El bailarín terrible

Federico Fernández es el primer bailarín del Colón. El teatro es para él como su casa, sin embargo, se le complica invitar amigos. Puertas adentro, la privatización y la burocracia desfiguraron los rostros familiares. Aun así, apuesta por la cultura y sueña con un gran salto que multiplique funciones y derribe fronteras. Pasen y vean.
Son las cinco en punto. Por las calles del centro, señores de corbata y mujeres de tacos altos juegan a despegarse de sus sombras, reteniéndolas apenas con las puntas de los pies. Sobre Cerrito, las combis blancas empiezan a hacer fila mientras el sol dibuja contrastes nítidos en la fachada de este edificio inmenso. Las puertas vidriadas del Teatro Colón se abren cada tanto en un murmullo sutil, dejando salir a quienes día tras día habitan sus entrañas. Entre ellos, de jean y zapatillas rojas pero sin perder por eso el aire de príncipe azul, Federico Fernández, que con veintiséis años ocupa hace ya nueve el lugar de primer bailarín del teatro, se acerca a saludarnos y nos invita a pasar. Entrar, sin embargo, se convierte en el primer desafío. Solamente después de pedirnos los documentos, tomarnos los datos, sacarnos una foto y solicitar una autorización de la Dirección de Ballet que Federico pidió esta mañana, nos entregan una tarjeta magnética con la que finalmente podemos pasar los molinetes y zambullirnos en los intestinos del edificio. Fede, mientras nos orienta por pasillos que parecen infinitos, primero a la izquierda y ahora a la derecha, explica que el teatro no siempre funcionó así, tan a la manera de un aeropuerto, con tanta burocracia innecesaria y tanto cortocircuito entre las múltiples instancias de dirección. Ya en el ascensor cuenta que hace tiempo su relación con la Dirección General y con el sector de prensa dejó de ser buena, como consecuencia de su compromiso con los reclamos y las luchas por los derechos de trabajadores y artistas del teatro.

Fotos: NosDigital
Fotos: NosDigital

Pero como sea estamos adentro, y durante la próxima hora y media nos dedicaremos a caminar los recovecos de este colosal monumento porteño, desde los camarines hasta el mismísimo escenario, desde las salas de ensayo hasta el famoso Salón Dorado, desde el enorme sector de utilería hasta la sala principal, mientras acompañamos a Federico en el recorrido de su historia como artista y exploramos su modo de pensar acerca de la situación actual de la institución de la que forma parte. Fede tiene el pelo claro y los ojos profundos, y lleva la pasión por la danza tallada en los bordes del cuerpo. La espalda firme, las piernas largas y el cuello extenso lo delatan desde lejos. Pero el amor por lo que hace se derrama también en sus palabras y en el modo particular de enhebrarlas, en la sonrisa blanca, más amplia y genuina que nunca, cuando intenta explicar el placer que produce contar una historia bailando: “es como un cine mudo, donde hay música pero nosotros no hablamos, donde todo nuestro diálogo es corporal y con el alma en el escenario.” Entonces cuenta que las obras que más disfruta representar son aquellas que trascienden el puro divertimento y le permiten encarnar personajes con un contenido más profundo. Porque en esos casos, dice, los pasos se resignifican, dejan de ser mera destreza y aparecen con una intención nueva y mucho más honda. “Y yo lo disfruto mucho más, me deja más cuando termina la función, un aporte a mi espíritu y a mi vida que otras obras no me dan.” En medio de este recorrido por los salones y por las historias, mientras posa para una foto a la orilla de una ventana, un guardia se acerca para informarnos que no tenemos permitido estar ahí. Federico insiste en que tenemos la autorización requerida, mientras la expresión que se le dibuja entre los ojos deja adivinar que situaciones como esta se repiten a menudo. El guardia se aleja unos metros y habla bajito por el aparato negro que aprieta en la mano derecha. Mueve la cabeza a un lado y al otro, y vuelve hacia nosotros para insistir: tenemos que irnos. Mientras bajamos las escaleras, Fede recuerda una época no tan lejana, antes de la remodelación, dice, cuando todos conocían a todos, antes de que los servicios que funcionan al interior del teatro se privatizaran y las caras dejaran de ser las mismas de siempre, para ser sustituidas por las de empleados anónimos que rotan de forma periódica. “El Colón sigue siendo mi casa, porque yo lo siento así. Pero esto de nunca terminar de conocer a la gente que trabaja en el teatro… Es una cuestión de acostumbrarse capaz, no sé. Antes era diferente, era otra magia. Creo que lo que se perdió fue eso, y que de a poco se lo vamos a ir dando nosotros, las nuevas generaciones, vamos a ir encontrando la manera de devolverle al teatro esa magia que tenía, y que hoy en día sigue teniendo; la tiene cuando se abre el telón, pero no en las instalaciones y en la vida cotidiana de ensayos, de trabajo, de rutina. Todavía no encuentro eso que tenía antes, cuando yo recién entré a la compañía. Antes de que se cerrara el teatro.” Un rato más tarde, ya refugiados en la confitería (antes del teatro, hoy empresa privada) y café con leche de por medio, empezamos a desandar el camino que recorrió para llegar hasta acá.  “Las ganas de bailar surgieron, primero, por una inquietud musical. En mi casa se escucha música clásica (y todo tipo de música) desde siempre. Mi mamá es pianista, mi abuelo era violinista, mi hermano mayor es profesor de dibujo, pintura y escultura. El arte se vivía en casa. Y cuando yo era chiquito mi vieja tocaba el piano y yo me movía. De ahí vino la pregunta: ¿querés estudiar danza?, y mi respuesta: bueno”. Fede arriesga entonces que quien estudia danza genuinamente arrastra algo que le late en el cuerpo y que es difícil definir: una sensibilidad específica, dice, una esencia. Lo cierto es que con doce años empezó a estudiar con quienes fueron y son sus maestros formadores, Kathy Gallo y Raúl Candal, y lo que en principio fue un hobby devino pronto una pasión, y al poco tiempo un trabajo. “A los catorce ya empecé a trabajar como profesional en la compañía de Julio Boca, y desde ahí seguí hasta llegar acá.” primer bailarin colonEntonces nos introducimos de lleno en esa primera etapa de formación, para saber cómo vivió el acercamiento con la danza clásica y sus exigencias a una edad tan temprana. “Y… es una carrera que es desde chico. Es difícil, pero si te gusta y tenés una familia que te contenga, se puede. En realidad eso es lo principal. Si no tenés una contención, es una carrera jodida. Y lo que más te mortifica es el alrededor, más que el camino que estás haciendo. Todo lo que está alrededor: desde la competencia, hasta maestros que dicen cualquier cosa, o maestros que realmente no son maestros, que fueron solamente bailarines y no estudiaron para dar una clase, o no tienen esa sensibilidad que se necesita para poder trabajar con un chico”. Federico apunta que en el ambiente del ballet es muy difícil encontrar personas sensibles y verdaderamente capacitadas para trabajar con chicos, que puedan enseñarles pero que además sepan acompañarlos en el proceso. Es en este sentido que Fede aborda y derriba el mito instalado por los mismos maestros acerca del talento y las supuestas condiciones naturales que debe tener un bailarín. “Eso pasó conmigo, al principio fue así. Yo estudiaba y estudiaba, pero no tenía las condiciones naturales que se requerían, por lo menos en ese momento, y que mis maestros creían que eran necesarias. Pero bueno, seguí dándole, y creo que también mi maestra se dio cuenta que no era lo primordial. En realidad, las condiciones van viniendo con el tiempo y dependen del laburo que hagas. Está en uno, y en el apoyo de sus maestros. Yo tuve el apoyo de los míos, pero al principio era bajo, bastante rellenito y fofo, hasta que pegué el estirón. Vos no podés diagnosticar y predecir el físico de un chico a los 12 años. Yo no me había desarrollado. Pegué el estirón a los 14, y flor de estirón, de ser el más bajo pasé a ser el más alto. Es darse el tiempo. Y lo que pasa es que la danza apura.” Cuenta que en esa primera etapa estudió en el instituto del Colón pero sólo durante un año. Pasado ese tiempo, decidió abandonarlo y continuar con sus profesores particulares, porque la metodología de enseñanza utilizada le parecía demasiado monótona y reiterativa. “Yo era muy inquieto, necesitaba bailar, tenía la necesidad de hacer pasos y hacer cosas, y más allá de que no las sabía hacer, necesitaba a alguien al frente que me contuviera y me dijera: ya va a llegar, un momento, esperá, y no que me lo prohibiera. A mí acá me prohibían hacer los pasos, me prohibían estudiar con maestros particulares. Yo tenía que estar acá, en el instituto del Colón, y no podía estudiar a la tarde con ningún maestro. Y eso a mí me perturbaba muchísimo. Me aburría”. Entonces decidió irse, y continuó estudiando con sus maestros particulares hasta llegar a la compañía de Julio Bocca. Su experiencia nos sirve de excusa y tiende un puente que cruzamos entre sorbos de café para sumergirnos en la situación actual del instituto del Colón. “Yo creo que lo primordial