Flamma Flamma

El Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín presenta en la Sala Martín Coronado, la obra de Mauricio Wainrot con música de Nicholas Lens.

El calor dibuja una gota en la espalda en este mediodía de viernes, mientras un par de tacos aguja y los maletines que van y vienen cosquillean las entrañas de la calle Corrientes. Entonces las puertas del San Martín aparecen detrás de un puesto de flores, como un respiro del mundo. Porque aquí la atmósfera es otra, la caminata se desacelera mientras subo uno a uno los escalones que me separan de la sala, me acomodo en la butaca y la respiración se acompasa, las preocupaciones cotidianas quedan en el bolsillo más profundo de la cartera y el cuerpo entero se ablanda, abre sus pétalos para captar lo que en instantes sucederá sobre las tablas.

La música de Flamma Flamma, de Nicholas Lens, es un réquiem a los muertos. Una voz grave y profunda canta en latín y vibra en todos los rincones, perfora el aire, atraviesa el cuerpo. Poco a poco a esa voz primigenia se unen otras, los coros sorprenden y los ritmos se alternan recordando melodías de culturas lejanas. Sobre este trasfondo, Mauricio Wainrot ha amasado junto al Ballet Contemporáneo del San Martín una versión coreográfica propia. Un hombre solo en medio del escenario se contorsiona en movimientos vivos, su cuerpo se arma y se desarma a cada instante, fluye en su propia forma. Una mujer se acerca, lo toca, se funden y se mueven como una sola figura, con la frescura de un reflejo en el agua. Los cuadros se suceden y los personajes se alternan, dibujando surcos en esta atmósfera oscura, en esta constante alusión a la muerte que permanece en la música como un conjuro.

Pero los cuerpos, sin embargo, están llenos de vida. Amanecen en el fondo del escenario, se encarnan sobre las tablas y se mueven embriagados por una fuerza especial, como posesos por la pasión de la propia existencia. En algún momento se me pierden los ojos. Los dejo abandonarse, libres, a la línea pura de un empeine, a la musculatura de una espalda, al vuelo sutil de las telas y sus transparencias. Los cuerpos están casi desnudos y se tensan, los músculos vibran, las venas quedan descubiertas. Es visceral. Los hombres y mujeres de fuego se contorsionan con una energía violenta y el rojo está cada vez más presente, primero latente, después explícito, un rojo que empapa las ropas, las miradas, el propio sudor.

La obra circula en el aire, estira los dedos y me toca. Dan ganas de formar parte de este canto a la vida, de esta mixtura profunda entre lo indescifrable del latín y la transparente sinceridad del movimiento. De tanto en tanto, la música calla. Son apenas unos segundos. Solamente entonces los escucho respirar, transpirar, suspirar el esfuerzo de ofrecer el propio cuerpo. Solamente entonces estas figuras, que parecen de chispas, de flamas eternas, se vuelven completamente humanas. Hombres y mujeres nucleados alrededor del fuego celebrando siempre, y a pesar de todo, el éxtasis de la vida.