30 años de construir sobre las ruinas

Hace ya muchos años, muchos aniversarios del inicio del horror, que se habla de los vestigios de la dictadura en la democracia argentina (aunque bien podría decirse latinoamericana) y sus instituciones. Si aún se le otorga algún rédito a la RAE, su última edición nos dice de los vestigios que son como huellas. Algo así como una sombra, una silueta que apenas deja adivinar los contornos de las cosas. Una huella es también como una guía en un camino del que ya conocemos el destino, el punto de llegada. Y bien sabemos que una huella dice mucho acerca de la identidad, como las dactilares que llevamos todos escondidas en los dedos.

Los vestigios, dice el diccionario, se parecen también a las ruinas. Cuando todo se desmorona y se reduce a un caos sin sentido, siempre quedan algunos restos que podemos reunir para llegar a una interpretación verosímil de los procesos previos a la muerte y la destrucción. Esos elementos teñidos del espanto, que sobrevivieron al derrumbe y la desaparición bañados en sangre, son los que nos permiten entender cómo llegamos hasta ahí. Quizás la definición se refiera más bien a ese cúmulo de ruinas que el huracán del “Progreso y la Nación” suele dejar a su paso. Esas ruinas que a su paso alborotan todo y no distinguen los cuerpos de las ideas, los sueños de los objetos, lo humano de lo inhumano. Quizás, no.

El tiempo de vida de estos elementos tiende a ser corto. Rápidamente nuevos zapatos llenos de ímpetu pueden difuminar hasta las huellas más profundas; manos deseosas de vida pueden reconstruir hasta las más majestuosas ciudades; el viento mismo puede levantar los restos por los aires y convertirlos en partículas de polvo, dejando la llanura lista para una nueva siembra. ¿Cómo explicar, entonces, 30 años de vestigios? Treinta años, sí, digámoslo en números, en letras, en nacimientos, en muertes. Unx creería que el tiempo se haría cargo de no mantener con vida tanta herencia de muerte. Si fuera solo cuestión de tiempo… Pero ni una aguja girando en el reloj, ni hojas arrancadas de un calendario son capaces de curar estas heridas, de desmantelar estructuras de odio y violencia, de torcerle el brazo a un Estado que para mantener el orden se “limpia” de algunos cuerpos. Se requiere tiempo, sí; pero, sobre todo, se necesitan políticas.

Los Derechos Humanos como categoría ética, política y jurídica existen desde la segunda posguerra, cuando la humanidad se enfrentó a sus propios precipicios, cuando hubo que frenar a los Estados para resguardar la vida de los pueblos y cuando se intentó limitar el ejercicio del poder para ponerlo al servicio de garantizar condiciones dignas de humanidad. La esquizofrenia estuvo dada desde el principio: los Estados, encargados de las violaciones más sistemáticas de los DDHH, eran a la vez quienes debían protegerlos y garantizarlos para sus ciudadanxs. Y casi igual de problemático fue el carácter universal que se les pretendió dar. Universalidad sesgada por la noción de humanidad perteneciente al horizonte específico de la modernidad occidental con un eje central en el individuo, y acordada principalmente entre hombres.

Más allá de estos problemas en el concepto, los Derechos Humanos rápidamente se convirtieron en poderosas herramientas de lucha para los pueblos. Fueron cruciales para la resistencia activa de Madres y Abuelas durante la dictadura, y para una cantidad de organismos nacidos en democracia que persiguen la búsqueda de la verdad y la justicia. En 30 años de democracia, la lucha por la defensa de los Derechos Humanos se ha centrado en la década del 70’. No es del todo sorprendente, ante la atrocidad del plan sistemático que se propuso el Proceso de Reorganización Militar. Sin embargo, es necesario ampliar el campo de visión, leer las continuidades, posar el ojo crítico en el más acá, en esas chispas que si no atendemos amenazan con volverse una fogata.

Se nos dice, desde muy chicos, que por la condición misma de ser humanos, tenemos derechos; nacemos con ellos. Para muchxs, esto constituye una verdad incuestionable. Para otrxs, es un campo de disputa, un atributo que la realidad se encarga de impugnar día a día. Aunque los Derechos Humanos no son algo que nadie nos pueda otorgar, ni ningún Estado ni ninguna ley, muchos grupos y personas parecen no aprobar ciertos requisitos no explicitados. Como el color de piel, la sexualidad, el estrato social, las ideas políticas o la ropa que usás. Estos indicadores parecen operan silenciosamente en una distribución desigual de la “humanidad”.

Ya es hora, o tal vez fue hora hace mucho tiempo, de asumir que la hipótesis de los vestigios es insuficiente. De enfrentarnos a que la represión estatal, la violencia policial y carcelaria, la discriminación étnica, social y sexual son elementos estructurales de nuestra democracia, sistemáticos y reproducidos periódicamente por los sucesivos gobiernos. ¿Cómo hablar de vestigios, de meras huellas, cuando en estos 30 años de “democracia” el total de asesinados por el aparato represivo estatal asciende 3.783 casos, entre gatillo fácil, muerte en la tortura, en cárceles, comisarías, asesinatos en movilizaciones y manifestaciones? ¿Cómo hablar de “el país de los derechos humanos cuando el Estado se empeña en limpiar, en desaparecer a casi cuatro mil de sus ciudadanxs?

Solo con políticas podremos redibujar el fino trazo de las huellas dactilares de nuestro país. Al día de hoy, resisten aún demasiado profundos los surcos de lo que se dio en llamar “la noche más oscura”. Y las decisiones de este día simulado con lamparita, parecen erigirse firmes sobre muchas de esas ruinas que apresaron nuestro pasado y aún condenan nuestro presente.