en Argentina es que se cambie el sistema de trabajo de los institutos, en especial el del Colón. Debería ser el semillero de ballet más grande del país, y no lo es. Hoy en día salen más chicos de los institutos particulares. Yo sigo apoyándolo porque creo que es una institución importante, pero que tiene que cambiar. No sé si la palabra es ‘modernizarse’: que esté la gente que tenga que estar, capacitada para trabajar con chicos.” Fede también se muestra crítico respecto al estado en que se encuentran hoy sus instalaciones. Cuenta que las salas de ensayo del instituto que existían dentro del teatro desaparecieron con la remodelación: “ahora son oficinas, o lugares que están tirados abajo y siguen desmantelados, a puerta cerrada.” Hoy en día se alquilan salas fuera del teatro (concretamente en Villa Luro), y se dan sólo algunas clases en su interior, en las salas de ensayo del cuerpo de ballet, cuando no están ocupadas. Además de la evidente complicación que conlleva el desplazamiento entre Villa Luro y el centro para asistir a las clases, rutina compleja que empuja a muchos chicos a abandonar o continuar en otro lugar que les provea otras facilidades, Federico observa que la desintegración del instituto por fuera del teatro también resta una cuota importante de magia. “Antes el instituto funcionaba acá, y esto era el Colón. Yo cuando estaba en primer año me cruzaba a los bailarines. Ahora sigue pasando, pero es diferente. Estamos mucho más separados. El instituto debería ser el refuerzo de la compañía. Y cuando  falta un bailarín, tomar a alguien de ahí. Hoy en día no se puede, porque no hay. La gente estudia, y en cuanto sabe un poco más se va afuera, o sigue estudiando en estudios particulares. Porque no les cierra el sistema”. primer bailarin colonEl paréntesis que abrimos hace un instante encuentra ahora su curvatura final, y Fede continúa con el raconto de su breve paso por la compañía de Julio Bocca. “Yo era muy chico, recién estaba formándome técnicamente, si bien se notaban condiciones. Pero seguía siendo un chico. Y no creo que un chico de catorce años sea un profesional, no lo es física ni psíquicamente, aunque tengas un sueldo. No sos. Yo no la pasé bien, y renuncié. Porque prefería seguir estudiando.” Al poco tiempo, cuenta, logró entrar en la compañía de Iñaki Urlezaga, y luego ingresó por concurso al Teatro Argentino de La Plata, hasta que en 2004 con apenas diecisiete años entró por concurso internacional abierto al Teatro Colón, como primer bailarín. “Siempre mi deseo fue llegar al Colón. Nunca tuve intenciones ni la inquietud de vivir en otro país. Sí de viajar, cosa que hago porque  trabajo afuera también. Pero no puedo estar mucho tiempo. Lo máximo que estuve fueron cuatro o cinco meses, y más no aguanto“. Y entonces ahora sí, mientras caminamos los pasillos de este edificio inmenso, nos zambullimos en su situación actual, en un balance de las mejoras y de los problemas que aún quedan por resolver. Federico recuerda el momento del cierre por la remodelación del teatro como un período complejo para el cuerpo de ballet, en tanto se alquilaron instalaciones en un club donde alrededor de cien bailarines debían compartir sólo una sala de ensayo. Tras la reapertura, los problemas fueron múltiples: algunos, como la carencia de piso flotante en escenario y salas de ensayo, fueron solucionados con el tiempo. Otros quedan todavía pendientes. La crítica troncal de Fede apunta a la poca cantidad de funciones que se realizan de cada espectáculo. “Dentro de la sala pueden llegar a ser treinta, treinta y cinco en un año. Muy pocas. Serán cinco programas, y seis o siete funciones de cada uno. Con las giras llegaremos a cincuenta y cinco funciones, más o menos.” Si bien destaca que el 2013 será mejor que otros años (por primera vez desde su entrada al teatro realizarán una gira internacional, cuyo destino no puede revelarse, aclara abriendo bien grande la sonrisa), Federico cree que la cantidad de funciones debería ser cada vez mayor, y asimismo permitir el acceso a un público más masivo. Observa que ambas cuestiones van de la mano, y arriesga que las entradas posiblemente son tan caras justamente porque las producciones que se realizan son muy costosas y se hacen poquísimas funciones de cada una. “Creo que pasa por coordinar mejor una programación. Tampoco me puedo meter tanto ahí porque no soy coordinador, ni director, ni nada de eso, pero es real que no veo que haya una lucha de cambio año a año de cantidad de funciones. Los agregados son mínimos; se agregarán cinco, seis, o diez, entre