Pinceles de mujer para volar alto

En la Galería NES (No estamos solas), hay dos artistas que en un entramado de colores se animaron a volar juntas. Los pinceles-alas son los de Marta Badano y Alejandra Chacón, que exponen “Vuelos y tramas” hasta el 7 de noviembre. Entre las paredes enfrentadas, infinitos puentes de diálogo entre estas dos mujeres que hacen y piensan el arte.

Hay en pleno microcentro, entre bares llenos de medialunas de manteca y maletines apurados que no dejan de mirar la hora, un rincón escondido donde los ojos pueden escapar de la vorágine y descansar un rato. Porque en Galería Nes, detrás de una puerta vidriada y hasta el 7 de noviembre, se expone Vuelos y tramas, muestra conjunta que reúne las obras de Marta Badano y Alejandra Chacón. Nos acercamos hasta la galería para compartir un recorrido por la exposición junto a sus hacedoras y conversar acerca de las obras expuestas, las posibilidades del arte abstracto, la importancia de mostrar el propio trabajo y la dificultad de ingresar en el circuito del arte.

Fotos: NosDigital

La galería es pequeña. Apenas dos paredes inmaculadamente blancas, una frente a la otra, y un panel negro al fondo son el soporte desnudo sobre el que los colores estallan. A esta hora del mediodía, mientras los oficinistas mastican apresurados algún sándwich de esquina y las motos dejan surcos en el asfalto de la ciudad, el espacio está casi vacío, y así sugiere una intimidad naranja en la que nos sumergimos gustosas. Sobre las paredes laterales, las obras de Marta y de Alejandra están enfrentadas. Ellas, en cambio, eligen exponer juntas hace varios años y creen haber encontrado una fórmula que funciona. Aunque indiscutiblemente diferentes, mi primera sensación es que sus producciones armonizan en un equilibrio frágil, en el que los contrastes evidentes destacan las cualidades propias de cada una.

Nos invitan un vaso de gaseosa fría, perfecto para despertar de un cachetazo la percepción adormecida en un día tan húmedo y pesado como hoy. Y entonces, sentidos alerta, comienza la visita. Alejandra nos pasea por las series en las que trabajó este año, en un sendero que parte de lo casi puramente abstracto y poco a poco incorpora retazos de figuración. Dice que la elección por lo abstracto surgió a partir de una situación personal muy dura, en la que el arte fue salvador. La tristeza profunda que la invadía, y lo cuenta con una sonrisa que se le insinúa apenas sobre el borde de los ojos, sorpresivamente se transformó sobre la obra en un estallido de color y de energía, en un deseo intenso de aferrarse a la vida. Luego, poco a poco, “los ánimos se fueron serenando, y entonces empecé con lo más sereno, más dibujo, más figurativo”.

Hay en todas sus obras una pregnancia de formas circulares. “A mí, como imagen, desde lo técnico, el círculo me encanta. He hecho muchas series con círculos. Y después trato de entender qué me pasa en la cabeza para llegar a esa necesidad de siempre estar dando vueltas alrededor de eso.” Entonces Alejandra arriesga una interpretación acerca de lo que esa forma representa, y con voz honda afirma que la vida entera puede inscribirse bajo la línea equilibrada del círculo. “Me da la sensación del inicio, del inicio del universo, de la naturaleza y de uno mismo también. La cosa de lo circular para mí tiene sentido desde lo filosófico y desde lo visual. En cierta medida así es la vida. Uno inicia, da una vuelta y vuelve.” Así, la artista nos invita a recorrer su mundo de círculos, en los que tímidamente al principio y con más ímpetu después comienzan a esbozarse algunas formas orgánicas. Es una vuelta a la figuración, sí, pero a una figuración diferente. “Cuando uno vuelve, vuelve distinto, porque ya pasó por otras experiencias, en el arte y en la vida.” En este sentido, sostiene, la obra también tiene que ser (y es) siempre un diálogo con uno mismo. Se ríe cuando dice que ver sus propias obras es para ella como mirar fotografías: “porque es así, vos las ves y te acordás de todo lo que te estaba pasando en ese momento”.

En la pared de enfrente, contrastando con las líneas precisas y la geometría equilibrada, el color explota en pinceladas densas que dejan huellas hondas sobre la tela. Se trata, es evidente, de dos modos muy diferentes de trabajar. Si Alejandra teje y arma redes partiendo de la hoja en blanco, Marta se deja seducir por lo que los primeros colores desplegados le sugieren. “Hay alguien, que fue mi maestro, que siempre dice: ‘primero la pasión, después la reflexión’. Entonces yo primero meto pintura, me dejo llevar por la pincelada y por el color, que es lo que más me gusta. Y después empiezo a ver qué cosas quiero destacar, qué formas me gustan, qué me sugieren esas pinceladas y ese color, si bien uno no busca una forma concreta, porque acá no hay nada conocido, nada figurativo.” Y aunque es cierto que aquí no hay figuración, que son más bien pinceladas de color puro que se funden en formas corpóreas y desconocidas, frente a mis ojos de pronto las alas de un pájaro se abren con violencia, o un perfil asoma desde las profundidades de un azul abismal. Marta se ríe cuando lo comento, y la suya es una risa explosiva, llena de peces, una risa que bien podría plasmarse en una de sus telas. Me dice que claro, que cada uno le pone a la obra su pensamiento, su sensibilidad y su propia mirada. “Pero cuando yo trabajo no estoy pensando en lo que estoy haciendo, es inconsciente puro, lo que tengo adentro y sale, solamente me dejo llevar.”

