Las vidas de Copola

No de Guillote, sino de Gabriel Copola, séptuple medallista parapanemericano en tenis de mesa. A los 11 años, una desafortunada maniobra en bicicleta lo obligó a sentarse de por vida en una silla de ruedas. De ahí en más encontró su camino en el tenis de mesa gracias al programa de Susana Giménez, viene de participar de los Juegos de Londres 2012, se recibió de licenciado en educación física, es profesor de la cátedra en la Universidad de La Matanza y es el encargado del área de recreación deportiva en el servicio penitenciario de San Martín.

Fotos: Cortesía de Gabriel Copola.

En su verborragia evidencia su polifuncionalidad. Gabriel Copola habla, corta, pega y enlaza los temas de manera que no quede resquicio para la duda. Presta sus palabras y sus vivencias a los oídos receptores de Nos Digital y, a medida que transcurre la charla, todo lo estructurado se desvanece. ¿No es, de hecho, lo que hace día a día? Si de voltear andamios se trata, él tiene un master. A los 11 años, una desafortunada maniobra en bicicleta lo obligó a sentarse de por vida en una silla de ruedas. Por el resto, hizo añicos al destino. A los 27, es séptuple medallista parapanemericano en tenis de mesa, participó de Londres 2012, se recibió de licenciado en educación física y ejerce en el servicio penitenciario.

Uno no conoce el final del asunto. Le va dando forma mientras la escribe y lo más paradójico es que los trazos son invisibles en el camino. Solo los marca la perspectiva. Si no, no habría motivo aparente para que una autopista en construcción, Susana Giménez y una paleta de ping pong confluyan en una misma historia, en un mismo sueño. Y sí, lo hacen. Ese anhelo es realidad y su intérprete es Gabriel Copola.

“Fue medio raro cómo llegué al tenis de mesa”, abre al diálogo y el futuro de la charla se abre por completo. “El primer contacto que tengo con él es por medio de un programa de Susana Giménez”, continúa y queda al descubierto que la lógica no nos va acompañar en el recorrido. Seguramente, de haber sido así estas líneas no hubiesen existido.

En 1996, mientras surcaba una improvisada pista de bici-cross montada sobre la no menos improvisada “Montaña de la Cruz” (nombre que adquirió el montículo de tierra que se removió para construir la Autopista del Oeste), Gabriel perdió el control de su bicicleta, salió despedido y se golpeó la espalda con una piedra. “Me cagué (sic) la médula”, recuerda. Todo cambió, menos su pasión por los deportes y su intención de ir más allá de lo posible.

Vuelve a aparecer la diva de los teléfonos en escena y Gabriel encauza su camino al ping pong. “Era 1996 y, por los Juegos Paralímpicos de Atlanta, Susana llevó a un grupo de paralímpicos que habían competido ahí. Entre ellos estaba Daniel Hailand, que había ganado en tenis de mesa. Ahí fue mi primer pedido para que me llevaran a jugar. Un tiempo después participé de unas olimpiadas infanto juveniles que organizó APEBI (NdeR: Asociación para Espina Bífida e Hidrocefalia) y agarré por primera vez una paleta. Fue en el CeNaRD. La solicitud se reiteró pero vivíamos en Ituzaingó y no había ningún lugar para practicar. Por suerte, en ese evento estaban los técnicos de la Selección y me recomendaron ir a Cedima, mi primer club. Quedaba en San Justo y mi papá era el encargado de llevarme y traerme a todos los entrenamientos. Eso fue en 1999. A los pocos meses ya estaba compitiendo en Guadalajara”.

Primera ruta a tomar: Su exitosa carrera como jugador de tenis de mesa. “La historia la escriben los que tienen huevos, los que van al frente, los que no bajan la cabeza, los que dejan la vida”, le dijo el padre a la vuelta de Guadalajara. “Me habían dicho que tenía todo para estar en el quinto o sexto puesto y gané un solo partido”, rememora.

Esa frustración no fue en vano. “Me sirvió para hacer click”, dice. Y lo hizo. Desde ese día se colgó tres medallas doradas en Parapanamericanos (una 2009 y dos en 2011) y cuatro de plata (2001, 2003 y dos en 2005).

¿De qué esfuerzo te hablaba tu viejo y cómo lo capitalizaste?
-Hay tres factores en los que se resumió ese esfuerzo: el primero fue el personal; el segundo el de mi familia, el de mi papá que me llevó y me trajo a todos lados; y el último el de la pelea para que me apoye el Estado. En mis comienzos, la ayuda fue nula. Hoy el Enard solucionó bastante ese vacío.

-¿En qué te cambió ese respaldo?
-Fue un giro absoluto. Hoy me río cuando algunos pibes dicen “no nos bancan nada”. Yo les digo que no, que antes nos faltaba todo. Allá por el 2001 o 2002 tuve el Mundial en Taiwan y no viajé ni una vez a Europa para poder clasificarme. Menos para prepararme. Jugué tres torneos en Argentina: la primera Copa Tango, el Sudamericano y el Panamericano. Con esos tres campeonatos sumé unos puntitos y ni siquiera me alcanzó, tuve la suerte que me invitaran. Antes, para viajar a Guadalajara, había tenido que vender rifas. Ahí sí que faltaba todo.

-¿Y para los Juegos Paralímpicos cómo te preparaste?
-Jugué seis torneos en Europa y el Mundial, que me clasificó para Londres. Antes me pasaba que quería tomármelo en serio y el contexto no me lo permitía. Hoy por poco estás obligado a viajar a todos los torneos para prepararte.