ópera, ballet y concierto. Sigue siendo poco. Acá tiene que haber funciones todo el tiempo. Es la casa cultural más importante de Argentina y de Latinoamérica. Tiene que haber arte constante. Tiene que producir arte, tiene que producir nuevas generaciones de artistas. Y hoy los artistas están en otros lugares, se están yendo”. Fede señala con gesto grave que hoy el Teatro Colón piensa en términos de rédito económico, y que aunque es posible que este modo de manejarse genere ganancias en la actualidad, es perjudicial a futuro porque impide el acceso de un público amplio a espectáculos de ballet, de ópera y concierto. Las palabras casi se le atropellan en los labios, como apuradas por el entusiasmo que desbordan, cuando propone que“tiene que haber una política cultural del teatro como institución de abrir las puertas a todo el público, agregar más funciones, hacer funciones gratuitas, funciones en la calle, funciones didácticas.  Habría que tratar de conseguir funciones afuera, no sé, salir, montar un escenario en la calle y hacer un ballet completo, eso también atrae. Abrir las puertas. Que haya un día que salga un peso, que sea simbólico.” primer bailarin colonAdemás de ocupar el lugar de primera figura en uno de los teatros más importantes del mundo y con la finalidad de descentralizar la danza clásica en el país y sacarla a pasear por fuera de la ciudad de Buenos Aires, Fede tiene hoy un proyecto propio: Ballet en Gala, espectáculo que protagoniza, produce y dirige desde el año pasado. “Mi idea es, con este grupo, ser una unión de todas las compañías oficiales que hay en Argentina, que son pocas, pero hay: el Teatro Colón, el Teatro Argentino de la Platala Compañía de Salta, la de Córdoba, y la de Tucumán.” Explica que aunque algunas son muy pequeñas, tienen bailarines como referentes, y que su intención es poder invitarlos a bailar al pasar por sus provincias. “Para mostrar que hay una unión y un interés, para que estemos todos más unidos con el ballet, porque hay muy poco ballet en Argentina, y está muy centralizado acá. Mi idea es llevar la mayor cantidad de ballet clásico posible al interior. Mostrar el repertorio resumido en piezas cortas, lo mejor del repertorio y que sea un espectáculo de nivel, con todas primeras figuras.” La función de estreno fue en el Teatro 25 de Mayo de Santiago del Estero en diciembre de 2012 y fue un éxito rotundo, con el teatro repleto, y la segunda presentación se realizó también con enorme concurrencia el 9 y 10 de marzo últimos en el Teatro Independencia de Mendoza. “Y así tengo unas cuantas más programadas, y posibles giras al exterior. Mi idea es hacer algo latino, poder tener todas parejas de Latinoamérica, poder hacer una buena gala en la que participen todos bailarines latinoamericanos, mostrando el buen nivel que tenemos.” Entre el Colón, su proyecto de Ballet en Gala, y las invitaciones que recibe para bailar en otros teatros del mundo, sobre todo en distintas partes de Brasil, Fede se pasa la vida corriendo y cuenta que el año que lo espera viene con mucho movimiento. “Pero bueno, es el momento para hacerlo. Es ahora, después no. O no me va a dar el cuerpo o no voy a tener ganas.”  Todos los días ensaya de diez y media de la mañana a cinco de la tarde en el Colón, usando el horario  de descanso para ensayar sus propias cosas, y que al salir se junta a ensayar en otra sala con el grupo de Ballet en Gala hasta bien entrada la noche. Y sí, se ríe, a veces se pasa de rosca. “Pero no lo tomo como un sacrificio, eh. Porque es lo que yo elegí. Y vivo de lo que yo elegí. De eso no me quejo. Te puedo decir estoy cansado, me duele acá, me pudre tal cosa, pero no lo cambiaría ni loco. Soy un privilegiado. Y tengo que ser consciente de eso. Es muy poca la gente que vive de lo que fue su pasión desde chiquito.” Fede Fernández es un apasionado de lo que hace, y se le nota en la voz, en la palabra, en la sonrisa que se le enciende en los ojos mientras habla. Por eso, vuelve a insistir, ni el esfuerzo ni el cansancio son para él materia de protesta. “Me quejo más del alrededor y de las cosas que quizás como yo estoy del lado del bailarín creo que se pueden cambiar, y si estuviera del lado de la dirección tal vez vería las posibilidades que existen, y me daría cuenta de que no se puede. Pero yo desde este lado lo tengo que exigir. Y no tiene que ver con la dirección de ballet, sino con una política cultural en general. Tiene que haber forma de hacer más funciones. Este año es bastante bueno para el Colón: hacemos varias. Ahora hay que sacarlo afuera. Hay que salir a la calle.”