lo que tiene que ver con Christian.

Nora lo cuenta. No tiene problemas en hacerlo aunque el alma se le retuerza en tristezas. Pero lo dice sin ningún temor. Es más, lo hace ofreciendo unas facturas y todo el cariño del mundo. “Nora Tarraga de Rousoulis, la madre de Christian, nunca ha cesado en su demanda por justicia y castigo a los culpables de la muerte de su hijo”, dice un ejemplar del Diario Popular que ella muestra sentada en el living de su departamento en Congreso. Su casa es la misma en la que vivió antes de irse a Villa Domínico, ese lugar al que –según cuenta- desearía nunca haber ido. De alguna forma, regresar a Congreso. De otra, fue escaparse de la casa donde nació el infierno. O, también, es una manera de seguir recordándolo en todas las horas: esa propiedad sigue estando a nombre a Christian. Varias veces él le había sugerido a su mamá que la pusiera a nombre de su hermanita –que apenas tenía quince años- porque estaba convencido de que él iba a poder construirse su propia casa.

A esta altura, el relato de Nora parece el de una experta. O, en realidad, no parece: es una experta. No lo era la tarde en que asesinaron a Christian, cuando todavía no sabía que existían las barra bravas, estaba enterada de que podían existir dirigentes que se manejaran con matones, cuando desconocía que los jueces podían desacreditar pruebas sin razón alguna, cuando pensaba, incluso, que no hacía falta poner un abogado que le pidiera a la policía que investigara por qué una madrugada la habían llamado para decirle que su hijo estaba internado en el hospital Fiorito.

“Yo esa noche no podía dormir. Eran las dos de la mañana y Christian todavía no había llegado. Yo sabía que él solía irse, pero no lo veía desde el mediodía. No llegaba y no llegaba, hasta que sonó el teléfono”, relata Nora que, todavía, se acuerda de cada detalle de ese día, incluso que había dejado en la cocina un pollo comprado en la rotisería para que Christian tuviera para comer.

Esa noche, ella no era la única a la que el insomnio le intimidaba el sueño. Desde la ventana, podía ver cómo Perla, la perra de Christian, daba vueltas en el aire y ladraba sin parar. Como parte de ese sexto sentido maldito, tanto ella como la ovejero alemán sentían que algo raro estaba pasando. “Sonó el teléfono y del otro lado me dijeron que fuera acompañada de alguien al hospital Fiorito. Me explicaron que Christian estaba internado. Yo estaba desesperada. Mi marido estaba en un barco, la nena era chica y mi mamá era ya una señora grande como para que yo la llevara. La situación era terrible”, cuenta con los ojos cerrados Nora, como si no quisiera ver nada de lo que va saliendo de su boca.

Todo en la cabeza de Nora era incertidumbre. Lo último que sabía de Christian era que había agarrado una bicicleta y que se había ido con un amigo a comer un choripán a la Feria de Villa Domínico. No tenía idea, ni se le pasaba por la cabeza, que su hijo hubiera viajado a la cancha a ver a Independiente. Mucho menos que a la salida del estadio, la barra de River iba a copar la avenida Mitre, iba a ver a su hijo en la parada del colectivo e iba a apuñalarlo por la espalda.

Llegó al hospital con una cantidad de esperanzas que se iban desmoronando en el paso de las horas. La madrugada del 23 de diciembre la recibía con lo que sería por siempre el peor día su vida. La espera en el sanatorio, la policía tomándole declaraciones, la falta de certeza de qué es lo que había pasado, la prensa intentando averiguar algo y la falta de conocimiento sobre todo eso que sucedía eran desesperantes. Estaba convencida de que todo podía llegar a salir bien, pero cerca de las 19, salieron y se lo dijeron: “Su cuerpo no pudo soportar más. Falleció”.

El dolor y el vacío le abrieron a Nora otra puerta de su vida: la de entender dónde había arrancado y dónde había terminado el infierno. Tres días después del asesinato, salió a recorrer Avellaneda para buscar testigos. Fue el domingo siguiente para verificar cuáles negocios estaban abiertos. Quién podía haber visto qué fue lo que pasó. Y aparecieron posibles voces: un abogado que estaba sentado en el café García Lorca donde la barra de River había entrado a robar, un guardia y los empleados de una estación de servicios del Automóvil Club Argentino.

Pero la voz más importante no apareció ahí. El 2 de octubre de 1997, algo menos de un año después, Rito Ramón Barrios, un barra de River, se presentó a declarar al Departamento Judicial de Lomas de Zamora contando la historia con más datos que se haya escuchado sobre este caso. Según lo que atestigua, al salir de la cancha, la barra de River se cruzó con la de Independiente y se empezaron a tirar piedras. Frente a la agresión, uno de los jefes de la hinchada de aquel entonces, Luis Pereyra –conocido como Luisito- (el otro era Edgardo Daniel Butassi, conocido como El Diariero), juntó a todos y les dijo que “había que hacer quilombo”, Barrios señaló que se encontraban Adrián Rousseau y Alan Schlenker –quienes años después llegaron a la tapa de todos los diarios al estar involucrados en una pelea por el mando de Los Borrachos del Tablón que derivó en el asesinato de Gonzalo Acro, un joven de 29 años también metido dentro de la disputa por el manejo de la hinchada-. Y, más allá de eso, aseguró que quien asesinó a Christian Rousoulis fue alguien llamado Gustavo.

Un Gustavo al que la Justicia nunca llamó a declarar.

Nora va abriendo páginas de la historia poco conocida de quién asesinó a su hijo. Asegura que no hubo un enfrentamiento con la gente de Independiente. Que el problema fue interno de River. Que hinchas del club de Nuñez ya habían sido agredidos dentro de la tribuna por gente de la barra. Que el que dio la orden fue Pereyra, quien tiempo después estuvo prófugo y, luego, volvió a la institución como entrenador de inferiores. Que el asesino de su hijo –asegura Nora- fue un medio hermano de Albino Saldivia, a quien apodaban el Mono y quien se encargaba de repartir las entradas entre la barra. Que lo mataron entre dos: uno le pegó y el otro le dio los dos puntazos. Que igual nada de eso tiene sentido porque la Justicia en la que ella creía antes de que pasara todo, en realidad, no existe.

Y no hay modo de refutarle lo que dice. Porque la causa del asesinato de aquel pibe soñador hoy prescribió, aunque en 2008, luego del asesinato de Acro, la reabrieron para que todos los acusados, en un careo, aseguraran haber olvidado todo. Porque tuvo tres abogados y no logró nada en ninguno de los casos. Porque una tarde apareció un celular que tenía un mensaje que apretaba a Alfredo Davicce, amenazándolo con vincularlo con el crimen, pero el expresidente de River apenas se acercó a declarar. Porque tras montones de años del horror no hay ni un solo detenido.

Nora se agarra todavía la cabeza, afirma que ya no le interesa saber más nada y cierra todavía los ojos esperando que todo lo que relata no haya sucedido. No hay dudas: su marido, su hija y ella  todavía lo extrañan. Lo extrañan en cada paso. Piensa en Christian, piensa en lo que habría sido de él y piensa en aquello que su hijo siempre sentía. Ahí, tras recordarlo, no lo duda y dice: “Ahora me importa ser feliz”. Y en su voz no laten solo sus cuerdas vocales sino las del chico lleno de sueños. En sus palabras aparece la aventura, el sueño. En su mirada está el mismo argumento de Chiristian: la búsqueda felicidad constante.