Pasión para levantar vuelo

Liliana Cepeda es bailarina, coreógrafa y maestra de danza clásica. Es también una ávida lectora y una amante del decir, de entretejer mundos con palabras. Pero sobre todo, es una educadora, y es en el cuerpo en donde se afirmó para expresar, trabajar, sudar y vivir con pasión cada camino por recorrer.  Crítica de los estándares que rigen las clases de técnica clásica, ha creado su propia pedagogía e ironiza en torno a los juicios sobre el “talento” y las “condiciones”: “Yo no le pago a alguien para que me diga lo mismo que el espejo me dice gratis. Y yo no soy estúpida, ya me doy cuenta de lo que me falta, vengo acá para que me ayudes a conseguirlo, no para que me enumeres lo que no tengo.”

Afuera llueve. Las gotas dibujan senderos en el ventanal y el olor del café recién hecho empaña las palabras que zigzaguean entre las mesas. Detrás del vidrio los caminantes del asfalto esquivan charcos y baldosas flojas intentando escapar de este llanto del cielo. De este lado, en cambio, la humedad se nos va despegando del cuerpo como una curita mojada mientras perdemos los ojos en la tormenta. Con Liliana Cepeda apenas intercambiamos algunos mails, y mientras esperamos en la mesa más cercana a la puerta nos inquieta saber si podremos reconocerla. La respuesta viene sola cuando por la esquina de enfrente asoma una mujer de cuello alto y rodete firme que pelea el viento con un paraguas inmenso, que camina con piernas seguras mientras cruza la calle, y que justo ahora abre la puerta, nos encuentra los ojos y nos regala una sonrisa anaranjada.

Viene de dar una clase, nos dice, y así sin más se larga la charla. “Mi actividad básica es dar clases, que me encanta. Es una cosa rara, ¿no? La gente en general da clases de clásico porque no tiene otra opción, porque estudió danza y no tiene trabajo como bailarín. Pero a mí me encanta enseñar”. Y se le nota. Porque aunque estamos sentadas frente a ella en esta tarde de jueves gris para caminar juntas las sinuosidades de su recorrido por el mundo de la danza, con la intención de conocer sus experiencias como intérprete, coreógrafa y maestra, es ésta última faceta la que le enciende la mirada cuando habla, es éste rol el que se detiene a explicar con más detalle, dejando traslucir una pasión genuina que prende chispas en el aire y le vibra en cada centímetro de la piel.

Para Liliana la danza clásica está llena de tabúes y eso es lo que la vuelve a sus ojos tan extraordinariamente atractiva. “A mí me gusta bailar, te dicen, pero clásico no. Porque yo ya soy grande, porque yo soy gordo, porque yo soy bajo, porque yo soy alto… lo que se te ocurra.”  Cuando uno estudia clásico, explica, generalmente es por ser chico y tener las condiciones. Al traspasar la barrera de la niñez, sin embargo, la situación se complica. “De los 14 en adelante, no hay buenas clases de técnica, porque total esas personas no van a bailar: están perdidos. Entonces el maestro toma de entrada una actitud de negación con el alumno. Y muchos de esos alumnos bailan de todos modos y necesitan la técnica, pero no tienen dónde estudiarla porque en las clases son un número, un billete: les cobran pero no les corrigen”. La convicción se le curva en los labios cuando afirma que es justamente por este motivo que ella se plantó en el lugar que hoy ocupa. Porque esa franja etaria también tiene derecho a estudiar. “Cuando se habla del derecho a la educación, nunca se incluye la danza. Y por qué, si también es una materia, si también la podés estudiar.”

Entonces la Liliana maestra se le esconde entre las pestañas y abre paso a esta Liliana, la alumna, que ahora cuenta la historia de su propia formación. Empezó a estudiar clásico cuando terminó séptimo grado, y fue porque quiso, sentencia, como marcando una distancia con aquellos chicos que son enviados por sus padres, que apuestan a una formación temprana suponiendo –erróneamente- un futuro asegurado para sus hijos. En su caso, en cambio, contando trece años, y criada en una familia donde aunque la cultura circulaba no existía un interés específico por la danza, Liliana decidió ella solita que quería bailar. “Y estudié siete años en una institución oficial de aquellos tiempos, muy mala. Al séptimo año caí con una profesora particular, de casualidad. Empecé a tomar clases, y el cambio fue tan impresionante que no volví nunca más a la institución oficial. No iba a ir a desarmar allá todo lo que estaba armando acá.” Para entonces Liliana tenía ya veinte años, y tuvo que empezar de cero: lo aprendido hasta entonces, según cuenta, estaba todo mal. “Y en el cuerpo, cuando está todo mal, la herramienta está mal: es necesario crearla de nuevo. Aprender a pararse, a respirar, todo.” Fueron cuatro años intensos, en los que rehízo la carrera completa, consiguió nivel internacional y aprendió, además, una manera de enseñar que luego adoptó como propia.