Lo cierto es que hoy Marta encontró una imagen propia, y lo dice con un orgullo que se le prende en los ojos como una pincelada viva. La búsqueda fue dura. Ella es docente de arte, y cuenta que le costaba comprender por qué lograba con sus alumnos cosas maravillosas que luego no podía plasmar en su propia obra. “Trabajar con el alumno es un desligarse, porque vos estás trabajando pero el trabajo no es tuyo, es de él, entonces el que se hace cargo es él. Y cuando yo me ponía a pintar por mi cuenta y estaba llegando a la obra, cuando ya estaba llegando a mi imagen, largaba. Me boicoteaba a mí misma porque me asustaba. No me atrevía a mostrarme. Porque esto es mostrarte a vos: esto sos vos, es una parte tuya.”

Mostrar, entonces. Y mostrarse. Veo una puerta que se abre y la atravieso. Las dos coinciden en que construir una imagen propia y animarse a exponerla ante ojos ajenos es un proceso largo y dificultoso, de autoaceptación. “Es una cuestión de decisión y de perder los miedos”, dice Marta. “Sí, y también hay que creérsela un poquito. Eso es lo que te permite superar la cosa censora”, acota Alejandra. Entre chistes que van y vienen cuentan acerca de los nervios que despiertan las exposiciones, las taquicardias del día anterior, las inseguridades de colgar o no colgar una obra, el mar de dudas a último momento, los pequeños accidentes, la ansiedad como una segunda piel.

Se me ocurre preguntar entonces si la obra se modifica al estar expuesta, si hay algo en ella que cambia una vez que se la ofrece a los ojos de quien quiera pasar a verla. La respuesta llega casi antes de que termine de preguntar. “Totalmente. La obra en su lugar, que es una galería o la pared de una casa en la que esté bien colgada, es completamente diferente. Con una buena pared, un buen espacio sólo para ella y una buena iluminación, se ve en toda su magnitud.” Marta nos traslada a su propia casa y cuenta que junto a su marido (también artista plástico) han colgado obras en todos los rincones. Imagino entonces paredes desaparecidas bajo un denso tapiz de cuadros. Una casa hecha de arte. Y sin embargo así, en el espacio reducido, hay algo de la magia de la obra singular que se pierde. “Pero bueno”, se sonríe ella, “no hay otras posibilidades, sino dónde la ponemos”.

Este es el segundo año consecutivo en el que Alejandra y Marta exponen juntas en Galería Nes, aunque ya habían realizado muestras conjuntas en otros espacios. La inserción en el circuito del arte argentino es, según refieren, tremendamente dificultosa. Es necesario golpear puertas incansablemente, tocar timbres, no dejar de insistir. “Cuesta muchísimo. Te tenés que meter vos de prepo. Ser caradura y poner la cara. Hay gente que lo ha hecho toda su vida, y hay gente que no sabe hacerlo, y que tiene una obra excepcional y no se sabe vender. Es muy difícil congeniar las dos cosas: ser un buen artista y vender.” Por otra parte, dar con una galería adecuada en la cual exponer parece ser también una meta compleja. “Hay muchas galerías truchas que lo único que hacen es sacarte plata, y te llenan la pared de obra. Sin ninguna estética, sin estilo, sin calidad.”

El abuso de los galeristas, según ellas, hunde sus raíces en una necesidad genuina e impostergable que surge en el artista en un momento dado de su carrera: exhibir su trabajo. Así lo observa Alejandra cuando afirma que “hay un punto cuando vos venís trabajando en esto en el que decís: bueno, ahora voy a mostrar. Y entonces empezás a ver lo difícil que es acceder a exponer. Y es muy importante para uno poder mostrar”. Está claro. Mostrar el propio trabajo, ya lo han dicho, es dar un paso más (y uno importante) en la construcción del ser-artista, porque implica animarse a poner ante los ojos de otros lo que uno tiene para decir. En definitiva, como señala Marta, “exponer tu obra es exponerte a vos mismo”. Y partiendo de esa necesidad fundamental de los artistas, los espacios de arte pueden permitirse cobrar para exhibir, muchas veces de manera descontrolada.

Parece que ellas, sin embargo, pudieron encontrar el espacio y sobreponerse a las inseguridades. Hoy se arriesgan a exponer y a exponerse, y nos invitan a sumergirnos en sus obras. Algunas están llenas de entramados complejos entre los que asoman tibias reminiscencias figurativas. Otras se dejan llevar por el vuelo del pincel y sugieren formas orgánicas e indefinidas. Casi despidiéndonos observamos, sin embargo, que hay una cuestión que se repite en todas ellas: la posibilidad de una doble lectura. Por un lado, la obra desde lejos y como un todo compuesto por formas abarcativas. Pero por otro, al acercarnos, la posibilidad de sumergirnos en múltiples intersticios, descubriendo mundos escondidos. Y entonces ellas, amigas, compañeras de exposición, deben reconocer que después de todo y al menos en este punto “llegamos las dos a la misma cosa, desde dos lenguajes completamente distintos.”

La Galería NES queda en Piedras 182