-¿Cobran lo mismo que un deportista olímpico?
-Sí, por suerte desde el Enard y la Secretaría de Deportes nos catalogan como deportistas. Estamos en el mismo marco de becas que los convencionales. Cosas para mejorar hay muchas, igual. Habría que invertir más en la formación. En mi deporte todo lo que puedas mejorar viene de la competencia que tengas. Y si no tenés rivales de tu altura, te estancás. Actualmente, la mejor alternativa es conseguir lugares de entrenamiento en el exterior. Por otro lado, creo que habría que instruir a un grupo de personas para que califique el rendimiento de cada deportista y repartan el dinero en consecuencia. Hay que ser discrecional y no es cuestión de derrochar. Yo cuando sienta que no me merezco la beca voy a ser el primero en resignar a ella.

-¿Cuán mayor es el esfuerzo que debe hacer un deportista paralímpico sobre el que realiza uno convencional?
-No me gusta comparar. La verdad es que la vida que uno lleva es totalmente distinta, empezando por el hecho de que yo siempre dependí de alguien para poder practicar mi deporte. Hasta los 18 años me tenían que llevar a todos lados, es difícil.

-¿Transporte público?
-(Se ríe) No estamos preparados como sociedad para personas con discapacidad. Yo tuve la suerte de poder comprarme un auto y dejar de depender del resto y de los medios de transporte público. Pero es imposible. Ni siquiera es discriminación (que al menos supondría que te tuvieran en cuenta para tratarte como distinto), es ignorancia. No existis.

Las palabras alcanzan pero las vivencias las superan. “Quiso el destino que mi viejo sea colectivero –introduce-. Un día me invitó a un almuerzo que hacían de la empresa y dio la casualidad que estaba el jefe de personal. Yo lo encaré y a forma de chiste le pregunté por qué no arreglaban la rampa de los colectivos. El me contestó: ‘si tengo que arreglar las rampas de los colectivos, no le tengo que pagar el sueldo a tu viejo. ¿Qué preferís?’ Me indigné tanto que me fui. Justo por esa época yo estaba de novio con una chica que vivía en Villa del Parque y, obviamente, la quería ver. No tenía trabajo, no tenía plata, ir en remis era caro y tenía que viajar en el Sarmiento, era un desafío, una travesía”, grafica.

Por estas razones, el futuro -laboral y personal- suele ser una isla inabordable para personas con discapacidad. Con una sociedad que omite y un contexto que condiciona, las posibilidades se reducen. “Costó mucho encontrar un rumbo en lo profesional”, remarca e inaugura una nueva vía de análisis.

El 2001 no fue un gran año para aquellos que terminaban la escuela secundaria. Ese fue el caso de Gabriel. Con 17 años y un cúmulo de dudas en su cabeza, siguió las indicaciones de Miguel Angel, su papá, el mismo que lo había aconsejado con el deporte. Esta vez no fue con tanto éxito. “Me dijo que busque por el lado de las computadoras, que el futuro estaba ahí. Me metí en la carrera de analista de sistema en la Universidad de San Martín. Después, me fui a hacer diseño gráfico (por el tema del diseño de sitios web) al centro. Cursaba en pleno Callao. Imposible movilizarse. Entonces, terminé en un instituto de barrio haciendo unos cursos de reparador de pc y diseño web y trabajé en una casa de computación y en un cyber, ambos de amigos”, explica a manera de introducción de lo que vendría.

Fue recién en el 2003 cuando cambió la cosa.

-¿Cómo entrás en la universidad de La Matanza?
-Me estaba preparando para los Parapanamericanos de 2003. Entrenaba ahí y un día apareció Walter Toscano, que era el coordinador del profesorado de educación física. Me comentó que había un ‘plan b’ de la carrera. Es una Licenciatura en la que se dan los contenidos teóricos para ejercer. Hice el curso de ingreso como cualquier hijo de vecino en 2006, empecé en 2007 y me recibí. Fue altamente apasionante. Fui un bicho raro. Recuerdo que en la primera clase de gimnasia la consigna era hacer un rol hacia adelante, imagínate. Todos nos preguntábamos qué hacía yo ahí adentro. El resto no sabía pero yo sí. Nos fuimos adaptando yo a ellos y ellos a mí.

-¿Hoy que rol desempeñas en la facultad?
-Soy profesor de la cátedra de “Introducción a la educación física especial”. Por otro lado, trabajo en el Servicio Penitenciario Bonaerense, en la Unidad 47 de San Martín.

-¿Cómo fue tu ingreso a la cárcel?
-Raro. Me anoté en 2002 en un concurso para cupos de trabajo en el Estado. Recién me llamaron en 2006 para una entrevista. Fue en La Plata. En principio era para trabajar en administración, en el servicio que habían inaugurado en San Martín. Yo mucho no quería entrar pero me dijeron que, una vez adentro, podía pelear por dar clases. El tiempo pasó y hace un par de años que soy el encargado del área de recreación deportiva, una de las aristas fundamentales para ayudar a la reinserción de los internos.

Podría ser el final de una historia perfecta. Gabriel sabe que no. “Fui forjando con el tiempo un espíritu luchador. Creo que nació el día que me dijeron que iba a tener que usar una silla. La pasé mal, lo sé. Pero, hoy por hoy, tengo una filosofía de vida que es ‘hacer lo que me gusta y no hacer lo que no’. Parece simple pero esa es mi única barrera. Muchos me dicen que pare y yo no me doy cuenta. Así es como me mando cagadas, por hacer una demás. El otro día tiré un plasma de 42 pulgadas por querer correrlo, por no esperar a un amigo que me había dicho que me iba a ayudar. Soy un tarado, sí. Pero si me hubiese quedado con las cosas que podía hacer, sin intentar lo que creía que no podía, me hubiese quedado sin hacer nada en mi vida”, cierra. En definitivas, la perspectiva será la única que ponga en su lugar todas estas palabras.