El nombre de su profesora no aparece durante la charla, y nosotras tampoco lo preguntamos, como si no importara, como si bastara con ver el sol que le amanece en la sonrisa cuando la recuerda para comprender la importancia que tuvo en su recorrido posterior. “Con ella aprendí a bailar, y también a enseñar (…) Me dejaba los remplazos, y yo iba aprendiendo a dar clases. Nos juntábamos  a veces los domingos a comer, y tomar vinito, y hablar de política, de música, de arte, de filosofía; y de técnica también. Fue como una convivencia durante cuatro años, que me salvó la vida. La verdad es que le debo todo, todo lo que soy.” Liliana la recuerda muy estricta (y quizás esto fuera por pertenecer a otra generación) y con muchísimos conocimientos. Sonríe con los ojos cuando cuenta que “le enseñaba hasta a la mesa del bar”, aunque al alumno le faltaran las condiciones: ella inventaba ejercicios para resolver las carencias de cada uno, trabajaba los defectos físicos, alentaba el compromiso.

Llegadas a este punto, la Liliana maestra reaparece, dibuja una pausa y nos introduce en el mayor problema que observa en la enseñanza de la danza clásica: el descarte. Muchas veces, cuenta, cuando el alumno comienza a estudiar se encuentra con un profesor que de entrada le dice que no tiene condiciones. Entonces Liliana se enoja, se le nota en los ojos, y desde esta mesa de bar contesta: “Yo no le pago a alguien para que me diga lo mismo que el espejo me dice gratis. Y yo no soy estúpida, ya me doy cuenta de lo que me falta, vengo acá para que me ayudes a conseguirlo, no para que me enumeres lo que no tengo.” Después de todo, qué puede saberse de las condiciones, qué puede saberse del talento, tratándose de una instancia tan temprana. “Vos podés trabajar el ajuste de los músculos, la elongación, la precisión, la velocidad, la constancia, las coreografías. No podés trabajar el talento. Entonces cómo te lo van a poner antes que nada, apenas llegaste, decirte: no tenés talento.” Liliana valora en cambio el trabajo y la constancia, para fortalecer poco a poco la confianza del alumno y demostrarle que sí se puede: “la gente recién confía una vez que ve los primeros resultados, y empieza a notar que es posible cambiar el físico y conseguir las condiciones después de un tiempo de trabajo.”

En este sentido, la Liliana alumna (y cada vez resulta más difícil distinguirlas, fundiéndose y separándose frente a nuestros ojos) afirma que esos cuatro años de formación intensa resultaron fundamentales para todo lo que realizó después. Porque la danza clásica, y lo dice con la seguridad del oficio, es la técnica base por excelencia. “Vos ni te vas a dar cuenta, pero la usás en todo. Los otros estilos te la van a pedir. Está en la raíz de todo lo que hagas. El clásico te da un agarre para partir hacia lo que vos quieras crear y para encontrar tu propia manera de bailar.” La mujer que tenemos delante es testimonio vivo de sus palabras, y esto se vuelve evidente cuando enumera todo lo que bailó: contemporáneo, clásico, neoclásico, jazz, tango y folklore. Así fue pasando su vida, con el oficio de la enseñanza pegado siempre en el cuerpo. En el camino fundó dos compañías de contemporáneo y organizó dos años consecutivos un festival de danza a gran escala. En 2007, contando ya cincuenta y dos años, Liliana se subió al escenario para encarnar a Frida Kahlo, papel que recuerda como uno de los grandes éxitos de su carrera. “Cuando me llaman para Frida, yo hacía diez años que no bailaba. Daba clases, estaba en otro mundo.” Y porque ella es eternamente curiosa, porque es encantadoramente inquieta, porque –y lo dice mientras ríe- le cuesta decir que no, aceptó. Pies Pa’ Volar fue un éxito rotundo (siguió en cartel hasta el año pasado). Para Liliana la capacidad de continuar bailando de grande es indisoluble de su propia formación. “Me quedó para siempre. Porque es un trabajo lógico, orgánico, realmente es un trabajo sobre el funcionamiento de los mecanismos del cuerpo. Y el cuerpo aprendió a funcionar.”

Quizás sea su propia experiencia, que recuerda con tanto cariño y gratitud, la que genera en ella el fervor por la enseñanza. Pero como sea, la Liliana maestra que tenemos delante se manifiesta como una demoledora del sinfín de tabúes que rodean el universo de la danza clásica y su aprendizaje. “Se supone que la clase de clásico es un lugar donde está prohibido hablar. Está prohibido bostezar. Está prohibido preguntar. Está prohibido llegar tarde.” Ella, en cambio, considera que la risa es fundamental en la clase, porque permite relajar la exigencia a la que el cuerpo está sometido. Y aquí un nuevo paréntesis florece entre las palabras, porque Liliana habla y desvela. Destaca que aunque la exigencia intelectual está legitimada, el esfuerzo vinculado con lo corporal tiende a ser despreciado por la sociedad. “Esto tiene que ver mucho con las religiones. Hay religiones que usan el cuerpo como un elemento de conexión con Dios, pero no son las occidentales. Niegan el cuerpo. Y nosotros absorbemos toda esa cultura, entonces el cuerpo es menos, y lo que haga ese cuerpo no es importante. Ahora, yo querría que te lo saques y a ver qué hacemos”.

