Caprichosa aguja

Por Augusto Herreros Casañé

Y el tiempo cambió.
Las horas, minutos, segundos e incluso los días, vivían equivocados. Los relojes mentían anunciando a cada uno de ésos, que habían sabido ser segundos y hoy no hacían más que mantener una cuenta absurda.
Para ser más justos, ni siquiera hubo más vida como era conocida hasta el momento.
Todo lo que había sido real ya no lo era, pasando a un plano secundario y perdido.
A partir de aquella vez, el único reloj del universo era su encuentro. Allí pasaba el tiempo, o al menos el tiempo verdadero.
Un vacío gobernó a los de afuera, que inocentes, pretendían explicarse el cambio, buscar excusas y fundamentos ante este cruento canje, ante este giro del destino.
¿Quién hubiera podido conformarse con tan pocas horas en sus días? ¿Y acaso alguien podría culparlos por ello? Nadie más podía entenderlo. Porque nadie más fue amo y señor del tiempo. Porque nadie más asistió nunca a esos encuentros. Porque si no hay amor tampoco hay tiempo.

Augusto es redactor. Si bien se desempeña como creativo publicitario, lo que más lo apasiona es la escritura. Asiste al “taller de escritura creativa” de Natalia Rozemblun hace dos años y recientemente explora la poesía contemporánea. Pueden leer más de él en su blog http://quegranpez.blogspot.com