Liliana cuestiona también el prejuicio establecido por el cual la clase de clásico no puede ser disfrutada: “Y por qué no, si es bailar. Yo bailé de todo, y todo me dio placer. Porque lo que me gusta es expresarme a través del  cuerpo. Con lo que me pongas. Todo lo que sea lenguaje. Yo uso todas las palabras que haya, porque yo me quiero expresar. Con la danza es lo mismo.” Y aquí surge también la importancia de la palabra, comúnmente erradicada del territorio de aprendizaje.  Liliana destaca, sin embargo, la importancia de hablar durante la clase, de abrir un espacio al diálogo, de compartir. “Las palabras tienen una cosa de confusión que no es inocente. La manera de usar el lenguaje no es inocente. Por eso yo hablo mucho, y uso mucho el lenguaje en las clases. Les hago pensar sobre la palabra que se usa, por ejemplo la exclusividad y la exclusión.” Sonríe apenas cuando alude a la exclusividad que supone el conocimiento de la danza clásica, a la creencia difundida de que “da nivel”, haciendo hincapié en el nivel de exclusión y de segregación que en realidad comporta. Liliana considera el elitismo del clásico como una contradicción, en tanto “la danza clásica es de los pobres. Quién quiere ser príncipe. Los príncipes son. No quieren ser: son. No bailan danza clásica, ni ahí. Están ocupados con cosas más importantes, como robarse países.”

Entonces dibuja otra pausa y nos introduce en los orígenes de la danza clásica, que aunque nació en Italia, se magnificó en Rusia, donde en una suerte de audición, el Maestro de Cuerpo de Baile elegía los bailarines que serían incorporados a la Corte. Quienes se presentaban eran los pobres, relata, que de esta manera se aseguraban una buena vida. Quizás este sea el origen, arriesga Liliana, de la idea de que el maestro elige a sus discípulos. “Hay en la cultura de la danza clásica toda una cuestión del maestro-dios, y el alumno pobrecito, miserable, que tuvo la suerte de que el maestro lo mirara.” Entonces nos preparamos gustosas para escucharla arremeter, una vez más, contra lo establecido. “En realidad uno es como un abre caminos. Yo tengo esto, lo conozco, te lo muestro y te lo facilito. Y vos verás si vas por ahí o no. Yo como profesora tengo que entender que lo que te doy es un servicio, y no por eso yo soy más que vos.” Critica a aquellos maestros que abren un abismo entre sí mismos y sus alumnos, estableciendo una jerarquía que en realidad no tiene sustancia, y que avalaría la práctica habitual de cobrar para no enseñar, imponiendo un respeto que no es genuino. “El respeto se produce por cómo es mi relación con vos. Si es impuesto, no es respeto, es mentira, es presión, es una cosa que genera sociedades de mierda, donde el respeto es una obligación que vos me debés a cambio de nada. No. El respeto es algo que se produce, igual que el afecto, igual que la confianza.”

Liliana Cepeda continúa hablando, y la pasión se le desborda por los poros cuando alude a los objetivos de su clase. Señala que el aprendizaje es un proceso integral y complejo, porque el bailarín debe formarse simultáneamente como instrumentista e instrumento. “Yo tengo una mala guitarra y me compro otra, pero yo tengo un mal cuerpo y no me puedo comprar otro. Eso genera mucha confusión y conflicto emocional, porque tengo que ir formando el artista, el intérprete, mi objetivo y mis gustos.” Es decir, se trata de un diálogo constante entre la mente y el cuerpo: por un lado, encontrando el camino de qué es lo que se quiere hacer; por otro, cincelando el cuerpo, tallándolo hasta conseguir las formas necesarias. “Yo confío mucho en que después de todo ese tiempo la persona termina resolviendo qué es lo que quiere hacer. Pero si no le diste seguridad, si no le diste buena información y buena formación, no va a poder decidir. Porque no llegó a ver que en realidad no dependía de tener o no las condiciones, ni de que te mire la varita mágica de no sé quién.”

Para cerrar el encuentro, Liliana nos regala una frase que su marido rescató para ella. Es de Mahler, y dice así: La tradición es la transmisión de la pasión, y no la adoración de las cenizas. La saboreamos en silencio. “Es maravillosa. Hermosa. Si uno no transmite la pasión, no hay nada. La danza no existe sin la pasión. Es eso. Arrollar, arrasar. Es lo que ponés en escena. Y lo que le transmitís al otro es formarse para lograr eso, que la gente se conmueva.” Pagamos la cuenta y nos adentramos en la lluvia. En la avenida el agua sube, los colectivos no frenan, las bocinas se quejan con insistencia. En el bar quedan las puntas, nuestros trajes de princesa, la sensación de haber bailado al compás de sus palabras. Otra vez dos escalones, uno veinticinco, por favor, de nuevo al mundo real, pero llevando en los bolsillos el vuelto y un secreto: dentro del cuerpo subyace la magia.

Imagen: NosDigital

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